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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Ezequiel»
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Mensaje 18

LOS HUESOS SECOS, LAS DOS VARAS Y EL EJÉRCITO

  Lectura bíblica: Ez. 37:1, 5-17, 21-28

  El libro de Ezequiel tiene cuatro secciones principales, cada una de las cuales contiene un punto crucial. La primera sección, que consiste del capítulo 1, habla de la gloriosa visión de Dios y revela al Dios santo en Su gloria. La segunda sección, compuesta de los capítulos del 2 al 32, habla del juicio de Dios que pone fin a todas las cosas y asuntos que no corresponden con Su justicia, santidad y gloria. Tanto entre los de Israel como entre los gentiles, Dios juzga todo lo que sea incompatible con Su naturaleza. La tercera sección, que incluye los capítulos del 33 al 39, presenta que Dios recobra a un remanente de Su pueblo. Al venir a juzgar, Dios recuerda Su pacto de gracia, por lo cual conserva a un grupo de Sus elegidos y los lleva de regreso a su propia tierra. Esto indica que la principal idea contenida en la tercera sección de Ezequiel es el recobro que el Señor efectúa. La cuarta sección, que consiste de los capítulos del 40 al 48, dice que Dios viene a edificar a Su querido pueblo recobrado hasta que se conviertan en Su morada. Esto significa que la última sección está dedicada al tema del edificio de Dios.

  En el libro de Ezequiel, hay tres capítulos que podrían ser considerados grandes capítulos en la Biblia: el capítulo 1, el capítulo 37 y el capítulo 47. Estos capítulos ocupan una posición especial no solamente en Ezequiel, sino en toda la Biblia. Cada uno de estos capítulos podría ser representado por una sola palabra: el capítulo uno, fuego; el capítulo 37, aliento; y el capítulo 47, agua. Ningún capítulo de la Biblia habla de Dios como fuego de la manera que lo hace Ezequiel 1. Juan 4 y 7 y Apocalipsis 22 hablan del agua, pero no de la manera que lo hace Ezequiel 47. Asimismo, Ezequiel 37 es único en su manera de hablar sobre el aliento de Dios. Este capítulo revela cómo el Espíritu de Dios entra en nuestro ser para vivificarnos a fin de que lleguemos a ser un Cuerpo corporativo que constituye un ejército y es edificado como morada de Dios. Únicamente en este capítulo vemos el resultado de ser vivificados por el aliento de vida. Al considerar esto podemos ver que Ezequiel 37 ocupa una posición especial en la Biblia.

  Los capítulos del 33 al 37 de Ezequiel describen diferentes aspectos del recobro que Dios efectúa en Su pueblo. El capítulo 34 enfatiza la venida del Señor como Pastor que busca Sus ovejas perdidas y las trae de regreso a su propia tierra. En el capítulo 36 vemos que el Señor recobra a Su pueblo mediante la vida no sólo externamente, sino también internamente al darles un corazón nuevo y un espíritu nuevo así como al poner Su Espíritu dentro de ellos. El capítulo 37 revela que el Señor viene a avivar a Su pueblo que estaba muerto y disperso y hace de ellos una sola entidad. Esto nos permite ver que el pueblo de Dios que estaba en cautiverio debía ser recobrado en diferentes aspectos. Debido a que ellos habían sido echados y dispersos como ovejas, era necesario que el Señor saliera a buscarlos como su Pastor. Debido a que en cuanto a su condición interna ellos eran impuros y viejos, tenían necesidad de un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Debido a que se habían convertido en huesos muertos y secos, tenían necesidad de ser vivificados y unidos juntamente.

