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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Efesios»
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Mensaje 39

LA NORMA DEL CREYENTE

  En 1 Timoteo 1:16 Pablo dice: “Pero por esto me fue concedida misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda Su longanimidad, y quedara yo como modelo para los que habrían de creer en El para vida eterna”. Según este versículo, Pablo fue hecho modelo de uno que experimenta la salvación que Dios otorga. Sin embargo, Pablo no fue un modelo solamente de uno que ha experimentado la salvación, sino también de uno que ha sido llamado por el Señor.

  En el libro de Efesios el llamamiento de Dios se reviste de mucha importancia. En Ef. 1:17-18 Pablo pidió en su oración que se nos concediese un espíritu de sabiduría y de revelación para que conociésemos “cuál es la esperanza a que El os ha llamado”. En Ef. 4:1 Pablo nos imploró a nosotros, el pueblo llamado de Dios, a que anduviéramos como es digno de la vocación con que fuimos llamados.

LA META DEL LLAMAMIENTO DE DIOS

  Muy pocos cristianos saben cuál es la meta del llamamiento de Dios. Muchos piensan que la meta es simplemente recibir la gracia y ser salvos. Sin embargo, la gracia y la salvación no son la meta final del llamamiento de Dios. Según Efesios la meta del llamamiento de Dios es la edificación del Cuerpo de Cristo. En Mateo 16 el Señor Jesús dijo que edificaría Su iglesia. Pero el libro de Hechos y las epístolas revelan que el Señor no edifica la iglesia directamente, sino que lo hace por medio de los miembros de Su Cuerpo. Cristo edifica el Cuerpo por medio del Cuerpo. Dios nos llamó para cumplir esta meta.

  Efesios 3:2 habla de la mayordomía de la gracia de Dios, y 4:12, de la edificación del Cuerpo de Cristo. Como podemos ver, este pasaje de Efesios, que se extiende de 3:2 a 4:12, comienza con la mayordomía de la gracia de Dios y concluye con la edificación del Cuerpo de Cristo.

  La mayordomía de la gracia de Dios no está limitada a Pablo y a los demás apóstoles. No piensen que Pablo era un gran ministro, pero que ustedes no. La intención de Pablo era inculcar en los santos el hecho de que todos han recibido la mayordomía de la gracia de Dios, con miras a la edificación del Cuerpo de Cristo. Según 4:12, la edificación del Cuerpo no es obra exclusiva de los apóstoles; es responsabilidad de todos los santos. Este versículo revela que los santos son perfeccionados para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo. La palabra griega traducida “para” en este versículo también significa “con el propósito de”, “con miras a” o “dando como resultado”. El perfeccionamiento de los santos da como resultado la obra del ministerio, la cual conduce a la edificación del Cuerpo de Cristo. El Cuerpo no lo edifican directamente los apóstoles ni los demás hermanos que llevan la delantera; son los santos los que lo edifican directamente.

  En 4:16 Pablo dice: “De quien todo el Cuerpo, bien unido y entrelazado por todas las coyunturas del rico suministro y por la función de cada miembro en su medida, causa el crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor”. El versículo 12 habla de los santos, y el versículo 16, de “cada miembro”. Según el versículo 16, el Cuerpo produce su propio crecimiento y se edifica a sí mismo en amor. Esto requiere que en la práctica todos los santos sean perfeccionados por los apóstoles y demás hermanos que llevan la delantera.

IGUALES A PABLO

  Al leer el libro de Efesios, debemos profundizar en la carga y el sentir de Pablo. El esperaba que cada creyente fuera un apóstol, o sea, que cada santo fuera como él.

