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Mensajes del libro «Estudio-Vida de 2 Corintios»
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LA MUERTE QUE OPERABA EN JESÚS, Y LA RENOVACIÓN DEL HOMBRE INTERIOR

(3)

  Lectura bíblica: 2 Co. 4:10-18

  En 4:10 Pablo dice: “Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos”. En el versículo 16, Pablo añade: “Por tanto, no nos desanimamos; antes aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día”. La experiencia que implica llevar la muerte de Jesús da por resultado la renovación del hombre interior.

EL HOMBRE EXTERIOR Y EL HOMBRE INTERIOR

  ¿Qué es el hombre interior? Es difícil explicar lo que es el hombre interior. Por más de cuarenta años, he considerado y estudiado el significado de las expresiones halladas en 4:16: “el hombre exterior” y “el hombre interior”. Algunos autores han afirmado que el hombre exterior denota nuestro hombre natural y que el hombre interior denota nuestro hombre espiritual. Yo no diría que este entendimiento es erróneo, pero sí que es ambiguo.

  Si consideran el contexto de este capítulo, el hombre exterior alude principalmente al cuerpo físico. En el versículo 10 Pablo habla de “llevar en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús”, y en el versículo 11 menciona la carne mortal. Llevar en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús equivale a que nuestro hombre exterior sea consumido, desgastado. Por tanto, el hombre exterior del versículo 16 tiene que referirse principalmente al cuerpo.

  Asimismo, el hombre interior, aquí en este versículo, debe de referirse a nuestro espíritu regenerado, como lo indica el versículo 13, donde Pablo usa la expresión “el mismo espíritu de fe”. Como hemos señalado, este espíritu es el espíritu mezclado, el espíritu humano regenerado que ha sido mezclado con el Espíritu Santo. El cuerpo ha de ser consumido, pero el espíritu regenerado ha de ser renovado de día en día. Según este contexto, el hombre exterior se refiere al cuerpo, y el hombre interior es principalmente el espíritu regenerado.

  Nuestro hombre exterior incluye nuestro cuerpo, que es su órgano físico, y nuestra alma, que es su vida y persona. El hombre interior consta del espíritu regenerado, que es su vida y persona, y del alma renovada, que es su órgano. La vida del alma debe ser negada (Mt. 16:24-25), pero las funciones del alma —la mente, la voluntad y la parte emotiva— deben ser renovadas y llevadas a un nivel más alto al ser subyugadas (2 Co. 10:4-5), a fin de que el espíritu, la persona del hombre interior, pueda usarlas.

  Según lo dicho por Pablo en el versículo 16, el hombre exterior se va consumiendo, desmoronando, acabando. Por el aniquilamiento continuo, o sea, por la operación de la muerte, nuestro hombre exterior, es decir, nuestro cuerpo material junto con el alma, de la cual procede su vigor (1 Co. 15:44), se va consumiendo y desmoronando. El hombre exterior, cuyo órgano es el cuerpo y cuya vida y persona es la vida del alma, debe ser consumido.

  Todos tenemos un hombre exterior. Cuando el Señor Jesús estaba en la tierra, Él también tenía un hombre exterior, el cual tuvo que ser consumido.

  En el versículo 16 Pablo declara también que nuestro hombre interior se va renovando de día en día. La renovación del hombre interior se produce al ser nutrido éste con el fresco suministro de la vida de resurrección. Mientras nuestro cuerpo mortal, nuestro hombre exterior, está siendo consumido por la operación de la muerte, nuestro hombre interior, es decir, nuestro espíritu regenerado, junto con las partes interiores de nuestro ser (Jer. 31:33; He. 8:10; Ro. 7:22, 25), de día en día está siendo renovado metabólicamente con el suministro de la vida de resurrección. Mientras el hombre interior se va renovando, las funciones del alma, a saber, la mente, la parte emotiva y la voluntad, también son renovadas.

EL DESGASTAMIENTO DEL HOMBRE EXTERIOR

  Apliquemos ahora este asunto a nuestro diario vivir, en especial a nuestra vida familiar y a nuestra vida de iglesia. Supongamos que un hermano joven y una hermana joven que están en la vida de iglesia se casan. El hermano es fuerte, sano, inteligente y enérgico. No tomará mucho tiempo para que la hermana descubra que su marido es una persona fuerte y que posee una vida natural muy prominente. El hombre exterior del hermano se compone de su energético cuerpo y de su predominante alma. Su hombre exterior debe experimentar la muerte de Jesús. El Señor usará a la esposa de este hermano para consumir el hombre exterior de dicho hermano. Al mismo tiempo, usará al hermano para consumir el hombre exterior de la hermana.

  El hombre exterior no merece ser edificado, fortalecido, exaltado ni entronizado. Cuando el Señor Jesús estaba en la tierra, Él no necesitaba que Su hombre exterior fuese entronizado. Al contrario, necesitaba que a Su hombre exterior se le diera muerte. Ya que todos tenemos un hombre exterior fuerte, necesitamos experimentar la muerte de Jesús.