EL PLANTÍO DE RENOMBRE Y EL HUERTO DEL EDÉN

  Antes que comencemos a considerar el capítulo 37, quisiera decir algo más con respecto a dos asuntos: el plantío de renombre (34:29) y el huerto del Edén (36:35). El plantío de renombre, un plantío famoso, es Cristo. Cristo no solamente es la buena tierra en la que hay muchos árboles cuyos frutos son buen alimento, sino que Él también es un plantío de renombre. Con respecto a la expresión como el huerto del Edén, debemos ver que a la postre el recobro del Señor debe llegar al punto en que es como el huerto del Edén. Entonces, dondequiera que nos encontremos en el recobro del Señor, estaremos en el huerto del Edén. Con frecuencia en las reuniones de las iglesias locales tenemos el sentir de estar en el huerto del Edén. En el huerto del Edén tenemos a Cristo como plantío famoso, como plantío de renombre. Esto significa que en la vida de iglesia disfrutamos de las riquezas de Cristo de una manera especial día tras día.

UN CAPÍTULO QUE NOS MUESTRA CÓMO DIOS NOS RENUEVA Y REGENERA

  Ezequiel 34 abarca principalmente los aspectos externos del recobro efectuado por el Señor. En este capítulo Dios viene como Pastor que va en pos de Su pueblo y lo busca a fin de llevarlo de regreso a Su buena tierra. Ezequiel 36 aborda el aspecto interno del recobro efectuado por el Señor. Al efectuar Su recobro, el Señor no solamente hace que regresemos en términos externos, sino que también nos da, internamente, un corazón nuevo y un espíritu nuevo y pone Su Espíritu en nuestro espíritu. Si vemos esto, comprenderemos que el recobro del Señor no es meramente algo que atañe a nuestra posición externa y nuestras circunstancias externas, sino que también atañe a nuestra naturaleza y manera de ser internas. En el recobro del Señor, el cual es tanto externo como interno, no solamente se dan cambios en nuestra posición, circunstancias y entorno, sino que también experimentamos la renovación interna de nuestro corazón y de nuestro espíritu y recibimos al Espíritu de Dios. Externamente hay un cambio, e internamente hay una conversión.

  Sin embargo, Ezequiel 36 no nos dice de manera clara y completa cómo podemos experimentar una conversión, cómo podemos obtener un corazón nuevo y un espíritu nuevo y cómo podemos obtener al Espíritu de Dios. Simplemente se nos dice de manera general que el Señor nos dará un corazón nuevo y un espíritu nuevo y que pondrá Su propio Espíritu dentro de nosotros. Por tanto, tenemos necesidad de que Ezequiel 37 nos muestre cómo Dios nos renueva y regenera.

ÉRAMOS HUESOS MUERTOS Y SECOS

  Antes que Dios viniera a renovarnos y regenerarnos, éramos como huesos muertos y secos. Si sólo tuviéramos Ezequiel 36, comprenderíamos que éramos pecadores e inmundos, pero no pensaríamos que estábamos muertos. Ezequiel 37 revela que no solamente estábamos muertos, sino que éramos huesos secos. Esto indica que la salvación de Dios no es solamente para quienes son pecaminosos, sino también para quienes están muertos.

  A los ojos de Dios, cuando caímos, ya sea como pecadores o como creyentes descarriados, estábamos muertos y sepultados en un sepulcro. Estábamos en el “sepulcro” de las diversas cosas pecaminosas y entretenimientos mundanos. Antes de ser salvos o antes de ser avivados, estábamos en alguna clase de sepulcro. Éramos pecaminosos y estábamos muertos, enterrados y secos. No teníamos sangre, ni carne, ni tendones ni piel; éramos solamente huesos secos. Éste es un cuadro que muestra lo que éramos y dónde estábamos.

ESTÁBAMOS DISPERSOS

  Debido a que estábamos muertos y secos, también estábamos dispersos. Según Ezequiel 37, ni un solo hueso estaba unido a otro. Todos los huesos estaban desmembrados y dispersos, carentes de toda unidad. Ya sea que fuéramos un pecador que no había sido salvo o un creyente descarriado, ésta era nuestra situación.

