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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Efesios»
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Mensaje 10

HACER QUE EN CRISTO SEAN REUNIDAS BAJO UNA CABEZA TODAS LAS COSAS

(3)

  Este mensaje es una continuación adicional del tema de cómo todas las cosas son reunidas en Cristo bajo una cabeza(1:10). Primero debemos ver en qué consiste la plenitud de los tiempos. Efesios 1:10 declara: “Para la economía de la plenitud de los tiempos, de hacer que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas, así las que están en los cielos como las que están en la tierra”. La palabra “para” significa “que da por resultado” o “a fin de tener”. La economía [o en otras traducciones, la dispensación] que se menciona en este versículo alude a la plenitud de los tiempos. Sin duda, “los tiempos” se refieren a las diferentes eras. Por tanto, “la plenitud de los tiempos” se refiere a la plenitud de las edades.

LAS CUATRO ERAS

  En la Biblia figuran cuatro eras diferentes. Juan 1:17 dice: “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la realidad vinieron por medio de Jesucristo”. En esto vemos que la ley está relacionada con Moisés, y la gracia, con Jesucristo, lo cual alude a dos edades: la de la ley y la de la gracia. Con el levantamiento de Moisés, comenzó la era de la ley, y el nacimiento de Cristo marcó el comienzo de la era de la gracia. Romanos 5 menciona a Adán y a Moisés (v. 14). El pecado está relacionado con Adán, y como hemos visto, la ley está relacionada con Moisés. Así que tenemos tres personas: Adán, Moisés y Cristo; y tres elementos: el pecado, la ley y la gracia. Adán está relacionado con el pecado; Moisés, con la ley; y Cristo, con la gracia. Esto indica que existen tres eras entre Adán y la segunda venida de Cristo: la era del pecado, la era de la ley y la era de la gracia.

  Muchos creyentes conocen la enseñanza teológica de las siete dispensaciones, llamadas: la inocencia, la conciencia, el gobierno humano, la promesa, la ley, la gracia y el reino. Decir que hay siete dispensaciones no es incorrecto; sin embargo, con base en la Biblia, podemos afirmar que antes del milenio hay únicamente tres edades: la de Adán, la de Moisés y la de Cristo. Después de la era de la gracia, vendrá la era del reino, la cual comprenderá los mil años del reino celestial en la tierra. Por tanto, en conjunto hay cuatro eras: la era del pecado, la era de la ley, la era de la gracia y la era del reino.

  Estas cuatro eras son los tiempos. Antes de que comenzara la primera era, no existía el tiempo, sólo estaba la eternidad pasada, y después de que transcurran estas cuatro eras, el tiempo dejará de existir, y sólo quedará la eternidad futura. Entre los dos extremos de la eternidad, la pasada y la futura, existen cuatro eras, cuatro tiempos. El tiempo de Adán fue el tiempo del pecado, el tiempo de Moisés fue el tiempo de la ley, el tiempo de Cristo es el tiempo de la gracia, y el tiempo del milenio será el tiempo del reino. Cuando estos cuatro tiempos se hayan cumplido, vendrá la plenitud de los tiempos, la culminación de las edades. La era de Adán y la de Moisés ya se cumplieron; la era de la gracia se está cumpliendo; y la era del milenio todavía no comienza. Después de la cuarta era, comenzará una dispensación a la que Pablo llama la plenitud de los tiempos.

  Cuando Pablo estaba en la tierra, había una dispensación que él llamó la mayordomía de la gracia (3:2). No sólo en la época de Pablo había una dispensación, sino que la ha habido en cada era, en la era de Adán, en la era de la ley, en la era de la gracia, e indudablemente la habrá en la era venidera del reino. En la plenitud de las edades, se tendrá la dispensación consumada y máxima.

