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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Apocalipsis»
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Mensaje 16

LA IGLESIA EN LAODICEA: CENAR CON EL SEÑOR Y SENTARSE EN SU TRONO

  Ahora llegamos a la iglesia en Laodicea, la iglesia que está en degradación (Ap. 3:14-22). La palabra griega significa opinión o juicio, del pueblo o del laicado. La iglesia en Laodicea prefigura a la iglesia recobrada que se degradó. Menos de un siglo después de que el Señor recobrara la iglesia apropiada a principios del siglo diecinueve, algunas de las iglesias (asambleas) recobradas se degradaron. La iglesia recobrada que después se degradó difiere de la iglesia reformada, representada por la iglesia en Sardis, y de la iglesia recobrada apropiada, representada por la iglesia en Filadelfia. La iglesia degradada existirá hasta la venida del Señor.

  Algunos maestros cristianos consideran la iglesia en Laodicea como la fría iglesia reformada. Este no es precisamente el caso. De acuerdo con el contexto y con la historia, la iglesia en Laodicea tiene que ser una señal de la iglesia recobrada que más tarde se degradaría. Hace unos ciento cincuenta años la iglesia recobrada comenzó en Inglaterra. De acuerdo a lo que hemos leído, fue maravillosa. Este fue un verdadero recobro de la vida de iglesia. Sin embargo, no duró mucho. Si usted lee la historia de los Hermanos y los visita hoy, verá que muchas de sus asambleas se han vuelto como la iglesia en Laodicea. Como veremos, aunque ellos están orgullosos de su conocimiento bíblico, son pobres en disfrutar las riquezas de Cristo y están ciegos en las cosas espirituales.

I. EL QUE HABLA

A. El Amén

  En Apocalipsis 3:14 el Señor dice: “El Amén, el Testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto”. Al dirigirse a cada una de las siete iglesias, el Señor hace referencia a lo que El es y a lo que hace, respectivamente, según la condición de cada una de ellas. Aquí, al dirigirse a la iglesia en Laodicea, El se presenta como “el Amén”. Este vocablo, que viene del hebreo, significa firme, estable o confiable. El Señor es firme, estable y confiable.

B. El Testigo fiel y verdadero

  El Señor es firme, estable y confiable, El es el Testigo fiel y verdadero. Esto indica que la iglesia en Laodicea que estaba degradada no es firme ni estable ni confiable ni fiel ni verdadera como testigo del Señor.

C. El principio de la creación de Dios

  En el versículo 14 el Señor también se refiere a Sí mismo como “el principio de la creación de Dios.” Esto alude al Señor como origen o fuente de la creación, lo cual implica que el Señor es la fuente eterna e inmutable de la obra de Dios. Esto indica que la iglesia recobrada que luego se degradó ha cambiado, y ha dejado al Señor como su origen.

II. LA CONDICION DE LA IGLESIA

A. No es fría ni caliente sino tibia

  En los versículos del 15 al 17 vemos la condición de la iglesia en Laodicea. En los versículos 15 y 16 el Señor dice: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Así que, por cuanto eres tibio, y no caliente ni frío, estoy por vomitarte de Mi boca”. Cuando la iglesia recobrada se degrada, se vuelve tibia, o sea que no es ni fría ni caliente. Esta es la condición actual de muchas asambleas de los Hermanos. Esto debe servirnos de advertencia. Una vez que nos volvemos tibios, dejamos de ser útiles para el mover de Dios, y seremos vomitados de Su boca.

B. Se jacta de ser rica

  En el versículo 17 el Señor dice: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad”. La iglesia (“asamblea”) degradada, se jacta de sus riquezas (principalmente su conocimiento doctrinal). No se da cuenta de que es pobre en cuanto a la vida, ciega en cuanto a la visión y desnuda en cuanto a la conducta. Por lo tanto, necesita comprar oro para salir de su pobreza, vestiduras blancas para cubrir su desnudez, y colirio para sanar su ceguera, como lo menciona el versículo siguiente.

