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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Filipenses»
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Mensaje 36

LAS RIQUEZAS DE LA ABUNDANTE SUMINISTRACION DEL ESPIRITU SE HALLAN CORPORIFICADAS EN LA PALABRA

  Lectura bíblica: Fil. 1:19; 2:12, 16a; Ef. 3:8; 5:18-20; Col. 3:16-17; 1 Ti. 4:6; 6:3

  El pensamiento fundamental de la Biblia consiste en que el Dios Triuno desea forjarse a Sí mismo en el hombre, con el fin de que éste lo tome como su vida y lo viva a El. Para cumplir Su deseo, el Dios Triuno pasó por un proceso maravilloso. Tanto la encarnación como la crucifixión fueron etapas de dicho proceso. En la cruz, Cristo puso fin al pecado, a los pecados y a Satanás. Además, allí liberó Su vida divina. La muerte de Cristo, la cual puso fin a todo, fue seguida por Su resurrección. Por consiguiente vemos que mediante la encarnación Cristo se hizo hombre, que después, por medio de Su crucifixión, El aniquiló todas las cosas negativas, y que en la resurrección se impartió en todos aquellos que creen en El, para que llegaran a ser uno con El en vida y naturaleza.

EL HOMBRE FUE CREADO A LA IMAGEN DE DIOS

  Puesto que el hombre fue creado por Dios, es una criatura Suya, y como tal, carece de la vida y naturaleza divina. No obstante, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Dios lo creó de esta manera porque Su propósito era entrar en el hombre y ser uno con él. Ya que ésta era Su intención, Dios hizo al hombre de tal manera que éste pudiera recibirlo y llegar a ser uno con El.

  Para entender mejor la relación que existe entre Dios y el hombre, y el hecho de que éste fue creado a la imagen de Dios, podemos usar el ejemplo de un guante. El guante está diseñado especialmente para contener la mano; es por eso tiene la imagen de una mano. Una vez que la mano entra en el guante, ambos llegan a ser uno. Del mismo modo, el hombre es un vaso creado a la imagen de Dios con el propósito de contenerlo. Romanos 9 revela que somos vasos creados con el fin contener a Dios.

SOMOS UNO CON EL DIOS TRIUNO

  Por una parte, el hombre fue creado para contener a Dios; por otra, era necesario que Dios pasara por un proceso. Una vez que el Dios Triuno pasó por el proceso de la encarnación, la crucifixión y la resurrección, El pudo entrar en el hombre. Después de resucitar, el Señor Jesús envió a Sus seguidores a que hicieran discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28:19). Bautizar a los creyentes en el nombre del Dios Triuno equivale a sumergirlos en la persona misma del Dios Triuno. El nombre denota a la persona, y la persona es la realidad del nombre. Pablo en sus epístolas habla de bautizar a los creyentes en Cristo (Ro. 6:3; Gá. 3:27), lo cual equivale a bautizarlos en la persona del Dios Triuno. Aquellos que creen en Cristo y son bautizados en El, llegan a ser uno con el Dios Triuno en vida y naturaleza.

  Alabamos al Señor porque, como creyentes, poseemos la vida de Dios y participamos de Su naturaleza divina. En 2 Pedro 1:4 se nos dice claramente que somos participantes de la naturaleza divina. Debido a que participamos de la naturaleza de Dios, podemos decir con propiedad que somos divinos. No obstante, esto de ningún modo implica que evolucionamos hasta convertirnos en Dios, en el sentido de llegar a ser objetos de adoración. La Biblia jamás enseña que los creyentes serán deificados. Sin embargo, la Palabra de Dios sí revela que todo aquel que cree en Cristo es nacido de Dios. Por consiguiente, podemos decir que somos verdaderos hijos Suyos, y no meramente hijos adoptivos. Por ser hijos de Dios, poseemos Su misma vida y naturaleza; y puesto que poseemos Su vida y naturaleza, somos uno con El. No obstante, repito que esto no implica que llegaremos a ser Dios, en el sentido de llegar a ser objetos de adoración.