  Hoy en día muchos cristianos están en los sepulcros de las denominaciones, divisiones, grupos independientes y diferentes movimientos. Todas las denominaciones, sectas, grupos y movimientos son sepulcros. Muchos de nosotros podemos testificar que antiguamente estábamos en tales sepulcros, muertos, secos, dispersos, desmembrados y sin estar vinculados a nadie.

EL PUEBLO DE DIOS SALE DE SUS SEPULCROS

  Ezequiel 37:11-13 dice: “Entonces me dijo: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ahora dicen: Nuestros huesos se han secado, y ha perecido nuestra esperanza; somos del todo exterminados. Por tanto, profetiza y diles: Así dice el Señor Jehová: Ahora abriré vuestros sepulcros, y os haré subir de vuestros sepulcros, oh pueblo Mío; y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que Yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, oh pueblo Mío”. No solamente los pecadores que no son creyentes tienen necesidad de ser liberados de sus sepulcros, sino que también muchos hermanos y hermanas tienen necesidad de ser avivados y librados de la muerte y de sus sepulcros. Algunos santos han caído y están en desolación, por lo cual ahora están atados en sus sepulcros. No sé qué fue lo que lo aniquiló a usted ni en qué clase de sepulcro esté preso; pero espero que el viento de Dios sople sobre usted, que la luz de Dios resplandezca en su interior y que la vida de Dios opere en usted para abrir su sepulcro y hacer que salga de allí y sea avivado.

  La Biblia revela que el Señor es el Salvador de los muertos. En Juan 5:25 el Señor Jesús dijo: “Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán”. En Ezequiel 37 Dios habla no a los enfermos, sino a los muertos. Es una bendición darnos cuenta de que estamos muertos y necesitamos que el Señor nos vivifique. Las palabras de Dios en este capítulo no hablan de hacer que un enfermo mejore, ni de hacer que una persona mala sea hecha buena; las palabras de Dios aquí logran que un muerto sea hecho una persona viviente. Espero que muchos habrán de humillarse ante el Señor y oren: “Señor, confieso que no solamente estoy enfermo y soy pecaminoso; reconozco que estoy muerto. Mi corazón y mi espíritu están muertos. Señor, estoy completamente muerto y seco. Soy como un montón de huesos muertos y secos. Oh Señor, necesito que Tu vida entre en mí. Necesito que soples Tu aliento de vida en mí a fin de que viva”.

RECOBRADOS MEDIANTE EL PROFETIZAR

  Alabado sea el Señor que Él no nos dejó en la situación en que nos encontrábamos, ¡sino que vino a rescatarnos! Sin embargo, el Señor no vino directamente para ser nuestro Pastor, sino que, conforme a Ezequiel 37, Él vino mediante el profetizar de Su palabra.

  Muchos cristianos tienen un entendimiento equivocado del profetizar, pues piensan que profetizar es únicamente predecir. Pero prácticamente no hay predicciones en Ezequiel 37; más bien, el profetizar aquí consiste en declarar algo o proclamarlo. Esto indica que profetizar en este capítulo no significa principalmente predecir, sino proclamar, hacer una especie de declaración. Cuando el Señor le dijo a Ezequiel que profetizase, Él quiso decir que Ezequiel debía proclamar. El Señor le dijo a Ezequiel que cuando profetizase, Él enviaría el aliento y el viento. Cuando Ezequiel proclamó, Dios dio el Espíritu al pueblo. Con base en esto podemos ver claramente que el principal significado de profetizar no es el de predecir, sino el de proclamar al Señor.

  Otros cristianos piensan que profetizar es enseñar. Pero no importa cuánto uno enseñe a los huesos secos, éstos siguen siendo huesos secos. Uno podría enseñar a los huesos secos acerca de la necesidad que tienen del viento, el aliento y el Espíritu, pero nada sucedería con esos huesos. En este capítulo Ezequiel no predijo algo a los huesos secos ni tampoco les enseñó. Por el contrario, cuando Ezequiel profetizó, él dijo algo en pro de Dios y Dios le siguió. Mientras Ezequiel profetizaba, Dios soplaba sobre aquellos huesos secos, enviándoles el viento, el aliento y el Espíritu.

