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Mensajes del libro «Estudio-Vida de 1 Juan»
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Mensaje 8

LOS REQUISITOS CORRESPONDIENTES A LA COMUNIÓN DIVINA

(3)

  Lectura bíblica: 1 Jn. 1:5-7

  Hemos visto que la relación de vida que los creyentes tienen con Dios es inquebrantable, pero que su comunión con Dios sí puede verse interrumpida. Esto significa que nuestra relación de vida con Dios es incondicional, mientras que nuestra comunión con Dios está sujeta a ciertas condiciones. La primera condición o requisito necesario que debemos cumplir para permanecer en la comunión divina es confesar nuestros pecados (1:5—2:22). Con este primer requisito están relacionados asuntos tales como permanecer en el Dios que es luz, andar en la luz divina y practicar la verdad divina. En este mensaje proseguiremos a hablar del tema de ser limpios por la sangre de Jesús, el Hijo de Dios.

LIMPIOS POR LA SANGRE DE JESÚS

  En 1:7 el apóstol Juan dice: “Pero si andamos en luz como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado”. En este versículo vemos que nosotros andamos en luz, y que, en contraste con esto, Dios mismo está en la luz, puesto que Él es luz. Cuando andamos en luz, la cual es Dios mismo, conjuntamente disfrutamos al Dios Triuno y participamos en Su propósito.

  Cuando vivimos en la luz divina, estamos bajo dicha iluminación, la cual, en conformidad con la naturaleza divina de Dios que está en nosotros y mediante ella, expone todos nuestros pecados, transgresiones, fracasos y defectos, los cuales son contrarios a Su luz pura, a Su amor perfecto, a Su santidad absoluta y a Su justicia sobresaliente. Es entonces cuando en nuestra conciencia iluminada sentimos la necesidad de ser lavados por la sangre redentora del Señor Jesús, la cual limpia nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que pueda mantenerse activa nuestra comunión con Dios y unos con otros. Aunque nuestra relación con Dios es inquebrantable, nuestra comunión con Él puede ser interrumpida. La primera depende de la vida, mientras que la segunda depende de nuestra conducta, aunque también está relacionada con la vida. Una es incondicional, mientras que la otra es condicional. La comunión que tenemos con Dios, la cual es condicional, requiere el lavamiento constante de la sangre del Señor para mantenerse activa.

  En el versículo 7 Juan dice que la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. El tiempo del verbo limpia en griego está en presente y denota una acción continua, lo cual indica que la sangre de Jesús el Hijo de Dios nos lava todo el tiempo, nos limpia continua y constantemente. Este lavamiento se refiere al lavamiento que la sangre del Señor efectúa en nuestra conciencia en un momento particular. Ante Dios, la sangre redentora del Señor nos limpió de una vez y por la eternidad (He. 9:12, 14), y la eficacia de dicho lavamiento perdura para siempre ante Dios, de tal modo que no es necesario repetirlo. Sin embargo, una y otra vez, cuando nuestra conciencia es iluminada por la luz divina en nuestra comunión con Dios, necesitamos aplicarle, en ese mismo momento, el lavamiento constante de la sangre del Señor. Esta clase de lavamiento es tipificada por la purificación efectuada con el agua para la impureza que estaba mezclada con las cenizas de la vaca (Nm. 19:2-10).

  En el versículo 7 Juan dice específicamente que la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. El Nuevo Testamento habla del pecado y también de los pecados. Por lo general, la palabra pecado se refiere al pecado que mora en nosotros, de lo cual nos habla Romanos 5:12—8:13, mientras que la palabra pecados se refiere a los hechos pecaminosos, a los frutos que produce el pecado que mora en nosotros, los cuales son expuestos en Romanos 1:18—5:11. Sin embargo, en 1:7 la palabra pecado, en singular, acompañada del adjetivo todo, no se refiere al pecado que mora en nosotros, sino a cada uno de los pecados que cometemos después de ser regenerados. Cada uno de estos pecados contamina nuestra conciencia ya purificada, y debe ser limpiado por medio de la sangre de Jesús en nuestra comunión con Dios.

