Lectura bíblica: Jn. 6:57; Ef. 4:11-16; Col. 2:19
Como ya vimos en los capítulos anteriores, el propósito de Dios con relación a la iglesia se revela en tres pasajes de Efesios. Repasaremos estos pasajes nuevamente, porque verdaderamente necesitamos dejarnos impresionar por el propósito de Dios.
El primer aspecto se halla en Efesios 1:5, que dice que Dios nos predestinó, nos designó de antemano, para filiación. La filiación incluye el nacimiento, el crecimiento y la primogenitura. El nacimiento más el crecimiento y la primogenitura equivalen a la filiación. Éstos no son asuntos insignificantes; todos ellos incluyen muchas cosas.
Jacob tuvo el nacimiento adecuado, mas no tuvo la primogenitura inicialmente. Finalmente, él ganó la primogenitura, pero no la disfrutó sino hasta que tenía más crecimiento en vida, hasta que fue transformado de un suplantador, uno que se asía del calcañar, a un príncipe de Dios. Esta transformación proviene del crecimiento en vida. La transformación de Jacob duró más de veinte años. De joven, él era un verdadero suplantador, un ladrón. Él le robó a su hermano y le robó a su tío Labán. No obstante, cuando fue a Egipto, la mano de Jacob que suplantaba llegó a ser la mano de Israel que bendecía (Gn. 47:7, 10; 48:15, 20; 49:28). En lugar de suplantar, bendecía. Él aun bendijo a Faraón, la persona más elevada de la tierra. En aquel tiempo todo Egipto estaba bajo la mano de Jacob. Él pudo haber tomado cualquier cosa que deseara, pero no lo hizo. Más bien, él extendió su mano para bendecir. Él vino a Egipto, no para arrancar, suplantar o hurtar, sino para dar y bendecir. Era un hombre verdaderamente maduro delante de Dios, así que disfrutó la primogenitura y la plena filiación.
La filiación tiene que ver con la vida. Fuimos predestinados para filiación a fin de tener a Dios como nuestra vida, crecer en esta vida y tener la primogenitura completa en esta vida. El último paso de nuestra plena filiación será la redención, la transfiguración, de nuestro cuerpo (Ro. 8:23). En el Nuevo Testamento, la filiación simplemente significa que, como vida, Dios se mezcla con el hombre tripartito. Primeramente, Dios viene a nuestro espíritu humano para regenerarnos. Esto es el nacimiento divino en nuestro espíritu. Nacer del Espíritu en nuestro espíritu equivale a nacer de Dios (Jn. 3:6; 1:12-13). El nacimiento divino es el comienzo de la vida en nuestro interior. Luego, desde el tiempo de nuestro nacimiento divino, si abrimos nuestro corazón —nuestra mente, parte emotiva, voluntad y conciencia— el Señor tendrá más oportunidad para llenarnos y extenderse desde nuestro interior. En esto consiste nuestro crecimiento y nuestra transformación. La transformación del alma es el verdadero crecimiento en vida. También es la verdadera salvación de nuestras almas (Jac. 1:21) y se relaciona con nuestra recompensa. Si tenemos el crecimiento en vida, tenemos la transformación, y al regreso del Señor, Él nos dará la recompensa, la cual es la primogenitura.
Hebreos 12 nos advierte que miremos bien para no perder nuestra primogenitura (vs. 15-17). Tenemos la primogenitura, pero es posible perderla. Al regreso del Señor, si disfrutaremos o no de la primogenitura depende de nuestro crecimiento y transformación. Si hoy día vivimos en nuestra alma, en nuestro yo y por nuestra vista, no tenemos fe. Por otro lado, si nos olvidamos de nuestro yo, negamos nuestra alma y vivimos en el espíritu, tenemos una fe viviente, y el Señor tendrá la oportunidad de llenarnos desde nuestro interior y extenderse para saturar nuestra alma. En esto consiste transformar nuestra alma, lo cual también equivale a salvar y elevar el alma que hemos negado. Cuando el Señor transforma nuestra alma, Él la eleva. Cuando conocemos a una persona espiritual que ha sido transformada en su alma, nos percatamos de que su mente, su parte emotiva y su voluntad han sido elevadas. Además, debido a este crecimiento y transformación, el Señor nos concederá la primogenitura como recompensa al momento de Su regreso.