  Basándonos en la Biblia, enseñamos que somos uno con Dios, ya que mediante la regeneración llegamos a poseer la vida y la naturaleza divinas. Tal como un niño posee la misma vida y naturaleza de su padre, nosotros también, como hijos de Dios, tenemos Su propia vida y naturaleza. Sin embargo, algunos cristianos son humildes de una manera religiosa, y no se atreven a afirmar que tienen la naturaleza de Dios, aun cuando reconocen haber nacido de Dios. Sólo declaran que son pecadores que han recibido la misericordia de Dios. Pero se resisten a confesar que poseen la naturaleza de Dios y que son uno con El.

  La regeneración no nos hace parte de la Deidad. Pretender que los creyentes llegan a ser Dios en el sentido de ser objeto de adoración, constituiría una blasfemia contra El. No podemos participar de la Deidad en ese sentido, pero sí podemos compartir la naturaleza divina. Una cosa es formar parte de la Deidad, y otra, participar de la naturaleza divina. ¡Qué bendición tan grande es ser uno con Dios en Su misma vida y naturaleza!

ESTAMOS LLENOS DE NUESTROS PROPIOS CONCEPTOS

  Aunque éste es un asunto tan crucial en la Biblia, muchos cristianos lo pasan por alto, debido a que están llenos de conceptos éticos, culturales, religiosos y filosóficos. Por esta razón, cuando leen la Biblia sólo prestan atención a ciertas exhortaciones, tales como el mandamiento que dice que los hijos deben honrar a sus padres, que los maridos deben amar a sus esposas, y que las esposas deben someterse a sus propios maridos. Algunos esposos aprecian la Biblia porque enseña que la esposa debe someterse al marido. De la misma manera, quizás las esposas aprecien la Biblia porque ésta exige que el marido ame a su esposa. Aquellos que se preocupan por la ética y la religión, prestan más atención a estos asuntos porque los consideran éticos o religiosos. Sin embargo, no ven la revelación básica que se presenta en las Escrituras.

  Supongamos que un chino escucha la predicación del evangelio y cree en Cristo. Al leer la Biblia, es posible que preste más atención a los pasajes de la Palabra que aparentemente tratan de asuntos éticos. Tal vez no sepa mucho acerca de Génesis 1:26, donde vemos que Dios creó al hombre a Su imagen, pero probablemente devore el libro de Proverbios, por el gran aprecio que le tiene a las enseñanzas éticas. Asimismo, es posible que tenga en gran estima las palabras de Pablo que tratan sobre la conducta apropiada de los maridos y las esposas, puesto que tales enseñanzas coinciden con las enseñanzas de Confucio. Aun es posible que alabe al Señor por su salvación, debido a que ésta le ayuda a ser más ético y moral. Podríamos decir que este hermano en su vida diaria es un “Confucio-cristiano”, esto es, un creyente que considera que las enseñanzas bíblicas son idénticas a las enseñanzas éticas de Confucio.

  Quizás otro creyente tenga un trasfondo cultural distinto, y aprecie la Biblia porque ésta nos enseña a no exhibirnos a nosotros mismos. Tal vez preste mayor atención a aquellos pasajes de la Biblia que correspondan más con las características de su país y su entorno cultural. De esta manera, la ética y la cultura reemplazaría el vivir a Cristo.

ALIMENTO Y REVELACION

  Cuando leemos la Biblia debemos olvidarnos de la ética, la cultura y los diferentes rasgos nacionales. Debemos orar-leer la Palabra a cara descubierta y estar libres de toda preocupación. De esta manera, no sólo recibiremos revelación, sino que también seremos nutridos.

  En 1 Timoteo 4:6 Pablo usó la palabra nutrir: “Nutrido con las palabras de la fe y de la buena enseñanza que has seguido fielmente”. Ser nutridos tiene que ver con la vida, puesto que todas las palabras de la Biblia son palabras de vida, es decir, son sanas y nutritivas. Pablo también usa la expresión “sana enseñanza” (1 Ti. 1:10; Tit. 1:9), refiriéndose a la enseñanza que nos nutre y nos sana. Es muy importante que todos recibamos el alimento de la Palabra de Dios.

  Si hemos de nutrirnos de la Palabra, debemos liberarnos de todos los conceptos que nos ocupan. Debemos despojarnos de los velos de la cultura, de la lógica regional y de la filosofía propia de nuestro país, y leer la Palabra de Dios sin usar ninguna clase de lentes, es decir, sin ningún tipo de concepto. Entonces seremos nutridos y también recibiremos revelación.

