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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Apocalipsis»
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Mensaje 46

LAS PRIMICIAS

  En el capítulo 12 recibimos una clara visión de la mujer universal que lleva en su vientre un hijo varón y que se enfrenta a un gran dragón. Todos hemos recibido una profunda impresión de esta señal. En el capítulo Ap. 13 vimos dos bestias: el anticristo y el falso profeta, quienes colaboran con el dragón, Satanás, en su oposición a Dios y en su intención de entorpecer el cumplimiento de la economía de Dios. Además de esto, vemos asuntos más cruciales en el capítulo Ap. 14. Aquí no sólo vemos las primicias (Ap. 14:1-5), sino también las cosas que suceden después del arrebatamiento de las primicias (Ap. 14:6-13), a saber: la predicación del evangelio eterno (Ap. 14:6-7), la caída de la Babilonia religiosa (v. 8), la advertencia en contra de la adoración de la bestia y su imagen y en contra de recibir la marca (Ap. 14:9-11), y el martirio que ocurrirá durante la gran tribulación (Ap. 14:12-13). Además, el capítulo 14 trata de la cosecha (Ap. 14:14-16) y el gran lagar (Ap. 14:17-20). El capítulo 14 presenta cuatro aspectos principales: el arrebatamiento de las primicias, lo que acontece después de dicho arrebatamiento, la cosecha, que es la siega de la mayoría de los creyentes, y el gran lagar, que es la recolección de las personas malignas de la tierra. Por lo tanto, este capítulo revela qué trato recibirán los que vivan en la tierra en los postreros tiempos.

  Todos los que viven en la tierra están en una de dos categorías: los que son el pueblo de Dios y los que no lo son. El pueblo de Dios se compone de los cristianos y los israelitas; estos últimos son los judíos que temen a Dios. Israel no se menciona en este capítulo porque ya se habló de él en el capítulo 7 con la visión de los ciento cuarenta y cuatro mil israelitas escogidos que son sellados. Este capítulo muestra la manera en que Dios trata a la porción de Su pueblo que está constituida por los cristianos. En esta parte de Su pueblo también hay dos secciones: las primicias, los que maduran primero, y la cosecha, los que maduran después. Entre el arrebatamiento de las primicias y el de la cosecha, ocurren cuatro eventos principales: la predicación del evangelio eterno, la caída de la gran Babilonia, es decir, la Babilonia religiosa, la Iglesia Católica Romana; la advertencia en contra de adorar a la bestia; y el martirio que se produce durante la gran tribulación. Después de la cosecha, quedará aclarada la situación entre los cristianos. Pero los que no son pueblo de Dios todavía estarán sobre la tierra. Ellos no se consideran trigo del campo de Dios, sino uvas de un campo maligno. Estas uvas serán reunidas en el gran lagar y serán holladas por el Señor Jesús (Ap. 14:19-20). En ese entonces toda la tierra quedará despejada. Por consiguiente, el capítulo 14 tiene mucho significado, pues revela la manera en que se confrontará la condición de los que moran en la tierra. Dios es sabio, justo y soberano. El juzgará a todos los moradores de la tierra en la debida forma y oportunamente con Su sabiduría, Su justicia y Su soberanía. ¡Alabado sea El!

  Lo profetizado en la Biblia es sencillamente un principio general. No se nos dan los pormenores. Si el Señor nos hubiese detallado todo lo que ha de suceder, la Biblia tendría miles de páginas y no podríamos llevarla con nosotros. Agradecemos al Señor por Su sabiduría. Ya hicimos notar que todas las potencias mundiales desde Babilonia hasta el Imperio Romano renovado que vendrá, y también los diez reinos, estaban representados por la gran imagen que Nabucodonosor vio en su sueño (Dn. 2:31-33). La cabeza representa a Babilonia; el pecho y los brazos a Medo-Persia; el vientre y los muslos a Grecia; y las dos piernas al Imperio Romano. Es un hecho histórico que el Imperio Romano se dividió en dos, lo cual estaba representado por las dos piernas de la imagen. El período indicado por la parte que empieza en el tobillo es difícil de precisar. En la actualidad vivimos en este período indefinido. Cuando cayó el Imperio Romano en el año 476, se creó un vacío, pero durante este tiempo dicho vacío lo ha llenado la Iglesia Católica Romana. Al final de este largo intervalo, resurgirá el Imperio Romano y tendrá su consumación en los diez reinos representados por los diez dedos de los pies de la imagen. Según Daniel 2, estos diez reinos serán aplastados por la roca cortada no por mano humana (vs. 34-35). Esta roca es Cristo, quien vendrá de los cielos y herirá toda la imagen, desde Nabucodonosor hasta el último de los césares inclusive. Dios en Su sabiduría usó la figura de un cuerpo humano para darnos un cuadro claro de las diferentes etapas de las potencias mundiales. Este es el principio que rige la manera de interpretar la profecía bíblica. En cierto aspecto, la profecía contenida en la Biblia es muy breve.