  El aspecto más notorio de las asambleas degradadas es su orgullo. Piensan que lo saben todo. Indudablemente tienen bastante conocimiento doctrinal. Conocen la Biblia mejor que los que están en las denominaciones. Aunque en cierto sentido ellos conocen la Biblia, y debido a esto, se consideran ricos, aunque lo que tienen es simple conocimiento. Pero el Señor dice que en realidad son pobres. No son pobres en conocimiento, pero sí en las riquezas de Cristo. Tienen conocimiento acerca de Cristo, pero son pobres en disfrutar las riquezas de Cristo. Poco después de haber llegado a este país, fui invitado a hablar en tres asambleas de los Hermanos. Después de hablarles y de escuchar sus reacciones, quedé completamente convencido de la veracidad de la palabra del Señor en cuanto a la iglesia en Laodicea. Si usted estuviera con ellos por un corto tiempo, se daría cuenta de que ellos están envanecidos en su conocimiento. En su conversación condenan la ignorancia de otros, pensando que lo saben todo. Sin embargo, después de estar con ellos, usted se dará cuenta de la pobreza que hay entre ellos. Ellos sencillamente no conocen las riquezas de Cristo, y ni siquiera hablan de ellas.

C. Desventurada

  A los ojos del Señor las asambleas degradadas son desventuradas, porque se enorgullecen de ser ricas en el vano conocimiento de la doctrina, pero de hecho son lamentablemente pobres en cuanto a experimentar las riquezas de Cristo.

D. Miserable

  La iglesia recobrada que más tarde se degradó, también es miserable, porque está desnuda, ciega y llena de vergüenza y oscuridad.

E. Pobre

  La iglesia orgullosa y degradada es pobre porque carece de la experiencia de Cristo y de la realidad espiritual de la economía de Dios. Ella se preocupa principalmente por su vano conocimiento, y muy poco por las experiencias vivas de Cristo. Esta es verdadera pobreza, la pobreza que la hace desventurada y miserable.

F. Ciega

  A los ojos del Señor, la iglesia en Laodicea no es solamente pobre en las riquezas de Cristo, sino que también es ciega en los asuntos espirituales genuinos. No tiene verdadero discernimiento espiritual. Aunque tiene cierto conocimiento en cuanto a las cosas espirituales, no las discierne.

G. Desnuda

  Todos nosotros recibimos a Cristo como nuestra justicia objetiva, que nos cubre como un manto. Esto nos justifica delante de Dios. Después de ser justificados en Cristo, debemos vivir a Cristo y emanarlo, para que El sea nuestra justicia subjetiva, como otro manto espléndido que cubre nuestro andar diario. La iglesia recobrada que luego se degradó está desnuda, debido a la carencia de experimentar subjetivamente a Cristo. El vano conocimiento doctrinal se desvanece ante los ojos flameantes del Señor, dejando expuestos y desnudos a los que se aferran a dicho conocimiento. Solamente el Cristo que experimentamos puede cubrirnos ante Sus ojos de juicio.

H. A punto de ser vomitada de la boca del Señor

  En el versículo 16 el Señor dice: “Por cuanto eres tibio, y no caliente ni frío, estoy por vomitarte de Mi boca”. Cuando la iglesia recobrada se degrada, está en peligro de ser vomitada de la boca del Señor, a menos que se arrepienta y busque las ricas experiencias de Cristo. Ser vomitada de la boca del Señor equivale a perder el disfrute de todo lo que el Señor es para Su iglesia.

I. El Señor llama a la puerta

  En el versículo 20 el Señor dice: “He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo”. Esta no es la puerta de los individuos, sino la puerta de la iglesia. La iglesia en Laodicea tiene conocimiento, pero no tiene la presencia del Señor. El Señor, la Cabeza de la iglesia, está fuera de la iglesia degradada llamando a la puerta. La iglesia recobrada que se degradó debe comprender esto.

III. EL CONSEJO DEL SEÑOR

  En el versículo 18 vemos el consejo que el Señor da a la iglesia en Laodicea: “Yo te aconsejo que de Mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se manifieste la vergüenza de tu desnudez; y colirio con que ungir tus ojos, para que veas”. Al comprar se requiere pagar un precio. La iglesia recobrada que luego se degradó, debe pagar un precio por el oro, las vestiduras blancas y el colirio, los cuales necesita desesperadamente. Después de tener contacto con las asambleas de los Hermanos, comprendí que probablemente ninguno de ellos entiende lo que significa pagar un precio. Quizás nunca oyeron que deben de pagar cierto precio para poder experimentar las riquezas de Cristo. Ellos tienen conocimiento y doctrina, pero no saben cómo pagar el precio. Saben cómo aprender, pero no saben cómo comprar. Tienen ciertas “verdades”, pero no conocen el costo de experimentar las riquezas de Cristo.

