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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Filipenses»
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Mensaje 45

LA PALABRA DE VIDA Y EL CRISTO VIVIENTE SON LO MISMO

  Lectura bíblica: 1 Jn. 1:1-2; Jn. 15:5, 7-8; Col. 3:16; 1 Jn. 2:14b; Ap. 1:2-9; 19:13

  En el mensaje anterior vimos que la palabra de vida es la corporificación del Dios viviente. Ahora veremos que la palabra de vida y el Cristo viviente son lo mismo. La Palabra es la corporificación del Dios viviente y es exactamente igual al Cristo viviente. En 1 Juan 1:1-2 dice: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (y la vida fue manifestada, y hemos visto y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)”. Estos versículos indican que la Palabra de vida es Cristo, el Hijo de Dios. Por lo tanto, la Palabra de vida y el Cristo viviente son exactamente lo mismo.

EL DIOS QUE ES TRES Y A LA VEZ UNO

  El Dios Triuno es misterioso y sobrepasa nuestro entendimiento. Cuando decimos que Dios es Triuno, damos a entender que El es tres y uno a la vez. La palabra Triuno viene del latín y en realidad no significa tres en uno, sino tres y uno.

Un lenguaje celestial

  El idioma está íntimamente relacionado con la cultura, y expresa los diferentes aspectos de ésta. No obstante, en la cultura humana no existe nada que sea tres y a la vez uno. Sin embargo, Dios, quien es misterioso e invisible, es Triuno, es decir, El es tres y uno, al mismo tiempo. Esta expresión no proviene de un idioma terrenal, sino de un idioma celestial y divino.

  Juan 1:1 dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Este versículo, por una parte revela que el Verbo estaba con Dios, y por otra, que el Verbo era Dios. Afirmar que el Verbo estaba con Dios parece indicar que el Verbo y Dios son dos; en cambio, declarar que el Verbo era Dios da a entender que el Verbo y Dios son uno. ¿Son el Verbo y Dios uno, o son dos? Podemos decir que son dos y a la vez uno. No tenemos otra manera de expresarlo, ya que esta realidad no forma parte de nuestra cultura. Por lo tanto, requerimos un idioma divino que exprese la realidad divina.

Distintos pero no separados

  Hoy en día, muchos cristianos fundamentalistas afirman que el Padre, el Hijo y el Espíritu son tres personas separadas. No obstante, conforme a la Biblia tenemos que declarar que, el Padre, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero que definitivamente no están separados. El Señor Jesús declaró: “Yo estoy en el Padre, y el Padre está en Mí” (Jn. 14:10). Según esto, ¿pueden el Padre y el Hijo estar separados? El también dijo: “El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). ¿Puede acaso el Hijo ser una persona separada del Padre? Además, en el evangelio de Juan es muy significativo el uso de la preposición griega (para), la cual significa “de con”. El Señor Jesús, el Hijo, no sólo viene de Dios, sino que también está con Dios. Por un lado, El procede de Dios, y por otro, Dios aún está con El (Jn. 6:46; 8:16, 29; 16:32). De la misma manera, el Espíritu no solamente fue enviado desde el Padre, sino desde y con el Padre (Jn. 15:26). Esto significa que cuando el Espíritu viene desde el Padre, también viene con el Padre. Por consiguiente, aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu son distintos, de ninguna manera pueden estar separados. Los tres de la Deidad son inseparables. Ciertamente son tres, pero en verdad son uno; son tres y uno a la vez.

Un nombre triuno

  La Biblia enseña que hay un solo Dios, El cual es llamado Padre, Hijo y Espíritu Santo. Mateo 28:19 indica que los tres de la Deidad tienen un solo nombre. Este versículo habla de bautizar a los creyentes en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu. Por tanto, tenemos aquí un nombre triuno. Este es un hecho divino, aunque nuestro idioma no lo pueda expresar correctamente.