  Este mismo principio se aplica en lo referente al arrebatamiento del pueblo de Dios. Hay una diferencia entre el arrebatamiento de los vencedores y el de la mayoría de los creyentes. Ya hablamos del arrebatamiento en los mensajes 29 y 30. Llegamos ahora a las primicias, y para ello nos basamos en el principio de que hay dos tipos de arrebatamiento.

I. LAS PRIMICIAS

A. Primicias para Dios y para el Cordero

  Las primicias para Dios y para el Cordero que se mencionan en el versículo 4 son aquellos que maduran primero en la labranza de Dios. Estos primeros vencedores serán los que maduren primero en el campo de Dios. Así que ellos serán arrebatados antes de la cosecha como primicias para Dios y para el Cordero. Según los versículos del 14 al 16, la cosecha entera madurará luego. Esto significa que las primicias serán arrebatadas a los cielos antes de la cosecha, tal como las primicias de la buena tierra eran recogidas y llevadas al templo de Dios antes de que madurara toda la cosecha (Lv. 23:10-11 Ex. 23:19). Los eventos narrados en los versículos del 6 al 13, los cuales ocurrirán durante la gran tribulación (Mt. 24:21), demuestran claramente que los primeros vencedores, las primicias mencionadas en los versículos del 1 al 5, serán arrebatados antes de la gran tribulación y que la cosecha mencionada en los versículos del 14 al 16, constituida de la mayoría de los creyentes, será arrebatada casi al final de la gran tribulación.

B. Ciento cuarenta y cuatro mil

  El versículo 1 dice: “Después miré, y he aquí el Cordero estaba en pie sobre el monte de Sion, y con El ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de El y el de Su Padre en la frente”. Anteriormente muchos maestros han discutido si este número es literal o simbólico. Algunos dicen que el número ciento cuarenta y cuatro mil no es un número literal, y otros dicen que igual que las siete ciudades de los capítulos 2 y 3, este número debe tomarse literalmente. Sin lugar a dudas, este número es un número literal, pero tiene significado simbólico. Aunque es un número literal, tiene significado espiritual. Al aplicar cierto principio podemos captar el significado espiritual de este número.

  Ciento cuarenta y cuatro mil se obtiene multiplicando mil por doce por doce. Doce es el número que indica culminación en la administración eterna de Dios. Ciento cuarenta y cuatro (21:17) es doce multiplicado por doce, lo cual indica culminación de culminaciones, la máxima y plena culminación. En este caso tenemos la máxima culminación multiplicada por mil.

  El número doce no se compone de seis más seis, sino de tres multiplicado por cuatro. No digo esto a la ligera o infundadamente. El número bíblico doce se compone de tres multiplicado por cuatro. La Nueva Jerusalén es una ciudad llena de doces: doce cimientos, los nombres de los doce apóstoles (21:14), las doce puertas, doce ángeles, los nombres de las doce tribus de Israel (21:12), doce perlas (21:21), doce meses, doce frutos diferentes (22:2). La altura del muro es ciento cuarenta y cuatro codos (doce multiplicado por doce, 21:17), y sus dimensiones son doce mil estadios (mil multiplicado por doce, 21:16). En todos los aspectos la Nueva Jerusalén es una ciudad llena de doces. Sabemos que el número doce de la Nueva Jerusalén se compone de tres multiplicado por cuatro, debido a que la ciudad tiene tres puertas en cada uno de sus cuatro lados (21:13). Indudablemente, el número tres representa al Dios Triuno. El cuadro de la Nueva Jerusalén que vemos en los capítulos 21 y 22 revela al Dios Triuno. En 22:1 vemos el trono de Dios y del Cordero, del cual brota un río de agua de vida. Allí vemos que el Padre, el Hijo y el Espíritu se imparten a la ciudad. Este es el Dios Triuno. La ciudad misma representa la creación, implícita en el número cuatro (cuatro seres vivientes, 4:6). En la Nueva Jerusalén no tenemos tres más cuatro, sino tres multiplicado por cuatro. Hoy el número que nos corresponde es el siete, como vemos en las siete iglesias, los siete candeleros. Pero en la eternidad nuestro número será el doce, tres multiplicado por cuatro, lo cual denota la mezcla del Dios Triuno con el hombre. Por consiguiente, el número doce representa la mezcla de lo divino con lo humano. ¡Qué grandioso! Esta mezcla se refiere a la culminación de la economía de Dios. Por lo tanto, el número doce indica culminación en la administración de Dios, lo cual conduce al cumplimiento de Su economía.