A. Comprar oro refinado en fuego

  Primeramente, el Señor aconseja a la iglesia en Laodicea que compre “oro refinado en fuego”. En la Biblia nuestra fe activa y operante (Gá. 5:6) es comparada con el oro (1 P. 1:7), y la naturaleza divina, la divinidad de Cristo, es tipificada por el oro (Ex. 25:11). Por la fe participamos de la naturaleza de Dios (2 P. 1:1, 4-5). La iglesia recobrada que llegó a degradarse tiene el conocimiento de las doctrinas referentes a Cristo, pero no tiene suficiente fe viviente como para participar del elemento divino de Cristo. Ella tiene que pagar el precio necesario para obtener la fe de oro a través de pruebas de fuego a fin de participar del oro verdadero, el cual es Cristo mismo como el elemento de vida para Su Cuerpo. Así ella puede llegar a ser un candelero de oro puro (1:20) para la edificación de la Nueva Jerusalén, la ciudad de oro (21:18).

  Si experimentamos esto, comprenderemos que las tres cosas que el Señor aconseja a la iglesia en Laodicea —que compre oro, vestiduras blancas y colirio— son el Señor mismo. Como ya vimos en tipología, o en el lenguaje bíblico, el oro representa dos cosas: la naturaleza de Dios y la fe viva por la cual valoramos y obtenemos la naturaleza divina. Estas dos cosas están combinadas. Si no tenemos la fe viva para apreciar y aplicar la naturaleza divina, nunca será nuestra. La naturaleza divina solamente puede llegar a ser nuestro disfrute a través de nuestra fe viva. Cristo es la corporificación de la naturaleza divina, y también es nuestra fe viva. Si tenemos fe, podemos participar de la naturaleza divina. Esto significa que debemos tener a Cristo. Tenemos que pagar el precio y decirle al Señor: “Señor, tengo mucho conocimiento de las verdades de la Biblia, pero reconozco que no tengo mucho de Ti. Señor, prefiero tenerte a Ti, que tener simple y vano conocimiento. Señor, Tú eres el verdadero oro, la corporificación de la naturaleza divina. Para poder valorar y aplicar esta naturaleza, necesito una fe viva. Señor, todavía no tengo esa fe, pero acudo a Ti. Te pido que seas mi fe viva. Quiero que Tú seas la fe por la cual vivo, la fe del Hijo de Dios” (Gá. 2:20). Si usted le dice esto al Señor, inmediatamente El le dirá: “Muy bien, si quieres obtenerme, debes pagar el precio. Hay ciertas cosas que quiero que abandones porque te estorban y te impiden disfrutarme”. Abandonar estas cosas es pagar el precio. Muchos de nosotros hemos experimentado al Señor de esta manera. Frecuentemente el Señor ha dicho: “Heme aquí. ¿Me quieres a Mí, o quieres otras cosas? Si quieres retener las otras cosas, entonces me alejaré. Tus manos están llenas. Debes abandonar la que tienes en ellas; vacía tus manos y luego aférrate a Mí. Entonces yo seré tu deleite”. Solamente cuando pagamos el precio podemos ganar a Cristo.

  Considere lo que dice el apóstol Pablo en Filipenses 3:8: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”. A Pablo no le quedaba nada excepto Cristo. No escatimó nada por Cristo, y pagó el precio completo. Dio todo lo que tenía para ganar a Cristo. Hoy nosotros debemos tener el mismo sentir y pagar el precio que sea necesario, aun nuestras vidas a fin de ganar a Cristo.

  Nunca podemos separar la fe viviente de la naturaleza divina. Aunque doctrinalmente esto es difícil de explicar, sabemos por experiencia que cuando tenemos una fe viva, disfrutamos la naturaleza divina. Y cuando estamos en la naturaleza divina, indudablemente tenemos esta fe viviente. Así que estas dos cosas están combinadas y ambas están representadas por el oro. La iglesia en Laodicea necesita este oro, es decir, la naturaleza divina aplicada, experimentada, por la fe viva, la cual es Cristo mismo. Si queremos obtener esto, tenemos que pagar el precio.