EL VIENTO, EL ALIENTO Y EL ESPÍRITU

  En Ezequiel 37, tres cosas están relacionadas con el profetizar: el viento, el aliento y el Espíritu. En nuestro idioma se usan tres palabras distintas, pero en el hebreo es una sola palabra: rúaj. El versículo 9 usa la palabra viento y la palabra aliento, pero el texto hebreo en ambos casos usa la misma palabra: rúaj. En el versículo 14 tenemos la palabra Espíritu, pero también es una traducción de rúaj. Es difícil para los traductores decidir cómo traducir rúaj en estos versículos. La traducción se basó tanto en el contexto como en el entendimiento del traductor.

  Si aplicamos este asunto a nuestra experiencia espiritual, podríamos decir que cuando Dios sopla sobre nosotros, es el viento; cuando inhalamos este viento, es el aliento para nosotros; y cuando tal aliento está en nuestro interior, es el Espíritu. Primero, viene el viento, después el aliento y finalmente el Espíritu. Cuando Ezequiel profetizó, Dios sopló el viento, la gente recibió el aliento, y el aliento se convirtió en el Espíritu, el Espíritu vivificante (1 Co. 15:45).

UN RUIDO Y UN TEMBLOR

  En este capítulo Ezequiel profetizó dos veces: en el versículo 7 y nuevamente en el versículo 10. El versículo 7 dice: “Profeticé, pues, como me fue mandado. Y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y de repente, un temblor; y los huesos se juntaron, cada hueso con su hueso”. Aquí vemos que cuando Ezequiel profetizó hubo un ruido y un temblor.

  A veces algunos se quejan de que nuestras reuniones son muy ruidosas. Mi respuesta es que si todos fuésemos huesos secos, todo estaría muy callado. No habría ruido ni voces, únicamente quietud. Todos los huesos en el valle descrito en Ezequiel 37 estaban quietos y sin moverse. Pero cuando Ezequiel vino y profetizó, hubo un ruido y un temblor, y entonces todos los huesos se juntaron. No puedo explicar por qué sucedió esto. No obstante, sí sabemos que cuando nos reunimos en las reuniones y hacemos un ruido gozoso (Sal. 95:1), somos verdaderamente uno.

  Supongamos que todos viniéramos a la reunión y nos sentáramos callados por treinta minutos; pronto estaríamos criticándonos unos a otros y, finalmente, perderíamos nuestra unidad. Pero cuando damos voces de gozo para el Señor Jesús alabándole e invocando Su nombre, entonces somos uno. Tal vez a usted no le guste cómo suena, pero cuanto más ruido hacemos de este modo, más somos uno. Si llegamos a estar fuera de nosotros mismos invocando al Señor y alabándole, entonces seremos uno.

EL ALIENTO ENTRA EN ELLOS

  Ezequiel 37:8 dice: “Y miré, y había tendones sobre ellos, creció la carne y los cubrió la piel por encima; pero no había en ellos aliento”. Después del ruido, el temblor y la reunión de los huesos, algo muy particular sucedió. Los tendones, la carne y la piel vinieron sobre los huesos, cubriéndolos y haciendo que su apariencia mejorase mucho. Anteriormente eran apenas huesos secos; ahora eran un cuerpo sin vida en el que sus partes habían sido reunidas, unidas y vinculadas. Pero este cuerpo carecía de vida porque no tenía aliento en él.

  La descripción hecha en el versículo 8 se puede aplicar a nuestra experiencia. Los huesos secos primero se juntaron, y después el aliento entró en ellos. Si no nos congregamos, no tendremos el aliento de Dios. No debiéramos esperar hasta tener el aliento de Dios para entonces congregarnos; más bien, primero debemos congregarnos con “un ruido” y “un temblor”, y entonces el aliento de Dios será soplado en nosotros.

