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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Efesios»
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Mensaje 78

TOMAR A CRISTO COMO NUESTRA PERSONA POR CAUSA DE LA VIDA DE IGLESIA

  Lectura bíblica: Ef. 2:15-16; 3:17; 4:13-15, 22-24

  El libro de Efesios revela que la iglesia, además de ser el Cuerpo de Cristo, es también el nuevo hombre. Como nuevo hombre, ella necesita que Cristo sea su vida y su persona. Este aspecto de la iglesia fue recobrado recientemente. Le damos gracias al Señor por mostrarnos claramente por medio del libro de Efesios, que la iglesia es el nuevo hombre.

  Durante los dos siglos pasados, muchos cristianos han visto que la iglesia es el Cuerpo de Cristo. En las Asambleas de los Hermanos en particular se habla de este aspecto de la iglesia. Además, después de la segunda guerra mundial, en este país se comenzó a hablar acerca del Cuerpo. Hoy en día es común oír expresiones tales como “el ministerio del Cuerpo”. Sin embargo, aunque la iglesia es el Cuerpo de Cristo, esto no constituye la revelación más elevada acerca de la iglesia. Debemos avanzar y ver que la iglesia es el nuevo hombre.

CRISTO ABOLIO LAS ORDENANZAS PARA CREAR AL NUEVO HOMBRE

  Efesios 2:15 declara que Cristo abolió en Su carne la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas a fin de crear de los judíos y los gentiles un solo y nuevo hombre. Cristo, mediante Su muerte en la cruz, no sólo acabó con el pecado, el viejo hombre, la carne, el mundo y al diablo; El también terminó con la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas. Se han dado muy buenos mensajes que exponen cómo la cruz de Cristo eliminó el pecado, el viejo hombre, la carne, el mundo y al diablo; pero ¿había escuchado usted alguna vez que en la cruz, Cristo abolió la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas? Cristo hizo esto no para salvarnos, santificarnos, ni para hacernos victoriosos. El abolió las ordenanzas para crear el nuevo hombre. Todos reconocemos que se requería la muerte de Cristo en la cruz para ponerle fin al pecado, el viejo hombre, la carne, el mundo y al diablo, y alabamos al Señor porque todos estos elementos negativos fueron crucificados. Pero debemos avanzar y ver cuán importante y crucial era que Cristo aboliera la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear de nosotros un solo y nuevo hombre.

  El hecho de que de los judíos y los gentiles se creara un solo y nuevo hombre indica que el nuevo hombre es una entidad corporativa y universal. Hay muchos creyentes, mas un solo y nuevo hombre. Todos los creyentes forman parte de este nuevo hombre corporativo y universal. El nuevo hombre constituye la revelación más elevada que el libro de Efesios presenta en cuanto a la iglesia.

  Ser regenerados no sólo equivale a ser salvos; también significa ser creados de nuevo. En la cruz, Cristo abolió las ordenanzas a fin de producir una nueva creación. Los judíos y los gentiles habían sido separados por las ordenanzas, pero de ambos pueblos se creó en Cristo y con la esencia divina, una nueva entidad, un nuevo hombre corporativo.

  Las ordenanzas son las diferentes formas o maneras de vivir y de adorar. Por ejemplo, los judíos tienen su propia manera de adorar a Dios, y basado en ello, han hecho de esto ordenanzas que gobiernan su vida diaria. Otros pueblos también tienen sus propias maneras de vivir y de adorar. Esto sucede también con las denominaciones del cristianismo actual. Los bautistas, los presbiterianos, los metodistas, los luteranos y los episcopales tienen sus formas de adorar a Dios. ¡Cuánto se ha extendido este asunto de las ordenanzas, y cuán prevaleciente es!

  A Dios no le interesan los métodos de adoración; lo que El desea es tener el nuevo hombre. Pero Satanás, el enemigo de Dios, sutilmente usa las ordenanzas para dañar al nuevo hombre e impedir que los creyentes lo experimenten de manera práctica. La meta de Satanás no consiste en impedir que los cristianos vayan al cielo o que procuren ser espirituales; su objetivo es evitar que ellos vean y experimenten el aspecto de la iglesia como nuevo hombre.

