El salmo 23 es muy conocido, pero tal vez no hayamos notado lo que recalca al final: “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días” (v. 6). Sabemos que este salmo comienza con los pastos delicados y luego describe las sendas de justicia y el campo de batalla, hasta llegar finalmente al punto en que el salmista mora en la casa de Dios por largos días. La meta del salmo es la morada del Señor.
Examinemos otros versículos de Salmos, prestando atención a la relación que tiene el que habla con la casa de Dios. “Jehová, la habitación de tu casa he amado, y el lugar de la morada de tu gloria” (26:8). “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo” (27:4). “Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz” (36:8-9). “¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. Aun el gorrión halla casa, y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío. Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos” (84:1-3, 5). Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (84:10).
Veamos también algunos pasajes de los profetas. “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” (Is. 6:1). “Las palabras de Jeremías hijo de Hilcías, de los sacerdotes que estuvieron en Anatot, en tierra de Benjamín” (Jer. 1:1). “Vino la palabra de Jehová al sacerdote Ezequiel hijo de Buzi, en la tierra de los caldeos, junto al río Quebar; vino allí sobre él la mano de Jehová” (Ez. 1:3). “Y a hablar a los sacerdotes que estaban en la casa de Jehová de los ejércitos, y a los profetas, diciendo: ¿Lloraremos en el mes quinto? ¿Haremos abstinencia como hemos hecho ya algunos años? Vino, pues, a mí palabra de Jehová de los ejércitos, diciendo: Habla a todo el pueblo del país, y a los sacerdotes, diciendo: Cuando ayunasteis y llorasteis en el quinto y en el séptimo mes estos setenta años, ¿Habéis ayunado para mí?” (Zac. 7:3-5). Notemos, además, este versículo de 2 Samuel: “Y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod de lino” (6:14). Sabemos que un efod es una túnica especial que usaba el sacerdote, sin embargo, David, el rey, lo llevaba puesto en esa ocasión.
Vayamos ahora al Nuevo Testamento. “Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del turno de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet” (Lc. 1:5). “Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Ella era de edad muy avanzada, y había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hasta los ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo a Dios de noche y de día con ayunos y súplicas” (Lc. 2:36-37). “Había entonces en Antioquía, en la iglesia local, profetas y maestros ... Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron” (Hch. 13:1-3). “Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesús. Yo estaba en el espíritu...” (Ap. 1:9-10).
En el capítulo anterior vimos que Dios, a fin de cumplir Su propósito, determinó hacerlo mediante cierta clase de personas, a saber, los sacerdotes. No se trata simplemente de una persona que sirve al Señor, sino de uno que verdaderamente se mezcla con el Señor para que el propósito de Dios se lleve a cabo.
Son pocos los creyentes que mencionan el propósito eterno del Señor, porque pocos conocen lo que Dios desea realizar. Para conocer el verdadero sacerdocio, es necesario conocer el propósito espiritual y eterno de Dios. La Biblia nos muestra que este propósito consiste en que Dios desea forjarse en nosotros a fin de ser uno con nosotros. Este es el significado básico de la encarnación. En otras palabras, Dios entra en el hombre para ser totalmente uno con él, de tal modo que es difícil determinar qué parte es Dios y qué parte es hombre. Cuando el Señor vivía en la tierra, hacía muchas cosas, pero los hombres no percibían la fuente de Sus obras; no sabían quién actuaba, si era Dios o el hombre, debido a que Jesús era una persona maravillosa, era el Dios-hombre. El era Dios mismo y, como tal, encarnó como hombre para ser la expresión de Dios. Este es el principio de la encarnación y revela el verdadero significado del sacerdocio.
El concepto de que el hombre debe trabajar para Dios es un concepto profundamente arraigado en la mente humana. Antes de ser creyentes, nosotros no teníamos en cuenta para nada al Señor y nunca mencionábamos a Dios. Pero al volvernos al Señor, empezamos a pensar qué debemos hacer para El. Estos pensamientos nos invaden continuamente, pero no provienen de Dios sino del enemigo.
En todo el universo existen dos fuentes: Dios y Satanás. En el huerto del Edén había dos árboles que indicaban la presencia de estas dos fuentes: el árbol del conocimiento, que indicaba que Satanás es el origen de la muerte, y el árbol de vida, que mostraba a Dios como fuente de la vida. Podemos leer la Biblia muchas veces, sin ver jamás que el conocimiento, las obras y aun las cosas buenas que están separadas de Dios, no pertenecen a la fuente divina sino a Satanás. Hacer algo para Dios puede ser bueno, pero se origina en el árbol equivocado. Necesitamos comprender que hacer algo para el Señor es terrible y detestable. ¿Qué trajo la muerte a la humanidad? El árbol del conocimiento. Así que, todo deseo de hacer algo para Dios proviene de esa misma fuente.
