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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Mateo»
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Mensaje 11

EL UNGIMIENTO DEL REY

(4)

III. PUESTO A PRUEBA

  En este mensaje llegamos al pasaje donde vemos al Rey recién nombrado puesto a prueba (Mt. 4:1-11). Después de ser ungido, el Señor tenía que pasar por una prueba. En la administración de Dios la secuencia siempre es elección, ungimiento y prueba. Se puede ver esto en la vida conyugal. Antes de que usted se casara, ciertamente tuvo que elegir a un cónyuge particular entre los muchos con quien podría haberse casado. Después de elegir, usted “hizo el nombramiento”, y luego vino la prueba. Casi ninguna pareja casada ha pasado la prueba de la vida matrimonial. Aunque tuvimos éxito en cuanto al nombramiento, no tuvimos éxito en cuanto a la prueba matrimonial.

  Después de que el Rey celestial fue ungido y designado, fue conducido por el Espíritu Santo al desierto para pasar por una prueba. El no fue al desierto por Su propia cuenta; fue conducido allí por el Espíritu Santo, quien había descendido sobre El. En la vida conyugal, Dios también nos pondrá a prueba. Varios hermanos y hermanas jóvenes se han quejado ante Dios, diciendo: “Señor, antes de casarme oré mucho. Finalmente me dijiste que querías que yo me casara con éste, quien Tú me habías preparado. Señor, Tú sabes que al principio no tenía interés, pero en Tu soberanía dispusiste que nos casáramos. Pero, mira la situación de hoy. Mira a quien me diste. ¿Esto es Tu error o el mío?” Ni el Señor ni usted cometió un error; al contrario, ésta es la prueba del Señor.

  Creo que todos los matrimonios están bajo el cuidado soberano del Señor, incluso los que parecen haber sido una equivocación. Nada sucede a los hijos de Dios sin Su voluntad soberana. Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien (Ro. 8:28), incluyendo también a los matrimonios que parecen una equivocación. ¿Quién sabe cuál será un buen matrimonio? Llevo muchos años casado. Hace cuarenta y cinco años, les decía a otros de manera definitiva y con énfasis lo que constituye un buen matrimonio. Pero si me hicieran la misma pregunta ahora, yo diría: “No sabré la respuesta sino hasta que entremos en la eternidad. Después de muchos años de experiencia como casado, verdaderamente no sé lo que constituye un buen matrimonio”. No obstante, he aprendido que cada matrimonio es bueno cuando está bajo el cuidado soberano de Dios. Por lo tanto, todos ustedes tienen un buen matrimonio. Hermanos, sus esposas son buenas para cada uno de ustedes. Hermanas, sus maridos son buenos para cada una de ustedes. Si creen esto o no, todavía no pueden escaparse de las circunstancias. Después de que los jóvenes y los de edad media hayan sido casados por varios años, posiblemente concluirán que han cometido una equivocación y si lo pudieran hacer de nuevo, lo harían de manera diferente. Puedo asegurarles de que si pudieran hacerlo muchas veces, llegarían a sentir que habrían cometido un error. Casi todos los que están a punto de casarse piensan que han escogido bien, pero después de algunos años es posible que haya ocasiones en las cuales sienten que cometieron un error. Esto se debe a que Dios nos pone a prueba en la vida conyugal.

  El Señor nos pone a prueba no sólo en la vida conyugal, sino también en la vida de iglesia. Al principio, cuando entramos en la vida de iglesia, experimentamos la “luna de miel” de la vida de iglesia. Disfrutamos la vida de iglesia gloriosa, y todo es maravilloso. Sin embargo, tarde o temprano tendremos que pasar por una prueba. Cada hermano que funciona como anciano tiene que pasar por la prueba, y son los demás ancianos quienes lo ponen a prueba. Quizás, al principio de la vida de iglesia en su localidad usted era el único anciano. Buscaba a otros que pudieran ayudarle a usted, y más tarde dos personas más empezaron a funcionar como ancianos. Después de varios meses, ustedes tres fueron puestos a prueba, el uno contra el otro. El Señor lo permite. En la economía de Dios, después de ser nombrados para alguna función, siempre tendremos que pasar por alguna prueba. Si el Señor Jesús necesitó pasar por una prueba, ¿pues qué diremos acerca de nosotros?

