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Mensajes del libro «Estudio-Vida de 1 Juan»
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Mensaje 36

LAS VIRTUDES DEL NACIMIENTO DIVINO: VENCER AL MUNDO, LA MUERTE, EL PECADO, EL DIABLO Y LOS ÍDOLOS

(1)

  Lectura bíblica: 1 Jn. 5:4-13

  En 1 Juan 2:28—5:21 vemos las virtudes del nacimiento divino. Primero, en 2:28—3:10a tenemos la práctica de la justicia divina. Luego, en 3:10b—5:3 tenemos la práctica del amor divino. Para practicar la justicia divina necesitamos tener una base, y dicha base es el nacimiento divino; asimismo, necesitamos un medio, el cual es la vida divina. Al permanecer en la comunión divina según la unción divina, practicamos la justicia divina. Para practicar el amor divino, necesitamos la vida divina como simiente divina, y también necesitamos al Espíritu divino (3:10b-24). Además de esto, es necesario probar los espíritus (4:1-6), y también necesitamos a Dios mismo, quien es el amor supremo y el Espíritu abundante (4:7—5:3).

  La economía de Dios consiste en que Él mismo se forje en nosotros. Para ello, es necesario que nosotros nazcamos de Él, es decir, que experimentemos el nacimiento divino. Este nacimiento divino introduce en nosotros la vida divina junto con la naturaleza divina. Como aquellos que han nacido de Dios, ahora tenemos en nosotros al Dios Triuno, quien se mueve y opera en nuestro ser como la unción. Día a día debemos permanecer, morar, en el disfrute del Dios Triuno en conformidad con esta unción. Espero que en todos nosotros quede grabado el hecho de que el Dios Triuno está forjándose en nuestro ser. Él, como la vida y la naturaleza divinas, se mueve y actúa en nosotros en calidad de la unción divina. Ahora lo único que tenemos que hacer es morar en Él en conformidad con dicha unción divina.

  En este mensaje empezaremos a ver las virtudes del nacimiento divino que nos capacitan para vencer al mundo, la muerte, el pecado, el diablo y los ídolos (5:4-21). No podemos vencer estas cosas por nosotros mismos, por lo que somos, ni por nada que podamos hacer, sino por la vida eterna que está en el Hijo. Sin duda alguna, vencer al mundo, la muerte, el pecado, el diablo y los ídolos es una virtud del nacimiento divino. En 1 Juan 5:4-13, el pasaje que consideraremos en este mensaje, se revela que podemos tener la experiencia práctica de vencer estas cinco categorías de cosas negativas por medio de la vida eterna que está en el Hijo.

NUESTRO ESPÍRITU FUE REGENERADO CON LA VIDA DIVINA

  En 5:4 Juan dice: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”. La palabra todo se refiere a todo aquel que ha nacido de Dios; sin embargo, esta expresión debe de referirse especialmente a aquella parte de nuestro ser que ha sido regenerada con la vida divina, esto es, al espíritu de una persona regenerada (Jn. 3:6). El espíritu regenerado del creyente no practica el pecado (1 Jn. 3:9), y vence al mundo. El nacimiento divino junto con la vida divina constituye el factor básico de una vida victoriosa.

  Tanto en el Evangelio de Juan como en su epístola, se recalca el nacimiento divino (Jn. 1:13; 3:3, 5; 1 Jn. 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4, 18), por medio del cual la vida divina es impartida en los que creen en Cristo (Jn. 3:15-16, 36; 1 Jn. 5:11-12). Este nacimiento divino, el cual nos trae la vida divina, es el factor básico de todos los misterios acerca de la vida divina, tales como la comunión de la vida divina (1:3-7), la unción de la Trinidad Divina (2:20-27), el permanecer en el Señor (2:28—3:24) y el modo de vivir divino que practica la verdad divina (1:6), la voluntad divina (2:17), la justicia divina (v. 29; 3:7), y el amor divino (vs. 11, 22-23; 5:1-3) por la cual se expresa a la persona divina (4:12). El nacimiento divino junto con la vida divina es también el factor básico en la sección del 5:4 al 5:21. Este nacimiento les da seguridad a los creyentes, a quienes Dios ha engendrado, dándoles confianza en la capacidad y virtud de la vida divina.