Muchas cosas se relacionan con la primogenitura, incluyendo el sacerdocio, el reinado y la herencia de una doble porción de la buena tierra (4, Ap. 20:6; He. 2:5-6). Rubén, como hijo primogénito de Jacob, debía haber tenido la primogenitura, mas debido a su pecado, perdió su primogenitura (Gn. 49:3-4; 1 Cr. 5:1). La primogenitura se dividió entre tres de los demás hijos de Jacob. El sacerdocio fue dado a Leví (Dt. 33:8-10), el reinado fue dado a Judá (Gn. 49:10) y la doble porción de la tierra fue dada a José (1 Cr. 5:1-2).
Somos salvos para ser reyes y sacerdotes. Apocalipsis 1:6 y 5:10 nos dicen que somos salvos como reyes y sacerdotes, y Hebreos 2:5-6 nos dice que un día heredaremos la tierra. Ser reyes y sacerdotes, y heredar la tierra equivalen a la primogenitura. Hoy día podemos experimentar esto un poco, pero la plena experiencia de esto la tendremos el momento en que el Señor regrese. Cuando el Señor regrese, Él otorgará la plena primogenitura, que incluye estos tres asuntos, a los vencedores. El Señor les concederá a los vencedores ser reyes y sacerdotes, así como heredar toda la tierra. Eso será una recompensa. Sin embargo, aquellos que poseen el nacimiento divino pero que no crecen en vida perderán la primogenitura en aquel tiempo, porque no serán maduros. Necesitarán cierto periodo de tiempo para terminar de crecer. Después de mil años ellos habrán crecido completamente, y en el cielo nuevo y la tierra nueva, ellos disfrutarán la primogenitura. Será demasiado tarde para que disfruten la primogenitura en el milenio, pero no será demasiado tarde para disfrutar la primogenitura en la eternidad.
Si el Señor regresase hoy y le dijese a usted: “Ven, sé un rey en Mi reino”, usted podría decir: “Señor, has venido a la persona equivocada. No estoy listo para ser un rey”. El reinado requiere madurez. Como ya hemos dicho, Jacob recibió la primogenitura, pero no disfrutó la primogenitura por causa de su falta de madurez. Más tarde, cuando fue a ver a Faraón, había madurado, así que espontáneamente era un rey; él era Israel, el príncipe de Dios (Gn. 32:28). Jacob espontáneamente disfrutó la primogenitura y ejerció su primogenitura.
Efesios 3:10 dice: “A fin de que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y autoridades en los lugares celestiales”. Esto es la exhibición, la demostración, de la sabiduría de Dios a los principados, las autoridades, las fuerzas de las tinieblas, a Satanás y a todos sus seguidores. Mientras más vida tengamos, más edificados seremos. Finalmente, seremos una exhibición. Esto será un verdadero desafío para el enemigo, una vergüenza para él y una gloria para Dios.
Satanás, el enemigo, es sutil. Hoy día el hace que muchos hijos de Dios digan: “Es imposible que la iglesia sea edificada en esta tierra. La iglesia edificada no debe ser algo de esta tierra, sino algo lejano; no hoy, sino en el futuro”. Este pensamiento no es otra cosa que la sutileza del enemigo. Efesios 3:10 no sólo es para el futuro, sino que incluye algo propio de esta era actual en la tierra. En muchos lugares, el Señor necesita llevar a cabo algo que sea un desafío para Satanás. El Señor quiere decir: “Satanás, mira. Aun en tu territorio, en el territorio utilizado y usurpado por ti, estoy obrando para edificar un vaso, un candelero desde el cual Yo pueda resplandecer y que ponga en orden todas las cosas”. La iglesia edificada es una verdadera exhibición, un desafío, una vergüenza para Satanás y una gloria para Dios.
Si nuestros ojos son realmente abiertos, estaremos listos para pagar cualquier precio por causa de esto. Le diremos al Señor: “Señor, a toda costa estoy dispuesto a vivir por causa de la edificación de la iglesia en el lugar donde estoy”. Esto no es un asunto insignificante; es algo sumamente estratégico. Estoy muy consciente de que el enemigo está luchando por este punto estratégico. Satanás permite que la gente sea salva y busque la espiritualidad siempre y cuando no sean edificados. Según los sesenta y seis libros de la Biblia, la máxima conclusión y la meta de la intención de Dios es un edificio. Satanás conoce esto, así que, por una parte, él se esfuerza por edificar algo de sí mismo y, por otra, hace todo lo posible para dañar el verdadero edificio de Dios.