B. Comprar del Señor vestiduras blancas

  En segundo lugar, el Señor aconsejó a la iglesia en Laodicea que comprara “vestiduras blancas” para que se cubriera y no quedara al descubierto la vergüenza de su desnudez. En tipología, las vestiduras representan la conducta. Aquí “vestiduras blancas” se refiere a una conducta aprobada por el Señor, en la cual el mismo Señor es expresado en la vida de la iglesia, y la cual la iglesia recobrada que se degradó, necesita para cubrir su desnudez. Como dijimos en el mensaje catorce, esas vestiduras blancas no representan a Cristo como la justicia objetiva que nos justifica. Estas vestiduras son nuestra justicia subjetiva, que consiste en que Cristo sea expresado desde nuestro interior en nuestra vida. El Cristo que manifestamos en nuestra vida será nuestra segunda vestidura, la cual nos hará aparecer aprobados ante el Señor. Esto no se refiere necesariamente a ser salvos, sino a ser escogidos. Todos necesitamos este segundo vestido. Cuando tenemos una fe viva y participamos de la naturaleza divina, ésta llega a ser nuestro modo de vivir. Este vivir es Cristo manifestado en nuestro vivir, y ésta es la segunda vestidura, la cual nos califica y nos hace aptos para ser aprobados por Cristo. Este vestido cubrirá nuestra desnudez. Es cierto que todos nosotros fuimos justificados y cubiertos por el primer vestido, el mejor vestido que le pusieron al hijo pródigo en Lucas 15. Pero después de ser justificados, debemos amar al Señor, ser fervientes y estar entregados por entero a El. Si somos esta clase de cristianos, tendremos la fe viva que nos permite participar de la rica naturaleza divina, la cual vendrá a ser Cristo manifestado desde nuestro interior como el segundo vestido que cubre nuestra desnudez.

  Si usted, después de ser justificado, no ama y vive con el Señor y para El, está desnudo. Esto es difícil de explicar doctrinalmente, pero por experiencia todos comprendemos que un hermano que no ama al Señor ni vive por El, está desnudo y en una situación vergonzosa. No tiene al Cristo precioso ni está cubierto por El. Dicho hermano cree en Cristo y pertenece a El, pero no lo ama ni vive para El, y está desnudo ante los creyentes y ante el Señor. No tiene a Cristo como su vestido hermoso. Debemos pagar el precio por el segundo vestido, el Cristo manifestado en nuestro ser. Este es el Cristo subjetivo, el mismo Cristo que experimentamos subjetivamente. No trate de entender esto con su mente. Compruebe en su experiencia lo que estoy compartiendo. Aunque esto es extraño para su mente, es claro para su espíritu y en su experiencia. Usted ha experimentado y puede testificar que, por un lado, tal vez tenga la certeza de haber sido justificado, pero por otro, tiene la sensación de estar desnudo. Indudablemente como hijo de Dios, usted fue justificado, redimido, salvo, regenerado y es miembro de Cristo. Pero por otra parte, se siente desnudo, y que Cristo no es manifestado en su vida como la vestidura hermosa. Interiormente se condena por esto. Si usted compara este mensaje con su experiencia, podrá ver que es cierto. Así que todos debemos pagar el precio, y decirle al Señor: “Señor, sea cual fuere, pagaré el precio por manifestarte desde mi ser interno. Señor, quiero tenerte a Ti como mi vivir. No quiero portarme bien, corregir mi conducta, ni mejorarme a mí mismo. Quiero que Tú vivas por mí. Día tras día, quiero que vivas en mí para que seas la vida que expreso. Señor, sé no solamente mi vida interior, sino también mi conducta”. Si usted ora de esta manera al Señor, El lo cubrirá externamente; será su segunda vestidura, y usted será aprobado y escogido por El. No es necesario esperar hasta mañana. Hoy usted puede tener la certeza de que ha sido aprobado y escogido. Por consiguiente, cuando llegue ese día, con seguridad El dirá: “¡Bien hecho! Ven conmigo a disfrutar tu porción y a pelear a mi lado en contra del ejército del anticristo”.

