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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Mateo»
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Mensaje 10

EL UNGIMIENTO DEL REY

(3)

  En este mensaje llegamos al ungimiento del Rey (Mt. 3:13-17).

II. UNGIDO

A. Por medio del bautismo

  El versículo 13 dice: “Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él”. Galilea y Jordán son las palabras cruciales de este versículo. Aquí no dice que Jesús vino de Belén a Jerusalén para ser santificado, sino que vino de Galilea al Jordán para ser bautizado. Debemos considerar el significado de la expresión “de Galilea al Jordán”. No es fácil ver por qué Jesús no vino de Belén sino de Galilea, y no fue a Jerusalén sino al Jordán. También debemos averiguar la razón por la cual fue a ver a Juan, una persona “salvaje”, y no a uno de los principales sacerdotes, los cuales eran personas cultas y religiosas. Además, debemos descubrir la razón por la cual fue con el propósito de ser bautizado y no de ser santificado.

1. Vino de Galilea

  En el Nuevo Testamento, Galilea, una región menospreciada, representa el rechazo. Jesús no vino de Belén, porque en aquel tiempo Belén era un lugar de honor y acogimiento. Si uno procedía de Belén, todo el mundo le honraba y le recibía calurosamente. Pero si uno venía de Galilea, todo el mundo le menospreciaba y rechazaba. Jesús vino de tal lugar menospreciado y rechazado. Sin embargo, no era un lugar rechazado por Dios, sino por la religión y la cultura. Todos los que vienen al recobro del Señor no proceden de Belén; más bien, vienen de Galilea. No debemos presumir venir de un lugar de honor y de acogimiento, sino de un lugar menospreciado y rechazado por la religión y la cultura. Aun si el presidente de la nación tomara el camino de la iglesia, él también tendría que venir de Galilea al Jordán. Durante todos estos años he mirado y observado. He visto que los de alto rango que están en el camino de la iglesia, han sido menospreciados y rechazados por la religión y la cultura de estos tiempos. Estoy seguro de que si usted todavía recibe honor de la religión y la cultura de hoy, y si ellas todavía le reciben a usted, usted no está en el camino que va desde Galilea hasta el Jordán. El camino de Galilea al Jordán es el camino correcto para la iglesia. Hoy en día el camino de la vida de iglesia va de Galilea al Jordán y no de Belén a Jerusalén.

  El camino de la iglesia es estrecho. Aun si las organizaciones cristianas no se opusieran al recobro del Señor, sino que lo apreciaran mucho, el número de los que están en el camino de la iglesia sería casi igual al de hoy en día, simplemente porque el camino es estrecho. Cuando algunos consideran la iglesia, tal vez digan: “Este es el reino de los cielos. Ciertamente este camino debe de ser muy alto”. Aunque es alto, no lo es según el concepto humano. Al contrario, es el camino de Galilea al Jordán.

2. Fue al Jordán

  Como hemos dicho anteriormente, Jordán era un lugar de sepultura y resurrección. Por eso, el Jordán representa la terminación y la germinación. Los hijos de Israel viajaron por el desierto durante cuarenta años; finalmente fueron sepultados en el río Jordán. El Jordán los terminó, o sea, puso fin a su historia de vagar en el desierto y puso fin a la época de vagabundeos. Pero el Jordán también les dio un nuevo comienzo, pues los hizo germinar y entrar en una edad nueva. El Jordán sacó a los hijos de Israel del desierto y los hizo entrar en la buena tierra, la cual es Cristo. Este es el significado del Jordán.

  Ahora en la vida de iglesia andamos en el camino de Galilea al Jordán, el camino que va desde el rechazo hasta la muerte y la resurrección. Todos debemos decir a los que nos menosprecian y rechazan: “Adiós. No voy a procurar lograr su aprobación. Voy al lugar donde llegaré a mi fin y germinaré”. En la vida de iglesia no se debe buscar el honor, sino la muerte. Día a día experimentamos la muerte del yo. En la iglesia ésta es una experiencia mutua: nos ponemos fin el uno al otro todos los días y cada hora. La terminación es buena, pues no es el fin sino el comienzo, porque nos lleva a la germinación. Por lo tanto, puedo testificar que cada vez que llegamos a nuestro fin, experimentamos más de la germinación.