La intención del Señor es que abramos nuestro ser a El y le permitamos entrar y llenarnos a fin de que seamos uno con El. Entonces El hará algo por medio de nosotros, y lo que haga será lo que brote de El. Este es el servicio que Dios busca de nosotros.
Si captamos el entendimiento espiritual que contiene la Biblia desde el principio hasta el final, veremos que en ella jamás se nos pide que hagamos algo para Dios, sino que nos presenta continuamente para que le disfrutemos; la Biblia dice que debemos disfrutar a Dios, comerle y beberle; debemos tomarle como nuestra vida y nuestro suministro de vida. Por esta misma razón, el árbol de la vida se halla al comienzo de la Biblia, y lo encontramos nuevamente al final de la misma. Desde el principio hasta el final, el árbol de la vida muestra que Dios es nuestro suministro de vida y nuestro deleite en vida. Cuanto más le disfrutemos, más seremos llenos de El, más nos poseerá y más unidos estaremos a El.
El Señor dijo: “Yo soy el pan de vida ... el que me come, él también vivirá por causa de Mí” (Jn. 6). Y a los que le reciben, El será un manantial, o fuente de agua en ellos (Jn. 4). Debemos desechar la idea de trabajar para Dios; El solamente desea que le disfrutemos continuamente. Hay muchas maneras de expresar esto mismo: respirarle, ingerirle, beberle y absorberle como la luz del sol. Solamente así seremos completamente ocupados, llenos, impregnados y empapados de El; entonces al ser uno con El, El actúa por medio de nosotros.
La Biblia usa varios ejemplos que nos muestran esto mismo. Notemos los sarmientos de la vid, que no hacen nada; simplemente permanecen fijos al tronco, cuyas riquezas absorben y disfrutan. Cuando se llenan de las riquezas y se saturan de la savia vital de la planta, algo se produce por medio de ellos. A esto se refiere el capítulo quince de Juan. La mayoría de los cristianos ha descuidado o ha perdido este asunto tan sencillo.
Dios desea forjarse a Sí mismo en nosotros, ya que sólo así seremos el sacerdocio. Un sacerdote es una persona que está llena, impregnada y empapada de Dios, a tal grado que es uno con El. Entonces, mediante dicha persona, Dios expresa algo de Sí mismo.
Ya vimos que Adán, Abel, Noé, Abraham, Isaac y Jacob eran sacerdotes. Al estudiar la Biblia, vemos que estas personas piadosas fueron sacerdotes que cumplieron el propósito de Dios.
También dijimos que el ministerio sacerdotal es el más destacado en la economía de Dios y que activa la función del reinado. David, quien fue ungido por Samuel, el cual era más que profeta, era sacerdote. Samuel fue criado y educado en la casa de Dios como sacerdote, y por medio de él comenzó el reinado.
David fue el primer rey acepto a los ojos de Dios. Un día, cuando el arca era traída de regreso, David se alegró tanto que se puso el efod, parte de la vestidura sacerdotal. ¿Qué significa esto? Simplemente, que el rey necesitaba el sacerdocio y que éste pone en vigencia el reinado.
Desde el punto de vista espiritual, solamente la vida que está llena de Dios trae autoridad. El reinado proviene del sacerdocio, lo cual indica que el poder reinante de Dios procede de Su vida. Si tenemos esta vida, tendremos la autoridad.
Los creyentes además de ser sacerdotes santos, también son sacerdotes que tienen realeza; son un sacerdocio real (1 P. 2:5, 9). Es decir, nosotros constituimos un reino de sacerdotes.
Primero Dios creó al hombre a Su imagen, y luego le dio Su autoridad. (Gn. 1:27, 28). Al hablar de imagen se hace referencia al sacerdocio, y la mención de autoridad trae implícita la idea de reinado. La autoridad del reino proviene de la vida contenida en la imagen de Dios. Debemos ser uno con Dios a tal grado que seamos Su expresión. Así tendremos la autoridad de la vida que proviene de la imagen de Dios. De manera que, la imagen de Dios expresada en el sacerdocio trae consigo la autoridad del reinado.
Si leemos la Biblia con detenimiento, veremos que el sacerdocio no solamente trae el reinado sino también el ministerio profético. Además de ser profeta, Isaías se mantenía en la presencia del Señor; aunque no era sacerdote oficialmente, sí lo era espiritualmente. Tampoco Elías ni Eliseo eran sacerdotes, según lo dictado por la ley, pero sí lo eran en la realidad, porque pasaban sus vidas en la presencia del Señor.