C. Comprar del Señor ungüento

  En tercer lugar, el Señor aconseja a la iglesia en Laodicea que compre ungüento y unja sus ojos para que vea. El “ungüento” que necesita para “ungir” sus ojos debe de referirse al Espíritu que unge (1 Jn. 2:27), quien es el Señor mismo como el Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). La iglesia recobrada que luego se degradó necesita este ungüento para ser sanada de su ceguera, debido a que se distrajo con el conocimiento muerto de la letra. Debe pagar el precio para comprar los tres artículos que el Señor le aconseja que compre. Ya dijimos que el ungüento es el Espíritu que unge. El discernimiento espiritual siempre está relacionado con el Espíritu. No necesitamos más conocimiento sino más Espíritu. No necesitamos muchas doctrinas, sino más unción del Espíritu en nuestros ojos y en lo profundo de nuestro ser, a fin de que tengamos discernimiento para distinguir las cosas por dentro. Con este colirio, este ungüento, es posible que tengamos previsión y un profundo entendimiento para ver las cosas a fondo. Entonces podemos decir: “Señor Jesús, ahora veo qué tesoro eres, estoy dispuesto a pagar cualquier precio”. Supongamos que el precio de un objeto en una tienda es de mil dólares. Si este objeto es un diamante que cuesta cinco mil dólares, usted no pensaría que mil dólares es mucho. Al contrario, pensaría que es un precio muy bajo. ¿Por qué hay tantos cristianos que no quieren pagar el precio por Cristo? Porque no ven qué gran tesoro es El. Pero una vez que nuestros ojos sean ungidos con el colirio divino y espiritual, diremos: “Cualquier precio que pague por Cristo es poco. El precio es demasiado bajo. Mi persona, mi futuro y mi vida entera no valen nada. En realidad no pago nada por ganar a Cristo, el cual es todo”. Para ver esto necesitamos colirio.

  Ahora podemos comprender que el oro, las vestiduras y el colirio son Cristo. Cristo lo es todo. Lo que necesitamos hoy es a Cristo. Es cierto que el Señor nos ha dado mucha luz en Su recobro. Sin embargo, nuestra intención no es impartir conocimiento. Nuestra intención en estos mensajes es ayudar al pueblo del Señor a que sea iluminado y vea el valor y el incalculable precio de Cristo, para que, con este discernimiento, esté dispuesto a pagar cualquier precio para ganar a Cristo. Para mí vale la pena sacrificar mi familia, mi futuro, mi destino y mi vida entera por Cristo. Si pago todo esto, el precio sigue siendo muy bajo. Pablo dijo que él contaba todas las cosas como pérdida por Cristo, y para él no eran más que basura, y estiércol (Fil. 3:8). En la vida de iglesia que tenemos en el recobro del Señor no estamos interesados en doctrinas ni en “verdades”. Sólo nos interesan las riquezas de Cristo. En todos estos mensajes no estamos impartiendo vanas doctrinas. La meta de estos mensajes es ministrar ungüento a fin de que los ojos del pueblo sean ungidos para que vea cuán precioso es Cristo y para que sea atraído a El. La iglesia degradada no necesita doctrinas, sino colirio. Necesita revelación, visión, y mucha gracia.

IV. EL SEÑOR REPRENDE Y DISCIPLINA

  En el versículo 19 el Señor dice: “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo”. Si la iglesia degradada está dispuesta a recibir la reprensión del Señor en amor, ésta abrirá sus ojos. Pero tal vez el orgullo de ella le impida recibir esta reprensión. Cuando nos volvemos tibios y nos sentimos reprendidos por el Señor, necesitamos acudir a El en busca de Su misericordia, para poder ser humildes y recibir Su reprensión en amor. Esto puede traer el remedio apropiado para la iglesia degradada.

  La disciplina es un paso más avanzado que da el Señor en Su relación con la iglesia degradada después que la ha reprendido. Si ella recibe la corrección del Señor, tal vez no sea necesario que El la castigue. El Señor la disciplina con amor.

V. EL MANDATO DEL SEÑOR

  En el versículo 19 el Señor le dijo a la iglesia en Laodicea: “Sé, pues, celoso, y arrepiéntete”. El conocimiento muerto ha hecho que la iglesia degradada sea tibia. Ella necesita ser ferviente y abandonar la muerte y la frialdad del conocimiento, y necesita romper las ataduras de sus formalismos doctrinales. Necesita estar ardiendo y salir de la muerte en que se halla sumergida con doctrinas inertes. Debe amar al Señor y pagar el precio que sea necesario para ganarlo a El, hasta el punto de sacrificar las “doctrinas”. Una iglesia tibia necesita estar caliente y estar ardiendo cueste lo que cueste; necesita arrepentirse de su tibieza, y dejar de estar orgullosa de su conocimiento. Ella ha valorado mucho su conocimiento muerto. Necesita depreciar su conocimiento y arrepentirse de estar satisfecha con la vanidad del conocimiento y de no buscar la realidad de Cristo.

