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Mensajes del libro «Estudio-Vida de 1 Corintios»
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Mensaje 3

INTRODUCCION

(3)

  Lectura bíblica: 1 Co. 1:1-9

  En 1:6 Pablo dice: “Así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros”. El testimonio acerca de Cristo que se menciona en este versículo difiere del testimonio en Jesús de Apocalipsis 1. En 1 Corintios 1:6 Pablo se refería a la predicación de Cristo, o sea, a predicar a Cristo, lo cual consistía en dar testimonio de El. Algunos se preguntarán por qué Pablo no usó la palabra predicación, en lugar de hablar de testimonio. Se puede decir que la predicación consiste en una simple comunicación de ideas por medio de palabras, mientras que dar testimonio es algo muy diferente. El testimonio debe incluir nuestra experiencia; no debe ser una simple predicación.

  La mayoría de los actuales ministros cristianos solamente predica; no da testimonio. En su predicación, expresan ciertos pensamientos en palabras, mas no llevan una vida que dé testimonio de lo que predican.

  Pablo, en su afán de ayudar a los corintios a que no sólo entendieran su expresión, sino que también captaran la realidad que había en ella, les dijo que el testimonio de Cristo había sido confirmado en ellos. El parecía decirles: “En mi predicación no sólo les anuncié a Cristo, sino que también les prediqué mi vida. Este es mi testimonio acerca de Cristo. Ustedes fueron enriquecidos en toda expresión y en todo conocimiento; en el entendimiento de lo que les prediqué”. Al predicarle a los corintios, Pablo les daba su testimonio.

  El testimonio de Cristo proclamado por Pablo fue confirmado en los creyentes corintios. Pablo fue muy prudente al redactar su epístola. Al decir a los corintios que el testimonio de Cristo había sido confirmado en ellos, Pablo quiso decir algo así: “Cuando les prediqué a Cristo, les testifiqué de El. Cuando creyeron en El y lo recibieron, algo sucedió dentro de ustedes: les fue dada la vida eterna y el Espíritu Santo, y estos son los dones iniciales que ustedes recibieron, los cuales confirman lo que les testifiqué.

  Todo lo que Pablo abarca en este contexto está relacionado con el hecho de que somos santos. Un santo es una persona que fue llamada por Dios y que ahora invoca el nombre del Señor Jesús. Además es uno que lleva la confirmación dentro de sí. ¿No tiene usted en su interior la confirmación de la cual habla Pablo en el versículo 6? Como creyente de Cristo, usted tiene la vida divina y el Espíritu Santo en su interior. Esto le confirma que usted es verdaderamente salvo. Si una persona no tiene esta confirmación dentro de sí, tendría mis dudas de que ella sea salva. Un santo no solamente ha sido llamado por Dios e invoca el nombre del Señor, sino que también tiene una confirmación interior. Dentro de él hay algo que le confirma que pertenece al Señor y que tiene la vida divina y al Espíritu Santo.

  En algunos casos, hay santos que pierden la sensación de ser salvos, especialmente en la primera etapa de su vida cristiana. Dejan de sentir que la vida divina y el Espíritu Santo están en ellos. Cuando yo era joven, también experimenté esto en varias ocasiones. Al poco tiempo de ser salvo, leí el libro de Juan Bunyan, intitulado El progreso del peregrino. En el libro, llega un momento en que el peregrino pierde su certificado. Cuando leí esto, me pregunté dónde estaba el mío, pues no parecía encontrarlo. Durante varios días me sentí turbado al respecto y no podía comer bien ni dormir en paz. Más tarde, leí el libro La seguridad de la salvación escrito por el hermano Nee. En ese libro, el hermano Nee dice que en la Biblia, Dios revela claramente que una vez que creemos en Cristo, somos salvos. Al leer esto, abrí mi Biblia en Juan 3:16, me arrodillé y dije: “Quiero testificar a los cielos y a la tierra que creo en este versículo, y que con base en él, sé que tengo vida eterna”. Aunque después de hacer esto seguía teniendo algunas dudas al respecto, finalmente revivió en mí un firme sentir que me confirmaba que en efecto yo era un hijo de Dios. A esto me refiero cuando hablo de la confirmación interior.

  Como creyentes de Cristo, todos tenemos esta confirmación. Lo que nos confirma que somos hijos de Dios es la vida divina y el Espíritu Santo. Como dice Pablo, no carecemos de ningún don. Hemos visto que esto significa que poseemos los dones iniciales de la vida divina y el Espíritu Santo.

  Después de examinar los diferentes puntos relacionados con el hecho de que somos santos, todos debemos entender claramente que en verdad lo somos. ¿Puede negar que usted es santo? Usted fue llamado por Dios, invoca el nombre del Señor Jesús y tiene la confirmación interior de que posee la vida divina y el Espíritu Santo.