  Aquí no tenemos simplemente el número doce, sino mil veces el número doce multiplicado por doce. Doce multiplicado por doce significa culminación de la administración de Dios con miras al cumplimiento de Su economía dentro de la culminación de la administración de Dios con miras al cumplimiento de Su economía. Esto es semejante a las expresiones Cantar de los cantares, Señor de señores y Rey de reyes. Doce multiplicado por doce significa culminación de culminaciones. Esta culminación no es temporal sino eterna. Es la culminación de la administración de Dios, cuyo cumplimiento es la economía de Dios. La Nueva Jerusalén declarará a todo el universo que los redimidos de Dios serán doce entre doce, culminación entre culminaciones. Cuando estemos en la Nueva Jerusalén, seremos la culminación de la administración de Dios con miras al cumplimiento de la economía de Dios por la eternidad. Pero en el capítulo 14 tenemos mil veces doce por doce, mil veces culminación de culminaciones. Este es el significado del número ciento cuarenta y cuatro mil. Las ciento cuarenta y cuatro mil primicias son creyentes que están entregados al cumplimiento del propósito eterno de Dios.

  Tenemos la fortuna de estar apoyados en los hombros de muchos grandes maestros que nos han precedido. Le agradecemos al Señor por ellos. Lo que hemos visto acerca del significado de este número se basa en el entendimiento que ellos tenían. Sin embargo, el Señor nos ha mostrado algo más. Aunque el número ciento cuarenta y cuatro mil es literal, tiene significado espiritual, que indica que todos los vencedores que vivan serán parte de la culminación de la administración de Dios en el cumplimiento de Su economía por la eternidad. Ser un vencedor viviente es algo muy importante. Ser las primicias equivale a entregarse a la culminación de la administración de Dios, la cual cumple Su economía por la eternidad.

C. Comprados de la tierra

  El versículo 3 dice que los ciento cuarenta y cuatro mil “fueron comprados de la tierra”. Esto demuestra que ya no están sobre la tierra, pues fueron arrebatados a los cielos. Cuando sucede lo narrado en los versículos del 1 al 5, las primicias ya no están en la tierra puesto que ellos “fueron comprados de la tierra”. Fueron comprados con la sangre del Cordero y han sido llevados al cielo.

D. Comprados de entre los hombres

  El versículo 4 dice: “Estos fueron comprados de entre los hombres”, lo cual indica que ya no están entre los hombres, sino en los cielos.

E. De pie con el Cordero en el monte de Sion

  Las primicias están de pie con el Cordero en el monte de Sion (v. 1). Esta Sion no es la Sion terrenal sino la Sion celestial (He. 12:22). Los que están de pie con el Cordero en el monte de Sion serán arrebatados a los cielos antes de que empiece la persecución religiosa del anticristo. Después de este arrebatamiento, el anticristo perseguirá a la gente y la obligará a adorarlo. Por esto sabemos que los vencedores que vivan serán arrebatados antes de la gran tribulación.

F. Tienen el nombre del Cordero y el de Su Padre escrito en sus frentes

  El versículo 1 también indica que los ciento cuarenta y cuatro mil tienen escrito en sus frentes el nombre del Cordero y el de Su Padre. Esta designación los presenta como uno con el Cordero y con el Padre y como pertenecientes a ambos. El nombre del Cordero y el nombre del Padre escritos en las frentes de estos primeros vencedores está en contraste con el nombre de la bestia escrito en las frentes de quienes la adoran (13:16-17).