  Damos gracias al Señor por habernos mostrado claramente la visión del terreno de la iglesia. Pero no es suficiente con conocer el terreno de la iglesia. Aunque es necesario el terreno de la iglesia, el deseo de Dios no se centra en ello. El desea tener la iglesia como nuevo hombre, y las ordenanzas constituyen los principales obstáculos para que cumpla Su deseo. Si queremos experimentar la iglesia en su aspecto de nuevo hombre, debemos hacer a un lado nuestra forma de vivir. En la cruz, Cristo abolió todas las ordenanzas; pero no lo hizo como un fin en sí mismo, sino con el propósito de crear un solo y nuevo hombre.

  Dios, en Su sabiduría, nos escogió de toda tribu, lengua, pueblo y nación (Ap. 5:9). Hoy las iglesias locales se componen de creyentes de muchas razas y nacionalidades. Ciertamente, las ordenanzas constituyen la prueba más grande de si tomamos o no a Cristo como nuestra vida y nuestra persona. Por ejemplo, a los chinos que se mudan del lejano oriente a este país no les es fácil experimentar la iglesia como nuevo hombre, pues se les dificulta hacer a un lado su manera china de vivir. Algunos hermanos y hermanas chinos eran más útiles en la vida de iglesia cuando estaban en el lejano oriente que ahora, porque ahora se aferran a sus ordenanzas chinas. Siendo imparcial, debemos decir que en realidad todos nosotros tendemos a conservar nuestras propias ordenanzas. Sin embargo, en el nuevo hombre no hay judío ni griego, bárbaro ni escita, circuncisión ni incircuncisión. En otras palabras, en la iglesia como nuevo hombre no hay lugar para chino, estadounidense, británico, alemán ni ninguna otra nacionalidad; en ella sólo hay lugar para Cristo. Es crucial que todos veamos que hace más de mil novecientos años, Cristo abolió en la cruz todas nuestras ordenanzas.

LA NECESIDAD DE UNA EXPERIENCIA PRACTICA

  Si deseamos sinceramente tomar a Cristo como nuestra vida y persona, debemos abandonar nuestras ordenanzas. Por ejemplo, no debemos tener ninguna ordenanza en cuanto a estilos de peinado; antes bien, cada uno de nosotros debe consultar al Señor en cuanto a esto y orar algo así: “Señor Jesús, soy uno de Tus miembros. ¿Cuál estilo de corte de pelo quieres Tú? A mí no mi interesa ningún método de adorar o de vivir; y las costumbres y los hábitos me tienen sin cuidado. Señor, lo único que me preocupa es que Tú seas mi vida y mi persona”. Si hacemos esto, el Señor Jesús, quien es una persona viva, nos dirá cómo nos debemos cortar el pelo. Entonces, sencillamente debemos proceder según lo que El nos muestre. Esto no es una ordenanza, sino una experiencia práctica de lo que es tomar a Cristo como nuestra persona.

  Nuestra necesidad hoy no es adquirir más conocimiento doctrinal, sino tener la experiencia diaria y práctica de tomar a Cristo como nuestra persona. En 1970 empezamos a hablar de la iglesia como nuevo hombre. En aquel entonces manifestamos que para experimentar la iglesia en su aspecto de nuevo hombre, debíamos tomar a Cristo como nuestra persona. Desde aquel entonces mucho se ha dicho sobre el nuevo hombre y acerca de tomar a Cristo como nuestra persona. Incluso se han escrito algunos muy buenos himnos al respecto. No obstante, según he observado, entre nosotros se experimenta muy poco la realidad de tomar a Cristo como nuestra persona. No nos debe satisfacer que otros nos consideren buenas personas. Debemos ser personas que tomamos a Cristo como nuestra persona. Que todos acudamos al Señor y junto con El repasar todos los detalles de nuestra vida diaria.