VI. LA PROMESA QUE EL SEÑOR HACE AL QUE VENZA

  En los versículos del 20 al 21 vemos la promesa que el Señor hace al que venza: “He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venza, le daré que se siente conmigo en Mi trono, como Yo también he vencido, y me he sentado con Mi Padre en Su trono”. Vencer en estas siete epístolas no significa vencer nuestras debilidades y los pecados que nos asedian, sino vencer la condición caída de las iglesias que se desviaron. En la epístola a Laodicea vencer significa vencer la tibieza y el orgullo de la iglesia recobrada que cayó en degradación, pagar el precio para comprar lo necesario, y abrir la puerta para que el Señor pueda entrar.

A. El Señor entra

  En el versículo 20 el Señor dice que si alguien oye Su voz y abre la puerta, entrará a él. Como dijimos, el Señor llama a la puerta, o sea que está fuera de la iglesia degradada. Aunque esta puerta es la puerta de la iglesia, no de individuos, es abierta por los creyentes individualmente. El Señor llama a toda la iglesia, pero la aceptación del llamamiento del Señor debe ser un asunto personal. El llamamiento del Señor es objetivo, pero la aceptación de los creyentes debe ser subjetiva. Si oímos el llamado que el Señor hace a la iglesia y abrimos la puerta a nivel individual, el Señor entrará en nosotros, y Su presencia será nuestra porción.

B. Cenar con el Señor

  En el versículo 20 el Señor también dice que después de entrar en el que abra la puerta, cenará con él. En el griego, la palabra “cenar” se refiere a la principal comida del día, tomada por la tarde. Cenar no se refiere simplemente a comer algo, sino a comer de la abundancia de un banquete. Esto tal vez se refiera al hecho de que los hijos de Israel comían del rico producto de la buena tierra de Canaán (Jos. 5:10-12). La cena prometida aquí no se celebrará solamente en el futuro; también hoy podemos participar de ella. Si usted es un vencedor, cuando el Señor venga en Su reino, usted tendrá el privilegio especial de cenar con El. Sin embargo, antes de que llegue ese día, puede cenar con El.

  Muchos cristianos usan el versículo 20 sin mucha exactitud para predicar el evangelio. Les dicen a los pecadores que Cristo llama a la puerta de su corazón y que si abren la puerta, El entrará. Esto es todo lo que dicen. ¿Ha oído usted alguna vez un mensaje en el que se le dice que si abre la puerta, Cristo entrará a usted y cenará con usted?

  Si tenemos una vista panorámica de las siete epístolas de Apocalipsis 2 y 3, veremos que el Señor realza el comerlo a El, el tomarlo a El como nuestro suministro de vida, para que crezcamos, seamos transformados y seamos iguales a El. Esto radica exclusivamente en comer a Jesús como el árbol de la vida, como el maná y como la principal comida del día. El Señor da énfasis al hecho de que lo comamos, y al mismo tiempo repudia cuatro clases de enseñanzas: la enseñanza de Balaam (2:14), la de los nicolaítas (2:15), la de Jezabel (2:20), y la de las profundidades de Satanás (2:24). Si usted no puede distinguir entre el dinero falsificado y el verdadero, más le vale no aceptar ninguno; sólo acepte el oro genuino. De igual modo, es mejor no aceptar enseñanzas, sino solamente recibir al Cristo viviente.