  Durante muchos años no podía entender de manera completa esta porción de la Palabra. Aunque había oído muchos mensajes acerca de esta porción, ninguno de ellos tocó el meollo de ella. Para poder entenderla bien, necesitamos ver que en la economía de Dios siempre tendremos que pasar por una prueba después de ser ungidos y nombrados para hacer algo. Ni siquiera el Señor Jesús fue la excepción. Veremos que, según el principio, todas las pruebas son iguales.

A. Conducido por el Espíritu

  El versículo 1 dice: “Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo”. Después de ser bautizado en el agua y ungido con el Espíritu de Dios, Jesús, como hombre, actuaba conforme a la dirección del Espíritu. Esto indica que Su ministerio real en Su humanidad estaba en conformidad con el Espíritu.

  Primero, el Rey ungido fue conducido por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Esta tentación fue una prueba para demostrar que El estaba capacitado para ser el Rey del reino de los cielos. La palabra griega traducida “diablo” es diabólos, la cual significa acusador, calumniador (Ap. 12:9-10). El diablo, Satanás, nos acusa delante de Dios y nos calumnia delante de los hombres.

B. Ayunó cuarenta días y cuarenta noches

  El versículo 2 dice que el Señor ayunó cuarenta días y cuarenta noches. Esto era un tiempo de prueba y sufrimiento (Dt. 9:9, 18; 1 R. 19:8). El Rey recién ungido fue conducido por el Espíritu a ayunar por este período de tiempo para poder entrar en Su ministerio como Rey.

C. Las tentaciones del tentador

1. Convertir las piedras en panes

  La primera prueba tenía que ver con el vivir humano, o sea, con lo que se refiere a ganarse la vida. Nuestros parientes y nuestra familia política, especialmente los de edad avanzada, siempre se ocupan de cómo vamos a ganarnos la vida. Tal vez digan: “Está bien que usted ame al Señor, pero no debe amarlo como un necio. Es menester que tenga en cuenta la necesidad de ganarse la vida”. En 1933, cuando recibí la carga del Señor y El me dirigió a renunciar a mi empleo, mis parientes políticos me dijeron: “Usted tiene un buen empleo. Hace suficiente dinero para cuidar de su familia y para ayudar a los demás. Usted puede predicar los domingos y celebrar reuniones en la noche durante la semana. ¿Por qué debe usted renunciar al empleo? Muchos ahora buscan con ansiedad semejante empleo, pero no tienen la oportunidad de conseguirlo. Pero usted lo deja. Nos preguntamos cómo usted logrará ganarse la vida. No sabemos cómo va a cuidar de su esposa y de sus hijos”. Sin embargo, no escuché sus consejos, y no lograron desviarme de mi plan de renunciar a mi empleo para poder servir al Señor a tiempo completo. Muchas veces enviaron su hijita a entrar a hurtadillas en nuestra cocina para ver si teníamos algo que comer. Se preocupaban de que muriésemos de hambre. Lo relacionado con nuestro sustento lo sentimos profundamente, y aun el Señor Jesús tuvo que pasar esta prueba.

  El Señor fue conducido a ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches. Después de este período, tenía hambre física, y el tentador vino a El y dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes” (v. 3). Pero el Señor respondió: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (v. 4). Muchos cristianos creen que el Señor no comía nada durante este período de ayuno. Sin embargo, lo dicho en el versículo 4 revela que mientras el Señor Jesús ayunaba, también comía. En cuanto a lo físico, ayunaba, pero en cuanto a lo espiritual, estaba comiendo.

  Aquí vemos un principio importante. En el ministerio y la economía del Señor, si no sabemos cómo reducir los requisitos físicos y ocuparnos de los espirituales, no estamos calificados para el ministerio. Tenemos que pasar por las pruebas a fin de ser calificados para el ministerio del Señor. Es menester que renunciemos a nuestros requisitos físicos. Vivir bien y tener buena comida, buena ropa, y un buen domicilio son secundarios. Lo primordial consiste en que comamos el alimento espiritual. Inmediatamente después de ser bautizado, el Señor Jesús fue conducido a entrar en algunas circunstancias en las cuales pudo proclamar a todo el universo que El no se ocupaba de sus necesidades físicas, sino de las necesidades espirituales. Durante cuarenta días y cuarenta noches abandonó toda comida física, olvidándose de los requisitos físicos. No obstante, se ocupó de las necesidades espirituales. Aunque no comió para alimentar Su cuerpo físico, comió bastante para alimentar Su espíritu. Satanás se equivocó por completo al pensar que el Señor Jesús no estaba alimentándose durante aquellos días en el desierto. Mientras ayunaba con respecto a la comida física, participaba de la comida espiritual. Esto es una prueba en cuanto a lo relacionado con nuestro sustento.