Es por esto que existe una verdadera lucha aquí hoy. Los hermanos en el Lejano Oriente, aun hoy día, han recibido mucha oposición y críticas sencillamente porque estamos firmemente a favor de la iglesia, del edificio. Nadie nos puede criticar por predicar el evangelio o enseñar la verdad de manera errónea. El único punto por el cual nos critican es porque estamos aquí firmemente a favor de la edificación de la iglesia. Hemos sufrido y aún sufrimos. Todos los informes malignos acerca de nosotros sólo se deben a este único asunto. Si abandonáramos el asunto de la iglesia y meramente predicáramos el evangelio y ayudásemos a las personas a ser espirituales, todo el mundo nos elogiaría. Ellos dirían: “¡Esas personas son maravillosas y de criterio amplio!”. Sin embargo, una vez tomamos el asunto de la iglesia, de inmediato nuestra reputación se mancha. Las personas no hallan cosa alguna en contra nuestra excepto que nos importa la iglesia. Debido a esto, recibimos toda clase de crítica. Algunos dicen que somos sectarios, de criterio estrecho y pequeños. ¡Oh, la sutileza del enemigo! Sin embargo, todos estos informes malignos algún día llegarán a ser un diamante en nuestra corona.
En la sutileza del enemigo, en ciertos lugares la gente me ha dicho cosas aún peores. Sencillamente les respondí: “Deseo permanecer en este camino hasta el final”. Enfatizo este asunto porque todos debemos comprender cuál es la meta de Dios hoy. Si somos hombres conforme al corazón de Dios, como lo fue David, debemos buscar Su meta. No estoy satisfecho con sencillamente ver que las personas son salvas. No estoy satisfecho con sólo ver a los queridos santos buscando más del Señor y siendo espirituales. No estaré satisfecho sino hasta ver una verdadera edificación entre los santos. Esto es la meta de Dios y el blanco del enemigo. Si estamos firmemente a favor de la iglesia, vendremos a ser el blanco. No obstante, independientemente de cuánto nos critiquen, si somos fieles para estar de parte de Dios, seremos de bendición aun a los que nos critican. Hoy nos critican, pero mañana predicarán lo que predicamos. Recibirán todas las enseñanzas y todas las bendiciones que ministramos, y ayudarán a otros con ellas. Sin embargo, lo único que no predicarán es la iglesia. Debemos comprender que ocuparnos de la iglesia es una bendición, y debemos sufrir con miras a bendecir a otros. Nuestro objetivo principal consiste en tener el edificio, y este edificio es una verdadera exhibición y un verdadero desafío para el enemigo
Otro aspecto del propósito de Dios respecto a la iglesia se ve en Efesios 1:10: “Que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas”. Dios creó los cielos y la tierra, el universo, y dentro de esta esfera, o ámbito, Él creó millones de criaturas. En el centro de Su creación, Dios creó al hombre como un vaso que pudiera contenerle. Sin embargo, antes que Dios pudiera entrar en el hombre, Satanás, el enemigo de Dios, intervino y se inyectó a sí mismo en el hombre —la parte principal de la creación—, en particular, en el cuerpo del hombre, al tentar al hombre a utilizar su cuerpo para tomar del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Cuando el hombre tomó el fruto de ese árbol, el fruto entró en su cuerpo. Es por esto que los capítulos del 5 al 8 de Romanos hablan del pecado que mora en los miembros del cuerpo del hombre. El apóstol Pablo dijo: “De manera que ya no soy yo quien obra aquello, sino el pecado que mora en mí” (7:17). Aquí el pecado está personificado; es algo viviente puesto que puede morar, tener dominio y reinar como un rey sobre nosotros. Además, con este pecado existe la ley del pecado (8:2).
Satanás se inyectó a sí mismo en el cuerpo humano. Esto introdujo la muerte, la muerte trajo tinieblas, seguidas por la confusión. El pecado, la muerte, las tinieblas y la confusión afectaron todo el universo. Como cabeza de la creación, el hombre fue dañado, y este daño afectó todo el universo. Es por esto que hoy día aun los pequeños mosquitos nos molestan. Necesitamos control de plagas sólo porque todo está al revés y en confusión. Esto se debe a las tinieblas; las tinieblas provienen de la muerte, la muerte proviene del pecado y el pecado es la vida satánica, Satanás mismo.