  Cuando estamos en la comunión divina, estamos en la luz, y cuando estamos en la luz, ésta revela nuestra condición. La luz divina es mucho más potente que los rayos X. Esta luz expone todo lo que está mal en nuestro ser. Mientras andamos en la luz y practicamos la verdad en la luz, la luz resplandece en nosotros, sobre nosotros y a través de nosotros. Cuando este resplandor descubre nuestra condición, nos damos cuenta de que estamos mal en muchos aspectos. Vemos que estamos mal con respecto a nuestros pensamientos, emociones, motivos e intenciones. Vemos también que estamos mal en nuestra relación con ciertos hermanos y hermanas. Al quedar al descubierto de esta manera, nuestra conciencia cae en condenación. Para erradicar este sentimiento de condenación de nuestra conciencia, necesitamos el lavamiento de la sangre del Señor. Cuando estamos en comunión y bajo la luz es cuando vemos nuestros fracasos, errores, malas acciones, motivos impuros y malas intenciones. Sin embargo, también en ese mismo momento, la sangre del Señor Jesús nos limpia de todo pecado. Como ya hemos señalado, el tiempo del verbo griego traducido “limpia” indica que cuando andamos en luz y estamos en comunión con Dios y unos con otros, la sangre de Jesús nos limpia constante y continuamente.

JESÚS SU HIJO

  Es muy significativo que en 1:7 el apóstol Juan hable de “la sangre de Jesús Su Hijo”. El nombre Jesús denota la humanidad del Señor, sin la cual la sangre redentora no podría ser derramada, y el título Su Hijo denota la divinidad del Señor, la cual hace posible que la sangre redentora tenga eficacia eterna. Así que, “la sangre de Jesús Su Hijo” indica que esta sangre es la sangre adecuada de un hombre genuino, derramada para redimir la creación caída con la garantía divina que asegura una eficacia eterna, una eficacia que prevalece sobre todo en cualquier lugar, y que es perpetua en cuanto al tiempo.

  Juan también usa el título Jesús Su Hijo como una vacuna en contra de las herejías acerca de la persona del Señor. Una de estas herejías recalcaba la divinidad del Señor al grado en que negaba Su naturaleza humana. El título Jesús, por ser el nombre de un hombre, sirve como vacuna contra esta herejía. Otra herejía recalcaba la naturaleza humana del Señor al grado en que negaba Su divinidad. Puesto que el título Su Hijo es uno de los nombres de la Deidad, era un antídoto contra dicha herejía.

  Ningún otro versículo del Nuevo Testamento usa la expresión Jesús Su Hijo. Acabamos de señalar que el nombre Jesús se refiere a la humanidad del Señor y que el título Su Hijo denota Su divinidad. Jesús era un hombre verdadero, un ser humano genuino, y la sangre de Jesús era la sangre de un hombre auténtico. Debido a que somos seres humanos, necesitamos ser redimidos con sangre humana. En el Antiguo Testamento, la sangre usada para la expiación era sangre de animales, la cual era un tipo de la sangre de Cristo. Sin embargo, la sangre de animales realmente no podía redimirnos, debido a que somos seres humanos, no animales. Como seres humanos, necesitamos la sangre eficaz de Jesús, la sangre de un hombre genuino.

  La divinidad del Señor, a la cual se refieren las palabras Su Hijo, es una garantía, una fianza, de que la eficacia de la sangre de Jesús perdura para siempre. La humanidad del Señor le permite tener la sangre que debía ser derramada para nuestra redención, y Su divinidad asegura la eficacia del poder de esa sangre redentora. La eficacia de la sangre limpiadora de Jesús está asegurada para siempre por Su divinidad.

  Hemos visto que cuando Juan escribió esta epístola, ya circulaban herejías acerca de la persona de Cristo. Una de estas enseñanzas heréticas decía que Jesús era divino, mas no humano, mientras que otra enseñanza herética afirmaba que Jesús era humano, mas no divino. Juan, al usar una breve expresión —la sangre de Jesús Su Hijo— nos vacuna contra estas dos herejías. Las palabras la sangre de Jesús indican que Jesús era un hombre genuino, y las palabras Su Hijo indican que Él es divino. La sangre con la cual somos lavados es la sangre de una persona maravillosa que posee tanto humanidad como divinidad.