  Algunas veces las hermanas dicen: “Hermano Lee, la vida de iglesia es maravillosa, pero muchas veces es difícil para nosotras. Sabemos que como hermanas debemos ser sumisas para con los hermanos como a la Cabeza. Los hermanos son buenos, pero son muy fuertes. No podemos soportarlo. Muchas veces casi nos han aniquilado”. Cuando oigo esto, digo: “¡Qué bueno es llegar a nuestro fin! ¿Acaso no es bueno que los hermanos pongan fin a las hermanas?

  Hace algunos años me invitaron a visitar cierta iglesia. Los hermanos me dijeron que las hermanas eran muy emocionales y tercas, y por eso les era difícil tener comunión con ellas. Ellos simplemente no sabían cómo tratar con el problema. Unos días después algunas de aquellas hermanas me invitaron a almorzar. Su intención era tener una oportunidad para expresar su opinión. Me dijeron que su paciencia había sido agotada porque los hermanos eran muy duros. Querían que yo les diera una manera de tratar el problema. Hacía unos pocos días los hermanos habían ejercido presión sobre mí, pero ahora las hermanas lo hacían. Vi cuán seria y terrible era aquella experiencia para los hermanos así como para las hermanas. Los hermanos y las hermanas experimentaban la muerte del hombre natural. Pero esta experiencia mutua es muy positiva. ¿No ama usted llegar a su fin? Si nunca ha llegado a su fin en la vida de iglesia, prepárese. Puedo asegurarle que en la vida de iglesia todos vamos a morir al yo, porque todos estamos en el camino de Galilea al Jordán.

  Cuando los nuevos creyentes entran en la vida de iglesia, tal vez digan: “¡Aleluya! ¡He visto la vida de iglesia! ¡Cuán maravilloso!” Cuando oigo esto, digo para mí mismo: “Sí, es maravilloso, pero espere un momento. Tarde o temprano, la maravillosa vida de iglesia dará fin a todo su ser”. En la vida de iglesia he tenido esta experiencia miles de veces. He experimentado por lo menos diez grandes muertes. Me dieron fin en Chifú, Shanghai, Taipei, Manila, Los Angeles y Anaheim. La maravillosa vida de iglesia, sin lugar a dudas, nos da fin a todos nosotros, poniendo fin a todo nuestro ser. Prepárese. Probablemente, los que han estado en la vida de iglesia por muy poco tiempo siguen disfrutando de la “luna de miel” que experimentan con la iglesia. La luna de miel está bien. Pero de acuerdo con la experiencia de los casados, la luna de miel con el tiempo se convierte en la muerte del yo. Casi todos los maridos ponen fin a sus esposas, y todas las esposas dan muerte a sus maridos. Pero esto es positivo porque siempre conduce a la germinación. ¡Aleluya, el fin del yo trae la resurrección!

  La vida de iglesia es verdaderamente maravillosa, pero no según nuestro concepto. La admirable vida de iglesia tarde o temprano acabará con todos nosotros. Nos dará fin así como nos hará germinar. Le aseguro a usted que todo lo que usted sea y todo lo que tenga y haga llegará a su fin. Tal vez una larga historia de diez años en la vida de iglesia será necesaria para que se cumpla. Los que han estado en la iglesia diez años pueden dar testimonio de que ésta ha dado fin a cada parte de su ser. Cuanto más tiempo estemos en la iglesia, más de nuestra persona llegará a su fin. Al principio, esta experiencia nos parece agria. Pero después se vuelve dulce. Ahora para mí es dulce experimentar el fin del yo. Después de varios años de pasar por la muerte en la vida de iglesia, usted estará contento con el proceso. Al principio de la vida de iglesia, uno siente vergüenza al llegar a su fin. No obstante, poco a poco llega a ser algo muy dulce para usted. Estamos en el camino de Galilea al Jordán, del lugar del rechazo al lugar de la terminación.

  En el lugar de la muerte nos encontramos con el Rey. Aquí, en la vida de iglesia lo encontramos. Desde el momento en que vine a la iglesia, he sido traído al Señor una y otra vez. Día tras día, la vida de iglesia me trae a Cristo, y me lleva a mí a Cristo, el Rey. Con el tiempo, hallamos que el reino está aquí. Es por esto que la vida de iglesia equivale al reino.