Ahora Dios ha entrado para impartirse a Sí mismo como vida en el interior del hombre, en especial en su espíritu humano. La vida está en contra del pecado. Cuando la vida viene, la luz le sigue, así que la luz está en contra de las tinieblas. “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn. 1:4). A la luz le sigue el orden, el cual está en contra de la confusión. Cuando Cristo viene a nosotros como vida, tenemos la luz. La luz trae consigo regulación, y bajo esta regulación tenemos el orden, que es la edificación bajo la autoridad de Cristo, la Cabeza. A partir del Dios Triuno, quien es la vida, la luz resplandece, y bajo esta luz resplandeciente todas las cosas son puestas en orden bajo la autoridad de Cristo, la Cabeza. Finalmente, en Cristo todas las cosas serán reunidas bajo una cabeza. Dios ha comenzado esta obra, y ahora la ha de terminar. Un día la Nueva Jerusalén habrá sido terminada. Dentro de la Nueva Jerusalén estará Dios como vida llenando toda la ciudad, y esta vida resplandecerá en la ciudad y a través de ella sobre el resto de la creación.
Apocalipsis 21:24 nos dice que todas las naciones andarán a la luz de la ciudad. Cristo es el Cordero y, como tal, será la lámpara en el centro de la ciudad santa que habrá sido edificada (v. 23). Dios está en el interior de Él como luz, y Dios en Cristo resplandece a través de la ciudad transparente. La ciudad será cristalina y transparente. No habrá más barro ni nada opaco, porque cada pedazo de barro habrá sido transformado en una piedra preciosa. Esta transformación, que nos hará transparentes, será la verdadera salvación de nuestras almas.
Puesto que Dios resplandece en Cristo a través de la ciudad, todas las naciones andarán a la luz de la ciudad. Esto quiere decir que la luz resplandeciente pondrá en orden a toda la creación bajo la autoridad de Cristo, la Cabeza. Para este tiempo Satanás habrá sido lanzado al lago de fuego. Además, ya no existirá el mar, lo cual significa que Satanás y sus seguidores malignos habrán sido derrotados y no se hallarán en el cielo nuevo y la tierra nueva (21:1). Satanás, la muerte y las tinieblas habrán sido eliminados. El Dios Triuno se mezclará con las personas redimidas, regeneradas y transformadas, y Dios como vida resplandecerá en ellos, a través de ellos y sobre el resto de la creación para poner en orden a toda la creación bajo la autoridad de Cristo, la Cabeza.
Por lo tanto, la máxima consumación de los sesenta y seis libros de la Biblia equivale a que Cristo como Cabeza reúna todas las cosas bajo Sí mismo. Sin embargo, nunca olvidemos que el que se reúnan bajo una cabeza todas las cosas es un hecho que ocurre por medio del Cuerpo, y finalmente, por medio de la Nueva Jerusalén. Esto es el cumplimiento de Efesios 1:10. Necesitamos tener la verdadera experiencia de la filiación, que es la experiencia de vida, y es necesario que la autoridad de Cristo, la Cabeza, sea hecha real en nuestra experiencia. Entonces seremos edificados y tendremos el orden apropiado en el edificio.
Por todo lo mencionado anteriormente, podemos ver de manera clara que a fin de que la vida de iglesia sea hecha real en nuestra experiencia, primero tenemos que conocer la verdadera experiencia de Cristo en nuestro interior como nuestra vida. Debemos experimentar a Cristo a tal grado que Él realmente sea nuestra vida. Esto tiene que ver con la mezcla de Dios y el hombre. Algunos han criticado nuestro uso de la palabra mezcla, preguntando: “¿Cómo puede Dios mezclarse con nosotros?”. Estas queridas personas están demasiado preocupadas con la teología tradicional. Cada vez que oigo a otros criticar nuestros mensajes, no soy subjetivo. Intento ser objetivo para ver su punto de vista y considerar más a cabalidad lo que estamos enseñando. Muchas veces asumo la actitud de que podríamos estar equivocados y reviso nuevamente esta enseñanza. Aun esta mañana revisé nuevamente si algo podría estar mal con ella o no. Sin embargo, el Señor me dijo: “Mira Juan 6:57: ‘Como me envió el Padre viviente, y Yo vivo por causa del Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por causa de Mí’”. ¿Acaso podemos comer algo sin que ello se mezcle con nosotros? Si nos comemos un pollo, el pollo y nosotros nos unimos. Cualquier cosa que comamos es digerida y se mezcla con nosotros. El Señor Jesús es el pan de vida, y Él dijo: “El que me come, él también vivirá por causa de Mí”.