Para ser profetas necesitamos ser sacerdotes. Muchos dicen que debemos anhelar el don de profecía según 1 Corintios, pero solamente el sacerdocio puede activar la función de los profetas.
En particular quisiera que notásemos los profetas de la restauración. Casi todos ellos, como por ejemplo, Jeremías, Ezequiel y Zacarías, eran sacerdotes. Estos tres sacerdotes fueron los profetas destacados durante la restauración. Si leemos el libro de Daniel, veremos que él era un sacerdote, aunque no oficialmente. El pasó su tiempo y su vida en la presencia del Señor y al final, llegó a ser uno con el Señor. Mucha gente presta atención a las profecías de Daniel, pero ignora su sacerdocio. El era sacerdote debido a que primero se había mezclado con el Señor.
Ya vimos que la autoridad de los reyes procede del sacerdocio. Ahora veremos que el verdadero espíritu de profecía también proviene del sacerdocio. Veamos una vez más a Elías, Eliseo, Jeremías, Ezequiel, Daniel y Zacarías. Sin excepción, la función de todos ellos como profetas era el resultado de su sacerdocio. Para ser sacerdote, rey o profeta, se necesita primero el sacerdocio. Así que, los sacerdotes, los reyes y los profetas necesitan el sacerdocio.
Examinemos nuevamente los Salmos. Aunque la mayoría de los salmistas no eran sacerdotes, todos ellos estaban espiritualmente en el sacerdocio. Por ejemplo, David escribió: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo” (Sal. 27:4). Si David no hubiese sido sacerdote, no podría morar en la casa de Dios, ya que esto sólo corresponde a la vida sacerdotal.
Uno de los salmistas dice que morar en los atrios del Señor es mejor que mil días fuera de ellos. Esta es la mejor manera de redimir el tiempo, porque se redime mil veces. No debemos estar satisfechos con permanecer en el atrio. Debemos aprender a permanecer en la presencia del Señor, pues allí una hora es mejor que mil lejos de El. Este es el sacerdocio que trae tanto el reinado como el ministerio profético.
¿Han notado que el Nuevo Testamento comienza con el sacerdocio? Este fue expresado por Zacarías, el padre de Juan el Bautista, el cual fue el precursor del Señor. Pero ¿quién presentó a Juan? El sacerdocio en la persona de su padre Zacarías, presentó al precursor del Señor, el cual a su vez presentó a Cristo. De manera que el Nuevo Testamento se abrió y se llevó a cabo mediante el sacerdocio.
Sabemos que Zacarías era sacerdote tanto oficial como espiritualmente. Esto indica que Juan el Bautista también era sacerdote, por ser hijo de sacerdote; y pese a que vivía en el desierto, en realidad se hallaba en el Lugar Santísimo. Cuando leemos los cuatro evangelios, nos damos cuenta de que nadie tiene un ministerio sacerdotal que llegue al nivel del sacerdocio del Señor Jesús. El es el Sacerdote por excelencia; era uno con Dios siempre y vivía continuamente en Su presencia.
También podemos decir que el libro de los Hechos describe el sacerdocio. Durante los primeros diez días posteriores a la resurrección, el aposento alto en Jerusalén fue el verdadero Lugar Santísimo. Los creyentes permanecieron en la presencia del Señor. Aunque no eran sacerdotes según la ley, sí lo eran en el aspecto espiritual, pues invirtieron su tiempo, su vida y su todo en la presencia del Señor, hasta que al fin, el día de Pentecostés, llegaron a ser uno con El.
Hoy en día se habla mucho de Pentecostés y se piensa que fue un evento que puso de manifiesto los dones, pero no es así en realidad. Lo que se manifestó fue el sacerdocio. Una persona que tiene dones es diferente a un sacerdote. Lo que la iglesia necesita hoy son sacerdotes, no personas que posean dones. Pedro, Juan y los demás no eran solamente personas dotadas sino sacerdotes, ya que vivían en la presencia del Señor y en unidad con El. Más adelante, en Hechos, mientras Pedro estaba en la presencia del Señor, le vino una visión celestial. En ese momento él se encontraba en el Lugar Santísimo.
Más tarde, en el capítulo 13 de Hechos, se nos presenta la historia de Antioquía, lo cual también describe el sacerdocio. Pablo y los otros hermanos ministraban al Señor en el Lugar Santísimo espiritual. Ellos pasaban su tiempo y sus vidas en la presencia del Señor. En esa condición de unidad con el Señor, se les hizo el llamamiento. Aquello fue simplemente la expresión del Señor por medio de los que estaban llenos de Dios. Esto era sencillamente el sacerdocio.
