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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Efesios»
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Mensaje 52

EL VIVIR NECESARIO ENTRE LA MUJER Y EL MARIDO

  En este mensaje llegamos a Ef. 5:22-33, un pasaje que trata de la relación apropiada que debe existir entre la mujer y su marido.

I. UN ASPECTO DE LA VIDA DE UNO QUE ESTA LLENO EN EL ESPIRITU HASTA LA MEDIDA DE TODA LA PLENITUD DE DIOS

  En 4:1-24 Pablo presenta el principio básico de una vida digna del llamamiento de Dios. Este principio consiste en que nos despojamos del viejo hombre y nos vestimos del nuevo. De 4:25 a 6:9 Pablo presenta los detalles de un vivir adecuado. Si deseamos cumplir todos estos requisitos, necesitamos vivir conforme a la verdad y por la gracia. Además, debemos andar en amor y en luz, y ser llenos en nuestro espíritu. Como ya mencionamos, ser llenos en el espíritu es un aspecto de una vida digna del llamamiento de Dios.

  La relación entre una mujer y su marido está relacionada con el ser llenos en el espíritu; es un aspecto de la vida diaria de personas que están siendo llenas en el espíritu hasta la medida de toda la plenitud de Dios. Por ello, cuando hablamos de la relación conyugal, no debemos olvidar este hecho, pues la única manera de llevar una vida matrimonial adecuada consiste en ser llenos en el espíritu.

II. LAS CASADAS

  El versículo 22 dice: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor”. Esto constituye un aspecto de la sujeción implícita en el versículo 21. En su exhortación referente a la vida matrimonial, el apóstol se dirige primero a las esposas, pues ellas, como le sucedió a Eva en Génesis 3, se desvían del camino correcto con mayor facilidad que los esposos.

  Según el mismo principio, Pablo se dirige a los hijos antes que a los padres, y a los esclavos antes que a los amos. En cuanto a la relación entre hijos y padres, la mayoría de los problemas los provocan los hijos, no los padres. Son los hijos los que desobedecen a los padres; con todo, en la práctica, los padres obedecen a sus hijos. Pasa lo mismo en el caso de las casadas y sus maridos. Maridos, en su vida matrimonial, ¿quién obedece más a quién, ustedes a su mujer o su mujer a ustedes? Posiblemente la mayoría contestará que ellos obedecen más a sus esposas que sus esposas a ellos. Tal vez piense que no es correcto que los maridos obedezcan a sus esposas o que los padres obedezcan a sus hijos; pero, aunque esto pueda parecer contradictorio doctrinalmente, en la práctica sucede así. Si los maridos no saben obedecer a sus esposas, no tendrán una vida matrimonial pacífica. Un marido que no obedece a su mujer, no sabe cómo compadecerse de ella ni amarla. Si un marido desea amar a su mujer, tiene que compadecerse de ella e incluso obedecerla. La obediencia es lo único que engendra obediencia. La obediencia es el precio que se paga para obtener obediencia de parte de los demás. Si un marido nunca obedece a su mujer, será muy difícil que ella le obedezca a él.

  En 1 Pedro 3:7 vemos que las mujeres son vasos más frágiles. Por esta razón, Pablo se dirige primero a ellas en Efesios 5. En su exhortación dirigida a esposas y esposos, a hijos y padres, y a esclavos y amos, Pablo se dirige primero a la parte más débil y luego a la parte más fuerte. Los fuertes no deben imponer exigencias a los débiles. Un marido que comprende que su mujer es un vaso más frágil, no demandará de ella nada.

  Lo que hemos expresado hasta ahora no anula el obvio hecho escrito en 5:22, que establece que la mujer debe someterse a su marido. Todos conocemos muy bien esta exhortación y no es necesario añadir nada para fortalecerla o intensificarla.

A. Sujetas a sus propios maridos

  En el versículo 22 Pablo exhorta a las casadas a que estén sujetas a sus propios maridos. La mayoría de las casadas aprecian y respetan a los maridos de otras; por eso el apóstol exhorta a las casadas a que se sujeten a sus propios maridos, sin importar qué clase de maridos sean.

  Lo que Pablo expresa acerca de que las mujeres deben someterse a sus propios maridos pone de manifiesto la tendencia de las casadas a comparar a sus maridos con los maridos de las demás. Los maridos tienden a hacer lo mismo con sus esposas. Si carecemos de la gracia y no vivimos bajo la luz de Dios, haremos tales comparaciones. Esto es obra de la astucia de Satanás, quien quiere perjudicar la vida marital. Es posible que durante el cortejo usted haya pensado que el hombre con quien se casaba era el mejor. Pero después de casarse comenzó a compararlo con otros. Por esta razón, Pablo exhorta a las casadas a que se sometan a sus propios maridos y que no hagan comparaciones.