RECIBIR A CRISTO

  En muchos aspectos, todavía somos bastante religiosos. Es posible que aun la manera en que predicamos el evangelio y ayudamos a las personas a ser salvas, la llevemos a cabo de una manera religiosa. Tal vez le decimos a las personas que ellas son pecadoras y que Cristo murió por sus pecados en la cruz. Quizás les decimos también que si creen en El, serán perdonadas, justificadas, salvas y hechas aptas para ir al cielo. En cierto sentido, esta predicación es correcta, fundamental y se apega a las Escrituras; con todo, puede ser religiosa. Al predicar el evangelio, lo importante es que ayudemos a las personas a abrir su ser al Señor Jesús y a recibirlo. Aun si la persona no tiene ningún concepto en cuanto al perdón de pecados, la justificación o el cielo, si reciben a Cristo, tendrán la realidad de todo esto. Tener a Cristo es tener el perdón, la redención, la justificación, la salvación y la santificación.

  El propósito de Dios no consiste simplemente en perdonar nuestros pecados, justificarnos y luego un día llevarnos al cielo; Su deseo es forjar a Cristo en nuestro ser. Antes de fundar el mundo, Dios nos escogió en Cristo y puso una marca sobre nosotros. Luego, en el tiempo, nos llamó. Cuando Dios nos llamó, Su deseo no era que centráramos nuestra atención en el perdón o en la justificación, sino en recibir a Su querido Hijo. Mientras Cristo viva dentro de nosotros, no tendremos ningún problema en cuanto al perdón, a la justificación, a la salvación y al cielo.

  Lo único que nos hace parte del Cuerpo de Cristo es que Cristo esté en nosotros, pues sólo El puede hacernos parte de Sí mismo. Para esto, no es suficiente el perdón, la justificación y la santificación. Que el Señor nos conceda ver que no sólo fuimos perdonados, justificados, salvos y santificados, sino que también fuimos creados de nuevo en Cristo y con El.

  Habiendo experimentado varios ramos del cristianismo, incluyendo el cristianismo fundamental, pentecostal y el movimiento de la vida interior, conozco muchas prácticas religiosas. Puedo testificar que hoy no soy partidario de ninguna práctica; lo único que me interesa es tomar a Cristo como mi persona de una manera viva y genuina. Mi deseo es ayudar a otros a recibir y experimentar al Cristo vivo. El no es ninguna forma, religión, regla, ordenanza ni práctica; más bien, El es el Espíritu viviente. Nuestra necesidad hoy es simplemente abrir nuestro ser a El y recibirlo.

PERMITIR QUE CRISTO HAGA SU HOGAR EN NUESTROS CORAZONES

  Sin Efesios 3, Efesios 2 sería una simple doctrina. Es un hecho que Cristo abolió las ordenanzas con el fin de crear de los judíos y los gentiles un solo y nuevo hombre. Pero para que esto sea práctico en nuestra experiencia diaria, debemos permitir que Cristo haga Su hogar en nuestros corazones (3:17). Una manera de saber si todavía tenemos ordenanzas, es preguntarnos si Cristo está haciendo Su hogar en nuestro corazón. ¿Permitimos que El haga Su hogar en nosotros? Si somos sinceros, tenemos que reconocer que muy poco le damos la oportunidad de hacerlo. Esto se debe principalmente a que en lugar de darle a El la preeminencia, seguimos nuestro propio camino.

  Consideremos la experiencia de Pedro presentada en Hechos 10. Mientras oraba en la azotea de la casa, “vio el cielo abierto, y que descendía un objeto semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra” (v. 11). En este lienzo había “de todos los cuadrúpedos y reptiles de la tierra y aves del cielo” (v. 12). Entonces una voz dijo a Pedro: “Levántate, Pedro, mata y come” (v. 13). Sin embargo, la respuesta de Pedro fue “Señor, de ninguna manera; porque ninguna cosa profana o inmunda he comido jamás” (v. 14). En aquella ocasión, Pedro no tomó a Cristo como su persona; por el contrario, él actuó por sí mismo.