  Cuando estaba con la Asamblea de los Hermanos me enseñaron que el reino había sido postergado hasta un tiempo futuro. También me dijeron que la vida de iglesia de hoy no es el reino. No obstante, en mi propia experiencia poco a poco pude ver que cada vez que experimenté la muerte fui llevado al Rey, y el Rey me fue traído. Por experiencia aprendí que esto era la realidad del reino y que la vida de iglesia es el reino. Llegué a comprender que las enseñanzas de los Hermanos acerca del reino no eran exactas. Según mi experiencia, comprendí que yo estaba en el reino. Cada vez que experimenté el fin del yo, conocí más a mi Rey, y el reino estuvo presente. Esto no tiene que ver con la doctrina, sino con la experiencia. Más tarde, al estudiar más el Nuevo Testamento, recibí la luz referente al reino, la cual confirmó mi experiencia. Ahora puedo decir con toda confianza que según el Nuevo Testamento el reino está aquí hoy en día. Algunos maestros cristianos, por no haber muerto al yo, dicen que el reino ha sido postergado hasta un tiempo futuro. No han sido llevados al Rey, y el Rey no ha sido presentado a ellos. Por consiguiente, en su experiencia, día tras día, no tienen el reino. No obstante, después de que uno llegue a su fin en el camino de Galilea al Jordán, tanto el Rey como el reino estarán presentes.

3. Bautizado por Juan

  El Señor Jesús vino de Galilea al Jordán para ser bautizado por Juan. Como hombre, el Señor Jesús vino a Juan el Bautista para ser bautizado conforme a la manera neotestamentaria de Dios. De los cuatro Evangelios, sólo el de Juan no da constancia del bautismo del Señor, porque Juan testifica que el Señor es Dios. El versículo 13 no dice que Jesús fue a Juan para ser santificado, sino para ser bautizado. Aunque todos los cristianos quieren ser santificados, nadie quiere ser bautizado en el sentido de llegar a su fin y ser sepultado. Ser bautizado significa morir al yo. Si yo le dijera a usted que la iglesia no le santificará sino que le dará fin, usted le daría la espalda a la iglesia y diría: “No quiero quedarme aquí. Deseo ser santificado. Quiero que la iglesia me haga más santo”. Pero la iglesia no le hará más santo primero; le dará fin una y otra vez. La iglesia no es primeramente una iglesia santificadora, sino bautizadora. Consideremos al Señor Jesús. El era el verdadero Pastor. Un pastor siempre va delante. Como Rey-Pastor, el Señor Jesús fue el primero en caminar de Galilea al Jordán para ser bautizado. No fue al Jordán para recibir Su trono, sino para morir y ser sepultado.

4. Cumplió toda justicia

  Los versículos 14 y 15 dicen: “Mas Juan procuraba impedírselo, diciendo: Yo soy quien necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí? Pero Jesús respondió y dijo: Permítelo por ahora, pues conviene que cumplamos así toda justicia, Entonces se lo permitió”. Juan no lo entendió muy bien; se preguntaba cómo podía ser que Jesús fuera bautizado por él, y pensaba que él debería ser bautizado por Jesús. Esto indica que Juan todavía actuaba un poco en su vida natural. Aunque había sido empapado del Espíritu Santo por más de treinta años, todavía la quedaba algún elemento natural. Expresó lo dicho en el versículo 14 conforme al concepto natural. Así que, el Señor parece decir al responderle: “Debes permitir que yo sea bautizado. No me estorbes con tu concepto natural. No creas que no necesito que me bautices por ser mayor que tú. Permíteme ser bautizado para que cumplamos toda justicia”.

  Tener justicia consiste en ser recto al vivir, andar y obrar como Dios lo ordena. En el Antiguo Testamento, ser justo significa guardar la ley que Dios había dado. Ahora Dios envió a Juan el Bautista a instituir el bautismo. Ser bautizado también significa cumplir toda justicia ante Dios, es decir, satisfacer los requisitos de Dios. El Señor Jesús vino a Juan, no en calidad de Dios, sino como un hombre normal, un verdadero israelita. Por esto, tenía que ser bautizado para guardar la práctica que Dios había establecido según aquella dispensación; de lo contrario, no habría sido recto delante de Dios.

  Tener justicia tiene que ver con estar bien con Dios. Supongamos que Dios abra una puerta en el techo de un cuarto y diga que ésta es la manera correcta de entrar en el cuarto. Todos los que no entran al cuarto por aquella puerta no están bien con Dios. Tal vez usted dijera: “No estoy conforme en entrar al cuarto por aquella puerta. No creo que esa puerta sea la correcta. La puerta principal o la puerta lateral es la correcta”. Tal vez lo que usted prefiere le parece correcto, pero no a Dios. La justicia no tiene que ver con nuestra opinión, sino con la ordenación de Dios.