  Pablo no sólo era apóstol, sino también profeta, evangelista, y pastor y maestro. Sin embargo, muchos quizás clasifiquemos a los hermanos dotados del versículo 11 en cuatro categorías distintas: los apóstoles, los profetas, los evangelistas, y los pastores y maestros. Pero Pablo, el modelo de los llamados, era todo eso. Ciertamente él era un profeta, pues en sus epístolas declaró grandes profecías, como las de 1 Corintios 15 y las de 1 y 2 Tesalonicenses. El también era un evangelista. ¿Creen que haya un evangelista mayor que él? El predicaba el evangelio dondequiera que iba. Además, también era un pastor y un maestro. El cuidaba a las iglesias y a todos los santos día y noche. Por último, ¿quién puede negar que Pablo era un maestro? Si él no fue un maestro, entonces ¿quién lo fue en el Nuevo Testamento? Así que, Pablo era apóstol, profeta, evangelista, y pastor y maestro. Su carga y deseo al escribir los capítulos tres y cuatro era señalar que cada santo debe ser igual a él en estos aspectos.

  Los capítulos tres y cuatro forman parte de la exhortación que hace Pablo en cuanto a andar como es digno del llamamiento de Dios. Si deseamos llevar una vida que sea digna del llamamiento de Dios, tenemos que ser como el apóstol Pablo. Para vivir dignamente, no sólo debemos darle importancia a tales cosas como la humildad, la amabilidad y el amor, sino también a los asuntos importantes de ser apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros. De no ser así, nuestro andar no será digno del llamamiento de Dios. En estos capítulos, Pablo es un ejemplo, pero no de un cristiano victorioso ni de un creyente lleno de vida, sino de un apóstol, profeta, evangelista, y pastor y maestro.

TODOS LOS DISCIPULOS SON APOSTOLES, PROFETAS, EVANGELISTAS, Y PASTORES Y MAESTROS

  Todo cristiano normal es un apóstol, un profeta, un evangelista y un pastor y maestro. Un apóstol no es un rey, sino un enviado. Si yo lo envío a usted a realizar cierta tarea, usted es mi enviado, mi apóstol. En Juan 17:18 el Señor Jesús oró al Padre de este modo: “Cómo Tú me enviaste al mundo, así Yo los he enviado al mundo”. Los enviados en este versículo no son solamente los doce apóstoles, sino todos los discípulos. Esto quiere decir que todo aquel que cree en Cristo debe ser un enviado. El Señor confirma esto cuando declara a Sus discípulos en Juan 20:21: “Como me envió el Padre, así también Yo os envío”. Todos los discípulos del Señor Jesús, hombres y mujeres, deben ser enviados. Si usted ha sido cristiano por muchos años y no ha sido enviado por El, no es un cristiano normal. Si examinamos nuestra experiencia pasada nos daremos cuenta de que muchos de nosotros hemos sido enviados: a nuestro cónyuge, a nuestros padres y parientes, y a nuestros amigos. Al igual que Pablo, somos enviados, somos apóstoles.

  Además, también somos profetas. Según las Escrituras la función de un profeta no es principalmente predecir el futuro, sino hablar de parte de Dios. Por ejemplo, cuando Moisés fue llamado por Dios en Exodo 3 y 4, él se quejó ante el Señor de que no era elocuente (4:10). El Señor le dijo que le daría a Aarón para que fuera su profeta (4:14-16; 7:1). Aarón no hacía predicciones en nombre de Moisés; más bien, hablaba de parte de él. Esto muestra que un profeta es un portavoz. Así como hemos desempeñado la función de apóstoles, también hemos sido profetas, quizás para con nuestros padres, parientes y amigos. Como profetas, hablamos a las personas de parte del Señor, les comunicamos cuánto el Señor las ama y cuánto desea ser vida y el todo para ellas. Cuanto más hablamos de esa manera, más funcionamos como profetas.

  Cuando hablamos de parte de Dios, también predicamos el evangelio, o sea, que somos evangelistas. Ser evangelista es simplemente predicar el evangelio.

  Siguiendo el mismo principio, también somos pastores y maestros. Al cuidar a los que han sido salvos por nuestra predicación, los pastoreamos y los instruimos. Por consiguiente, somos apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores y maestros.

  Llevar una vida digna del llamamiento de Dios consiste en ser un enviado de Dios, uno que habla de parte de El, que predica el evangelio y que pastorea a otros y los instruye. Si no somos personas así, no alcanzamos la norma de Dios. Debido a la influencia de nuestro trasfondo y entorno religiosos, estamos acostumbrados a pensar que los apóstoles y los profetas son personas extraordinarias. Sin embargo, un apóstol es un cristiano común y corriente, un cristiano que satisface la norma de Dios.