EL SIGNIFICADO DE LA DISPENSACION

  Ahora debemos ver qué es una dispensación. Según una enseñanza, una dispensación se refiere a una era. Sin embargo, este entendimiento no es adecuado. Otra enseñanza afirma que una dispensación alude a la manera en que Dios se relaciona con el hombre durante cierto período. Por ejemplo, en la dispensación de la inocencia, Dios se relacionaba con el hombre de cierta forma, y en la de la conciencia lo hacía de otra. Asimismo, Dios se relaciona con el hombre de diferentes maneras en las eras del gobierno humano, de la promesa, de la ley, de la gracia y del reino. Este entendimiento de lo que es una dispensación no es incorrecto, pero es deficiente. Una dispensación es la acción de dispensar o distribuir algo. Se refiere al hecho de que Dios se imparte a Sí mismo en Sus escogidos. Aunque he estudiado el tema de las dispensaciones por muchos años, incluyendo diversos diagramas, nunca se me dijo que la dispensación de Dios se refiere a que Dios se imparte en Su pueblo. Debemos olvidarnos de todos los diagramas y recordar un punto básico: Dios se está impartiendo en nosotros.

LA IMPARTICION DE VIDA

  Como ya dijimos, cuando Satanás, el poder de muerte, se inyectó en el hombre, él se introdujo en el hombre como la muerte y las tinieblas. La muerte trae corrupción, y las tinieblas traen confusión. La meta de Satanás es corromper lo que Dios creó y causar confusión. Pero ¡alabado sea el Señor porque donde abunda la muerte, abunda aun más la vida! Después de que Satanás vino a llenar de muerte la creación, Dios intervino para vivificarla, para impartirle vida. Donde hay vida, también hay luz. La muerte arruina, pero la vida sana; las tinieblas traen confusión, pero la luz produce orden. Debemos tener presente que Satanás vino a llenar de muerte la creación de Dios y que la muerte arruina y las tinieblas confunden. Pero Dios intervino para vivificar la creación que estaba muerta y para traer orden. En este orden todas las cosas son reunidas en Cristo, la Cabeza.

  La dispensación [o impartición] de Dios es la impartición de la vida en personas que estaban muertas. Aunque Adán había sido afectado por la muerte, Dios vino a Abel y le impartió algo de Sí mismo. El hizo lo mismo en Enós y en Enoc. No debemos pensar que Enoc, una persona afectada por la muerte, pudo caminar con Dios durante trescientos años por su propia cuenta (Gn. 5:22). Esto fue posible porque Dios se impartió en él. Lo mismo ocurrió con Noé. Noé caminó con Dios y tuvo una fe fuerte porque Dios se impartía en él. La impartición de Dios en el hombre comenzó con Abel y ha ido aumentando en cada generación. Por tanto, lo que se impartió en Enoc fue mayor que lo que recibió Enós, y lo que recibió Noé fue mayor que lo que recibió Enoc. En el caso de Abraham, la impartición fue aún mayor. Hechos 7:2 declara que el Dios de la gloria se apareció a Abraham. Esta aparición fue sin duda una impartición. Abraham pudo tener fe en Dios porque Dios se había impartido en él.

  Lo mismo sucedió con nosotros cuando oímos el evangelio y nos arrepentimos. Mientras nos arrepentíamos y confesábamos nuestros pecados a Dios, El se impartía en nosotros, pese a que no nos dábamos cuenta de ello en el momento. Sin embargo, al recordar nuestra experiencia, comprendemos que así fue. El día que me arrepentí y le confesé a Dios mis pecados, algo se impartió en mi ser. Aunque lloraba, dentro de mí sentí el fuego santo. Esto fue la inspiración de Dios y también Su impartición. Cuando Dios viene a inspirarnos, El se imparte en nosotros. Nada puede cambiarnos como lo hace la impartición de Dios. Esta impartición puede transformar un ladrón en un santo, porque infunde en él la naturaleza santa de Dios. Les animo a todos ustedes a que acudan al Señor por treinta minutos para que reciban Su impartición. Durante ese tiempo olvídense de sus problemas y circunstancias. Simplemente ábranse a El y confiésenle sus defectos y faltas. Cuanto más lo hagan, más se abrirá el camino para que El se imparta en ustedes.

  Independientemente del término que usemos, impartir, inspirar, transfundir o infundir, la experiencia es la misma. No me interesa la terminología; lo que me interesa es que el elemento de Dios se forje en nuestro ser. Necesitamos que Dios entre en nosotros, y que Su elemento sea forjado en nuestro ser. Este es el significado de la dispensación.