La Nueva Jerusalén tiene cuatro lados, y en cada lado hay tres puertas (Ap. 21:13). Esto no equivale a tres más cuatro, sino a tres multiplicado por cuatro. El número tres representa al Dios Triuno y el número cuatro representa al hombre, el principal entre todas las criaturas (Mt. 28:19; Ez. 1:5, 10). Estas figuras significan que el Dios Triuno se mezcla con el hombre. La primera vez que di un mensaje acerca de este cuadro fue en 1941 en mi pueblo natal. Ahora, puesto que he sido criticado por esta enseñanza, volví a revisar los escritos del hermano Watchman Nee. En La iglesia gloriosa, el hermano Nee habla acerca de cuatro mujeres: Eva en Génesis 2, la mujer (la iglesia) en Efesios 5, la mujer universal en la visión de Apocalipsis 12 y la Nueva Jerusalén, la esposa del Cordero en Apocalipsis 21 (The Collected Works of Watchman Nee, t. 34, págs. 99 en adelante). El hermano Nee señaló que estas cuatro mujeres realmente eran una sola mujer, que representa una entidad compuesta del pueblo redimido de Dios. Acerca de la última mujer, el hermano Nee dijo: “En la Nueva Jerusalén, la unión del hombre y de Dios deja de ser siete, pues es doce. Ya no es tres más cuatro, sino tres multiplicado por cuatro. La multiplicación es una unión perfecta, algo inseparable. Cuando el Creador se mezcla con la criatura, esto da doce, y doce es el número de la unión perfecta” (pág. 136). Cuando el hermano Nee habló este mensaje en chino, él utilizó la palabra mezclarse.
A fin de tener la vida de iglesia, tenemos que conocer la realidad de Cristo como vida para nosotros, no meramente de forma general, sino a manera de alimento para ser digerido por nosotros. Necesitamos comer a Cristo y digerirlo. “El que me come, él también vivirá por causa de Mí”. Ésta es la palabra del Señor en Juan 6:57 y nunca podemos olvidarla. Tenemos que experimentar al Señor como vida, en el sentido de que Él es el alimento que hemos de digerir y que, como tal, Él llega a ser nuestro elemento constitutivo. Luego, espontáneamente estamos en el orden adecuado bajo Su autoridad como Cabeza.
El tema de la vida y la edificación se halla por todas las Escrituras. En Génesis 2 se halla el árbol de la vida y también la edificación implícita en los materiales preciosos, que son oro, bedelio y ónice (vs. 9, 11-12). Al final de la Biblia, en Apocalipsis 21 y 22, nuevamente se ve el árbol de la vida y la edificación con materiales preciosos (22:2; 21:18-21). En las siete parábolas de Mateo 13 también se halla el tema de la vida y la edificación. En estas parábolas la semilla que se siembra es la semilla de vida que crece para ser trigo (vs. 3-8, 24). Aun la semilla de mostaza y las tres medidas de harina tienen que ver con la vida (vs. 31, 33). Por otra parte, el tesoro escondido en la tierra y la perla de gran valor son materiales preciosos para el edificio (vs. 44-46). De manera similar, 1 Corintios 3 nos dice que, por un lado, somos labranza de Dios y, por otro, somos la casa de Dios (vs. 9-12, 16). Como labranza de Dios, necesitamos la vida para crecer, y como casa, necesitamos ser edificados. Por todas las Escrituras tenemos estos dos asuntos: la vida y la edificación.
En el Antiguo Testamento hay varios tipos de la iglesia. Sin embargo, todos los tipos se agrupan en dos categorías. La primera categoría es la de las mujeres. Varias mujeres son tipos de la iglesia. Eva es el primer tipo de la iglesia (Gn. 2:22; 3:20). Rebeca también es un tipo de la iglesia (24:15, 64-67). La mayoría de las mujeres positivas del Antiguo Testamento son tipos de la iglesia. Las mujeres tienen que ver con la vida. Eva provino de Adán. Ella recibió su vida de Adán, y Adán era vida para ella. Esto representa el que la iglesia recibe vida de Cristo y Cristo es vida para la iglesia. La segunda categoría de los tipos de la iglesia es la casa de Dios, el tabernáculo, el templo, e incluso la ciudad. Todos estos asuntos se relacionan con la edificación.