  Hoy en día muchos cristianos, quizás sin darse cuenta, defienden el triteísmo, es decir, la creencia de que existen tres dioses. La enseñanza tradicional de la Trinidad se inclina peligrosamente hacia el triteísmo. Sin embargo, nosotros no creemos en el triteísmo, sino en el Dios Triuno, tal y como lo revela la Biblia.

  Existen muchos pasajes de la Palabra relacionados con el tema de la Deidad, que son muy difíciles de entender. Por ejemplo, Hebreos 1:2 revela que Dios nos ha hablado en el Hijo, pero según el versículo 8, el Hijo es llamado Dios. Además el versículo 9, refiriéndose a Dios, usa la expresión “el Dios Tuyo”, lo que gramaticalmente significaría el Dios de Dios. ¿Cómo podemos entender esto? Ciertamente es un misterio. Versículos como éstos nos muestran que debemos ser liberados de nuestra manera natural, tradicional y religiosa de entender la Biblia.

EL ESPIRITU

  Es indispensable que veamos que el Dios Triuno pasó por las distintas etapas de un proceso, mediante el cual llegó a ser el Espíritu. Leamos Juan 7:39: “Aún no había el Espíritu, porque Jesús no había sido aún glorificado”. Aunque el Espíritu de Dios siempre ha existido, este versículo declara que aún no había el Espíritu. La expresión “el Espíritu” aquí, denota el Dios Triuno —el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— el cual se procesó para llegar a ser el Espíritu vivificante que lo incluye todo. El Espíritu lo es todo, ya que no sólo incluye la divinidad, la humanidad, el vivir humano, la crucifixión, la resurrección y la ascensión, sino que también comprende todo lo que el Dios Triuno es, todo lo que El tiene y todo lo que El ha logrado y obtenido. Por consiguiente, el Espíritu es la totalidad de todo lo que el Dios Triuno es, tiene, ha logrado y obtenido.

EL ESPIRITU ESTA CORPORIFICADO EN LA PALABRA

  Es mucho más difícil definir la Palabra que definir al Espíritu. En el Nuevo Testamento, el Hijo de Dios es llamado el Verbo, la Palabra. Apocalipsis 19:13, refiriéndose a El, dice: “Su nombre es: el Verbo de Dios”. En otra ocasión dijimos que Cristo, como Verbo de Dios, es la definición, la explicación y la expresión de Dios, pero decir esto no es suficiente; debemos ver que el Nuevo Testamento también revela que la Palabra es el Espíritu. El Señor Jesús declaró: “Las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn. 6:63). Además, Efesios 6:17 identifica la Palabra con el Espíritu. Por consiguiente, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, el Espíritu y la Palabra, son uno de una manera misteriosa.

  En el mensaje anterior hicimos notar que el Espíritu es la consumación del proceso por el que pasó el Dios Triuno. También dijimos que la Palabra es la consumación del hablar de Dios. ¿Pero por qué decimos que la Palabra es el Espíritu y el Espíritu es la Palabra? Reconozco que este asunto es difícil de entender y de explicar.

  Tal vez el ejemplo del cerillo pueda ayudarnos a entender mejor este hecho. Los cerillos son hechos con fósforo. Por lo tanto, podríamos decir que un cerillo es la corporificación del fósforo. Como tal, el cerillo y el fósforo son lo mismo; podemos decir que el cerillo es el fósforo y que el fósforo es el cerillo. Para aplicar este ejemplo a la Biblia y al Espíritu, comparemos la Biblia con el cerillo y el Espíritu con el fósforo. Debido a que el cerillo es hecho con fósforo y es la corporificación del fósforo, podemos decir que el cerillo permite que el fósforo esté disponible a nosotros. Hoy en día, el Dios Triuno es el Espíritu, y este Espíritu está corporificado en la Palabra. Aunque no podemos tocar al Espíritu con nuestras manos, sí podemos usarlas para tomar una Biblia. Volviendo a nuestro ejemplo, cuando tenemos el cerillo, tenemos el fósforo; de la misma manera, cuando tenemos la Biblia, tenemos también al Espíritu.