  Muchas esposas no han pasado esta prueba. Todas las esposas se preocupan por su seguridad. Desean lo bueno en cuanto a la comida, la ropa y el domicilio. En otras palabras, desean vivir bien. Esto plantea un problema para muchos hermanos. Aunque los hermanos querían tomar el camino de la iglesia, sus esposas no estaban dispuestas a seguirlos porque no existía una garantía de que vivirían bien. Muchos de nosotros podemos testificar de que, cuando empezamos a tomar el camino de la iglesia, nuestras esposas dijeron: “¿Qué harás acerca de nuestro futuro, nuestro vivir, nuestra comida, ropa y domicilio?” Esto es una prueba por la cual debemos pasar si queremos tomar el camino de la iglesia y de la economía de Dios.

  La primera prueba por la cual debemos pasar tiene que ver con nuestro sustento. Debemos ocuparnos más del alimento espiritual que de la comida física. Si vivimos o morimos no es primordial. Sólo nos ocupamos de que nuestro espíritu sea alimentado, que coma de la Palabra de Dios, es decir, de Dios mismo.

  Algunos pastores, misioneros, y maestros de la Biblia vieron el camino de la iglesia y tuvieron una conversación detallada conmigo al respecto. Pero, al darse cuenta de que este camino es estrecho, tuvieron preocupaciones en cuanto a su sustento y cómo sería afectado éste si tomaran este camino. Las esposas de estos queridos hermanos simplemente no estaban conformes con que sus maridos tomaran el camino estrecho. Sabían que la norma de su vida sería rebajada si sus maridos tomaban el camino de la iglesia.

  Hace cuarenta y cinco años en China, este camino era verdaderamente estrecho, y diariamente nosotros teníamos que pasar por la prueba con respecto a nuestro sustento. Una y otra vez algunos de nosotros tuvimos el dólar justo para alimentarnos. Tenemos que vivir por la fe en Dios para poder andar por el camino estrecho. Aunque nos era muy difícil, vivimos por la fe durante muchos años. Puedo dar testimonio de que comíamos ricamente de Dios y de Su Palabra durante aquellos días de prueba cuando el nivel de vida nos fue rebajado. Teníamos la misma experiencia que el Señor Jesús tuvo en el desierto. El no tomó la decisión de salir al desierto ni tampoco fue allí por Su propia preferencia. El Espíritu Santo lo condujo allí. Del mismo modo, Dios nos condujo al desierto de la vida de iglesia. Hace cincuenta años la iglesia estaba realmente en el desierto. Casi todos los días teníamos que pasar por la prueba con respecto a lo que íbamos a comer aquella noche. Sin embargo, fue el tiempo en que más disfrutamos la rica comida hallada en la Palabra de Dios. Por un lado, no teníamos mucho alimento físico que comer, pero por otro, comíamos de la rica Palabra como si estuviéramos en un banquete.

  El principio es el mismo ahora en la vida de iglesia. Al seguir el camino de la iglesia, la primera prueba que vamos a encontrar es bajar nuestro nivel de vida. Esta es la prueba relacionada con nuestro sustento físico. Todos los que siguen el camino de la iglesia tendrán que pasar por la prueba tocante a su vivir diario. Pasamos por esta prueba para mostrar a todo el universo que lo que más nos importa es el alimento espiritual y no el alimento físico. Durante aquellos días en el desierto, Jesús no se ocupaba del alimento físico, sino del alimento espiritual. Estaba ayunando físicamente, pero estaba comiendo la Palabra de Dios. En el desierto no sólo vivía del pan, sino de la Palabra de Dios.

a. Tentado a renunciar a la posición de hombre al tomar la posición de Hijo de Dios

  Ahora llegamos al punto principal de la primera prueba. Cuando Cristo fue bautizado, el Padre abrió los cielos y declaró: “Este es Mi Hijo, el Amado” (3:17). Una voz de los cielos declaró que un pequeño hombre de Nazaret era el Hijo amado de Dios el Padre. Inmediatamente después de esta declaración, el Espíritu Santo condujo a este hombre al desierto para ponerlo a prueba y ver si iba a ocuparse de Su vida física o de Su vida espiritual. Luego el tentador, basándose en la declaración de Dios el Padre, vino a este hombre para tentarle, diciendo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes” (v. 3). Parece que Satanás decía: “Hemos oído lo que dijo Dios el Padre hace cuarenta días acerca de que Tú fueses el Hijo amado. Ahora, si en realidad eres el Hijo de Dios, haz algo para demostrarlo. Sólo di: ‘Piedras, quiero que se conviertan en panes’. Si Tú eres el Hijo de Dios, debes comprobarlo a Ti mismo, a mí y a todo el universo haciendo algo que ninguna otra persona podría hacer”.