El libro de Efesios contiene ambos aspectos. Por una parte, Efesios nos dice que somos la casa, la morada de Dios (2:20-22). Por otra parte, nos dice que somos la esposa, el complemento, de Cristo (5:25, 32). Nosotros, como complemento, necesitamos crecer, y como casa necesitamos ser edificados. Un solo versículo, Colosenses 2:7, menciona ambos aspectos. Este versículo dice: “Arraigados y sobreedificados en Él”. Estar arraigados tiene que ver con la vida, y ser sobreedificados tiene que ver con el edificio. Aquí vemos nuevamente la vida y la edificación.
Debemos crecer, pero meramente crecer no es suficiente. El crecimiento tiene por finalidad la edificación. Aunque los cristianos actualmente le prestan alguna atención al crecimiento, en su mayoría descuidan el aspecto de la edificación. Efesios 4:15 habla acerca del crecimiento, y el versículo 16 habla acerca de la edificación. Estos dos versículos dicen: “Asidos a la verdad en amor, crezcamos en todo en Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo, bien unido y entrelazado por todas las coyunturas del rico suministro y por la función de cada miembro en su medida, causa el crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor”. De manera similar, Colosenses 2:19 dice: “Asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el Cuerpo, recibiendo el rico suministro y siendo entrelazado por medio de las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento de Dios”. Efesios 4:16 menciona las coyunturas del rico suministro, y Colosenses 2:19 habla acerca de las coyunturas y los ligamentos. Las coyunturas tienen como meta el alimento, el suministro, y los ligamentos sirven para entrelazar.
Necesitamos crecer en todo en Cristo, la Cabeza. Si no crecemos en Cristo, no podemos recibir nada de Él, pero cuanto más crecemos en Él, más recibimos de Él para ministrar a otros. En el Cuerpo las coyunturas son los miembros que traen el suministro, los miembros que proveen el alimento, los cuales suministran el alimento a los demás miembros. En el Cuerpo algunos miembros también son ligamentos que entrelazan. Sin los ligamentos, todos los miembros están dispersos. Es por medio de los ligamentos que todos los miembros son unidos.
Los versículos anteriormente mencionados hablan de cuatro categorías: la Cabeza, las coyunturas, los ligamentos y todos los demás miembros. En primer lugar, tenemos a Cristo, la Cabeza. Todos debemos crecer en Él y recibir algo de Aquel que es la Cabeza, la fuente del suministro. En segundo lugar, tenemos las coyunturas que reciben el rico suministro de la Cabeza para ministrar a los otros miembros. En tercer lugar, tenemos los ligamentos, cuyo ministerio principal no sólo consiste en suministrar, sino también en entrelazar. Es por ellos y a través de ellos que los muchos miembros son unidos. En cuarto lugar, Efesios 4:16 dice: “Por la función de cada miembro en su medida”. Aparte de la Cabeza, las coyunturas y los ligamentos, están los muchos miembros, las muchas partes, que no son la Cabeza, ni coyunturas o ligamentos. Los ojos, los oídos, la nariz y las manos no son coyunturas ni ligamentos, pero sí son miembros del cuerpo que tienen su función. Cada miembro tiene una función en su medida. Debemos conocer la Cabeza, Cristo. Tenemos que aprender a experimentarle y crecer en Él. Entonces recibiremos algo proveniente de Él. A medida que crecemos en Él y recibimos algo de Él, desempeñamos nuestra función. Es por medio de nuestra función que todo el Cuerpo es edificado.
Algunas personas alegan que según Mateo 16 el Señor mismo es el único que puede edificar Su iglesia. Conforme a su pensamiento, somos demasiado orgullosos cuando decimos que nosotros, los miembros, edificamos la iglesia. Esto suena bien, pero el Señor Jesús no edifica la iglesia directamente. Él edifica la iglesia por medio de las personas dotadas que se mencionan en Efesios 4:11 y 12. Estos versículos dicen: “Él mismo dio a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, a otros como pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo”. La Cabeza no edifica la iglesia directamente. La Cabeza edifica la iglesia por medio de los apóstoles, profetas, evangelistas y pastores y maestros.