  Muchos tratan de mejorarse a sí mismos una vez que son salvos. Tal vez digan: “Antes no tenía a Dios y era muy perverso, trataba mal a mis padres, a mis hermanos y hermanas, y aun a mis hijos. Pero de ahora en adelante voy a pedirle al Dios todopoderoso que me ayude a ser amable con todos. Trataré de no volver a enojarme. Antes bien, seré muy amoroso”. Creo que casi todos los cristianos han tomado una determinación similar. No obstante, éste no es el camino correcto. Por experiencia he aprendido que no debemos tratar de ser buenos ni pedirle a Dios que nos ayude a mejorar. Lo único que necesitamos es acudir a la Palabra viviente y ser nutridos con ella.

LAS RIQUEZAS Y EL SUMINISTRO DE LA PALABRA

  La Biblia revela que la plenitud de la Deidad está corporificada en Cristo, lo cual significa que todas las riquezas de lo que Dios es y tiene se hallan corporificadas en El. Cristo pasó por el proceso de la encarnación, crucifixión y resurrección, y ahora es el Espíritu que lo incluye todo, el cual nos brinda una abundante suministración. La abundante suministración del Espíritu mencionada en 1:19 no es otra cosa que las riquezas de Cristo referidas en Efesios 3:8. En este versículo Pablo testificó que le había sido dada la gracia de predicar el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo. Cristo está relacionado con las inescrutables riquezas, y el Espíritu, con la abundante suministración. Repito una vez más que la abundante suministración del Espíritu equivale a las inescrutables riquezas de Cristo. Estas dos, las riquezas y la suministración, se hallan corporificadas en la Palabra, es decir, en la Biblia. Por consiguiente, si queremos tocar las inescrutables riquezas de Cristo y participar de la abundante suministración del Espíritu, debemos leer la Biblia.

  La intención de Dios es impartirse y forjarse en nosotros. El logra esto por medio del Espíritu como la “antena”, y la Biblia como el “cable”. Las riquezas celestiales son trasmitidas a nosotros por estos dos medios. Del lado nuestro, debemos desistir de la intención de ser buenos y desechar el pensamiento que considera la Biblia un mero libro de ética; en lugar de esto, debemos acercarnos a la Palabra para ser nutridos. Para ello, no es suficiente leer la Biblia y estudiarla; también necesitamos leerla con oración.

COMER LA PALABRA

  Entender la Biblia no es suficiente: necesitamos también comer las palabras de la Biblia. Jeremías 15:16 dice: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí”, y Mateo 4:4 declara: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. La Biblia no nos fue dada simplemente para que la leyéramos y la estudiáramos, sino principalmente para que la comiéramos. ¡Oh, cuánto necesitamos comer la Palabra de Dios!

  La mejor manera de comer la Palabra es leerla con oración. Si queremos disfrutar de la abundante suministración del Espíritu, debemos comer la Palabra. Ya mencionamos que la abundante suministración del Espíritu equivale a las riquezas de Cristo y que éstas se hallan corporificadas en la Palabra. Por consiguiente, si hemos de disfrutar estas riquezas, debemos orar-leer la Palabra.

LOS ELEMENTOS DE LAS RIQUEZAS DE CRISTO

  Las riquezas de Cristo contienen ciertos elementos. El primero es la divinidad, y el segundo, la humanidad. En Cristo tenemos la divinidad y la humanidad apropiada y elevada, la cual expresa a Dios. El tercer elemento de las riquezas de Cristo es el vivir humano del Señor Jesús. La vida humana que llevó el Señor Jesús en la tierra fue maravillosa, pues expresó a Dios. El cuarto elemento es Su muerte en la cruz, una muerte maravillosa que puso fin a todo lo negativo. El quinto elemento es la resurrección de Cristo. Un ejemplo que ilustra la resurrección es lo que sucede con una semilla de clavel. Después de ser sembrada, la semilla brota, crece y se desarrolla, hasta que finalmente aparece el clavel. Esto describe la resurrección. La resurrección consiste en brotar y crecer en vida. El Señor Jesús fue crucificado y sepultado, y luego se levantó. En el ejemplo de la semilla de clavel, no sólo vemos el crecimiento de la vida, sino también la forma, la función y el poder de dicha vida. La resurrección de Cristo junto con todos estos aspectos, es otro elemento de Sus riquezas. Otros elementos son: la ascensión de Cristo y Su glorificación junto con Su entronización.