  Durante los tiempos de Juan el Bautista, Dios había ordenado el bautismo. Todos los que querían entrar en el reino de los cielos tenían que pasar por la puerta del bautismo hecho por Juan. Ni siquiera se permitía que Jesús fuera una excepción. Incluso El tenía que pasar por esta puerta. De otra manera, le habría hecho falta la justicia que se obtuviera al pasar por esta puerta. Después de que el Señor le había respondido de esta manera, Juan entendió y lo bautizó.

  Ser bautizado significa ser justo ante los ojos de Dios. La justicia delante de Dios significa que nuestro ser ha llegado a su fin y ha sido germinado. Uno que ha pasado por el bautismo, la muerte y la germinación, es recto delante de Dios. La meta de la economía de Dios es acabar con nuestro hombre natural y hacernos germinar con la vida nueva. Si queremos estar bien con Dios, debemos dejar que nuestra vida natural sea terminada y germinada con la vida divina de Dios. La muerte junto con la germinación es la justicia superior. El Señor Jesús, como Rey del reino celestial, fue el primero en morir. De esta manera El cumplió toda justicia delante de Dios. Por eso, El era la persona apropiada para establecer el reino de los cielos.

  El Señor fue bautizado no sólo para cumplir toda justicia conforme a lo ordenado por Dios, sino también para dejarse llevar a la muerte y a la resurrección a fin de poder ministrar, no según lo natural, sino por la resurrección. Al ser bautizado El pudo vivir y ministrar en resurrección aun antes de que ocurriera Su muerte y resurrección tres años y medio después. Según nuestro entendimiento, el Señor Jesús murió en la cruz y resucitó al tercer día. Pero a los ojos de Dios y según la experiencia y la percepción del Señor, murió tres años y medio antes de Su crucifixión. Antes de empezar a ministrar, ya había muerto y resucitado. Así que, no ministró de modo natural. Su ministerio lo llevó a cabo absolutamente en Su vida de resurrección. Así que, entró por la puerta de la justicia y caminó por la senda de la justicia. Todo lo que hizo en la senda fue justo.

  Cuando el Señor Jesús regrese, muchos le dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchas obras poderosas?” (7:22). El Señor les dirá: “Nunca os conocí; apartaos de Mí, hacedores de iniquidad” (7:23). Parece que el Señor diría: “Vosotros sois personas que vivís sin ley. Nunca os aprobé ni estuve conforme en lo que hicisteis, porque no actuasteis en resurrección. Todo lo bueno que cumplisteis lo hicisteis de modo natural y en vuestra vida natural. No sois justos; sois inicuos”. Por medio del bautismo el Señor Jesús entró por la puerta de la justicia y luego caminó continuamente por la senda de la justicia. Por consiguiente, El era el Justo (Hch. 3:14; 7:52; 22:14).

B. Con el Espíritu Santo

  El versículo 16 dice: “Y Jesús, después que fue bautizado, en seguida subió del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre El”. Jesús no sólo fue ungido por el bautismo, sino que también fue ungido con el Espíritu Santo.

1. Subió del agua

  El Señor subió del agua cuando fue bautizado. Esto significa que después de Su muerte y sepultura, fue resucitado de entre los muertos.

2. Los cielos le fueron abiertos

  Cuando el Señor fue bautizado para cumplir la justicia de Dios y ser puesto en la muerte y la resurrección, se puso a Su disposición lo siguiente: los cielos abiertos, el descenso del Espíritu de Dios, y la declaración del Padre. Debe ser lo mismo con nosotros hoy en día.