  En la actualidad, la mayoría de los creyentes experimentan muy poco la impartición divina. Muchos enseñan en cuanto a las siete dispensaciones, pero nunca le dicen a las personas que una dispensación denota el hecho de que Dios imparte Su vida y Su naturaleza en Sus escogidos. Nuestra carga hoy no es enseñar doctrinas, sino impartir la vida y la naturaleza de Dios a Su pueblo. No introduzcan a este ministerio sus opiniones o conceptos. Si lo hacen, estarán perdiendo su tiempo. A nosotros no nos interesa argumentar sobre puntos o conceptos doctrinales. Nuestra carga es infundir a Dios en las personas. Es posible que sepamos muchas doctrinas, pero que carezcamos del elemento divino. Lo que necesitamos es que se imparta en nuestro ser el elemento de Dios. Yo estuve con las asambleas de los Hermanos por muchos años, hasta que finalmente me aburrieron sus disputas sobre las doctrinas. Es posible que no estemos carentes de ninguna doctrina, pero sí del elemento divino. La impartición de Dios consiste en que Dios imparte Su elemento en nosotros.

LA MAXIMA DISPENSACION

  Ya vimos que Dios se impartió a Sí mismo en Abel, Enós, Enoc, Noé y en Abraham. Esta impartición fue aun mayor en Moisés, y por supuesto, en el Señor Jesús. La impartición continua en las epístolas del Nuevo Testamento. Tal vez les sorprenda saber que la impartición de Dios es más intensa en nuestros días que en los tiempos del apóstol Pablo. Dudo que en la época de Pablo hubiera una congregación que haya tenido el privilegio de oír las cosas que ustedes están escuchando hoy. Hoy la dispensación de la gracia de Dios es más profunda, elevada y amplia que antes. Esta dispensación continuará aun después del milenio, hasta que llegue la plenitud de los tiempos. La dispensación de la plenitud de los tiempos será la más elevada y la más amplia. Esta dispensación perdurará por la eternidad, tal como se revela en Apocalipsis 21 y 22.

  En estos capítulos tenemos una nueva esfera, el cielo nuevo y la tierra nueva, donde está la Nueva Jerusalén. Apocalipsis 21:1 dice: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía”. En la Biblia, el mar denota la muerte. Por tanto, la ausencia del mar significa que ya no existirá la muerte. Para aquel entonces la muerte habrá sido absorbida. Al final del milenio, la muerte, el último enemigo, será abolida y echada al lago de fuego. En lugar de la muerte, habrá un nuevo entorno, una nueva esfera, un nueva circunferencia, en cuyo centro estará la Nueva Jerusalén.

  Si leemos detenidamente el libro de Apocalipsis. veremos que la Nueva Jerusalén es en realidad un gran monte de doce mil estadios de altura, o sea, más de mil trescientas millas. En la cima del monte está el trono de Dios y del Cordero (Ap. 22:1). Del trono sale el río de agua de vida, el cual baja por el monte y llega a las doce puertas de la ciudad. El agua de vida se da para beber, para recibir el suministro de vida, no para bañarse ni para bautizarse. En el agua de vida crece el árbol de la vida (Ap. 22:2), lo cual indica que cuando bebemos del agua de vida, comemos también del árbol de la vida. Por lo tanto, cuando bebemos del agua, recibimos el suministro vital. En esto podemos ver la dispensación consumada y máxima: Dios Triuno impartido en toda la Nueva Jerusalén. Esto permitirá que el agua de vida llene, sature, impregne y empape la ciudad. Esta es la dispensación más abundante que Dios se propuso para la plenitud de los tiempos.

UNA MINIATURA EN LA VIDA DE IGLESIA

  En la vida de iglesia hoy disfrutamos una miniatura de la dispensación consumada. En la iglesia tenemos el fluir de vida, bebemos el agua de vida y comemos del árbol de la vida. Esta es la dispensación de Dios que se halla en la vida de iglesia. No obstante, ésta no es la dispensación más elevada, la dispensación de la plenitud de los tiempos. Mientras disfruto el agua viva en la iglesia, espero la dispensación máxima. Todos estaremos en la dispensación consumada, y seremos plenamente saturados del Dios Triuno.

