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Capítulos de libros «Deuteronomio»
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Mis lecturas
  • Antes que los hijos de Israel pudieran disfrutar plenamente de las riquezas de la buena tierra, tenían que destruir por completo los lugares de adoración paganos, los ídolos y los nombres de los ídolos (vs. 2-3). Por tanto, la buena tierra tenía que ser exhaustivamente depurada de todos los centros de adoración paganos. Los hijos de Israel no debían adorar a Dios del mismo modo que las naciones adoran a sus dioses (v. 4).

  • A los hijos de Israel no se les permitía adorar a Dios y disfrutar de las ofrendas presentadas a Dios en un lugar escogido por ellos (vs. 8, 13, 17). Ellos tenían que adorar a Dios en el lugar escogido por Él, el lugar donde estaban Su nombre, Su habitación y Su altar (vs. 5-6), llevando allí sus diezmos, ofrendas y sacrificios para Él (vs. 5, 11, 14, 18, 21, 26-27; 14:22-23; 15:19-20). Cumplir con estos requisitos equivalía a tener un único centro de adoración, tal como Jerusalén llegaría a ser posteriormente (2 Cr. 6:5-6; Jn. 4:20), a fin de mantener la unidad del pueblo de Dios y así evitar la división ocasionada por las preferencias de los hombres (cfr. 1 R. 12:26-33 y las notas).

    La revelación contenida en el Nuevo Testamento sobre la adoración a Dios corresponde con la revelación hallada en este capítulo en por lo menos cuatro aspectos: Primero, el pueblo de Dios debe ser siempre uno solo; no debe haber divisiones entre ellos (Sal. 133; Jn. 17:11, 21-23; 1 Co. 1:10; Ef. 4:3). Segundo, el único nombre en torno al cual el pueblo de Dios debe reunirse es el nombre del Señor Jesucristo (Mt. 18:20; 1 Co. 1:12 y las notas), y la realidad de dicho nombre es el Espíritu (1 Co. 12:3). Ser designados con cualquier otro nombre es adquirir una denominación particular, estar divididos; esto es fornicación espiritual (véase la nota Ap. 3:83). Tercero, en el Nuevo Testamento, la habitación de Dios, Su morada, está localizada específicamente en nuestro espíritu, o sea, en nuestro espíritu mezclado, nuestro espíritu humano que ha sido regenerado por el Espíritu divino y está habitado por Él (Jn. 3:6b; Ro. 8:16; 2 Ti. 4:22; Ef. 2:22). Al reunirnos para adorar a Dios, tenemos que ejercitar nuestro espíritu y hacer todas las cosas en nuestro espíritu (Jn. 4:24; 1 Co. 14:15). Cuarto, en nuestra adoración a Dios tenemos que aplicar de manera genuina la cruz de Cristo, representada por el altar, al rechazar la carne, el yo y la vida natural, además de adorar a Dios única y exclusivamente con Cristo (Mt. 16:24; Gá. 2:20). Por tanto, las reuniones del pueblo de Dios para adorar a Dios deben realizarse en el nombre del Señor Jesucristo, en nuestro espíritu mezclado como lugar donde habita Dios, en el lugar donde la cruz está presente y con el disfrute de Cristo como realidad de los diezmos, las ofrendas y los sacrificios (véase la nota Jn. 4:244). Ésta es la unidad del pueblo de Dios, y éste es el terreno apropiado para adorar a Dios.

  • Véase la nota Lv. 17:101a.

  • Los hijos de Israel podían disfrutar del rico producto de la buena tierra de dos maneras. La manera común y privada consistía en disfrutar de dicho producto como la porción común a todo israelita en todo tiempo y lugar así como con cualquier persona (v. 15). La manera especial y corporativa consistía en disfrutar de la mejor porción —las primicias y los primogénitos— junto con todos los israelitas en las fiestas señaladas y en el único lugar escogido por Dios (véase la nota Dt. 12:51). Asimismo, el disfrute de Cristo que experimentan los creyentes neotestamentarios tiene dos aspectos: el aspecto privado y común que consiste en disfrutar a Cristo en todo tiempo y lugar, y el aspecto especial y corporativo que consiste en disfrutar de la mejor porción de Cristo en las reuniones de la vida de iglesia apropiada realizadas sobre el terreno único de la unidad, el lugar escogido por Dios.

  • Sobre los vs. 23-25, véanse las notas de Lv. 17:10-14.

  • Heb. nefesh; lit., el alma, ser viviente.

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