  Puesto que los creyentes regenerados poseen la vida divina, la cual es capaz de vencer al mundo, el poderoso sistema satánico, los mandamientos de Dios no les son pesados ni gravosos (5:3).

  La regeneración ocurre de manera definitiva y particular en nuestro espíritu. Juan 3:6 dice que lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. Esto indica que la regeneración tiene lugar en nuestro espíritu. Puesto que nuestro espíritu fue regenerado, no puede pecar; por el contrario, nuestro espíritu es capaz de vencer todas las cosas negativas.

  Nuestro espíritu fue regenerado con la vida divina. Esto significa que la vida divina fue impartida o infundida en nuestro espíritu. Sin embargo, nuestro cuerpo no ha sido regenerado, y nuestra alma aún permanece sin la vida de Dios. Por esta razón, después que somos regenerados en nuestro espíritu, debemos morar en la vida divina para que ésta pueda extenderse en nuestra alma sin impedimento. La propagación de la vida divina de nuestro espíritu regenerado a nuestra alma propicia un cambio metabólico en nuestro ser, un cambio que el Nuevo Testamento lo llama la transformación. Con esto vemos que después que somos regenerados en nuestro espíritu, necesitamos que la vida divina sature nuestra alma a fin de que se efectúe la transformación de nuestro ser interior, es decir, a fin de que se produzca el cambio metabólico de nuestra alma. Finalmente, vendrá el tiempo cuando nuestro cuerpo, mediante el poder de la vida divina, será transfigurado en un cuerpo glorioso.

  Como seres humanos que somos, estamos compuestos de tres partes: espíritu, alma y cuerpo. Asimismo, la salvación de Dios se lleva a cabo en tres etapas: la regeneración, la transformación y la transfiguración. La regeneración aconteció en nuestro espíritu cuando creímos en el Señor Jesús. Ahora, si permanecemos en la comunión de la vida divina, la vida divina podrá extenderse libremente a nuestra alma y transformar las partes de nuestro ser interior. Finalmente, cuando el Señor Jesús regrese, Él transfigurará nuestros cuerpos. Entonces estaremos plenamente inmersos en la vida divina y en la gloria divina.

  Actualmente nuestra alma y nuestro cuerpo nos causan problemas. Si no permanecemos en la comunión de la vida divina, nuestro cuerpo y nuestra alma nos causarán dificultades. ¡Pero alabado sea el Señor por la esperanza de que nuestro cuerpo, que tantos problemas nos causa, será transfigurado! También damos gracias al Señor por la transformación que está ocurriendo en nuestra alma. Todos los creyentes han experimentado la regeneración, que es el paso inicial de la salvación de Dios. Mediante la regeneración, el nacimiento divino, nosotros recibimos la vida divina, la vida eterna, la cual está en el Hijo. De hecho, esta vida eterna es el Hijo mismo.

EL ESPÍRITU REGENERADO VENCE AL MUNDO

  Según 5:4, todo lo que es nacido de Dios vence al mundo. Como ya dijimos, la palabra todo hace alusión al espíritu humano. Por consiguiente, es el espíritu humano regenerado el que vence al mundo. En lo que se refiere a vencer al mundo, no debemos confiar en nuestra propia capacidad o esfuerzo. Por experiencia puedo testificar que debemos confiar en nuestro espíritu. Nuestro espíritu es plenamente capaz de vencer a Satanás y al mundo, el sistema maligno; pero por nosotros mismos, no podemos vencer al mundo. No obstante, si ejercitamos nuestro espíritu, permanecemos en nuestro espíritu y andamos conforme a nuestro espíritu, veremos que nuestro espíritu sí tiene la capacidad innata de vencer todas las cosas negativas. Por eso debemos ejercitar nuestro espíritu para tener comunión con el Señor y orar con respecto a nuestro disfrute del Señor. También debemos ejercitar nuestro espíritu invocando el nombre del Señor y orando-leyendo la Palabra. Este ejercicio hará que se active la capacidad que tiene nuestro espíritu para vencer al mundo.

  La vida divina, la cual está en nuestro espíritu, es capaz de vencer al mundo satánico maligno. Nosotros estamos rodeados de tentaciones. ¿Cómo podemos vencerlas? La vida divina que está en nuestro espíritu es capaz de vencer la tentación. Es preciso que todos veamos que nuestro espíritu está mezclado con la vida divina y que es el órgano que puede vencer al mundo.