  No deberíamos considerarnos más espirituales que Pedro, pues en la mayoría de los casos, nosotros tampoco tomamos a Cristo como nuestra persona. Cuando el Señor nos dice algo, muchas veces contestamos “No Señor, de ninguna manera”. Quizá le digamos: “Señor, no creo que Tú me pedirías hacer semejante cosa”. Nuestra experiencia testifica que cuando rehusamos hacer lo que el Señor dice, perdemos Su presencia y Su unción. Sin embargo, cuando le obedecemos, disfrutamos Su presencia y sentimos la unción interna de una manera fresca. Incluso hasta estamos fuera de nosotros mismos del gozo que sentimos en el Señor.

  Olvidémonos de la religión, las reglas, las ordenanzas, las diversas prácticas y formas de adorar a Dios, y de nuestra propia manera de vivir, y sencillamente permitamos que Cristo haga Su hogar en nuestros corazones. Cristo entró en nosotros para ser nuestra vida y nuestra persona, y no estará satisfecho hasta que lo tomemos como nuestra persona de manera práctica. Si no lo tomamos como tal, por mucho que amemos a Cristo y la iglesia, y por mucho que estemos en pro del recobro del Señor, tendremos una sensación profunda de que algo nos falta. Esta sensación no es sino el reflejo de que nos falta tomar a Cristo como nuestra persona.

  Nuestro corazón no debe ser la morada de nuestro yo, sino la de Cristo. Le pregunto nuevamente, ¿quién vive en su interior? ¿Cristo o usted? Con respecto a esto no me interesa la doctrina; lo único que me interesa es la realidad. Cristo no abolió las ordenanzas para que estableciéramos otras nuevas; Su intención es hacer Su hogar en nuestros corazones.

  Muchas hermanas casadas son reacias a leer Efesios 5 porque este capítulo habla de que las mujeres deben someterse a sus maridos. Cuando leen este capítulo, se dan cuenta de que no son sumisas. Algunas culpan al marido o las circunstancias por su falta de sumisión, y a veces hasta se atreven a culpar al Señor diciéndole que si les hubiera dado un esposo diferente, sin duda se someterían a él. Hermanas, no intenten someterse a su esposo; simplemente permitan que Cristo haga Su hogar en ustedes. Si toman a Cristo como su persona y le permiten hacer Su hogar en sus corazones, ciertamente se someterán a sus maridos.

  Debemos desechar todo lo religioso y tomar únicamente a Cristo como nuestra persona. Si hacemos eso, experimentaremos el crecimiento mencionado en el capítulo cuatro, y nos revestiremos del nuevo hombre. Esta es la vida adecuada de iglesia.

  Dios no quiere que las esposas intenten someterse a sus maridos, ni que los maridos amen a sus esposas de una manera religiosa. Su deseo es que tomemos a Cristo como nuestra persona y que dejemos a un lado todas las ordenanzas. Dios quiere obtener un pueblo en cuyo corazón Cristo haga Su hogar. Esto es lo que necesitamos hoy en la vida de iglesia.

EL FACTOR SINGULAR EN EL RECOBRO DEL SEÑOR

  El recobro del Señor no es un recobro de enseñanza. En el recobro el factor singular es Cristo. Por supuesto, nosotros honramos y respetamos la Biblia y le damos aplicación. Nosotros guardamos la Palabra igual que otros creyentes, tal vez más. Sin embargo, debemos entender claramente que el recobro del Señor no consiste en seguir las enseñanzas de la Biblia, sino en permitir que Cristo viva y haga Su hogar en nuestros corazones, a fin de que crezcamos en todo hasta la medida de Aquel que es la Cabeza. Cuanto más crecemos hasta la medida de Cristo, más nos revestimos del nuevo hombre, que es la vida de iglesia práctica y apropiada. Nuestra única necesidad hoy es tomar a Cristo como nuestra persona por causa de la vida de iglesia.

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