  Los versículos 9 y 10 dicen a continuación: “Entonces me dijo: Profetiza al viento; profetiza, hijo de hombre, y di al viento: Así dice el Señor Jehová: Ven de los cuatro vientos, oh aliento, y sopla sobre estos muertos, para que vivan. Entonces profeticé como me había mandado, y entró aliento en ellos; y vivieron y se pusieron de pie, un ejército grande en extremo”. Cuando Ezequiel profetizó nuevamente, Dios envió el aliento para que entrase en los cuerpos muertos y, entonces, estos cuerpos se pusieron de pie y llegaron a ser “un ejército grande en extremo” a fin de combatir por Dios.

DOS PIEZAS DE MADERA SECA SON UNIDAS

  En los versículos 16 y 17 el Señor le dijo a Ezequiel: “Y tú, hijo de hombre, toma una pieza de madera y escribe en ella: Para Judá y para los hijos de Israel que están asociados con él; toma después otra pieza de madera y escribe en ella: Para José, la pieza de madera de Efraín, y para toda la casa de Israel que está asociada con él; y júntalos, un lado al otro, en una sola pieza de madera, para que sean unidos en tu mano”. Primero, Ezequiel se encargó de los huesos secos, y después, de las piezas de madera. Una pieza de madera carece de vida y está seca. Estas dos piezas de madera simbolizan los dos reinos de Israel, el reino sureño (Judá) y el reino norteño (Israel o Efraín). Estos dos reinos no podían ser uno y, a los ojos del Señor, estaban completamente muertos y secos.

  El Señor sabe de qué manera hacer que estas piezas de madera sean uno, y esta manera es la que corresponde a la vida. Su manera de proceder consiste en hacer que las piezas de madera vivan y, entonces, puedan ser unidas de modo que crezcan juntas. Esto es muy parecido a realizar un injerto, en el cual dos ramas son unidas y, con el tiempo, crecen juntas. En realidad, esto es lo que aquí se presenta. Las dos piezas de madera son como dos ramas. Anteriormente no tenían vida, pero después fueron hechas vivas. Habiendo sido vivificadas, ahora pueden crecer juntas y llegar a ser una.

  Mientras que los huesos secos sirven para la formación de un ejército, las piezas de madera sirven para la edificación de la casa de Dios. Estas piezas de madera habían sido divididas, pero ahora son uno y constituyen la morada de Dios. Por tanto, aquí tenemos un ejército que combate las batallas en pro de Dios y tenemos, además, la casa de Dios como Su morada.

EL CAMINO DE LA VIDA

  En la actualidad los cristianos hablan mucho acerca del Cuerpo, la iglesia y la casa de Dios, pero la mayoría no ve la manera práctica de que se realice el Cuerpo, la iglesia y la casa de Dios. Ezequiel 37 revela claramente que la única manera, el único camino, es el camino de la vida. Dos varas secas pueden crecer juntas no por los dones ni por las enseñanzas, sino por la vida.

  El Señor no le dijo a Ezequiel que ejercitase ciertos dones o que enseñase. El Señor le encargó a Ezequiel que profetizara, que hablara, que proclamara, algunas palabras en pro de Dios. Cuando Ezequiel proclamó a los muertos algo en pro de Dios, entonces Dios sopló sobre ellos y ellos recibieron el aliento. Cuando el aliento entró en ellos, llegó a ser vida para ellos. Entonces, mediante el camino de la vida, las dos varas secas pudieron crecer juntas.

  Podemos llegar a ser uno no por los dones ni por las enseñanzas, sino por la vida. ¡Oh, todos tenemos necesidad de que el viento sople! Luego debemos recibir el aliento, y el aliento se convertirá en el Espíritu vivificante. Entonces podremos crecer en vida.