  Según el mismo principio, cuando Pablo se dirigió a los maridos, los exhortó a que amaran a sus propias mujeres (vs. 28, 33), lo cual indica que ellos no debían compararlas con las esposas de otros. Debemos aborrecer tales comparaciones, porque provienen de Satanás, nuestro enemigo, y pueden conducir a la separación e incluso al divorcio. Si queremos llevar una vida digna del llamamiento de Dios, una vida conforme a la verdad, por la gracia y en amor y en luz, no debemos comparar a nuestro cónyuge con otros. Más bien, las mujeres casadas deben someterse a sus propios maridos, y los maridos deben amar a sus propias mujeres.

B. Como al Señor

  Según lo dicho por Pablo en el versículo 22, las casadas deben someterse a sus propios maridos “como al Señor”. Las casadas deben darse cuenta de que a los ojos de Dios, el marido representa al Señor. La esposa debe someterse a su propio marido porque, en la vida matrimonial, él es como el Señor. Dudo que muchas hermanas casadas consideren a sus esposos como al Señor. Actualmente la vida matrimonial se halla en un estado deplorable, lleno de desobediencia y rebelión. No obstante, así como Cristo es Cabeza de la iglesia y el Salvador del Cuerpo, las casadas deben someterse a sus propios maridos como al Señor. Sara, la esposa de Abraham, fue un buen ejemplo de esto. Según 1 Pedro 3:6, ella “obedecía a Abraham, llamándole señor”.

C. Deben tomar al marido por cabeza

  Además las casadas deben tomar a sus maridos por cabeza. El versículo 23 dice: “Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es Cabeza de la iglesia, siendo El mismo el Salvador del Cuerpo”. Como cabeza de la mujer, el marido tipifica a Cristo, quien es la Cabeza de la iglesia. Además de ser el Salvador del Cuerpo, Cristo es también la Cabeza de la iglesia. El hecho de que El sea el Salvador es cuestión de amor; mientras que el que El sea la Cabeza tiene que ver con la autoridad. Nosotros amamos a Cristo como nuestro Salvador, pero también debemos estar sujetos a El como nuestra Cabeza. Lo mismo debe suceder en la relación entre las mujeres y los maridos.

D. En todo

  El versículo 24 añade: “Mas, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo”. El pensamiento que está implícito en estas palabras es que aunque los maridos no son el salvador de sus mujeres, como Cristo lo es de la iglesia, las casadas de todos modos deben estar sujetas a sus maridos así como la iglesia lo está a Cristo. Según lo que Dios ordenó, la sujeción de la mujer a su marido debe ser completa, sin condición alguna. Esto no significa que ellas deban obedecer a su marido en todo. Obedecer es diferente a someterse. En cosas pecaminosas, en cosas que van en contra de Dios, las mujeres no deben obedecer a sus maridos. Sin embargo, ellas deben seguir sujetas a ellos.

E. Deben temer al marido

  En el versículo 33 Pablo dice que la mujer “tema a su marido”. Puesto que la esposa debe respetar a su marido por ser la cabeza, aquel que tipifica a Cristo, la Cabeza de la iglesia, ella debe temer a su marido con el temor de Cristo (v. 21). Como cabeza de la mujer, el marido representa al Señor. Por esta razón, la mujer debe temer al marido.

III. LOS MARIDOS

A. Deben amar a sus mujeres

  Pablo exhorta a los maridos a que amen a sus mujeres. Lo opuesto a estar sujeto es regir; sin embargo, el apóstol no exhorta a los maridos a que rijan a sus mujeres, sino a que las amen. En la vida matrimonial, la obligación de la esposa es estar sujeta y la del marido es amar. La sujeción de la esposa más el amor del esposo constituyen la vida matrimonial adecuada, y tipifican la vida de iglesia normal, en la cual la iglesia está sujeta a Cristo y Cristo ama a la iglesia.

B. Como Cristo amó a la iglesia y se entregó a Sí mismo por ella

  El versículo 25 declara: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a Sí mismo por ella”. El amor del marido hacia su esposa debe parecerse al amor que Cristo siente por la iglesia, o sea que él debe estar dispuesto a entregarse a sí mismo por su mujer.

  El requisito para el marido es mucho mayor que lo que se le pide a la mujer. Someterse a una persona no es tan difícil como entregarse a sí mismo por ella. Entregarse por alguien equivale a morir como mártir, a sacrificar su vida por él. Los maridos deben amar a sus mujeres a ese grado; deben estar dispuestos a pagar un gran precio, aun el de morir por ellas.

C. Como a sus propios cuerpos

  El versículo 28 dice: “Así también los maridos deben amar a sus propias mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”. En este versículo, Pablo habla dos veces de que los maridos deben amar a sus propias mujeres. Como ya dijimos, esto indica que un marido debe amar a su mujer sin compararla con las demás.