Finalmente, en el último libro de la Biblia, vemos que el apóstol Juan estaba en el espíritu. Ahora nuestro espíritu regenerado y habitado por el Señor es el Lugar Santísimo. Cuando Juan estaba en su espíritu, estaba en el Lugar Santísimo, y fue allí fue donde vio al Señor, las visiones de la iglesia, la Nueva Jerusalén e incluso los juicios que serán ejecutados sobre la tierra. Recuerden que fueron Pedro y Juan los que nos dijeron que mediante la redención del Señor llegamos a ser sacerdotes y reyes.
En el sacerdocio siempre han habido fracasos por el lado humano y un continuo recobro por parte de Dios. Después que la creación fue restaurada, Dios le dio a Adán el verdadero oficio de sacerdote, pero cuando cayó, Dios intervino para recobrar el sacerdocio mediante la redención, con la cual Abel fue restaurado al sacerdocio. El llegó a ser un sacerdote que había sido redimido para disfrutar a Dios y tener contacto con El, para ejercer su función ante El y para participar de El.
Más adelante, también el hombre redimido perdió su sacerdocio. Así que, Dios eligió del linaje caído a Abraham, y lo puso en el sacerdocio; de tal modo que Abraham intercedía por otros. El capítulo 18 de Génesis revela que Dios estaba en la tienda de Abraham, así que esa tienda era el Lugar Santísimo. Abraham estaba en el Lugar Santísimo y era uno con el Señor; por consiguiente recibió la visión acerca de la destrucción de Sodoma y acerca del plan de Dios.
Los descendientes de Abraham, los hijos de Israel cayeron gradualmente y fueron a parar a Egipto. En consecuencia, perdieron una vez más el sacerdocio. Pero el Señor los redimió mediante la Pascua y les dijo que Su intención era hacerlos un reino de sacerdotes, un reino sacerdotal (Ex. 19). No habría solamente un sacerdote, sino un reino de sacerdotes. Sin embargo, poco después, toda la nación de Israel cayó al adorar al becerro de oro. Entonces el sacerdocio pasó del pueblo de Israel a la tribu de Leví. Después, en los días de Elí, la condición de los sacerdotes de la tribu de Leví era tan corrupta que perdieron todos los aspectos del sacerdocio. Pero Dios levantó a los reyes y a los profetas para que restauraran el sacerdocio. Todos aquellos que estaban con Dios fueron conducidos al sacerdocio verdadero.
Veamos el Nuevo Testamento. Ya dijimos que el Señor Jesús es el Sacerdote por excelencia; y El nos condujo al sacerdocio mediante la redención. Ahora el sacerdocio pasó a toda la iglesia. Pero este sacerdocio también se perdió. Por lo tanto, la recuperación de la vida de iglesia es la restauración del sacerdocio verdadero. Así que, lo importante no es el servicio ni la obra ni la actividad, sino el sacerdocio. Todos debemos ser restaurados a este sacerdocio, lo cual significa que debemos ser conducidos de regreso a la comunión verdadera con el Señor.
Es evidente que no se trata de hacer algo para el Señor, ni de un movimiento. El recobro del Señor gira en torno al sacerdocio. Todos necesitamos ser conducidos a la presencia del Señor; debemos permitir que el Señor nos posea y nos ocupe, a tal grado que seamos llenos y empapados de El. Desechemos toda labor nuestra, ya que ésa no es responsabilidad nuestra, sino de El. Nuestra responsabilidad es simplemente ocuparnos del sacerdocio.
La Biblia dice claramente que ninguna obra de Dios es iniciada por pensamiento ni actividad humana, sino que todo proviene del sacerdocio. Desechemos toda obra, actividad, movimiento, método, forma y todo énfasis en enseñanzas y dones; nuestra única necesidad es el verdadero sacerdocio.
Necesitamos pasar tiempo y permanecer: “en la azotea”, “en la isla de Patmos”, “junto al río” y “en el desierto”. Esto indica que necesitamos apartarnos para el Señor y encerrarnos con El, de manera que no solamente utilicemos nuestro tiempo, sino que tengamos toda nuestra vida misma y nuestra persona en Su presencia. Entonces El nos llenará, y todo nuestro pensamiento se volverá a la visión celestial del sacerdocio.
Repito una vez más que el recobro del Señor es el recobro del sacerdocio. La restauración de la vida de iglesia no es un movimiento ni una obra ni una actividad, sino el restablecimiento del sacerdocio. El Señor necesita un grupo de personas que entre a Su presencia y sea uno con El. Entonces, El podrá fluir y llevar a cabo Su voluntad y cumplir Su propósito.