  El Dios que está en el trono es el Padre; el Cordero alude al Hijo, y el río de agua de vida, al Espíritu. Juan 7 revela claramente que el río de agua de vida representa al Espíritu. Así que, en Apocalipsis 22 tenemos a Dios el Padre, a Dios el Hijo como Redentor y a Dios el Espíritu, quien fluye con Dios el Hijo como árbol de la vida para ser nuestro suministro vital. Esta es la dispensación del Dios Triuno, la dispensación más elevada, la dispensación de la plenitud de los tiempos.

  Esta dispensación comenzó con Abel y ha ido en aumento a lo largo de las edades, hasta que finalmente llegue la dispensación de la plenitud de los tiempos. Estamos cada vez más cerca a esa dispensación. Si estamos conscientes de esto, rebosaremos de gozo. Ni siquiera el apóstol Pablo estuvo tan cerca de la máxima dispensación como lo estamos nosotros. ¡Aleluya que todos participaremos de la dispensación consumada! En el recobro del Señor, tenemos, en la vida de iglesia, una miniatura de la dispensación venidera. ¡Qué maravilloso! Es por eso que nos gusta cantar las líneas de este himno:

  ¡Bebe! Fluye un río desde el trono del Señor; ¡Come! El árbol de la vida con sus frutos hoy; ¡Mira! Aquí no hay sol ni luna o luz artificial, pues     ¡No hay oscuridad!

  ¡Oh, en la vida de iglesia bebemos del agua de vida y comemos del árbol de la vida! Al comer y beber somos saturados de la vida de Dios, pues El se imparte en nosotros. Cuanta más vida se nos imparte, más alto nos levantamos. Esto es ser reunidos bajo una cabeza en Cristo.

LA LUZ DE LA VIDA MANTIENE TODO EN ORDEN

  Donde hay vida, también hay luz. Juan 1:4 dice: “En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Esta luz es la luz de la vida (Jn. 8:12). En Apocalipsis 21 tenemos la vida y la luz. Ya que la Nueva Jerusalén está saturada de luz, ella no necesita la luz del sol. Apocalipsis 21:23 dice: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es Su lámpara”. En la Nueva Jerusalén, la gloria del Dios Triuno será nuestra luz. En el cielo nuevo y en la tierra nueva, en los cuales estará la Nueva Jerusalén, no habrá noche, muerte, ni oscuridad; antes bien, habrá vida y luz. Esto propiciará que todo se levante y esté en buen orden.

  Donde hay luz, todo está en orden. Supongamos que no hubiera luz en la ciudad de Los Angeles. ¡Qué tinieblas y confusión habría! La vida regula, y la luz controla. En la vida de iglesia no tenemos reglamentos, pero sí tenemos la vida que regula y la luz que controla. Cuando la iglesia está llena de vida, también está llena de luz; entonces todos los que conforman la iglesia son regulados por la vida interior y no por los preceptos externos; además todos son controlados y guardados en orden por la luz de la vida. Así, en la vida y en la luz, estamos en orden bajo Cristo, la Cabeza. En Apocalipsis 21 vemos la Cabeza, el Cuerpo que está alrededor de la Cabeza y todas las naciones andando a la luz de la ciudad (Ap. 21:24). Esto hará que el cielo nuevo y la tierra nueva sean una esfera resplandeciente. Por tanto, en el cielo nuevo y en la tierra nueva, cuyo centro es la Nueva Jerusalén, todas las cosas serán puestas en orden bajo Cristo, la Cabeza. Esto será el cumplimiento de hacer que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas, lo cual se menciona en Efesios 1:10.

  Para que eso suceda necesitamos la dispensación de la vida. La vida que se imparte en nosotros finalmente llega a ser la luz de los hombres. En la dispensación de la plenitud de los tiempos, todas las naciones caminarán a la luz de la ciudad. Esto significa que no habrá muerte, ni tinieblas, ni corrupción, ni confusión. En su lugar, todo estará en buen orden, reunido en Cristo, la única Cabeza, lo cual expresará al Dios Triuno por la eternidad. La reunión de todas las cosas bajo una cabeza en Cristo será la expresión eterna del Dios Triuno. La vida de iglesia actual es un anticipo de esto; es una miniatura del cielo nuevo, de la tierra nueva y de la Nueva Jerusalén. Como personas que estamos en la miniatura, disfrutamos de la impartición de la vida y de la luz, y estamos en el proceso de ser reunidos bajo una cabeza en Cristo.

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