EJERCITAR NUESTRO ESPIRITU PARA “ENCENDER” LA PALABRA

  A pesar de que la Palabra es la corporificación del Espíritu, muy pocos cristianos tienen contacto con ella mediante el Espíritu. Usando nuevamente el ejemplo anterior, cuando los creyentes tratan de encender el “cerillo” de la Palabra, no logran prenderlo, por mucho que amen la Biblia. Si queremos encender un cerillo no bastará con que lo amemos. Del mismo modo, si queremos tener contacto con el Espíritu, el cual está corporificado en la Palabra, todo lo que debemos hacer es “friccionar” el “cerillo” de la Palabra ejercitando nuestro espíritu.

  Supongamos que alguien intenta encender un cerillo analizándolo o expresando su afecto por él. Esto sería inútil y absurdo, ya que para encender un cerillo no tenemos que analizarlo ni amarlo, sino simplemente friccionarlo correctamente. Del mismo modo, si queremos tener contacto con el Espíritu mediante la Palabra, no debemos hacerlo simplemente analizando el “cerillo” de la Palabra o expresándole nuestro afecto. Una vez más, repito que lo único que debemos hacer es “friccionar” la Palabra en el lugar adecuado, el cual es nuestro espíritu. Los seminarios e institutos bíblicos les enseñan a los creyentes a analizar el “cerillo” y a amarlo, pero no les explican cómo deben “friccionarlo”.

  Si hemos de encender el “cerillo” de la Palabra, debemos aprender a ejercitar nuestro espíritu. No se puede prender la Palabra con la mente ni con la parte emotiva; ésta sólo se encenderá cuando permitamos que haga contacto con nuestro espíritu. Es por eso que debemos ejercitar nuestro espíritu en oración cada vez que nos acercamos a la Palabra de Dios. Esto es orar-leer la Palabra.

TESTIMONIOS EN CUANTO A LA PRACTICA DE ORAR-LEER LA PALABRA

  A lo largo de los siglos, muchos creyentes han tenido la práctica de orar con la Palabra de Dios. Y aunque ninguno de ellos usó la expresión orar-leer, sí tuvieron esta práctica. Por ejemplo, Jorge Whitefield, quien fue contemporáneo de Juan Wesley, tuvo la práctica de orar con las palabras de la Biblia. Whitefield solía orar el Nuevo Testamento en griego mientras estaba arrodillado. Este fue el secreto de su poder y espiritualidad. El oraba-leía la palabra de vida. Orar la Palabra significa usar nuestro espíritu para “encender” la Palabra.

  He leído y estudiado la Biblia durante más de cincuenta años. De joven amaba mucho la Palabra de Dios y estaba ávido de conocerla a fondo. Sin embargo, sólo sabía leer la Biblia usando mis ojos y mi mente. Pero un día alguien me animó también a meditarla. Así que, dediqué tiempo a meditar la Palabra. Esto me fue de gran ayuda. También me sirvió mucho leer la autobiografía de Jorge Müeller. Según Müeller, no sólo debemos leer y meditar la Palabra, sino también orarla. En su autobiografía, él ciertamente no dice que debemos orar la Palabra, pero sí declara que después de leer algunos versículos, deberíamos orar. Por ejemplo, dice que si leemos un versículo sobre el amor, debemos orar acerca del amor; y asimismo, que si leemos sobre el arrepentimiento, debemos orar acerca de ello. La práctica de orar después de leer un versículo es muy similar a orar-leer. Recibí mucha ayuda al leer la autobiografía de Jorge Müeller, y empecé a leer la Biblia y a orar conforme a su práctica. A menudo, oraba usando las mismas palabras de la Biblia, tomando las palabras de un versículo y haciéndolas mi oración ante Señor. En realidad, lo que estaba haciendo era orar-leer.