G. Cantan un cántico nuevo

  El versículo 3 dice: “Y cantan un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro seres vivientes, y de los ancianos; y nadie podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron comprados de la tierra”. Los ciento cuarenta y cuatro mil cantan un cántico nuevo ante el trono, los cuatro seres vivientes y los ancianos. Aparte de las primicias, nadie puede aprender este cántico, porque nadie más tiene la experiencia que se requiere. Los cánticos siempre proceden de nuestra experiencia. Si usted no ha tenido ninguna experiencia, no tiene nada que lo motive a cantar. Los ciento cuarenta y cuatro mil vencedores pueden cantar un cántico nuevo que nadie más puede comprender, debido a que tienen experiencias específicas y particulares de Cristo. Algunos cristianos no entienden nuestros cánticos. Aunque ellos podrían decir que estos cánticos son extraños, nosotros podemos afirmar que son agradables y de buen gusto. Cuando uno canta ciertos cantos, está fuera de sí. Pero aquellos que no han experimentado estas cosas no entienden lo que cantamos. Sólo los que han tenido la experiencia, pueden aprender a cantar el cántico de los ciento cuarenta y cuatro mil.

  El versículo 2 dice: “Y oí una voz del cielo como estruendo de muchas aguas, y como sonido de un gran trueno; y la voz que oí era como de arpistas que tocaban sus arpas”. Las muchas aguas representan el estruendo del sonido, el gran trueno denota la solemnidad del sonido, y el sonido de arpistas que tocaban representa lo agradable del sonido.

  La solemnidad del gran trueno aterrará a Satanás. Puesto que el canto de los ciento cuarenta y cuatro mil será estruendoso en aquel día, ¿no deberían nuestros cantos ser un poco ruidosos hoy? Cuanto más ruido haya en nuestro canto, mejor. Por supuesto, los religiosos censurarían esto. El canto de los ciento cuarenta y cuatro mil se oye como el sonido de las cataratas del Niágara. De hecho, creo que puede ser muchísimo más estruendoso. El cristianismo de hoy está lleno de muerte y de legalismo. Pero nosotros tenemos que hacer ruido y no estar muertos. Sin embargo, nuestro canto ruidoso no debe ser una mera actividad, sino que debe brotar de nuestro espíritu. Por lo menos ocho veces en los Salmos se nos dice que aclamemos con júbilo delante del Señor (Sal. 95:1-2; 98:4; 100:1). Este ruido estentóreo de regocijo debe venir espontáneamente de nuestro espíritu. Cuando nos llenamos de la agradable experiencia del Señor, nuestro espíritu se llena hasta rebosar. La única manera de expresar nuestro gozo es aclamar con júbilo al Señor. El estruendo que producen las cataratas del Niágara es el resultado del impacto de sus muchas aguas, no de un intento de hacer ruido. Así debemos obrar nosotros cuando nos reunamos. Sólo podemos entender esto por experiencia. Puedo testificar que he experimentado esto. En algunas ocasiones, mientras damos voces de júbilo en el espíritu cantando y alabando al Señor, brota una dulce melodía. Si usted ha experimentado esto, podrá decir “Amén” a lo que estoy afirmando. Pero esto ha ofendido a algunos que dicen que no pueden tolerar el ruido. No obstante, éste no es un método que yo haya inventado, es el método del Señor y de la Biblia. Si usted no se ejercita en hacer esto ahora, tendrá que hacerlo más adelante.

H. No se contaminan con mujeres

  El versículo 4, refiriéndose a las primicias, dice que “no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes”. Así como ha habido debate en cuanto a si el número ciento cuarenta y cuatro mil es literal o simbólico, también lo ha habido en cuanto al significado de la virginidad mencionada en este versículo. Según este pasaje, los ciento cuarenta y cuatro mil vencedores que vivan serán vírgenes. Algunos dicen que esta virginidad es física, y otros afirman que es espiritual. Esta virginidad debe de referirse a la virginidad de la que habla el Señor en Mateo 19:11-12. Sin embargo, se puede aplicar el mismo principio a las hermanas (1 Co. 7:7, 34, 37). El principio de la virginidad consiste en que no debemos contaminarnos con nada terrenal. Si tomamos este pasaje literalmente, entonces todas las hermanas quedarían excluidas. Pero no está bien excluir a las hermanas de ser parte de los vencedores vivientes.