NUESTRA FE

  En 5:4b Juan dice: “Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe”. Ésta es la fe que nos hace creer que Jesús es el Hijo de Dios (v. 5) de modo que nazcamos de Dios y recibamos Su vida divina, por la cual somos capacitados para vencer al mundo que Satanás ha organizado y usurpado.

  En realidad, nuestra confianza no debe estar puesta en nuestra fe en sí misma. La fe por sí misma no vence al mundo. Nuestra fe nos introduce en una unión orgánica, y es esta unión orgánica, no la fe directamente, la que vence al mundo. Usemos como ejemplo el interruptor de la corriente eléctrica. La acción de activar el interruptor no es, por sí sola, la energía eléctrica; más bien, es el medio por el cual se establece una unión entre los aparatos eléctricos y la electricidad. De manera semejante, podríamos decir que la fe es el medio por el cual nosotros nos “conectamos” al Dios Triuno. Al creer en el Señor Jesús, nosotros experimentamos una unión orgánica con el Dios Triuno, nos “conectamos” a Él. Es esta unión, la cual es producida por la fe, la que vence al mundo.

EL QUE CREE QUE JESÚS ES EL HIJO DE DIOS

  En 5:5 Juan añade: ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”. Un creyente es alguien que fue engendrado por Dios y que ha recibido la vida divina (Jn. 1:12-13; 3:16). La vida divina le da poder para vencer al mundo maligno, al cual Satanás da energía. Los gnósticos y los cerintianos, quienes no eran esta clase de creyentes, siguieron siendo miserables víctimas del sistema satánico maligno; pero el hecho de que nosotros hayamos creído que Jesús es el Hijo de Dios, nos ha introducido en una unión orgánica con el Hijo, quien es la corporificación del Dios Triuno. Es esta unión orgánica que tenemos con el Dios Triuno en el Hijo, la que vence al mundo.

EL AGUA, LA SANGRE Y EL ESPÍRITU

  En 5:6 Juan dice además: “Éste es Aquel que vino mediante agua y sangre: Jesucristo; no solamente por el agua, sino por el agua y por la sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la realidad”. Aquel, Jesucristo, vino como Hijo de Dios para que nosotros naciéramos de Dios y recibiéramos la vida divina (Jn. 10:10; 20:31). Dios nos da vida eterna en Su Hijo (1 Jn. 5:11-13). Se afirmó que Jesús, el hombre de Nazaret, era Hijo de Dios mediante el agua por la que pasó en Su bautismo (Mt. 3:16-17; Jn. 1:31), mediante la sangre que derramó en la cruz (19:31-35; Mt. 27:50-54), y también mediante el Espíritu que Él dio sin medida (Jn. 1:32-34; 3:34). Mediante estas tres cosas Dios testificó que Jesús es el Hijo que Él nos dio (1 Jn. 5:7-10) para que en Él podamos recibir Su vida eterna creyendo en Su nombre (vs. 11-13; Jn. 3:16, 36; 20:31). El agua del bautismo pone fin a las personas de la vieja creación al sepultarlas; la sangre derramada en la cruz redime a los que Dios escogió de entre la vieja creación; y el Espíritu, quien es la verdad, la realidad en vida (Ro. 8:2), hace germinar a los que Dios redimió de la vieja creación, regenerándolos con la vida divina. De este modo, ellos nacen de Dios y son hechos hijos Suyos (Jn. 3:5, 15; 1:12-13) para llevar una vida que practica la verdad (1 Jn. 1:6), la voluntad de Dios (2:17), la justicia de Dios (v. 29) y el amor de Dios (3:10-11), a fin de que Él sea expresado.

  En 5:6 Juan dice que el Espíritu es el que da testimonio porque el Espíritu es la realidad. El Espíritu, quien es la verdad, la realidad (Jn. 14:16-17; 15:26), testifica que Jesús es el Hijo de Dios y que en Él está la vida eterna. Al testificar así, Él imparte al Hijo de Dios en nosotros para que sea nuestra vida (Col. 3:4). En el versículo 6 la palabra verdad denota la realidad de todo lo que Cristo es como Hijo de Dios (Jn. 16:12-15).