Hablando con propiedad, aun las personas dotadas no edifican la iglesia directamente. Según el versículo 12, ellos perfeccionan a los santos y los santos edifican la iglesia. Los versículos del 13 al 15 hablan acerca del crecimiento, y el versículo 16 habla acerca de la edificación. La verdadera edificación se lleva a cabo por todos los santos, es decir, por todos los miembros. La edificación de la iglesia no se efectúa directamente por las personas dotadas, ni directamente por la Cabeza. La Cabeza edifica la iglesia por medio de las personas dotadas, las personas dotadas perfeccionan a los miembros, y los mismos miembros edifican la iglesia directamente.
Podemos utilizar el proceso de cocinar para ilustrar la función de las personas dotadas y de todos los miembros. Si la esposa de un hermano no está en la casa cocinando para él, es posible que él pase hambre. Sin embargo, hablando en términos espirituales, todos tenemos que ser los “cocineros” día tras día. Aun si no somos expertos en cuanto a la cocina, todavía tenemos que cocinar. A veces es posible que tengamos que invitar a un experto para que nos enseñe a cocinar, pero él no debería reemplazarnos en la cocina. Las personas dotadas no deberían reemplazar a los santos. Nadie debería decirle a una persona dotada: “Usted es el experto. Por favor, cocine por nosotros”. El experto debería decir: “Puesto que soy el experto, permítanme enseñarles cómo cocinar. Yo enseño y ustedes cocinan. No esperen que yo los reemplace como cocinero. Ustedes tienen que hacerlo. Podría hacerlo por ustedes una o dos veces para enseñarles la manera de hacerlo, pero seguramente tendrán que hacerlo la tercera vez. Entonces, si ustedes no cocinan, no comen”. Esto ilustra la manera en que los miembros dotados perfeccionan a los santos para que los santos puedan edificar la iglesia directamente. La iglesia, el Cuerpo, se edifica directamente por los santos que son perfeccionados por medio del ministerio de las personas dotadas.
Como ya hemos dicho, los miembros pertenecen a tres clases principales: las coyunturas, los ligamentos y los demás miembros. Las coyunturas sirven para dar el suministro, el alimento, los ligamentos sirven para entrelazar a los santos y unirlos, y el resto de los miembros efectúan las diferentes clases de funciones. Todas estas tres clases de miembros tienen que estar bajo la autoridad de Cristo, la Cabeza. Si somos coyunturas, tenemos que cumplir con nuestro deber de suministrar y nutrir, y si somos ligamentos, tenemos que ser fieles para unir el Cuerpo en amor. En el Cuerpo necesitamos las coyunturas para que suministren y los ligamentos para que entrelacen. Las coyunturas no pueden entrelazar; sólo sirven para nutrir y suministrar. Se necesita un grupo de ligamentos para unir y entrelazar a todos los miembros. Muchas veces los miembros necesitan el suministro, pero después de recibir el suministro, necesitan que alguien los una, los entrelace y los junte. El problema actual consiste en que muchos sólo quieren ser las coyunturas para traer el suministro, pero no los ligamentos para entrelazar. Cuando éste es el caso, tenemos el alimento, pero estamos carentes del entrelazamiento. Además, carecemos de las muchas otras funciones de los miembros. La manera adecuada de conservar el orden en el Cuerpo consiste en que cada clase de miembro sea fiel. Todos estamos de acuerdo con que necesitamos estar bajo la autoridad de la Cabeza, pero es posible que no conservemos el orden en el Cuerpo adecuadamente. Si estamos fuera de nuestra función, estamos fuera del orden adecuado. Es posible que seamos un ligamento que intenta suministrar o una coyuntura que intenta entrelazar. Si éste es el caso, entonces estamos fuera de nuestra función y no estamos en el orden adecuado.
Hoy día muchos hablan acerca del “ministerio del Cuerpo”. Inicialmente, pensé que esto era un buen término, pero ahora no me gusta utilizarlo. Cuando muchos hablan acerca del ministerio del Cuerpo, se refieren a las reuniones en las cuales todos abren su boca para decir algo, como si el Cuerpo únicamente tuviese una boca sin ojos, oídos, nariz u otros miembros. Es desagradable que los ojos del Cuerpo intenten hablar. La situación más hermosa consiste en que las manos hagan la obra de las manos y los pies hagan la obra que es propia de los pies. El ministerio del Cuerpo no equivale meramente a un ministerio en el cual todos hablan. El ministerio genuino del Cuerpo consiste en que todos los miembros del Cuerpo funcionen en diversas maneras.