  En la vida de iglesia he descubierto que el hombre exterior de las hermanas es aun más preponderante que el de los hermanos. Por esta razón, generalmente le es mucho más difícil ser crucificada a una hermana que a un hermano. Parece que se necesitan más clavos en el caso de las hermanas. Se puede comparar al hombre exterior de los hermanos con el cristal, y el hombre exterior de las hermanas, con el hule. Es mucho más fácil romper un cristal que romper el hule. Pero ya sea nuestro hombre exterior como el cristal o sea como el hule, ninguno de nosotros es quebrantado con facilidad. Parece que ciertos santos necesitan una crucifixión perdurable, porque su hombre exterior tiene demasiada resistencia. Algunos hermanos y hermanas han estado en la vida de iglesia por veinte años y todavía su hombre exterior no ha sido quebrantado. No tienen ninguna intención de ser quebrantados. Parece que siempre pueden evadir el ser puestos en la cruz.

  Cuanto más es consumido nuestro hombre exterior, cuanto más experimenta la muerte, más se renueva nuestro hombre interior. Nuestro espíritu regenerado, junto con nuestra mente, parte emotiva y voluntad renovada, debe ser resucitado, desarrollado, agrandado y refrescado. Por tanto, a medida que el hombre exterior es consumido, el hombre interior es resucitado, renovado y desarrollado.

  Únicamente cuando llevamos una vida en la cual nuestro hombre exterior continuamente experimenta la muerte y nuestro hombre interior se renueva y resucita, podemos llevar a cabo el ministerio del nuevo pacto. De hecho, esta clase de vida es el ministerio del nuevo pacto. Se necesitan esta vida y este ministerio para el recobro actual del Señor. Sólo esta clase de ministerio puede impartir vida a otros, puede ministrar a Cristo como el Espíritu vivificante y como la justicia. Ni los dones, ni la capacidad, ni la enérgica actividad ni las obras diligentes pueden lograr esto. Lo único que se necesita es una vida crucificada, la vida en la que el hombre exterior experimenta continuamente la muerte de Jesús a fin de que las partes internas de nuestro ser sean resucitadas, refrescadas y desarrolladas.

  Espero que deje en nosotros una profunda impresión el hecho de que el ministerio del nuevo pacto no es cuestión de talento ni de habilidad. Este ministerio comprende únicamente la vida divina. En esta clase de vida, al ser natural se le da muerte para que el ser espiritual sea resucitado, renovado y desarrollado. Esta vida se necesita de manera crucial para el recobro actual del Señor.

DISTINTAS CLASES DE SUFRIMIENTOS

  En los mensajes anteriores y en este mensaje hemos dicho mucho acerca de experimentar la muerte de Jesús. Me preocupa profundamente que algunos santos tengan una comprensión errada acerca de este asunto. Quizás piensen que cualquier clase de sufrimiento constituye una experiencia de la muerte de Jesús. Cuando cantan himnos como el que dice: “Con cada golpe” (Himnos, #295), tal vez no tengan el entendimiento correcto de este himno ni de lo que quiere decir Pablo cuando habla de experimentar la muerte de Jesús. Por tanto, para evitar malentendidos, deseo hacer notar que no todos los sufrimientos que experimentamos los cristianos pertenecen a la misma categoría. De hecho, existen por lo menos tres clases de sufrimientos que experimentamos los cristianos. Consideremos estas categorías.

El sufrimiento que padecemos por estar en la vieja creación

  La primera clase de sufrimientos es la que es común a todos los seres humanos. Por supuesto, los cristianos no son los únicos que sufren. Todo el mundo sufre. El sufrimiento es universal debido a la caída del hombre. A causa de la caída, la creación envejeció. Ésta es una condición muy negativa, ya que la vejez de la creación indica que la creación está en una condición caída, corrupta y que se va desgastando. Debido a la vieja creación y al hombre caído, hay muchas calamidades y enfermedades. Por vivir nosotros en la vieja y caída creación, estamos propensos a enfermarnos. Alguien puede contraer tuberculosis; a otros se les puede desarrollar un cáncer. No debemos pensar que una persona se vuelve víctima de una enfermedad como éstas porque es mala. Éste no es el caso; la enfermedad es una de las calamidades comunes que se hallan en este universo caído. Los creyentes y los incrédulos son seres humanos y, como tales, no podemos evitar las calamidades.

  Al oír estas palabras acerca de las enfermedades y de las calamidades, algunos tal vez digan: “¿Acaso no nos protege Dios?” Sí, Dios nos protege, pero cuando surge una calamidad, es posible que todos, creyentes e incrédulos, sufran.

  Ciertamente Pablo no se refiere a esta primera clase de sufrimientos cuando habla de la muerte de Jesús. No apliquemos el sufrimiento causado por las calamidades relacionadas con la vieja creación a lo que significa llevar la muerte de Jesús en 2 Corintios 4. Si se aplicara lo que significa llevar la muerte de Jesús de esta manera, entonces sería el caso que todos los incrédulos experimentaran la muerte de Jesús, pues ellos también padecen de enfermedades y calamidades. Es un error muy grave pensar que llevar la muerte de Jesús se refiere a experimentar los sufrimientos provocados por las calamidades de la vieja creación, los cuales son comunes a todos los hombres.