  El Rey recién ungido ayunó en Su humanidad, manteniendo Su posición como hombre. No obstante, también era el Hijo de Dios, tal como Dios el Padre lo había declarado en el momento de Su bautismo. A fin de cumplir Su ministerio para el reino de los cielos, El tenía que vencer al enemigo de Dios, al diablo, y tenía que hacerlo como hombre. Por lo tanto, mantuvo la posición de hombre para enfrentarse con el enemigo de Dios. El diablo, sabiendo esto, trató de inducirlo a dejar la posición de hombre y tomar la posición de Hijo de Dios. Cuarenta días antes, Dios el Padre había declarado desde los cielos que el Rey era el Hijo amado del Padre. El sutil tentador tomó la declaración de Dios el Padre como base para tentarlo. Si delante del enemigo El hubiera asumido Su posición de Hijo de Dios, habría perdido la posición en la cual podía vencerlo.

  Hacer que las piedras se convirtieran en panes ciertamente habría sido un milagro. Esto fue propuesto por el diablo como una tentación. Muchas veces, el deseo de ver que se efectúe un milagro en ciertas situaciones es una tentación del diablo. El diablo tentó al primer hombre, Adán, con la comida (Gn. 3:1-6) Aquí tentó al segundo hombre, Cristo, con lo mismo. El asunto de comer es una trampa que el enemigo siempre usa para capturar al hombre.

b. Derrota al tentador al mantener la posición de hombre

  El versículo 4 dice: “Mas El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. El diablo tentó al nuevo Rey induciéndole a ocupar Su posición de Hijo de Dios. Pero El respondió con las palabras de las Escrituras diciendo: “El hombre...”, lo cual indica que mantenía la posición de hombre para hacer frente al enemigo. Los demonios le llamaron a Jesús “Hijo de Dios” (8:29). Sin embargo, los espíritus malignos no confesaron que Jesús había venido en carne (1 Jn. 4:3), porque al confesar que Jesús es hombre, son derrotados. Aunque los demonios confiesan que Jesús es el Hijo de Dios, el diablo no quiere que la gente crea que El es el Hijo de Dios, porque así las personas son salvas (Jn. 20:31).

  La palabra “hombre”, la cual el Señor Jesús usó cuando respondió al tentador, llevó consigo la muerte. Parece que el Señor decía: “Satanás, no trates de inducirme a asumir Mi posición como Hijo de Dios. Estoy aquí como hombre. Si fuera solamente el Hijo de Dios, nunca podría estar aquí, y nunca tú podrías tratar de tentarme. Pero, debido a que soy hombre, me estás tentando. Satanás, yo sé que no temes al Hijo de Dios, sino al hombre. El primer hombre, el que Dios creó para derrotarte y cumplir Su propósito, lo derrotaste. Por eso, Dios me mandó para ser el segundo hombre a fin de derrotarte. Ahora tratas de inducirme a dejar Mi posición como hombre y asumir Mi posición como Hijo de Dios. Pero te digo, Satanás, estoy firme aquí como hombre”.

  Aunque los demonios gritaron: “Hijo de Dios”, los espíritus malignos no confiesan que Jesús vino como hombre. Reconocen que El es el Hijo de Dios, pero rehúsan reconocerlo como hombre. Los espíritus malignos no quieren que nadie crea que Cristo es el Hijo de Dios, porque los que creen en El son salvos. Al mismo tiempo, no se atreven a reconocer que Jesús es hombre, porque si lo hicieran, serían derrotados. Jesús, al enfrentarse con los demonios, es el Hijo de hombre; al salvar a los pecadores, El es el Hijo de Dios. Cuando creemos en El como Hijo de Dios, somos salvos. Pero si los demonios lo reconocen como Hijo de hombre, serán derrotados. Por lo tanto, el Señor Jesús mantuvo inconmovible Su posición como hombre para derrotar a Satanás. En esta prueba, la primera, Satanás fue derrotado porque Jesús mantuvo Su posición como hombre.