IV. LA PARTICIPACION QUE TENEMOS DE CRISTO

  En el versículo 9 Pablo escribe: “Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión de Su Hijo, Jesucristo nuestro Señor”. Estas palabras son una continuación del versículo 8 y refuerzan con la certeza de la fidelidad de Dios el pensamiento que ahí se presenta. Dios en Su fidelidad confirmará a los creyentes hasta el fin, haciéndoles irreprensibles en el día que regrese el Señor.

  El versículo 9 dice que Dios nos llamó a la comunión de Su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor. La comunión en este versículo habla de participar del Hijo de Dios, de disfrutar al Cristo que lo es todo. Dios nos llamó a esta comunión para que participemos del Cristo que es la porción que Dios nos asignó. Este versículo, al igual que las palabras del versículo 2 que dicen que Cristo es de ellos y nuestro, vuelve a recalcar el hecho crucial de que Cristo es el centro único de los creyentes, el cual soluciona todos los problemas que existen entre ellos, especialmente el de la división.

  Esta epístola revela que Cristo, quien es la porción de los creyentes y a cuya comunión fuimos llamados, es todo inclusivo. El es el poder de Dios y la sabiduría de Dios como justicia, santificación y redención para nosotros (1:24, 30). El es el Señor de gloria (2:8) para nuestra glorificación (2:7; Ro. 8:30). El es las profundidades de Dios (2:10). El es el fundamento único del edificio de Dios (3:11). El es nuestra Pascua (5:7), el pan sin levadura (5:8), el alimento espiritual, la bebida espiritual y la roca espiritual (10:3-4). El es la Cabeza (11:3) y el Cuerpo (12:12). El es las primicias (15:20, 23), el segundo hombre (15:47) y el postrer Adán (15:45), quien como tal, fue hecho Espíritu vivificante (15:45) para que lo recibamos como el todo para nosotros. Esta persona todo inclusiva, cuyas riquezas se aprecian por lo menos en diecinueve aspectos, es la porción que Dios nos dio para que la disfrutemos. Debemos centrarnos en El, y no en ninguna otra persona o asunto. El es el único centro designado por Dios, y debemos fijar nuestra atención en El para que se solucionen todos los problemas que existen entre los creyentes. Dios nos llamó a la comunión de esta maravillosa persona, el Hijo de Dios. Esta comunión llegó a ser la comunión de los apóstoles, la cual ellos compartían con los creyentes (Hch. 2:42; 1 Jn. 1:3) en el Cuerpo, la iglesia, y debe ser la comunión que nosotros disfrutamos al participar del cuerpo de Cristo y de Su sangre en la mesa del Señor (10:16, 21). Esta comunión es única porque Cristo es único y no permite ninguna división entre los miembros del Cuerpo, el cual también es único.

  La palabra comunión es muy profunda, y no creo que ningún maestro cristiano ni ningún expositor de la Biblia pueda agotar su significado. La comunión no se refiere simplemente a la comunicación que existe entre usted y otra persona; denota también una participación. Además, significa que nosotros y Cristo llegamos a ser uno, que disfrutamos a Cristo y todo lo que El es, y que El nos disfruta a nosotros y lo que somos. Como resultado, no sólo existe una comunicación mutua, sino una mutualidad en todo aspecto. Todo lo que Cristo es llega a ser nuestro, y todo lo que nosotros somos llega a ser Suyo. El objetivo por el cual Dios nos llamó es que participemos de la mutualidad que existe entre nosotros y el Hijo de Dios. No creo que exista en ningún idioma un equivalente exacto de la palabra griega que se traduce comunión. Fuimos llamados a la comunión del Hijo de Dios. Fuimos llamados a una mutualidad en la que disfrutamos al Hijo de Dios, y en la cual somos uno con El y El uno con nosotros. Más adelante en esta epístola, Pablo escribe: “Pero el que se une al Señor, es un solo espíritu con El” (6:17). Participar de esta unidad es el objetivo por el cual fuimos llamados. En ella disfrutamos de lo que Cristo es, y El disfruta de lo que nosotros somos.

  Aunque nuestra condición es deplorable, Cristo nos disfruta de todos modos. Tal vez a usted le resulta difícil creer esto, y diga: “Yo creo firmemente que fuimos llamados a disfrutar a Cristo, pero ¿cómo puede Cristo disfrutar de nosotros? Usted podrá afirmar que esto es así, pero a mí me cuesta creerlo”. A esto, Cristo contestaría: “Hijo, Yo disfruto mucho de ti, y no sabes cuánto. Aun cuando te encuentras débil y decaído, te sigo disfrutando, pues soy un solo espíritu contigo”.

  El versículo 9 está relacionado con el versículo 2, donde Pablo escribe: “Con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”. Cristo es nuestro y también de ellos; pertenece a nosotros y a todos los creyentes.

  Algunos eruditos bíblicos creen que en el versículo 2, las palabras de ellos y nuestro aluden a lugares. No estoy de acuerdo con esta interpretación. Pablo no habla del lugar de ellos y del nuestro, como si se refiriera a que ellos invocan el nombre del Señor en su lugar de residencia, y nosotros en el nuestro. Esta no es la idea que comunica Pablo. Lo que dice es que el propio Señor Jesucristo, cuyo nombre invocamos en todo lugar, es nuestro Señor y también de ellos, nuestra porción y la de ellos. Esto significa que todos los santos tienen al Señor como porción, pues fuimos llamados a la comunión del Hijo de Dios, el Señor Jesucristo.