LA IMPORTANCIA DEL ESPIRITU

  A pesar de que había adoptado la práctica de orar mientras leía la Biblia, aún no sabía cómo ejercitar mi espíritu. En cuanto a esto, recibí la ayuda del hermano Watchman Nee. El hacía hincapié en la necesidad de ejercitar el espíritu. Decía que cuando habláramos, y especialmente cuando diéramos un mensaje, deberíamos ejercitar nuestro espíritu, sacándolo. Además, dijo que si hablábamos a los demás usando cierto órgano de nuestro ser, tocaríamos el mismo órgano en ellos; por ejemplo, que si usábamos nuestra mente, tocaríamos la mente de los demás y que si hablábamos usando nuestra parte emotiva, tocaríamos la parte emotiva de los demás. Finalmente, el hermano Nee también nos dijo que si queríamos tocar el espíritu de los oyentes, debíamos usar nuestro espíritu.

El espíritu permanece en un estado letárgico

  Debido a la caída del hombre, el espíritu humano yace en un estado letárgico, en tanto que la mente y la parte emotiva de su alma están sumamente activas. La parte más activa de los hombres es la mente, y la de las mujeres, la parte emotiva. Pero el órgano más inactivo y letárgico del hombre caído es el espíritu. De hecho, aun después ser salvos y regenerados, nuestro espíritu puede permanecer inactivo y adormecido. Cuando ciertas hermanas oran, lo hacen usando su parte emotiva, y no su espíritu. Es por eso que algunas lloran cuando presentan sus problemas al Señor en oración. Si en lugar de usar su parte emotiva ejercitaran su espíritu, orarían de una manera muy distinta; en lugar de llorar, dirán: “Señor, te doy gracias y te alabo por todos mis problemas. Te agradezco por estas circunstancias”.

  Podemos ser fuertes en nuestra mente, parte emotiva y voluntad, y tener un espíritu débil, adormecido e inactivo. Tal vez nuestra mente, parte emotiva y voluntad reaccionen rápidamente ante una situación y nuestro espíritu tarde mucho en responder. Incluso, es posible que al leer la Biblia nuestro espíritu esté adormecido, y que las demás partes de nuestro ser, especialmente nuestra mente, estén muy activas. Puede ser que al leer la Biblia ejercitemos muy poco el espíritu.

Experimentar el fuego en la Palabra

  Si no ejercitamos nuestro espíritu al leer la Biblia, no lograremos “prender” el “cerillo” de la Palabra, y por ende, no se encenderá “el fósforo”, es decir, el Espíritu que está corporificado en ella. Si queremos experimentar el “fósforo” que se halla corporificado en “el cerillo”, esto es, el Espíritu que está corporificado en la Palabra, debemos ejercitar nuestro espíritu al orar-leer la Biblia. De esta manera, prenderemos el “cerillo”, “friccionándolo” en el lugar adecuado y obtendremos el fuego y la luz de la Palabra. También podemos testificar que cuando tomamos la Palabra de la manera adecuada, ejercitando nuestro espíritu, experimentamos el fuego en nuestro espíritu.

EXPERIMENTAR LOS ATRIBUTOS DIVINOS

  En la Biblia, la luz equivale a la vida, y la vida al amor; el amor está relacionado con la santidad, y la santidad con la justicia. Cuando juntamos todos estos atributos, obtenemos el poder. Los atributos divinos, como por ejemplo, la luz, la vida, el amor, la santidad, la justicia y el poder, son en realidad el propio Dios Triuno que viene a nosotros como Espíritu por medio de la Palabra. Cuando tenemos contacto con el Dios Triuno como Espíritu, mediante la Palabra, lo experimentamos como nuestra luz, vida, amor, santidad, justicia y poder. Esto es Cristo en nuestra experiencia. Cuando experimentamos a Cristo de este modo, lo vivimos espontáneamente.

  La palabra de vida no sólo equivale a Cristo, sino también a los atributos divinos. Por experiencia, sabemos que obtenemos luz cada vez que encendemos la Palabra en nuestro espíritu. En nuestra experiencia, la palabra de vida se convierte en luz. Además, la Palabra se convierte en vida, la cual incluye el amor, la santidad, la justicia, el poder y la fuerza. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que la palabra de vida es equivalente al Cristo viviente y también a los atributos del Dios Triuno.