UN CICLO

  En 1:1-7 encontramos un ciclo que se repite en nuestra vida espiritual, el cual consta de cuatro asuntos cruciales: la vida eterna, la comunión de la vida eterna, la luz divina y la sangre de Jesús el Hijo de Dios. La vida eterna produce la comunión de la vida eterna, la comunión de la vida eterna trae la luz divina, y la luz divina aumenta la necesidad de la sangre de Jesús el Hijo de Dios para que así podamos recibir más vida eterna. Cuanto más vida eterna recibamos, más comunión ella fomentará. Y cuanto más disfrutemos de la comunión de la vida divina, más luz divina recibiremos. Luego, cuanto más luz divina recibamos, más experimentaremos la limpieza de la sangre de Jesús. Este ciclo nos hace avanzar en el crecimiento de la vida divina hasta que alcancemos la madurez de vida.

LA LUZ ES CONTRARIA A LAS TINIEBLAS

  En 1:5-7 Juan usa cinco palabras que son muy importantes: luz, verdad, tinieblas, mentira y pecado. La luz es la esencia de la expresión de Dios. Podemos también afirmar que la luz es Dios mismo expresado. Cuando andamos en esta luz, la verdad se hace manifiesta, ya que la verdad es fruto de la luz. La luz es la fuente de la verdad, y la verdad es el fruto, el resultado, de la luz. Por lo tanto, cuando permanecemos en la luz divina y andamos en luz, practicamos la verdad.

  La mentira es la esencia de Satanás, y las tinieblas son la expresión de la esencia satánica. Estas tinieblas están relacionadas con el pecado. Es por eso que en estos versículos se habla de la luz, las tinieblas y el pecado. Si no estamos en luz, ciertamente estaremos en tinieblas. Cuando estamos en tinieblas, somos engañados por la mentira, la cual es la esencia de Satanás. Más aún, puesto que la mentira y las tinieblas están relacionadas con el pecado, también llegaremos a participar del pecado.

  Recordemos que la luz es la esencia de la expresión de Dios, y que la verdad es fruto de la luz. La mentira es la esencia de Satanás, las tinieblas son la expresión de dicha esencia, y estas tinieblas están relacionadas con el pecado. Así, pues, cuando estamos en luz, practicamos la verdad; pero cuando no estamos en luz, nos hallamos en tinieblas. Y cuando estamos en tinieblas, somos engañados y llegamos a estar en aquella condición que está relacionada con el pecado.

  No obstante, si estamos en luz, nuestra condición quedará al descubierto, y veremos nuestros pecados. Es en ese momento que debemos confesar nuestros pecados. Luego, a medida que confesemos nuestros pecados, de manera espontánea y continua la sangre de Jesús el Hijo de Dios nos limpiará de todo pecado.

  Así, pues, cuando estamos en tinieblas, estamos en pecado. Además, cuando estamos en pecado, nuestra comunión con Dios es interrumpida. Pero si la luz expone nuestros pecados y nosotros los confesamos, seremos lavados de nuestros pecados y nuestra comunión con Dios será restaurada.

UN ANTÍDOTO CONTRA LA HEREJÍA DE LOS ANTINOMIANOS

  El versículo 6 de del primer capítulo de 1 Juan puede ser considerado un antídoto contra la enseñanza herética de los antinomianos. La palabra antinomiano se deriva de dos palabras griegas, una es anti, que significa contra, y la otra es nómos, que significa ley. Los antinomianos eran personas que se oponían a la ley, personas a quienes no les importaba la ley. Estas personas, en la época de Juan, enseñaban que uno es libre de toda obligación a la ley moral y decían que era posible vivir en pecado y al mismo tiempo tener comunión con Dios.