  Los versículos 7 y 8 dicen: “Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres tienden a lo mismo”. Las palabras tienden a lo mismo dan a entender que apuntan a una sola cosa o a un mismo propósito en su testimonio.

  En 1 Juan 5:6-8 leemos que Dios dio testimonio de que Jesucristo es el Hijo de Dios. Dios testificó de eso en tres pasos: mediante el agua, mediante la sangre y mediante el Espíritu. El agua se refiere al bautismo del Señor Jesús. Según el relato de los cuatro Evangelios, inmediatamente después de que el Señor salió del agua, los cielos se abrieron y hubo una voz que declaró que Él era el Hijo amado de Dios. Éste fue el testimonio de Dios de que Jesucristo era Su Hijo, el testimonio dado mediante el agua, mediante el bautismo. Tres años y medio más tarde, el Señor Jesús murió en la cruz y derramó Su sangre. Alguien que estaba cerca de la cruz testificó, después de que el Señor murió, que Él era el Hijo de Dios. Éste fue el testimonio de Dios, dado mediante la sangre, de que Jesucristo era el Hijo de Dios. Después de esto, tenemos el testimonio del Espíritu. En la resurrección Cristo llegó a ser el Espíritu vivificante.

  Si leemos 5:6 detenidamente, veremos que el Señor Jesús vino mediante agua y sangre, pero no se nos dice que Él viniera mediante el Espíritu. Luego, en los versículos 7 y 8 se nos dice claramente que son tres los que testifican, y que estos tres son el Espíritu, el agua y la sangre. Cristo vino mediante el agua, mediante la sangre y como Espíritu. Por supuesto, Él no vino como agua ni como sangre, pero más tarde, en la resurrección, sí vino como Espíritu. Asimismo, como dice el versículo 6, Cristo vino por el agua y por la sangre; sin embargo, este versículo no dice que Él vino por el Espíritu. Con respecto al Espíritu, este versículo comunica lo que Él es, pues se nos dice: “El Espíritu es el que da testimonio”. Así, pues, es preciso que veamos claramente que Cristo vino mediante el agua, mediante la sangre y como el Espíritu.

  La frase mediante agua y sangre se refiere al bautismo que el Señor experimentó al principio de Su ministerio y a la crucifixión que sufrió al final de Su ministerio. Después de eso, en la resurrección, Cristo se hizo el Espíritu vivificante, y fue así que vino como Espíritu. El Hijo de Dios vino mediante el agua y la sangre, o sea, mediante Su bautismo y Su crucifixión. También podemos decir que Él vino en el agua y en la sangre. Pero después, Él vino, no mediante el Espíritu ni en el Espíritu, sino como el Espíritu.

  El agua del bautismo pone fin a la vieja creación, y la sangre derramada en la cruz redime todo aquello que Dios escogió de la vieja creación. Luego, el Espíritu viene y hace germinar lo que Dios escogió y redimió. Por consiguiente, aquí encontramos tres cosas: la muerte, la redención y la germinación. Puesto que éramos parte de la vieja creación, se nos dio muerte; pero puesto que habíamos sido escogidos por Dios, primero fuimos redimidos y después se nos hizo germinar para ser la nueva creación. Esta nueva creación se compone de los hijos de Dios.

  Mediante estos tres pasos, o sea, mediante la muerte, la redención y la germinación, no solamente se dio testimonio de que Jesucristo era el Hijo de Dios, sino también de que Él entró en nosotros. Mediante el agua de Su bautismo, mediante la sangre de Su cruz y como Espíritu, se dio testimonio de que Cristo era el Hijo de Dios. Además, mediante estos tres pasos, Él entró en nuestro espíritu. Esto significa que por medio de la muerte, la redención y la germinación, Cristo ahora está en nosotros. ¡Aleluya, somos un pueblo que ha llegado a su fin, que ha sido redimido y que ha germinado! Ahora no somos parte de la vieja creación, sino que somos la nueva creación que ha experimentado un nuevo nacimiento y posee una vida nueva. Puesto que somos hijos de Dios, poseemos la vida que es capaz de vencer al mundo y todas las cosas negativas.

EL TESTIMONIO DE DIOS

  En 5:9 Juan añade: “Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque éste es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de Su Hijo”. Aquí “el testimonio de Dios” es el testimonio dado mediante el agua, la sangre y el Espíritu, el cual declara que Jesús es el Hijo de Dios. Este testimonio es mayor que el testimonio de los hombres.