  No deberíamos mostrar una falsa humildad declarando que somos demasiado pequeños e insignificantes como para ser apóstoles y profetas. Es un hecho que podemos ser enviados por el Señor, por lo menos a nuestros parientes y amigos, y que podemos hablar de parte de El. Es un hecho que todos podemos y debemos ser los enviados de Dios. Pertenecemos a la misma categoría que Pablo, aunque, por supuesto, no tenemos una medida tan grande como la suya.

LA MAYORDOMIA DE LA GRACIA

  Efesios 3:2 dice: “Si es que habéis oído de la mayordomía de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros”. ¿Se dan cuenta de que no solamente Pablo era un mayordomo, sino que también ustedes lo son? Tal como Pablo, ustedes recibieron la mayordomía de la gracia de Dios. Un mayordomo es simplemente un servidor. No es un oficial de alto rango, sino alguien que sirve a otros. Al servicio que desempeña un mayordomo se le llama mayordomía. Conforme a 3:2, la mayordomía que hemos recibido es la mayordomía de la gracia de Dios.

  Todos hemos recibido cierta cantidad de gracia. En 4:7 Pablo dice: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”. Al recibir la gracia, espontáneamente tenemos la mayordomía de la cantidad de gracia que hemos recibido. Por gracia fuimos hechos mayordomos.

  Efesios 3:2 dice que Pablo recibió gracia, mientras que 4:7 afirma que cada uno de nosotros la recibió. A la luz de estos versículos, no debemos considerar que Pablo era algo que nosotros no somos. De hecho, 3:8 revela que él se consideraba a sí mismo “menos que el más pequeño de todos los santos”. Esto indica que todos los santos pueden recibir la misma clase de gracia que le fue dada al apóstol Pablo. En cuanto a su persona, él era el más pequeño de los apóstoles (1 Co. 15:9); pero en lo que respecta a su ministerio, él no era menos que los super apóstoles (2 Co. 11:5; 12:11). Sin embargo, como una persona que recibió gracia, él era menos que el más pequeño de todos los santos. Esto implica que todos podemos recibir la gracia que él recibió. Podemos comparar esto a los miembros de nuestro cuerpo físico, los cuales reciben el mismo suministro de sangre, sin importar lo grande o pequeño que sean. Sin embargo, la capacidad o el don que surge del suministro de sangre es diferente en cada miembro. Todos los miembros del Cuerpo de Cristo pueden recibir la misma gracia de vida que tuvo el apóstol Pablo, pero no tienen el mismo don que él. Si a Pablo, quien afirmaba ser el más pequeño de todos los santos, se le concedió gracia, ciertamente también a nosotros se nos puede otorgar.

  Para Pablo, no era asunto de quién había recibido más gracia; tenemos que olvidarnos de hacer esas comparaciones. Lo importante es ver que todos podemos ser iguales al apóstol Pablo. Puesto que alguien que era menos que el más pequeño de todos los santos pudo ser la persona que describen los capítulos tres y cuatro, ninguno de nosotros tiene excusa.

  Sin embargo, a lo largo de los siglos, los cristianos han estado bajo la influencia de conceptos naturales, a raíz de los cuales se entronizó como papa a uno de los primeros apóstoles. Pero en realidad todos podemos ser “papas”, porque esto simplemente significa ser padre. Esto indica que todos podemos ser padres espirituales de aquellos a quienes conducimos al Señor.

  Nuestra mente debe ser limpiada de todo concepto natural que tienda a elevar a los apóstoles por encima de los demás creyentes. Los apóstoles son simplemente personas que Dios envía para que lleven a cabo Su propósito, que consiste en edificar la iglesia. Ciertamente todos podemos ser enviados y todos podemos hablar de parte de Dios como profetas, como Sus portavoces. No permitan que las enseñanzas tradicionales les impidan avanzar. Más bien, crean en el hecho de que la mayordomía de la gracia de Dios fue dada a todos los creyentes.