  En el Antiguo Testamento vemos tres niveles de comer a Cristo: el árbol de la vida que estaba en el huerto, el maná que fue dado en el desierto, y el rico producto de la buena tierra. Nosotros hemos participado de estos tres niveles. Fuimos creados en el huerto. Luego, debido a la caída, nos hallamos en Egipto. Después de ser salvos, salimos del mundo y comenzamos nuestro camino al encuentro del Señor. En nuestro viaje hacia el Señor estuvimos en el desierto donde se nos dio maná. Recuerde que la promesa del maná escondido fue dada a los que vencieran en la iglesia mundana, representada por Pérgamo, la iglesia que había regresado a Egipto. En Egipto no había maná; solamente se dio en el desierto, y el maná escondido sólo estaba en el Lugar Santísimo. La iglesia en Pérgamo se volvió mundana, regresó a Egipto, donde no hay maná. Si queremos comer maná, ya sea en público o en secreto, tenemos que salir de Egipto. Debemos escapar del lugar donde Satanás mora y donde está su trono y salir al desierto, donde podemos comer del maná visible, y luego podemos ir al Lugar Santísimo y zambullirnos en el arca para comer el maná escondido. Parece que las siete epístolas nos conducen a la buena tierra, la cual es Cristo. Aquí en la buena tierra Cristo es nuestro banquete. Durante las fiestas anuales, los hijos de Israel tenían un banquete con Dios y El con ellos. En tipología esto puede ser la promesa a los vencedores de Laodicea. La promesa que hace el Señor de cenar con todo aquel que le abra la puerta puede implicar la idea de disfrutar el rico producto de la buena tierra de Canaán del cual participaba Israel durante las fiestas anuales. Por consiguiente, la epístola a la iglesia en Efeso menciona el comer del árbol de la vida; la epístola a la iglesia en Pérgamo se refiere a comer del maná escondido fuera del mundo; y la epístola a la iglesia en Laodicea alude a deleitarse en el rico producto de la buena tierra de Canaán en el tiempo de las fiestas anuales. Siempre que los israelitas celebraban una fiesta, comían con Dios, ofreciéndole lo que ellos comían y permitiendo que Dios comiese con ellos. De la misma manera, el Señor dice que El cenará con nosotros, y nosotros con El. Si tenemos esta visión, entonces sabremos lo que debemos recalcar hoy. No estamos interesados en enseñanzas, sino en disfrutar a Cristo como el árbol de la vida, como el maná, y como el rico producto de la buena tierra.

C. Sentarse con el Señor en Su trono

  En el versículo 21 el Señor dice: “Al que venza, le daré que se siente conmigo en Mi trono, como Yo también he vencido, y me he sentado con Mi Padre en Su trono”. Sentarse con el Señor en Su trono será un premio para el vencedor, que consistirá en participar de la autoridad del Señor en el reino milenario venidero. Esto significa que los vencedores serán reyes juntamente con Cristo y regirán toda la tierra. Una vez más digo esto: en realidad, todas las promesas de las siete epístolas están relacionadas con el reino venidero. Toda palabra negativa que hable de pérdida o sufrimiento se refiere a una pérdida en el reino venidero, y cualquier expresión acerca de la recompensa o el disfrute, se refiere al disfrute de Cristo como nuestra porción especial durante la era del reino. Debemos tener el discernimiento apropiado para entender estas promesas con exactitud. No obstante, en principio, estas promesas también se pueden aplicar hoy; podemos disfrutarlas desde ahora, aunque limitadamente. No es necesario esperar hasta entrar en la era del reino para disfrutar todas estas porciones especiales. En la vida de la iglesia actual tenemos el privilegio de disfrutar el reino. ¡Alabado sea el Señor por la vida de la iglesia!

VII. LO QUE EL ESPIRITU DICE

  La iglesia tibia está llena de conocimiento frío, pero carece del Espíritu ardiente. Necesita desesperadamente oír lo que dice el Espíritu viviente; no necesita más conocimiento muerto. Si ella hace a un lado todo el conocimiento muerto, y escucha lo que dice el Espíritu viviente, será liberada de su degradación.

  Las siete iglesias no sólo representan proféticamente el progreso de la iglesia en siete eras, como ya vimos, sino que también simbolizan las siete clases de iglesias que surgen en la historia de la iglesia: la iglesia primitiva, la iglesia sufriente, la iglesia mundana, la iglesia apóstata, la iglesia reformada, la iglesia recobrada, y la iglesia que se degradó. La iglesia primitiva continuó en la iglesia sufriente; la iglesia sufriente se convirtió en la iglesia mundana; y la iglesia mundana vino a ser la iglesia apóstata. Por tanto, las primeras cuatro iglesias finalmente vinieron a ser una sola, que fue la iglesia apóstata, la Iglesia Católica Romana. Luego, la iglesia reformada, otra clase de iglesia, una iglesia no totalmente recobrada, comenzó a existir como reacción a la iglesia apóstata. Después de esto, surgió la iglesia recobrada como el recobro completo de la vida apropiada de iglesia. Esta puede considerarse la tercera clase de iglesia. Al caer en degradación esta iglesia, se convirtió en la iglesia degradada. Esta puede considerarse la cuarta clase de iglesia. Estas cuatro clases de iglesias permanecerán hasta la venida del Señor. Sin duda, sólo la iglesia recobrada puede cumplir el propósito eterno de Dios, y sólo ella satisface el deseo del Señor. Debemos aceptar lo que el Señor escoge.

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