  Puesto que el Señor Jesús fue bautizado, cumpliendo así la justicia de Dios, los cielos le fueron abiertos, el Espíritu Santo descendió sobre El, y el Padre declaró algo acerca de El. Le agradó a Dios que el Señor Jesús fuese bautizado para así cumplir la justicia de Dios. Así que, Su bautismo abrió los cielos, trajo el Espíritu Santo, y abrió la boca del Padre. Cuando nosotros somos terminados, los cielos nos serán abiertos, el Espíritu Santo descenderá y el Padre hablará. Muchos de nosotros podemos testificar que cuando experimentamos la terminación, los cielos nos son abiertos. Por el contrario, cuando nos reciben y nos honran, los cielos se cierran. Cuando llegamos a nuestro fin en la vida de iglesia, los cielos son abiertos. Más aún, cada vez que tenemos esta experiencia, el Espíritu Santo desciende, y la boca de nuestro Padre celestial se abre. En aquel momento el Padre dirá: “Mi amado”. Puedo testificar que los tiempos más dulces que he experimentado escuchando a Dios han sido los tiempos cuando morí al yo. A veces la experiencia me hizo llorar, pero al mismo tiempo abrió la boca del Padre, quien me dijo algo dulce. Solamente dijo: “Mi hijo amado”. Esta expresión tan sencilla es suficiente. Está llena de misericordia y gracia. ¡Qué consuelo es y cómo me fortalece que El me diga: “Mi hijo amado”. En la vida de iglesia tenemos muchas experiencias tal como ésta. Sin embargo, fuera de la iglesia muy pocas veces se experimentan tales cosas. En la vida de iglesia, cuando morimos al yo, los cielos son abiertos, el Espíritu viene y el Padre habla. Tenemos un cielo abierto, al Espíritu ungidor y el hablar del Padre.

3. El Espíritu de Dios desciende sobre El

  El versículo 16 dice: “Vio al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre El”. Antes de que el Espíritu de Dios descendiera y viniera sobre el Señor Jesús, El había nacido del Espíritu (Lc. 1:35), lo cual comprueba que ya tenía al Espíritu de Dios en Su interior, un hecho esencial necesario para Su nacimiento. Ahora, para que llevara a cabo Su ministerio, el Espíritu de Dios descendió sobre El. Esto fue el cumplimiento de Isaías 61:1, 42:1, y Salmos 45:7 y se realizó para ungir al nuevo Rey y presentarlo a Su pueblo.

  Una paloma es dócil, y sus ojos sólo pueden ver una cosa a la vez. Por lo tanto, representa docilidad y pureza en visión y propósito. Por haber descendido el Espíritu de Dios como paloma sobre el Señor Jesús, El pudo ministrar con docilidad y con un solo propósito, centrándose únicamente en la voluntad de Dios.

  El Señor Jesús fue concebido por el Espíritu Santo (1:18, 20). Nació del Espíritu Santo y fue constituido con El. El Espíritu Santo fue el elemento que lo constituía. No obstante, todavía necesitaba el bautismo del Espíritu Santo, el derramamiento del Espíritu Santo. Cuando estuvo en el vientre de la virgen María, fue constituido con el Espíritu Santo. Esto significa que Su constitución era el Espíritu Santo. Esto tiene que ver con lo interior. Exteriormente, todavía necesitaba que el Espíritu Santo descendiera y viniera sobre El.

  Puesto que antes del bautismo de Jesús el Espíritu estaba en El, ¿por qué descendió sobre El? ¿Hay dos Espíritus? ¿Acaso no estaba el Espíritu de Dios en Jesús? Ciertamente sí estaba. Entonces, ¿por qué descendió el Espíritu sobre El? ¿Acaso el Espíritu que estaba en El era diferente al Espíritu que descendió sobre El? Además del Espíritu que ya estaba en El, ¿es el Espíritu que descendió sobre El otro Espíritu? Si uno dijera que estos dos eran un solo Espíritu, yo le preguntaría cómo estos dos podrían ser uno. El mismo Espíritu que ya moraba en el Señor Jesús descendió sobre El. ¿Tenía Jesús al Espíritu o no? Sí, lo tenía. Entonces, ¿por qué descendió el Espíritu sobre El? Aquí estoy con todos ustedes. Puesto que estoy aquí, ¿cómo podría venir a ustedes? Aunque no puedo estar con ustedes y al mismo tiempo venir a ustedes, no es imposible para la Persona divina. El Señor es maravilloso. El puede estar y al mismo tiempo puede estar por venir. ¿Está Cristo en usted o está en los cielos? El está en nosotros y también está en los cielos. Así que, el Señor está aquí así como está por venir.

4. El Padre le habla

  El versículo 17 dice: “Y he aquí, hubo una voz de los cielos, que decía: Este es Mi Hijo, el Amado, en quien tengo complacencia”. El descenso del Espíritu era el ungimiento de Cristo, mientras que el hablar del Padre atestiguaba que Cristo es el Hijo amado. Este es un cuadro de la Trinidad Divina: el Hijo subió del agua; el Espíritu descendió sobre el Hijo; y el Padre habló del Hijo. Esto demuestra que el Padre, el Hijo y el Espíritu existen simultáneamente, lo cual tiene como fin la realización de la economía de Dios.

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