  El Nuevo Testamento revela la divinidad de Cristo, Su humanidad, Su vivir humano, Su muerte, Su resurrección y Su glorificación, junto con Su entronización. Además de estos siete elementos básicos, existen innumerables ingredientes adicionales, como por ejemplo: la luz, la vida, el amor, la santidad, la justicia, la paz, el gozo, la paciencia, la amabilidad y la sabiduría. Sin embargo, todos estos elementos son secundarios; los principales elementos son: la divinidad, la humanidad, el vivir humano, la muerte, la resurrección, la ascensión y la glorificación.

  Todos estos elementos que conforman las riquezas de Cristo son maravillosos y están corporificados en la Palabra, pero no de una manera sistemática. La Palabra de Dios no se puede sistematizar, pues las riquezas de Cristo son insondables.

  Ya mencionamos que la abundante suministración del Espíritu está corporificada en la Biblia, y que el Espíritu y la Palabra son realmente uno. La Palabra es el Espíritu y el Espíritu es la Palabra, y por ende, no pueden separarse.

ORAR-LEER LA PALABRA

  Siempre que leemos la Palabra, debemos combinar la lectura con oración. Además de usar los ojos y la mente, debemos también ejercitar nuestro espíritu para tocar al Espíritu. Entonces el contenido de la Palabra se convertirá en la abundante suministración del Espíritu en nuestra experiencia.

  Examinemos por ejemplo el salmo 133 para ver la diferencia que existe entre analizar la Biblia y disfrutar el suministro que se obtiene al orar-leer. Quizás algunos cristianos lean el salmo 133 durante su tiempo de devoción personal. Al leerlo, tal vez lo analicen y se hagan preguntas acerca del ungüento precioso, la barba, las vestiduras, el rocío y el monte de Hermón. Así, en lugar de recibir la abundante suministración, se quedan con muchas preguntas. No obstante, si oramos-leemos el salmo 133, tomaremos este pasaje de una manera orgánica. Mientras oramos-leemos, podemos decir: “¡Mirad, amén! Cuán bueno y cuán delicioso es, amén”. Si tomamos la Palabra de esta manera, aplicaremos el Espíritu todo-inclusivo a nuestro ser. Mediante la práctica de orar-leer ejercitamos nuestro espíritu para recibir el alimento espiritual de la Palabra, y este alimento nos permite crecer en vida. De esta manera, somos nutridos con las palabras de la fe y de la buena enseñanza. Aun cuando sólo dediquemos diez minutos para orar-leer un pasaje de la Palabra, seremos nutridos. Además, experimentaremos los diferentes elementos de las riquezas de Cristo.

  Por una parte, los alimentos que diariamente comemos nos nutren; por otra, éstos contienen elementos que matan los gérmenes. No es necesario que tratemos de matar los gérmenes de nuestro cuerpo. En lugar de ello, simplemente debemos alimentarnos bien y permitir que los elementos nutritivos realicen su función. De la misma manera, cuando leemos la Palabra con oración, no sólo recibimos el alimento, sino que todo lo negativo en nosotros es eliminado. Mientras oramos-leemos, espontánea e inconscientemente participamos de los elementos básicos de las riquezas de Cristo, que son: Su divinidad, Su humanidad, Su vivir humano, Su muerte, Su resurrección, Su ascensión y Su glorificación. Por una parte, los elementos de la muerte de Cristo aniquilan todas las cosas negativas que hay en nosotros; por otra, Su resurrección nos fortalece y nos edifica. Esto no proviene de las enseñanzas externas, sino de la nutrición interna.

VIVIR A CRISTO Y MAGNIFICARLO

  Si recibimos las riquezas de Cristo al orar-leer la Palabra, no necesitaremos esforzarnos por ser buenos ni por mejorarnos; antes bien, viviremos a Cristo espontáneamente. Así, llevaremos una vida llena de los elementos básicos de las riquezas de Cristo, es decir, que nuestro vivir tendrá la divinidad, la humanidad, la experiencia de la muerte de Cristo y el fortalecimiento de Su vida de resurrección. Vivir de esta manera equivale a enarbolar la palabra de vida y magnificar a Cristo.