  Para poder ser vencedores vivientes tenemos que permitir que la gracia del Señor nos guarde de toda contaminación y vivir en la tierra como vírgenes. Para la gente del mundo no tiene mucha importancia si uno va al cine o no. Pero para los salvos es algo serio si van al cine o no. Si yo lo hiciera, me contaminaría. Debemos llevar una vida de virginidad, una vida de castidad. La razón por la cual yo no fumo ni bebo es que no quiero contaminarme. En ocasiones algunos hermanos me han ofrecido cerveza, pero siempre la he rechazado. La misericordia y la gracia del Señor me han preservado más de cincuenta años. No me voy a vender por tan poca cosa contaminándome con una cerveza. No beberé cerveza para no contaminarme, aunque tal vez no sea pecaminoso hacerlo. Pero no debemos ser legalistas en cosas como ésta. Yo me puedo sentar con hermanos que están tomando cerveza sin que ello me perturbe en lo más mínimo. Esto no es de ningún modo cuestión de legalismo; es asunto de nuestro deseo de preservarnos vírgenes para el Señor. Todos debemos decir: “Señor Jesús, te amo, y por eso, me mantendré virgen para Ti. No quiero contaminarme con nada. Señor, deseo guardarme para Ti”. Cuando yo era joven oraba de este modo todos los días. Cuánto agradezco al Señor que en realidad oyó mi oración.

  En mis viajes a lo largo de los años, me he visto en diversas situaciones. En ellas ha habido muchísimas tentaciones. Pero puedo testificar, incluso delante del acusador, que la gracia del Señor me ha preservado. Aunque ha habido televisores en muchos de los hoteles en que he estado, el Señor puede atestiguar que jamás he encendido dicho aparato. Para mí no habría sido pecaminoso ver televisión, pero sí me habría contaminado. En mi cuarto decía: “Señor, no quiero contaminarme; deseo mantenerme virgen para Ti. Señor, no vine a esta ciudad a ver televisión, sino a expresar Tu testimonio. Sé que ni los hermanos ni las hermanas ven lo que yo hago en mi cuarto, pero los demonios sí lo ven”. Si yo hubiese encendido la televisión, el testimonio que hubiera dado del Señor Jesús no habría causado una profunda impresión. Pero como mi conciencia me decía que yo no estaba contaminado y que había sido preservado virgen para el Señor Jesús, mi mensaje producía una profunda impresión.

  Es deplorable convertir la salvación que nos da el Señor en un asunto de legalismo. No debemos decir que no podemos hacer ciertas cosas porque nuestra religión nos las prohíbe. ¡Qué actitud tan pobre! En nuestro caso, hacemos las cosas no por legalismo, sino por un deseo de agradar al Señor, que brota de nuestro amor por El. Amamos al Señor Jesús y anhelamos ser preservados como vírgenes puras para El. Cuando voy a una tienda, acudo al Señor y le pido que no me deje contaminar. Este es el significado de ser virgen. Tanto los hermanos como las hermanas pueden conservarse vírgenes para el Señor Jesús. Si usted ora así al Señor y desea mantenerse virgen, todos los “bichos” quedarán bajo sus pies. Esta es la manera de ser un vencedor, de ser parte de las primicias.

  Usted podría preguntarse cuál es la diferencia entre los vencedores del capítulo 12 y los del capítulo 14. En el capítulo 12 tenemos al hijo varón, y en el capítulo 14 a las primicias. En los mensajes acerca del capítulo doce dijimos claramente que el hijo varón pelea contra Satanás y lo derrota. Por lo tanto, el hijo varón se enfrenta al enemigo. Las primicias no son quienes pelean, sino quienes satisfacen a Dios y al Cordero. Dios y el Cordero necesitan hallar deleite. Nosotros los vencedores que vivamos seremos las primicias que satisfarán Su necesidad de disfrute. El enemigo, el diablo, quien está en el cielo tiene que ser arrojado de allí por el hijo varón, quien ejecutará el juicio que el Señor pronunció sobre aquél. Esta es la función del hijo varón. Pero hay otra necesidad en los cielos: Dios tiene que hallar satisfacción. Dios tiene hambre y sed. El desea primicias que, al gustarlas, le traigan satisfacción.