  Esto nos trae a un asunto muy importante: todos los creyentes, incluyéndonos a nosotros, tienen preferencias, y los creyentes corintios no eran una excepción. Por ser griegos, eran un pueblo filosófico. Normalmente las personas sencillas no tienen muchas preferencias. Por ejemplo, si usted le pregunta a una de ellas que a cuál anciano de su localidad prefiere, quizás conteste que todos son iguales, que no ve ninguna diferencia entre ellos. Pero si le hace la misma pregunta a una persona analítica, en seguida le contestará que prefiere a cierto anciano.

  En la iglesia local por lo general hay dos o tres ancianos. ¿No prefiere usted a uno en particular? Cuando necesita conversar de algo relacionado con la iglesia, ¿no prefiere usted dirigirse a su anciano preferido? Quizás usted exprese que le gusta platicar con el hermano fulano. Esto muestra que ese hermano es su preferencia. Además indica que usted es una persona analítica e incluso filosófica, y que tal vez ha estudiado mucho a los ancianos de su localidad. La mayoría de los miembros de la iglesia local ha dedicado tiempo analizando a los ancianos de su localidad, y como resultado, prefieren a alguno de ellos.

  Las preferencias provienen de la carne. Si usted retiene su preferencia, sepa que está en la carne. Además, tener preferencias lo lleva a uno a abandonar a Cristo como centro. Nuestro único centro es el Señor, el cual es de ellos y nuestro, el Hijo de Dios a cuya comunión Dios nos llamó. No fuimos llamados a tener preferencias, a preferir a este anciano o aquella iglesia local. En ocasiones, los santos han dicho: “No estoy contento con la iglesia de mi localidad y no quiero permanecer ahí. Procuraré mudarme a otra ciudad”. Esto es tener preferencias, y es una acción de la carne. Quisiera repetir lo que dije antes: las preferencias nos llevan a abandonar a Cristo como centro.

  Cuando Pablo escribía su epístola a los creyentes corintios, él parecía decirles: “Queridos hermanos y hermanas, deben darse cuenta que ni Pablo ni Cefas, ni Apolos, ni ninguna otra persona ocupa el centro entre los creyentes. Dicho centro tampoco lo constituye un Cristo estrecho, el Cristo de su preferencia. El Cristo que ocupa el centro de todos los creyentes es tanto de ellos como nuestro”. Si vemos esto, no pondremos nuestra mirada en las personas, en las localidades, y en las nacionalidades; más bien daremos toda nuestra atención al Cristo que es el centro único de todos los creyentes.

  Pablo dirige esta epístola específicamente “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, los santos llamados”. Estos santos, los creyentes que vivían en Corinto, eran los componentes de la iglesia de Corinto. No obstante, esta epístola no sólo fue escrita a ellos, sino también a “todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”. No debe haber ninguna diferencia. Además, según el versículo 9, Dios nos llamó a todos a la comunión de Cristo. Fuimos llamados a la unidad, a la mutualidad, entre nosotros y El. Por consiguiente, no debería haber ninguna preferencia con respecto a iglesias locales y a creyentes individuales. Sólo Cristo, y nadie más, constituye el centro de todos los cristianos.

  Quisiera recalcar una vez más que el único centro que tenemos es Cristo, y nada más. Si la iglesia de su localidad está bien o mal, animada o desanimada, no importa mucho. Lo que importa es que Cristo sea el único centro. A nosotros se nos llamó a entrar en El, a tener comunión con El, a disfrutar y participar de El. Fuimos llamados a una mutualidad en la cual somos uno con El. Esto es lo único que puede absorber las divisiones y eliminar las diferencias y preferencias que hay entre los santos.

  Si analiza la situación que existe entre los cristianos, se dará cuenta que abundan las preferencias. Unos prefieren ser presbiterianos, mientras que otros, bautistas, metodistas, luteranos o pentecostales. Algunos dicen: “Me gusta esto”; y otros: “Me gusta aquello”. Algunos declaran: “Me cae bien este pastor”; otros dicen: “Me cae bien ese ministro”. Hoy es común oír de la boca de los creyentes: “Me encanta ... Me gusta...”. Tal vez a usted le guste algo, pero puede ser que a Dios no. Lo único que complace a Dios es Cristo. Dios tiene un centro único, Jesucristo, y no lo llamó a usted a la denominación de su predilección, sino a la comunión de Su Hijo. Ningún individuo o grupo debe ser nuestra preferencia. Nuestra única preferencia, nuestra única elección, debe ser Cristo como único centro, el Cristo que es de ellos y nuestro, el Cristo a cuya mutualidad fuimos llamados por Dios. ¡Espero que todos veamos que Dios nos llamó a la comunión de este Cristo!

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