  El Rey recién ungido no hizo frente a la tentación del enemigo con Sus propias palabras, sino por medio de las Escrituras al citar Deuteronomio 8:3. Esto indica que el Señor Jesús tomó la palabra de Dios en las Escrituras como pan y vivió de ella. La palabra griega traducida “palabra” en el versículo 4 es réma. Esta, la palabra para el momento, difiere de lógos, la palabra constante. En esta tentación, todas las palabras que el Señor citó de Deuteronomio, eran lógos, la palabra constante de las Escrituras. Pero cuando El las citó, se convirtieron en réma, la palabra aplicada a Su situación.

  Toda Escritura es dada por el aliento de Dios (2 Ti. 3:16). Por eso, las palabras de las Escrituras son las que proceden de la boca de Dios.

2. Arrojarse del pináculo del templo

a. Tentado a demostrar que Dios lo protegería

  Mateo 4:5 dice: “Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso en pie sobre el pináculo del templo”. La primera vez que el diablo tentó al nuevo Rey, usó el vivir humano. Derrotado en esto, tentó la segunda vez al Rey usando la religión, induciéndole a arrojarse del pináculo del templo para demostrar que El era el Hijo de Dios. En el versículo 6 el diablo le dice: “Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A Sus ángeles les encargará acerca de Ti, y en sus manos te sostendrán, no sea que tropiece Tu pie contra una piedra”. No había necesidad de que el Señor Jesús hiciera esto. Sencillamente era una tentación para incitarle a mostrar que como Hijo de Dios podía obrar milagrosamente. En la religión cualquier pensamiento de hacer milagros es una tentación del diablo.

  La segunda prueba tiene que ver con la religión. En la religión los milagros son lo que más emocionan a la gente. Según el concepto humano, la religión que no tiene milagros no tiene poder; la religión más poderosa es la que tiene milagros. Por consiguiente, Satanás llevó al nuevo Rey al pináculo del templo y trató de inducirle a arrojarse de allí diciéndole que los ángeles le protegerían. Usted no debe creer que nunca ha pensado en hacer cosa semejante. En los primeros días de mi vida cristiana a menudo pensaba en hacer algunas cosas que demostrarían a la gente que yo era persona sobrenatural y que tenía poderes semejantes. ¿No tenía usted esta clase de pensamientos en su vida cristiana? A veces somos puestos a prueba en una situación que requiere que hagamos algo, y otras veces somos puestos a prueba cuando no se necesita. En este caso, no era necesario que Jesús se echara del pináculo del templo.

  De vez en cuando parece que hace falta un milagro. Una vez mi cuñado más joven se puso gravemente enfermo. En aquel momento fui tentado a hacer una exhibición de mí mismo al orar para que fuese sanado. Pensé: “Ahora es el momento en el cual puedo demostrar a mi familia política y a mis parientes que soy una persona maravillosa. Haré una sola oración, y mi cuñado será sanado. ¿No dice la Biblia que Jesús sana, que El es el mismo ayer, hoy y para siempre, y que debemos orar por otros? Si hago este milagro con respecto a mi cuñado, mi suegra será convencida de que yo soy persona sobrenatural. A los ojos de ella soy demasiado religioso, pues hablo diariamente de Dios, de Cristo y de la fe. Imagínese lo que sucedería si yo fuera a mi cuñado y dijera: ‘Señor Jesús, sánalo’. ¡E inmediatamente él se levantara! No sólo sería sanado, sino que también yo sería manifiesto. ¡Qué persona tan maravillosa sería yo ante los ojos de mi suegra!” ¿Acaso aquello fue el ungimiento del Señor? ¿fue Su dirección y Su guía o fue tentación? Sin lugar a dudas fue tentación. ¿Ha tenido usted semejante tentación en el pasado?