  Vemos una vez más la soberana sabiduría del Señor. Los vencedores que hayan muerto a lo largo de los siglos serán el hijo varón, los guerreros. Aunque nosotros los que estemos vivos en la tierra también tenemos que pelear en contra del enemigo, no tenemos que hacerlo todo el tiempo. Después de que uno le predica a Satanás, debe olvidarse de él. El enemigo es astuto. Una vez que usted le predica, él tratará de inducirlo a que le predique constantemente, diciendo: “Me he vuelto un descarado, y no siento ninguna vergüenza. Me gustaría que me predicaras todo el tiempo”. El hace esto para distraerlo a usted e impedir que ame al Señor. Por lo tanto, después de predicarle al diablo por un rato, debe decirle: “Diablo, no tengo más tiempo para predicarte; prefiero usar mi tiempo para decirle a mi Señor cuanto lo amo. Quiero permanecer enamorado de mi Señor. Satanás, tú eres el enemigo del Señor y también eres mi enemigo. Ya te he predicado suficiente. Vete, en este momento voy a disfrutar una luna de miel con mi Señor”. Usen esta estrategia. No le prediquen a Satanás demasiado tiempo. Después de predicar cierto tiempo, deben cesar y ocupar el tiempo expresando su amor al Señor, diciéndole: “Señor, disfruto acudir a Ti y hablarte a Ti. Señor, deseo satisfacerte, ser uno contigo y permanecer en Tu presencia”. Aprendan a ocupar el tiempo con el Señor Jesús de una manera íntima. Si usted nunca ha tenido un momento así, está en una condición pobre. No es suficiente vivir sin pecado. No es suficiente ser bueno o recto. Tenemos que estar enamorados del Señor. Aunque no me gusta la expresión enamorado, me veo obligado a usarla. Todos debemos estar enamorados del Señor Jesús y decirle: “Oh Señor Jesús, te amo, y Tú lo sabes. Por este amor hay ciertas cosas que no voy a hacer”. De este modo podemos llegar a ser vencedores vivientes. El Señor indudablemente necesita al hijo varón, quien lucha contra Su enemigo, pero también necesita las primicias, los que lo aman, para que sean Su satisfacción.

  En tipología, las primicias no eran llevadas a la casa del agricultor, sino a la casa de Dios, al templo, para satisfacerle. Incluso éste fue el caso del Señor Jesús como primicias (1 Co. 15:20, 23). En la madrugada de la resurrección, el Señor no permitió que María lo tocara. Le dijo: “No me toques, porque aún no he subido a Mi Padre” (Jn. 20:17). El Señor parecía estar diciéndole: “No me toques, porque tengo que ofrecer la frescura de la resurrección a Mi Padre. Mi Padre debe ser el primero en gustar de la frescura de Mi resurrección”. Todos necesitamos aprender a presentarnos en una manera nueva, íntima y amorosa al Señor para que El halle deleite. Si usted rechaza ciertas cosas o hace otras solamente por temor, entonces no está en el nivel elevado de ser uno de los que ama al Señor, sino en el nivel más bajo. Tenemos que permanecer en el más alto nivel y rechazar ciertas cosas, no por temor sino por amor al Señor. Las hermanas desean estar con sus esposos en vez de irse a la casa de sus padres, porque aman a sus maridos. Del mismo modo, por mi amor al Señor me privaré de hacer ciertas cosas. Yo puedo tener libertad para hacerlas, y tal vez no esté mal hacerlas, pero no las haré sencillamente por mi amor al Señor Jesús. Este es el verdadero sentido de este pasaje.

  Debemos seguir el principio enunciado en el versículo 4. Este principio consiste en que nosotros, tanto los hermanos como las hermanas, debemos guardar nuestra virginidad, acudiendo al Señor en busca de Su gracia con la cual nos guarda para Sí. No sólo debemos ser guerreros sino también primicias, aquellos que maduran primero para dar satisfacción al Señor. Debemos decir: “Señor, yo quiero madurar temprano para darte satisfacción. Señor no me importa si me llevas en el arrebatamiento; lo único que me interesa es que Tú seas satisfecho. Deseo ser llevado al cielo para satisfacerte a Ti. Señor, en tanto que pueda satisfacerte, no me importa si estoy en la tierra o en el cielo”. Esta es la actitud de los vencedores vivientes.