  La vida es maravillosa; ella se encarga de tantos problemas. Nuestro cuerpo físico puede vencer muchos problemas simplemente debido a que está vivo. Esto nos muestra que lo que necesitamos en la vida de iglesia es vida, no los dones ni las enseñanzas. Es en virtud de la vida que las ramas muertas pueden ser vivificadas y crecer una en la otra. Luego estas ramas tendrán la unidad producto del crecimiento en vida. Si prestamos atención a los dones o a las enseñanzas, nos dividiremos. Todos necesitamos algo mejor, algo más elevado, y esto que es mejor y más elevado es la vida.

  Primero viene el soplido del viento, el cual es seguido por el aliento y por el Espíritu vivificante. Esto hace que los huesos secos sean hechos vivos y sean hechos uno. Finalmente, los huesos se convierten en un ejército que combate las batallas en pro del Señor. Asimismo, las piezas secas de madera adquieren vida y crecen juntas. Es por el crecimiento en vida que ellas son uno y ya no hay divisiones. A lo largo de los años, aquí en la iglesia en Los Ángeles hemos prestado atención no a los dones ni a las enseñanzas, sino a la vida. Si hubiéramos prestado atención a los dones y las enseñanzas, nos habríamos dividido una y otra vez. Pero debido a que atendemos al camino de vida provisto por el Señor, somos uno.

LA UNIDAD MEDIANTE LA VIDA

  Alabamos al Señor por la unidad que hay en Su recobro. Aunque venimos de diferentes trasfondos, somos uno. Somos uno no mediante los dones ni mediante las enseñanzas, sino mediante la vida. Entre nosotros hay muchos ex ministros, ex pastores, ex misioneros y ex maestros de la Biblia, pero todos ellos ahora son uno en vida. Debido a que tenemos vida y estamos en vida, somos uno. Ahora somos un ejército que combate y somos una morada para el Señor.

  Cuando los santos emigran por causa de la propagación de la vida de iglesia, ellos conforman un ejército que combate. No podemos tener migraciones apropiadas si no tenemos unidad. Es muy bueno que en las migraciones los santos procedan de diferentes partes del país a fin de ser uno en una determinada ciudad. Ellos se reúnen para ser uno no en enseñanzas o dones, sino en vida. Debido a que somos uno en vida, somos tanto el ejército como la morada del Señor. El ejército es formado por los huesos secos que han sido vivificados y han sido juntados. Ninguno de ellos está seco. Todos los componentes del ejército y de la morada están llenos de vida y viven en unidad. Esto es el recobro del Señor.

EL JUICIO ADICIONAL

  Inmediatamente después del capítulo 37 hay dos capítulos más que hablan del juicio adicional. Estos capítulos indican que si avanzamos con el Señor en unidad como ejército y como morada del Señor en la tierra, Él se encargará de nuestros enemigos.

  No debiéramos pensar que porque ahora somos un ejército ya no tendremos enemigos. Tampoco debiéramos pensar que puesto que somos uno como morada del Señor, ahora ya no tendremos batallas. Todavía hay un enemigo, pero el Señor se encargará de él. En el capítulo 35 está Edom, el enemigo interno, y en los capítulos 38 y 39 hay un enemigo externo. Tenemos que juzgar a Edom, el viejo hombre, el enemigo interno, pero el Señor se encargará de los enemigos externos. Podemos tener la certeza de que siempre y cuando seamos uno, el Señor combatirá por nosotros. Él se encargará de nuestro enemigo, que también es Su enemigo. ¡Alabamos al Señor que podemos estar en la vida de iglesia disfrutando de paz y seguridad! Mientras nosotros tomamos medidas con respecto al enemigo interno, el Señor se encarga del enemigo externo, y una vida de iglesia prevaleciente será edificada para que lleguemos a ser “un ejército grande en extremo” así como el santuario del Señor sobre la tierra. Únicamente cuando Dios haya juzgado a todos los enemigos, Su pueblo podrá morar en paz y sin temor. Cuando Su pueblo se encuentre en tal condición apacible, la edificación de la morada del Señor habrá sido completada y el Señor tendrá un lugar de descanso en medio de Su pueblo.

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