  Muchos cristianos jóvenes tienen conceptos peculiares en cuanto a obrar milagros. Algunos dirán: “Puesto que sigo al Señor y estoy en la presencia del Señor, quien es mi Emanuel, debo hacer algo para mostrar a otros que Dios está conmigo”. Yo conozco a un amado hermano que pensó así. Convencido de que el Señor estaba con él, pidió que El le diera doscientos mil dólares dentro de algunos días determinados. Dijo: “Señor, debemos mostrar a la gente que Tú eres uno conmigo. Debes mostrarles que todo lo que pido en Tu nombre, me lo das. Señor, te pido doscientos mil dólares. Dentro de algunos días determinados, debes dármelos”. Este hermano cesó de comer y dormir y empezó a orar pidiendo esta cantidad de dinero. ¿Qué clase de oración fue ésta? Fue comparable con echarse del pináculo del templo para exhibirse. En principio todos hemos hecho esto muchas veces. Todos los cristianos hemos sido tentados de esta manera.

  Si el diablo no nos tienta en lo que a nuestro sustento se refiere, nos tentará en lo religioso. Tal vez usted tenga el deseo de ser una persona importante en la religión, es decir, que lo reconozcan a usted como una persona poderosa. Todos los demás tienen que bajar del pináculo del templo andando, pero usted, una persona sobrenatural que es más poderoso que todos los demás, puede echarse abajo. Al hacerlo, usted se volverá grande en el cristianismo. Todos los personajes importantes de la religión han cedido a la tentación. Si uno llega a ser famoso en el cristianismo, si ya le reconocen como persona sobrenatural, ése ya ha sido derrotado por el enemigo. Sin embargo, si uno desea derrotar al enemigo en esta prueba, no debe echarse del templo. Al contrario, debe descender de pie lo más lento que sea posible. Dejemos que otros consideren que somos débiles e inútiles. Pero debemos decirnos: “No ando en el poder, sino en la vida. No me interesa el poder, sino la vida”. Es fácil proclamarlo, pero es difícil hacerlo. Cuando la oportunidad se presenta, tal vez no nos echemos del templo, pero sí descendemos corriendo para mostrar que por lo menos corremos bien, aun más rápido que todos los demás. No obstante, si queremos derrotar al enemigo, debemos ser nada. Nunca actuemos con el fin de demostrar que somos alguien importante. Dejemos que otros piensen que somos nada. En realidad, soy nada, y mi Cristo lo es todo. Si mantenemos la posición de ser nadie, aniquilaremos al enemigo. Derrotaremos al tentador.

b. Derrota al tentador al no tentar a Dios

  Cuando el diablo trató de inducir a Jesús a arrojarse del pináculo del templo, Jesús le dijo: “Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios” (v. 7). Debido a que el Señor Jesús había derrotado al tentador la primera vez citando las Escrituras, éste, al tratar de tentarle la segunda vez, también citó las Escrituras, aunque de manera sutil. Citar las Escrituras acerca de cierto tema requiere que tengamos en cuenta todos los aspectos del mismo, a fin de ser salvaguardados del engaño del tentador. Esto fue lo que el nuevo Rey hizo aquí para contrarrestar la segunda tentación del tentador. Muchas veces necesitamos decirle al tentador: “Escrito está también”.

  El Señor Jesús derrotó a Satanás en la primera tentación al citar las Escrituras. Así que, cuando el tentador trató de tentarle la segunda vez, las citó también. Parece que decía: “Jesús, Tú citaste la Biblia. Yo también conozco la Biblia. Voy a citar un versículo para Ti”. Pero el Señor Jesús dijo: “Escrito está también”. La palabra [griega traducida] “también” es muy enfática. No crea que usted pueda citar la Biblia y el enemigo no puede. Satanás conoce más de la Biblia que usted. Por lo tanto, la mejor manera de salvaguardarse es tener otra palabra que puede servir como equilibrio o confirmación. Entonces, cuando usted es tentado la segunda vez, el enemigo será derrotado otra vez.

  El Señor Jesús dijo a Satanás: “No tentarás al Señor tu Dios” (v. 7). No tiente a Dios. No vaya al pináculo del templo a arrojarse. Si usted se halla allí por casualidad, debe buscar por donde descender andando. Nunca debe ir a propósito. Si se encuentra allí por equivocación suya, pida al Señor que le perdone y le conduzca a descender paso a paso. Pero no debe arrojarse para presumirse. Usted no es nadie. El Señor Jesús venció al tentador al no aceptar su propuesta de tentar a Dios.