TOMAR LA PALABRA COMO EL ARBOL DE LA VIDA

  No debemos considerar la Biblia como un simple libro de teología que nos da a conocer quién es Dios, lo que El es, y lo que El desea que hagamos para tener contacto con El. La Biblia no sólo presenta una revelación objetiva de Dios y de Sus requisitos; es también el árbol de vida que podemos comer. La Biblia puede ser para nosotros un simple libro de conocimientos, o un libro de vida; puede ser el árbol del conocimientos o el árbol de la vida. El árbol del conocimiento trae muerte, mientras que el árbol de la vida nos imparte el suministro de la vida divina. Puedo testificar que en el pasado adquirí mucho conocimiento, debido a que tomaba la Biblia como el árbol del conocimiento. Pero el resultado fue que la letra de la Biblia me trajo muerte, y me mató. A esto se refiere Pablo cuando dice: “La letra mata” (2 Co. 3:6). Las Escrituras como letra nos pueden matar. Esta es la consecuencia de tomar la Biblia como el árbol del conocimiento. En cambio, si ejercitamos nuestro espíritu para alimentarnos de la Palabra, la Biblia llegará a ser un libro de vida, e incluso el propio árbol de la vida en nuestra experiencia. Entonces, cada versículo nos suministrará vida. La Biblia como letra muerta ha matado a muchos cristianos. Lo que ellos necesitan no son más doctrinas, sino la vida del Espíritu; necesitan acudir a la Biblia como el árbol de la vida.

EL SEÑOR Y SUS PALABRAS PERMANECEN EN NOSOTROS

  Puedo testificar que estoy vivo y lleno de energías por el suministro de vida que recibo de la Palabra como el árbol de la vida. La Palabra es la corporificación de mi querido Señor. El amor que siento por El me lleva a tocarle por medio de la Palabra, la cual equivale al Señor mismo. Esto lo vemos en dos versículos de Juan 15. En el versículo 4 el Señor declara: “Permaneced en Mí y Yo en vosotros”; luego, en el versículo 7 dice: “Si permanecéis en Mí, y Mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis, y os será hecho”. Notemos que, según el versículo 4, el Señor permanece en nosotros, mientras que en el versículo 7, Sus palabras permanecen en nosotros. Esto quiere decir que estas dos frases son equivalentes; significa que si no permitimos que Sus palabras permanezcan en nosotros, será muy difícil experimentar el hecho de que el Señor permanezca en nosotros. El Señor es intangible, pero Sus palabras son tangibles y concretas.

  Debemos tener contacto con la Palabra, no sólo usando nuestra mente, sino también nuestro espíritu regenerado. Si ejercitamos nuestro espíritu para tener contacto con la Palabra, descubriremos que la Palabra es el Señor mismo en nuestra experiencia. Así, la Palabra será para nosotros viviente y vigorizante, y nos llenará de los atributos divinos, tales como la luz, la vida, el amor, la santidad, la justicia y el poder. Si tomamos la palabra de esta manera, ciertamente viviremos a Cristo.

LA VIDA CRISTIANA APROPIADA

  No me cabe la menor duda de que Pablo vivía a Cristo. Es por eso que pudo decir: “Para mí el vivir es Cristo” (Fil. 1:21). Además, él nos exhortó a que permitiéramos que la Palabra de Cristo morara ricamente en nosotros (Col. 3:16). Como dijimos anteriormente, el verbo morar en Colosenses 3:16, significa tomar casa o residir. Por consiguiente, permitir que la Palabra de Cristo habite en nosotros, es permitir que la Palabra sature todo nuestro ser. Finalmente, cuando en nuestra experiencia la Palabra, Cristo y el Dios Triuno se mezclen en una sola entidad, viviremos a Cristo. De esta manera, llevaremos una vida llena de las virtudes divinas, como son, la luz, la vida, el amor, la santidad, la justicia y el poder. Esta es la vida cristiana apropiada.

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