Dios creó una sola boca en nuestro cuerpo. Si hay dos bocas, éstas podrían discutir entre sí. Por una parte, 1 Corintios 14:31 dice que todos pueden profetizar, así que tenemos que profetizar apropiadamente. Por otra parte, el pie no debe funcionar en calidad de boca. Es posible que tengamos un sentir erróneo acerca de si somos la boca o no, pero los demás miembros pueden discernirlo. Si el pie intenta funcionar en calidad de boca, los miembros percibirán que algo anda mal. Posiblemente digan: “Hermano, sencillamente sea un pie. Eso es suficiente. No intente ser la boca”. El ministerio del Cuerpo no consiste en que todos hablen de modo que funcionen en calidad de boca. Más bien, Romanos 12 y 1 Corintios 12 nos dicen que el Cuerpo tiene muchos miembros, y no todos los miembros tienen la misma función (Ro. 12:3-5; 1 Co. 12:14-17).
Entre nosotros hay cierto hermano por medio de quien muchas personas han sido salvas. Él siempre está consciente de qué y quién es, así que prepara una comida en su hogar e invita a las personas, pero no intenta hablarles. Más bien, junto con los incrédulos, también invita a ciertos hermanos y hermanas para que hablen. En esto consiste la coordinación y la cooperación adecuadas de las diferentes funciones. Aun en la predicación del evangelio, necesitamos esta clase de coordinación. Si una persona es una boca pero no puede preparar una comida en su hogar, necesita la cooperación del Cuerpo a fin de predicar el evangelio. Esto es un pequeño ejemplo del ministerio adecuado en el Cuerpo. El ministerio auténtico del Cuerpo consiste en que la boca hable, las manos obren y todos los miembros desempeñen su función.
Todos estamos bajo la autoridad de Cristo, la Cabeza, pero debemos aprender a conservar el orden en el Cuerpo. Si por la misericordia del Señor sabemos lo que somos y dónde estamos, y permanecemos allí, esto será una gran ayuda para la edificación del Cuerpo. No hay duda alguna de que todos tenemos el deseo genuino de edificar la iglesia, pero para hacer esto necesitamos conservar el orden adecuado. Si somos los ligamentos, debemos conservar este orden; si somos las coyunturas, debemos cumplir con nuestro deber; y si somos uno de los demás miembros, tenemos que funcionar conforme a nuestra medida. Esto tendrá un efecto viviente sobre las personas. Lo que principalmente impresiona a las personas no son nuestros mensajes, sino la situación predominante en nuestras reuniones. Esto está relacionado con la verdadera edificación. La situación entre nosotros tiene que ser enriquecida, elevada, fortalecida y mejorada. Para ello, miramos al Señor a fin de que nos dé Su protección. El enemigo no está dispuesto a ver la edificación prevaleciente del Cuerpo en esta tierra y en nuestra localidad. No obstante, el Señor la llevará a cabo. Entonces será sumamente fácil guiar a las personas a la salvación. Es posible que sean salvos tan pronto lleguen a la reunión. También será fácil para que otros cristianos entren. Cuando vengan a la reunión quedarán impresionados. Se darán cuenta de que algo es diferente. En realidad, lo que sentirán es la verdadera edificación.
El Señor llevará esto a cabo no sólo en una localidad, sino en cada lugar donde se hallan los que le buscan. Esto no tiene que ver meramente con doctrina o algo externo, sino con la verdadera edificación en vida. Nada puede prevalecer en contra de esto. El Señor dijo: “Sobre esta roca edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). La verdadera iglesia edificada es el testimonio más fuerte del Señor. Todos tenemos que comprender la necesidad actual. Estamos bajo la autoridad de Cristo, la Cabeza, pero también necesitamos aprender a conocer y conservar el orden adecuado en el Cuerpo. Esto redundará en la verdadera edificación. Luego, por medio de esto, el Señor introducirá a otros en el mismo orden, y Cristo reunirá bajo una cabeza todas las cosas en Sí mismo. Esto requiere que seamos conjuntamente edificados.