3. Adorar al diablo

a. Tentado a ganar los reinos del mundo y su gloria

  Leemos en los versículos 8 y 9: “Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrándote me adoras”. El diablo, vencido en su intento de tentar al nuevo Rey en la esfera religiosa, le presentó la tercera tentación, y esta vez en la esfera de la gloria de este mundo. Le mostró todos los reinos del mundo y su gloria. Las tentaciones del tentador sutil siempre aparecen de esta forma: primero, en lo tocante al vivir humano; segundo, en lo relacionado con la religión; y tercero, en lo concerniente a la gloria mundana. En cualquier tentación, todos éstos estarán presentes. La tercera tentación tiene que ver con la gloria mundana: el ascenso, la ambición, la posición y el futuro prometedor. Todo esto constituye la gloria del mundo.

  Lucas 4:6 dice que los reinos del mundo y la gloria de ellos fueron entregados al diablo; por esto, él la da a quien quiera. El arcángel Satanás, antes de su caída, había sido designado por Dios para ser príncipe del mundo (Ez. 28:13-14). Esta es la razón por la cual es llamado el príncipe del mundo (Jn. 12:31) y tiene en su mano todos los reinos de este mundo y la gloria de ellos. Satanás le presentó como tentación todo esto al Rey recién ungido para lograr la adoración. El Rey celestial venció esta tentación, pero el anticristo venidero no la vencerá (Ap. 13:2, 4).

  Esta tentación incluye la ambición y el ascenso. Incluso entre los santos, se halla el deseo de ser líder. Este es el deseo por la gloria mundana. Su anhelo de ser líderes es su ambición. Esta es la gloria del mundo. Cuando usted se encuentre tentado de esta manera, debe darse cuenta de que el tentador está detrás de esto buscando que usted le rinda culto. Satanás le dijo al Señor Jesús que si El le adoraba, le daría todos los reinos del mundo y la gloria de ellos. Detrás de toda ambición yace un ídolo escondido. Si usted tiene ambición de conseguir cierta posición, ascenso o fama, esto quiere decir que hay un ídolo detrás de aquella ambición. Si usted no rinde culto a ningún ídolo, nunca satisfará su ambición. Para obtener cualquier parte de la gloria del mundo, usted tiene que rendir culto a un ídolo. Sin adorar a los ídolos es imposible conseguir una posición. Cuando busca cierta posición, en lo profundo de su ser reconoce que está adorando a un ídolo. Es por esto que el apóstol dijo que la codicia es idolatría (Col. 3:5).

  Supongamos que algunos hermanos, habiendo entrado en la vida de iglesia cuatro años después que usted, lleguen a ser líderes y usted sienta que lo han pasado por alto. Si usted se queja al respecto, pidiendo la razón por la cual fueron hechos líderes y usted no, se muestra como alguien que busca la gloria mundana. Quizás entre diez hermanas hay tres que son nombradas para tomar la iniciativa en cierto servicio. Si las otras siete no se molestan al respecto, ganan la victoria. Pero si se preguntan acerca de la razón por la cual las tres fueron designadas, esto indica que buscan la vanagloria, la gloria de esta época. En este asunto, todos somos débiles. Si el deseo de ambición y de posición se introduce en la vida de iglesia, ¡cuánto debemos estar en guardia acerca de otras cosas!

b. Derrota al tentador adorando a Dios y sirviendo sólo a El

  En el versículo 10 el Señor Jesús dijo: “¡Vete, Satanás! Porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a El solo servirás”. El nombre “Satanás”, que viene del hebreo, significa “adversario”. El no solamente es el enemigo de Dios que está fuera del reino de Dios, sino también el adversario dentro del reino de Dios, donde se rebela contra Dios. El nuevo Rey reprendió al diablo por su sugerencia y lo derrotó manteniéndose en la posición de hombre, en la cual se adora y se sirve solamente a Dios. Adorar o servir a algo que no sea Dios con miras a obtener ganancia, siempre es la tentación que el diablo emplea para conseguir adoración. Parece que el Señor le decía: “Satanás, Yo Jesús, como hombre, adoro a Dios y sólo a El le sirvo. Tú eres el enemigo de Dios; nunca te adoraré. A Mí no me importa la gloria del mundo ni los reinos del mundo. Satanás, ¡vete!”

  Si consideramos nuestra experiencia, veremos que todas las tentaciones están incluidas en estos tres aspectos: la tentación con respecto a nuestro vivir, a los milagros religiosos y a la gloria mundana. Durante todo el día experimentamos la tentación en los aspectos de nuestro vivir, la religión y los logros del mundo. No obstante, el Señor Jesús venció todos los aspectos de la tentación del enemigo. El tenía la capacidad para decir: “Mi vivir no es lo principal. No me importa el poder religioso; y la gloria mundana no tiene nada que ver conmigo. Lo único que conozco es la palabra de Dios y Dios mismo. Sólo deseo servir a Dios”. Por lo tanto, como Aquel que aprobó el examen, el Señor Jesús tiene todos los requisitos para ser Rey del reino de los cielos.