  En 1:6 Juan vacuna a los creyentes en contra de las enseñanzas heréticas del antinomianismo. Aquí Juan dice: “Si decimos que tenemos comunión con Él y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad”. Según este versículo, no es posible tener comunión con Dios y al mismo tiempo andar en tinieblas. Las tinieblas satánicas son contrarias a la luz divina y la mentira satánica es contraria a la verdad divina. Así como la verdad divina es la expresión de la luz divina, la mentira satánica es la expresión de las tinieblas satánicas. Si decimos que tenemos comunión con Dios, quien es luz, y andamos en tinieblas, mentimos, es decir, estamos en la expresión de las tinieblas satánicas, y no practicamos la verdad que es la expresión de la luz divina.

  En Gálatas 5:13 Pablo dice: “Porque vosotros, hermanos, para libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne...”. Aquí Pablo nos dice que no debemos abusar de nuestra libertad. En Gálatas 5:1 Pablo dice: “Para libertad Cristo nos libertó; estad, pues, firmes, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”. Luego, en el versículo 13, añade que no debemos abusar de nuestra libertad. Aunque somos libres del yugo de esclavitud a la ley, aún es necesario que seamos personas morales. Esto es contrario a la enseñanza herética que afirma que quienes están bajo la gracia no tienen ninguna obligación de guardar la ley moral.

  Los partidarios del antinomianismo afirmaban que podemos tener comunión con Dios, aun cuando vivamos en pecado. Juan escribió 1:6 para refutar esta falsa enseñanza. Según las palabras de Juan, si decimos que tenemos comunión con Dios y andamos en tinieblas, seguimos por el camino de los antinomianos. Juan señala claramente que si queremos tener comunión con Dios, debemos tomar las medidas necesarias con respecto a nuestros pecados confesándolos a Dios para ser lavados por la sangre de Jesús, el Hijo de Dios.

DOS CLASES DE LAVAMIENTOS CON LA SANGRE DEL SEÑOR

  Según lo dicho por Juan en 1:7, la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. De hecho, hay dos clases de lavamientos que son efectuados con la sangre del Señor. En primer lugar, la sangre redentora nos ha limpiado de una vez para siempre delante de Dios (He. 9:12, 14), y este lavamiento perdura por la eternidad. El segundo lavamiento en la sangre del Señor es el que se efectúa constantemente en nuestra conciencia y en momentos particulares. Por un lado, la sangre del Señor nos limpia de nuestro pecado y de nuestros pecados ante la presencia de Dios; por otro, esta misma sangre nos limpia de nuestro pecado y de nuestros pecados en nuestra conciencia. Según la tipología del Antiguo Testamento, la sangre del sacrificio era llevada al interior del tabernáculo y rociada en el Lugar Santísimo en la presencia de Dios. Esto representa el lavamiento que experimentamos de una vez para siempre, el cual nos limpia de nuestro pecado y de nuestros pecados ante la presencia de Dios. El lavamiento de la sangre que se efectúa constantemente y en momentos particulares, está tipificado por la purificación efectuada con el agua para la impureza que estaba mezclada con las cenizas de la vaca. Por consiguiente, el lavamiento del que se habla en 1:7 no es el lavamiento que fue efectuado para siempre delante Dios; más bien, es el lavamiento que experimentamos constantemente en nuestra conciencia. Al permanecer en la luz, somos lavados continuamente por la sangre de Jesús.

  Hemos señalado que en 1:7 encontramos cuatro asuntos cruciales: la vida eterna, la comunión de la vida eterna, la luz divina y la sangre de Jesús, los cuales constituyen un ciclo que debemos experimentar en nuestra vida espiritual. Primero, tenemos la vida eterna, y en esta vida tenemos comunión. La comunión nos trae luz, y bajo el resplandor de la luz, experimentamos el lavamiento de la sangre. La sangre hace posible que recibamos más vida, y al recibir más vida, disfrutamos de más comunión. Luego, al disfrutar de más comunión, recibimos más luz y experimentamos más el lavamiento de la sangre. Este ciclo que incluye la vida, la comunión, la luz y la sangre seguirá repitiéndose una y otra vez a medida que crecemos en la vida divina hasta que alcancemos la madurez.

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