LA REVELACION DEL MISTERIO

  En 3:3 Pablo dice que por revelación le fue dado a conocer el misterio. ¿Creen ustedes que sólo al apóstol Pablo se le dio a conocer el misterio y no a todos los creyentes neotestamentarios? Todos hemos recibido la revelación del misterio, la misma que le fue dada a él. Pablo escribió el libro de Efesios con el propósito de que todos los santos conocieran el misterio de Cristo. Durante los años en que el recobro ha estado en este país, los santos hemos visto el misterio de Cristo gradualmente. Esta revelación nos constituye apóstoles y profetas, y así recibimos la capacidad para hablar de Cristo y la iglesia.

  Ya que somos profetas, debemos hablar a los que nos rodean, aunque pensemos que no nos entienden. Nuestra responsabilidad es hablar dondequiera que estemos, ya sea en la casa o en el trabajo. Los padres deben hablar a sus hijos acerca de la economía de Dios. También deberíamos ponernos en contacto con nuestros padres y parientes, y contarles lo que hemos visto con respecto al propósito eterno de Dios. No se preocupen por lo que los demás piensen de ustedes. Hablen para que los incrédulos sean llevados al Señor. Si no hablamos, ¿cómo se salvarán las personas? Si hablamos, por lo menos algunos de los que nos escuchan vendrán al Señor. ¡Imagínense el impacto que se produciría si todos los santos del recobro del Señor le hablaran a la gente de Cristo y la iglesia! A muchos nos engañó el enemigo haciéndonos pensar que no estamos capacitados para hablar de parte del Señor. No debemos esperar que los hermanos que poseen dones sobresalientes sean los únicos que hablen. Este concepto es erróneo. Por haber recibido la gracia y la revelación del misterio de Cristo, somos los apóstoles y profetas de hoy y podemos hablar de parte del Señor.

TODOS SOMOS SERVIDORES

  En 3:7 Pablo dice: “Del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de Su poder”. La palabra griega traducida “ministro” en este versículo es la misma que se traduce “diácono” en otros pasajes del Nuevo Testamento. De hecho, “diácono” es la forma española de la palabra griega. Un ministro o diácono no es un oficial de alto rango, sino un servidor. En este versículo, Pablo dice que él llegó a ser un siervo. Según el concepto natural, la posición de los ministros es superior a la de los ancianos, y la de los ancianos, más elevada que la de los diáconos. Sin embargo, si entendemos correctamente este versículo, veremos que los ministros en realidad son diáconos, es decir, servidores. La palabra ministro es correcta, pero el uso tradicional que se le ha dado, ha degradado su significado. Según el Nuevo Testamento, decir que uno es un ministro equivale a afirmar simplemente que uno es un servidor. Todos los que creemos en Cristo somos servidores.

LA OPERACION DEL PODER DE DIOS

  En 3:7 Pablo habla de la operación del poder de Dios. Este es el poder de la vida de resurrección (Fil. 3:10), el cual operó en el apóstol y también opera en todos los creyentes (Ef. 1:19; 3:20). Por medio de este poder de vida que opera interiormente, el don de la gracia le fue dado al apóstol, es decir, este don se manifestó en él.

  De la palabra griega traducida “operación” en el versículo 7, se deriva la palabra “energía”. Dentro de nosotros y entre nosotros existe una operación divina por la cual se infunde energía. Esta operación no estaba disponible solamente al apóstol Pablo; todos los creyentes tienen acceso a ella. Efesios 4:16 lo comprueba, pues emplea la misma palabra griega cuando habla de la “operación de cada miembro en su medida”. La misma energía que actuaba en Pablo, actúa en cada uno de los miembros del Cuerpo. Esta energía obra ahora mismo dentro de nosotros.

LA ECONOMIA DEL MISTERIO

  En 3:9 Pablo habla de alumbrar a todos para que vean cuál es la economía [en otras versiones, “la dispensación” del misterio. Esta palabra “economía” se refiere al proceso de impartir a Cristo como vida, como suministro de vida y como el todo, en los creyentes. Todos tenemos parte en esta maravillosa impartición. Como creyentes, debemos ser llevados a la norma de Dios, la norma establecida por el apóstol Pablo.

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