  Quisiera añadir que tampoco es necesario que nos propongamos magnificar a Cristo. Es posible que al escuchar mensajes acerca de vivir y magnificar a Cristo, algunos creyentes digan: “A partir de ahora, magnificaré a Cristo; lo magnificaré en mi casa, en mi trabajo, y dondequiera que esté. Oh Señor, te ruego que me ayudes a magnificarte”. Les recomiendo que en lugar de tomar esta clase de decisiones y orar de esta manera, simplemente vayamos a la Palabra, donde se hallan corporificadas las riquezas de Cristo y la abundante suministración del Espíritu. Al nutrirnos de la Palabra día tras día, creceremos. La carne, el hombre natural, el yo y las diferentes tendencias y esfuerzos malignos, quedarán al descubierto. Esto se llevará a cabo mediante la abundante suministración del Espíritu, la cual se halla corporificada en la Palabra y se absorbe al orar-leer. Además, la resurrección de Cristo liberará las riquezas divinas y las impartirá en nosotros, y éstas fortalecerán nuestro espíritu y edificarán todo nuestro ser. Entonces viviremos a Cristo de manera espontánea, inconsciente y automática. Vivir a Cristo de esta manera equivale a enarbolar la palabra de vida. Si vivimos a Cristo, llevando una vida cotidiana llena de la divinidad, de la humanidad y del vivir humano de Cristo, de Su muerte y de la fragancia de Su resurrección, ciertamente lo magnificaremos. Este es el significado de vivir a Cristo recibiendo las riquezas de la abundante suministración del Espíritu, que se hallan corporificadas en la Palabra.

RECIBIR LAS RIQUEZAS QUE SE HALLAN CORPORIFICADAS EN LA PALABRA

  Día tras día debemos acudir a la fuente correcta, esto es, a la Palabra, donde se hallan corporificadas las riquezas de Cristo. Al orar-leer la Palabra, estas riquezas llegarán a ser en nuestra experiencia la suministración abundante del Espíritu, la cual lo incluye todo. Tomemos la Palabra cada día, leámosla con oración y comámosla, y absorbamos las riquezas de Cristo. Al orar-leer, recibiremos las riquezas corporificadas en la Palabra.

  Aunque desconozco la composición de los alimentos que ingiero cada día, de todos modos, llevo más de setenta años comiéndolos. Lo más importante no es saber acerca de los alimentos, sino ingerirlos. Así, los elementos e ingredientes de los alimentos entrarán en nosotros y cumplirán su función, nutriéndonos, fortaleciéndonos, edificándonos y eliminando los gérmenes. De esta manera nos mantendremos sanos y podremos llevar una vida normal. Como hemos dicho, esto mismo se puede aplicar a la vida cristiana. La vida cristiana no es una vida de ética ni una vida religiosa, cultural ni moral; en realidad, la vida cristiana es Cristo mismo. El es superior a la ética más elevada o al más alto nivel de moralidad. Por tanto, si queremos llevar una vida cristiana normal, Dios desea que tengamos presente que hemos nacido de El, y que ahora somos Sus hijos. Como miembros de Cristo, poseemos la vida y la naturaleza divinas. Además, tenemos el Espíritu y la Palabra, mediante los cuales recibimos la transmisión divina. Diariamente debemos acudir a la Palabra con un espíritu de oración, a fin de recibir las riquezas de Cristo y la abundante suministración del Espíritu. Al ser alimentados así, creceremos y llevaremos espontáneamente una vida llena de los elementos de las riquezas de Cristo. Nuestra vida diaria contendrá Su humanidad elevada, la operación de Su maravillosa muerte, y la fragancia y el poder de Su resurrección. Además, serán aniquiladas todas las cosas negativas que hay en nosotros, como son: la carne, el yo y la vida natural. Entonces enarbolaremos la palabra de vida. Esto es magnificar a Cristo.

  Alabo al Señor y le doy gracias por mostrarnos la manera de tomar la Palabra. Este es el camino que señala la Biblia, el camino que conduce a la vida. El Dios Triuno se ha forjado a Sí mismo en nosotros, nos ha dado Su Palabra Santa exteriormente y Su Espíritu interiormente. ¡Cuán maravilloso es esto! Ahora podemos acudir a la Palabra, y mediante el ejercicio de nuestro espíritu, recibir las riquezas que se hallan en ella y aplicar a nuestro ser el Espíritu que lo incluye todo. De esta manera viviremos a Cristo.

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