D. El resultado

  El versículo 11 dice: “El diablo entonces le dejó; y he aquí se le acercaron ángeles y le ministraban”. El diablo tentó al primer hombre, Adán, con éxito, pero fracasó totalmente cuando tentó al segundo hombre, Cristo. Esto indica que el diablo no tendrá ningún lugar en el reino de los cielos del nuevo Rey. Después de que el Señor Jesús venció a Satanás, los ángeles se acercaron y ministraron al Rey que había sido tentado, quien aquí era un hombre en sufrimiento (cfr. Lc. 22:43).

  No sólo el Rey sino también todos los ciudadanos del reino deben vencer los asuntos relacionados con nuestro vivir diario, el poder religioso y la gloria mundana. Si no podemos vencer estas tres tentaciones, estamos fuera del reino. Si queremos ser el pueblo del reino, estas cosas deben estar bajo nuestros pies. Si ponemos fin a estas tres tentaciones, diciendo: “No me importa mi vivir, el poder religioso, ni cierta posición en el mundo”, Satanás no nos afectará.

  No debemos preocuparnos por nuestro vivir diario. Consideremos el ejemplo dado por el apóstol Pablo. El dijo: “Sé estar humillado, y sé tener abundancia; en todas las cosas y en todo he aprendido el secreto, así a estar saciado como a tener hambre, así a tener abundancia como a padecer necesidad” (Fil. 4:12). Parece que Pablo decía: “No me importa si soy pobre o rico. Puedo vivir en la escasez así como en la abundancia. Lo relacionado con mi vivir diario no me preocupa”.

  Además, en vez de ocuparnos del poder religioso, debemos ser débiles, así como era Jesucristo cuando fue arrestado, juzgado y crucificado. Si no hubiera sido débil, ¿quien lo podría haber arrestado y puesto en la cruz? Al ser arrestado, juzgado y crucificado El no exhibió Su poder. No quiso exhibir ningún poder religioso. Al contrario, era débil por completo. Pablo dijo que Cristo “Fue crucificado en debilidad”; también dijo: “Somos débiles en El” (2 Co. 13:4). Muchas personas diabólicas hicieron frente a Pablo, diciendo: “Si tú eres el verdadero apóstol de Cristo, debes tener una prueba de ello”. Pero cuando Pablo estuvo en la cárcel, el Señor no hizo nada milagroso para él.

  Las circunstancias que rodearon a Pablo también rodeaban a Juan el Bautista, quien estaba encarcelado. Después de cierto período de encarcelamiento, Juan envió a sus discípulos para que preguntaran al Señor: “Eres Tú el que había de venir, o hemos de esperar a otro?” (Mt. 11:3). Parece que Juan decía: “Si Tú eres el que había de venir, ¿por qué no haces nada por mí? ¿Acaso no sabes que yo, Tu precursor y aquel que te recomienda, estoy en la cárcel? ¿Acaso no eres poderoso? ¿No eres el Cristo todopoderoso? Si éste es el caso, por favor, haz algo por mí”. El Señor, al responder, dijo: “Bienaventurado es el que no tropieza a causa de Mí” (11:6). Parece que el Señor decía: “Sí, puedo hacerlo todo, pero no quiero hacer nada para ti. Aunque tú eres aquel que me recomendó a la gente, Mi precursor, no tengo ganas de hacer nada para ti, más bien, quisiera que seas decapitado. Juan, ¿tropezarás a causa de Mí?” La experiencia del hermano Nee es un ejemplo reciente de esto. El estuvo en la prisión del año 1952 al año 1972 cuando murió. Durante aquellos veinte años, el Señor no hizo nada milagroso para él.

  ¡Cuánto necesitamos vencer estas tres clases de tentaciones! Ellas son: la tentación con respecto a nuestro vivir, la tentación de ganar el llamado poder religioso, y la tentación de buscar la vanagloria. Si vencemos todas estas cosas, verdaderamente somos el pueblo del reino y seguimos nuestro Rey celestial. ¡Aleluya! ¡Nuestro Rey celestial venció al tentador y lo derrotó con respecto a estas tres tentaciones!

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