  El versículo 10 dice: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de Su Hijo”. Dios dio testimonio acerca de Su Hijo a fin de que creamos en Su Hijo y recibamos Su vida divina. Si creemos en Su Hijo, entonces recibimos y retenemos Su testimonio en nosotros; de otro modo, no creemos lo que Él ha testificado, y le hacemos mentiroso.

LA VIDA ETERNA ESTÁ EN EL HIJO

  En 5:11 y 12 Juan continúa, diciendo: “Y éste es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”. El testimonio de Dios no es sólo que Jesús es Su Hijo, sino también que Él nos da vida eterna, la cual está en Su Hijo. Su Hijo es el medio por el cual Él nos da Su vida eterna, lo cual es la meta que Él tiene para nosotros. Puesto que la vida está en el Hijo (Jn. 1:4) y el Hijo mismo es la vida (11:25; 14:6; Col. 3:4), el Hijo y la vida son uno y son inseparables.

  Si tenemos al Hijo de Dios, tenemos vida eterna, ya que la vida eterna está en el Hijo. Podríamos decir que el Hijo es el vaso que contiene la vida eterna. Por ello, cuando recibimos al Hijo al creer en Él, tenemos vida eterna.

  Podríamos decir que la vida eterna, la vida divina, es el “capital” de nuestra vida cristiana. De hecho, esta vida eterna es el Hijo, y el Hijo es la corporificación del Dios Triuno. Esto nos muestra que la vida eterna es el Dios Triuno. Ahora el Dios Triuno se mueve y opera en nosotros como la unción. Esta unción es también el mover de la vida eterna. La vida eterna no es una cosa sino una persona, es la corporificación del Dios Triuno. Ahora esta persona se mueve dentro de nosotros para ungirnos consigo misma, esto es, con la vida eterna y con la esencia de esta vida, la cual es el Dios Triuno. El Dios Triuno es el contenido, la esencia misma, de la vida eterna. Por lo tanto, cuando la vida eterna nos unge, nos unge con el Dios Triuno. Esto nos proporciona la base y el medio para llevar una vida que practica la justicia divina y el amor divino, y que vence al mundo, la muerte, el pecado, el diablo y los ídolos.

  Confucio enseñaba que el nivel más elevado de aprendizaje consistía en cultivar y desarrollar lo que él llamaba la virtud brillante. Pero la economía neotestamentaria de Dios enseña que la vida eterna es la corporificación del Dios Triuno y que esta vida nos unge con la esencia del Dios Triuno. Finalmente, como resultado de haber sido ungidos continuamente, llegaremos a ser lo mismo que el Dios Triuno es en vida y en naturaleza, en el sentido de que Su esencia llegará a ser nuestra y nos hará iguales a Él. Entonces llevaremos una vida llena de justicia y de amor, una vida que espontáneamente vence al mundo, la muerte, el pecado, el diablo y los ídolos. No es necesario que nos esforcemos por vivir esa vida. Mientras permanezcamos en la comunión de la vida eterna conforme a la unción, espontáneamente practicaremos la justicia y el amor, y simultáneamente venceremos todas las cosas negativas.

SABER QUE TENEMOS VIDA ETERNA

  En 5:13 Juan dice: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna”. Las palabras escritas en las Escrituras aseguran a los creyentes, quienes creen en el nombre del Hijo de Dios, que ellos tienen la vida eterna. Creer para recibir la vida eterna es el hecho; las palabras de las Santas Escrituras representan la certeza tocante a ese hecho: son el título de propiedad de nuestra salvación eterna. Mediante estas palabras se nos da la certeza, las arras, de que por creer en el nombre del Hijo de Dios, tenemos vida eterna.

  Las palabras de la Biblia son las arras de la vida eterna. La Biblia también es el título de propiedad de nuestra salvación. Es por ello que a la Biblia se le llama pacto o testamento. No solamente tenemos la vida eterna como un hecho para nosotros, sino que también tenemos las arras, la garantía, el título de propiedad, que prueban que tenemos vida eterna. ¡Alabado sea el Señor porque tenemos la salvación y la vida eterna, y también el título de propiedad como prueba de este hecho!

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