El sufrimiento que padecemos a causa de pecados y de errores

  La segunda clase de sufrimientos que experimentamos los cristianos es la que proviene de los pecados y errores. Si somos descuidados e insensatos al ejercer nuestras responsabilidades, es posible que suframos cierta clase de pérdida. Por ejemplo, tal vez un hermano tiene un empleo que le exige llegar a cierta hora. Sin embargo, es posible que él constantemente llegue bastante tarde, y como resultado, lo despiden del trabajo. Esto puede ser considerado una especie de sufrimiento; pero este sufrimiento es fruto de la negligencia. Si un hermano pierde su trabajo por este motivo, no debe decir que este sufrimiento equivale a llevar la muerte de Jesús. Este sufrimiento no tiene nada que ver con experimentar la muerte de Jesús; al contrario, se debe a que uno no cumple con su responsabilidad.

  En 4:10 Pablo habla de experimentar la muerte de Jesús. Luego, en el versículo 11, declara: “Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”. Quisiera llamar la atención a las palabras “por causa de Jesús”. Las palabras “llevar la muerte de Jesús”, del versículo 10, se usan de manera intercambiable con la frase “estamos entregados a muerte por causa de Jesús”, del versículo 11. Esto significa que llevar la muerte de Jesús supone cierto sufrimiento por causa de Jesús. Un hermano que pierde su empleo por negligencia e irresponsabilidad no es despedido por causa de Jesús. No debe atribuirle esto a Jesús. Él fue despedido por causa de su negligencia. No sería justo considerar esta clase de sufrimiento como la experiencia de llevar la muerte de Jesús, como un sufrimiento por causa de Jesús. Sufrir a causa de pecados y errores que cometemos no constituye experimentar la muerte de Jesús.

  Para aclarar aun más este asunto, usemos otro ejemplo. Supongamos que usted no cierra con seguro la puerta de su casa cuando se va a la reunión de la iglesia. De hecho, incluso olvida cerrar la puerta. Mientras está en la reunión, alguien entra en su casa, roba muchas cosas y hace muchos daños. Cuando usted repase el daño y las pérdidas, no debe decir: “Alabado sea el Señor, ésta es una experiencia de llevar la muerte de Jesús”. Una vez más, esta clase de sufrimiento y de pérdida no equivale a experimentar la muerte de Jesús. No se debe atribuir esa clase de pérdida a Jesús, ni pensar que está experimentando la muerte de Jesús. Cuando sufrimos puramente por causa de Jesús y por causa de la iglesia, el Cuerpo, eso sí equivale a experimentar la muerte de Jesús.

  Cuando cantemos un himno como el que dice: “Con cada golpe”, debemos tener cuidado de no introducir inconscientemente el ascetismo. El ascetismo supone un suicidio gradual, un aniquilamiento lento y continuo, como el que se describe en el libro La imitaciónde Cristo. Ese libro contiene un marcado elemento de ascetismo. Cuando los que practican el ascetismo hablan de llevar la cruz, en realidad se refieren a un aniquilamiento que uno se aplica a sí mismo. Nosotros no debemos tener un concepto ascético cuando cantemos el himno que dice: “Con cada golpe”. De hecho, cantar este himno en relación con llevar la muerte de Jesús podría indicar que nuestra comprensión de lo que es llevar la muerte de Jesús no es acertada. La experiencia de llevar la muerte de Jesús no consiste en padecer sufrimientos comunes. De hecho, el propósito de llevar la muerte de Jesús no es causarnos sufrimiento, sino consumir nuestro hombre exterior.

La muerte que operaba en Jesús

  La tercera categoría de sufrimientos que experimentamos los cristianos es la de llevar la muerte de Jesús. Pablo no experimentó esto porque estuviera mal; al contrario, él estaba bien en todo sentido. No obstante, él fue oprimido, estuvo en apuros, y fue perseguido y derribado. Pero todo esto lo sufrió por causa de Jesús, por causa del Cuerpo y por causa del ministerio del nuevo pacto.

  Pablo y los demás apóstoles no habían errado, y estos sufrimientos específicos no estaban relacionados con ningún error que ellos cometieron. No obstante, ellos todavía tenían el hombre exterior, y este hombre exterior debía ser consumido.

  Cuando el Señor Jesús estaba en la tierra, Él no cometió ningún error, ni actuó mal en nada. Sin embargo, Él tenía un hombre exterior que necesitaba ser consumido. Por tanto, llevar la muerte de Jesús no es un castigo, una corrección ni una disciplina. Esto está relacionado con la segunda categoría de sufrimiento cristiano. Corregirnos, castigarnos o disciplinarnos no constituye la meta por la cual experimentamos la muerte de Jesús. Tampoco se trata de que pasemos por calamidades naturales. Antes bien, es una especie de persecución, de operación o de disciplina, que nos sobreviene para consumir nuestro hombre natural, nuestro hombre exterior, nuestra carne, a fin de que nuestro hombre interior tenga la oportunidad de desarrollarse y ser renovado.

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