  Puesto que a las primicias no les importa dónde estén, no se nos dice que sean arrebatadas; sencillamente se nos dice que los ciento cuarenta y cuatro mil están de pie ante el Cordero en el monte de Sion. Como dijimos antes, éste no puede ser el monte físico de Sion, sino el monte de Sion que está en los cielos. Si usted es parte de los vencedores que queden vivos, no le preocupará si es arrebatado o no. El arrebatamiento no lo sorprenderá, porque usted ya está en la presencia del Señor. A usted no le importará si está en la presencia del Señor aquí en la tierra o allá en el monte de Sion. Cuando llegue allí, no se sorprenderá. Sería incorrecto decir: “Estoy aquí con el Señor, así que estoy en Su presencia”. Los que sean arrebatados como primicias no se sorprenderán. Dirán: “Señor Jesús, he estado contigo constantemente por años. Señor, no me importa si estoy en Anaheim o en el tercer cielo”. Para los espectadores será una sorpresa verlo a usted de pie en el monte de Sion, pero no debería ser una sorpresa para usted. Debería ser una experiencia común. Si usted ha estado lejos de su cónyuge por años, “enloquecerá” de alegría cuando le vea. Pero si está con él constantemente, con seguridad no estará tan entusiasmado. ¿De veras ama usted al Señor? ¿Tiene usted una comunión íntima con El ahora mismo, guardándose virgen en El? Si tal es el caso, entonces el arrebatamiento no será una sorpresa para usted; será una experiencia común.

  Pese a que estos versículos sobre las primicias indican una especie de arrebatamiento, de hecho no dicen nada del arrebatamiento. Se nos dice que el hijo varón es “arrebatado”, pero de las primicias sólo dice que están de pie en el monte de Sion con el Cordero. Si usted les pregunta cómo llegaron allá, posiblemente dirían: “Sencillamente estamos aquí. No sentimos algo especial en cuanto a esto, puesto que hemos estado en la presencia del Señor durante años. Hemos vivido en este ámbito mucho tiempo”. Este es el arrebatamiento de los vencedores que queden vivos. Ellos son las primicias, aquellos que satisfacen el hambre de Dios Padre y del Cordero, el Redentor. Los primeros que maduran en la labranza de Dios no lo hacen para luchar, sino para traer satisfacción a Dios.

I. No se halla mentira en su boca

  El versículo 5 dice, refiriéndose a las primicias, que “en sus bocas no fue hallada mentira”. Las mentiras son la expresión y la representación de Satanás. El diablo es el padre de todos los mentirosos, y de él proceden las mentiras (Jn. 8:44). El hecho de que no se hallara mentira en las bocas de los vencedores indica que en su expresión no tienen nada de Satanás. Si nuestra vida es motivada por el amor al Señor, entonces ninguna mentira y ninguna falsedad saldrá de nuestra boca. Lamento decir que he soportado por años las mentiras de cristianos genuinos. ¡Qué vergüenza! Quienes estamos en el recobro del Señor no debemos tener mentiras en nuestra boca. Cuando digamos “sí”, será sí, y cuando digamos “no”, será no. Si no podemos responder con un simple sí o un simple no, más nos vale no decir nada. En dado caso debemos ejercer nuestra sabiduría y no decir nada, para que no salga ninguna mentira ni falsedad de nuestra boca. No tenemos nada que ver con Satanás, quien es el mentiroso y la fuente de las mentiras.

J. Sin mancha

  También vemos en el versículo 5 que las primicias no tienen mancha alguna. Esto indica que ellos no tienen mancha ni arruga, pues son perfectos en la santidad de Dios (Ef. 5:27), están perfectamente santificados para Dios y plenamente saturados de El (1 Ts. 5:23).

K. Siguen al Cordero por dondequiera que va

  Los ciento cuarenta y cuatro mil que constituyen las primicias “siguen al Cordero por dondequiera que va” (v. 4). El Cordero no nos sigue a nosotros; somos nosotros quienes debemos seguirlo por dondequiera que vaya. Tenemos que aprender la lección de seguir al Cordero por dondequiera que vaya.

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