  Pablo exhorta a los maridos a que amen a sus propias esposas como a sus mismos cuerpos. Todos aman su cuerpo. Un marido debe considerar a su esposa como parte de su cuerpo y cuidarla como si ella fuera su propio cuerpo.

1. Sustentar

  El versículo 29 añade: “Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida con ternura, como también Cristo a la iglesia”. Nosotros manifestamos amor por nuestro cuerpo sustentándolo y cuidándolo con ternura. Sustentar es alimentar. En cuanto al alimento físico, la mujer es la que nutre al marido. Es algo anormal que el esposo cocine para la esposa. Sin embargo, en lo espiritual, los maridos deben sustentar a sus mujeres. Así como se come en beneficio del cuerpo, es necesario que el marido cocine algo del Señor para su mujer. Al hacer esto, el marido considera a su esposa como parte de su cuerpo. El esposo debe sustentar a su esposa, tomar cuidado de sus necesidades, así como cuida de las necesidades de su cuerpo. Ha esto alude la palabra “sustenta” en el versículo 29.

  Ingerir algo con la intención de satisfacer la necesidad de la esposa revela un profundo amor. He conocido algunos maridos muy habilidosos para la cocina que cocinaban para sus esposas. Con el tiempo aprendí que en realidad ellos cocinaban para su propio deleite, sin que les importara mucho las necesidades de sus esposas. Sustentar a la mujer no se refiere a servirle comida, sino a ingerir algo del Señor con miras a llenar las necesidades de ella. Esta es la manera de sustentarla a ella así como sustenta su propio cuerpo. En esto consiste el verdadero amor.

2. Cuidar con ternura

  Los maridos también deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos cuidándolas con ternura. Cuidar con ternura es criar y abrigar con cuidado tierno. Así cuida Cristo a la iglesia, Su Cuerpo. Cuidar algo con ternura es abrigarlo tierna y dulcemente. Es suavizar algo proporcionando un calor tierno. Por ejemplo, un ave suaviza a sus avecillas con el calor de su cuerpo, abrigándolas bajo sus alas. Bajo ese arrullo, las avecillas son calentadas tiernamente. El calor del amoroso abrazo de la madre suaviza y calienta a las frías avecillas.

  Algunas esposas son como aves frías. Ellas nunca discuten con sus maridos ni se enojan con ellos, pero se vuelven frías para con ellos. Tal vez hasta usen la frialdad como un arma para subyugarlos. Es entonces que el marido debe calentar y suavizar con ternura a su mujer, tal como un ave abraza a sus pajaritos y los calienta. Esto es cuidar con ternura. Un hermano que por la gracia y en amor cuida con ternura a su mujer de esta manera, indudablemente será un buen marido.

  El calor que se trasmite por un cuidado tierno no quema a otros; antes bien, los conforta con ternura e incluso derrite sus corazones. Esto es exactamente lo que el Señor hace con nosotros en la iglesia. Aunque amamos al Señor, algunas veces nos volvemos “aves frías”. Tal vez no nos rebelemos contra El, pero sí nos enfriamos. En esas ocasiones, el Señor nos abraza extendiendo Sus alas sobre nosotros para calentarnos. Por medio de Su calor, calienta a las “aves frías” y derrite sus corazones endurecidos. Así muestra el Señor el tierno amor que siente por Su Cuerpo.

D. Deben dejar a su padre y a su madre y unirse a su mujer para ser una sola carne

  El versículo 31 declara: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. El hecho de que Cristo y la iglesia sean un solo espíritu (1 Co. 6:17), como lo tipifica la unión del marido y la mujer, quienes son una sola carne, es un gran misterio.

  Para llevar una vida matrimonial adecuada, el hombre debe dejar a su padre y a su madre y unirse a su mujer para ser una sola carne con ella. El hombre y la mujer se casan para formar su propia vida matrimonial, no por causa de la vida familiar de sus padres. Ni los padres de la mujer ni los del marido deben interferir en ese matrimonio. Un matrimonio que vive con los padres del marido o con los de la mujer contradice rotundamente el principio bíblico y perjudica la vida matrimonial. Conforme a los principios bíblicos, un hombre debe dejar a su padre y a su madre y ser uno con su mujer. Este principio, por supuesto, se aplica también a la mujer. Conozco a algunas jóvenes que se comprometieron con su pareja con la condición de que después de casarse vivieran con sus padres. Esto es incorrecto. Sólo se puede lograr una vida conyugal apropiada cuando tanto el marido como la mujer dejan a sus padres. Esto es lo que enseña la Palabra de Dios.

E. Deben amar a sus propias mujeres como a sí mismos

  Finalmente, en el versículo 28 Pablo dice que el marido debe amar a su mujer como a su propio cuerpo. Y añade: “El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”. El versículo 33 recalca nuevamente este punto, lo cual muestra la profundidad del amor que un marido debe tenerle a su esposa.

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