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Mensajes del libro «Estudio-Vida de 1 Corintios»
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Mensaje 66

LO TOCANTE A LA RESURRECCION

(2)

  Lectura bíblica: 1 Co. 15:12-28

  En este mensaje examinaremos dos temas que se mencionan en 15:12-28: la refutación que Pablo presenta a los que negaban que hubiera resurrección; y la historia de la resurrección.

II. LA REFUTACION DE “NO HAY RESURRECCION”

  Leamos el versículo 12: “Pero si se proclama a Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?” En este capítulo el apóstol confrontó la herejía de los corintios que afirmaba que no había resurrección de muertos; tales personas eran como los saduceos (Mt. 22:23; Hch. 23:8). Este era el décimo problema que existía entre los corintios, y el más dañino y destructivo para la economía neotestamentaria de Dios, peor aún que la herejía propagada por Himeneo y Fileto con respecto a la resurrección (2 Ti. 2:17-18). La resurrección es el pulso vital y lo que sustenta la economía divina. Si no hubiera resurrección, Dios sería un Dios de muertos, y no de vivos (Mt. 22:32). Si no hubiera resurrección, Cristo no habría resucitado de entre los muertos. Sería un Salvador muerto, y no un Salvador viviente que vive para siempre (Ap. 1:18) y que nos puede salvar por completo (He. 7:25). Si no hubiera resurrección, no habría prueba viva de que fuimos justificados por Su muerte (Ro. 4:25 y la nota), ni se nos impartiría la vida (Jn. 12:24), ni habría regeneración (Jn. 3:5), ni renovación (Tit. 3:5), ni transformación (Ro. 12:2; 2 Co. 3:18), ni tampoco conformación a la imagen de Cristo (Ro. 8:29). Si no hubiera resurrección, no habría miembros de Cristo (Ro. 12:5), ni Cuerpo de Cristo como la plenitud de El (Ef. 1:20-23), ni tampoco existiría la iglesia como la novia de Cristo (Jn. 3:29), y por lo tanto, tampoco el nuevo hombre (Ef. 2:15; 4:24; Col. 3:10-11). Si no hubiera resurrección, la economía neotestamentaria de Dios se derrumbaría por completo y el propósito eterno de Dios sería anulado.

  En el versículo 12 Pablo se refiere a la predicación de que Cristo resucitó de entre los muertos. Esto indica claramente que los apóstoles predicaban la resurrección de Cristo. Conforme al libro de Hechos, la predicación del evangelio consistía principalmente en proclamar la resurrección de Cristo. Aunque los apóstoles recalcaban la resurrección de Cristo, la predicación cristiana de hoy da más énfasis a Su crucifixión. Sin embargo, nosotros debemos seguir a los apóstoles y dar a nuestro mensaje el mismo énfasis que ellos.

  El versículo 13 añade: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó”. Este es el primer argumento que Pablo presenta en su refutación. La resurrección de Cristo es un hecho. Entonces, ¿cómo se atrevían algunos a decir que no había resurrección? Si no hubiese resurrección, Cristo no habría resucitado de entre los muertos.

  En el versículo 14 Pablo dice: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra proclamación, vana es también vuestra fe”. La palabra griega traducida “vana” significa vacía, nula. Sin el Cristo vivo en resurrección, tanto nuestra proclamación como nuestra fe en el evangelio estarían huecas, serían nulas y carecerían de realidad. Sería vano predicar la muerte de Cristo sin proclamar Su resurrección. La resurrección de Cristo es el hecho que vitaliza nuestra predicación y hace que ésta prevalezca. Esta predicación nunca se hará en vano. Además, sin la resurrección de Cristo, nuestra fe también sería vana; tanto nuestra predicación como nuestras creencias estarían totalmente vacías. Esto es algo sumamente grave.

  En el versículo 15 Pablo añade: “Además, somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que El resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan”. Este es otro argumento expuesto por Pablo en su refutación.

  En el versículo 16, Pablo dice: “Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó”. Luego, el versículo 17, declara: “Y si Cristo no resucitó, nula es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados”. La palabra griega traducida “nula” significa infructuosa, sin valor. Si Cristo no hubiera resucitado para vivir en nosotros como nuestra vida y el todo para nosotros, nuestra fe en El sería infructuosa, no tendría valor y no produciría resultados, tales como la impartición de vida, la liberación del pecado, la victoria sobre Satanás y el crecimiento en vida. La palabra nula usada en este versículo es aún más fuerte que la palabra vana mencionada en el versículo 14. Algo vano es algo vacío. Pero la palabra nula indica una labor sin resultado, una obra sin ningún provecho. Sin la resurrección, podemos creer, pero al final nuestra fe no producirá ningún resultado, y por consiguiente, llegará a ser nula.

  Además, el versículo 17 dice que si Cristo no hubiese resucitado, estaríamos todavía en nuestros pecados. La muerte de Cristo nos salva de ser condenados a causa de nuestros pecados, pero no nos salva del poder del pecado. Es la vida de resurrección de Cristo la que nos libera del poder del pecado (Ro. 8:2). Si Cristo no hubiese resucitado, todavía estaríamos en nuestros pecados y bajo el poder del pecado.

  Una cosa son los pecados, y otra, el poder del pecado. Los pecados trajeron la condenación; llegamos a ser pecadores, saturados de pecados, y esto trajo la condenación. Pero la muerte de Cristo eliminó dicha condenación. Por lo tanto, la muerte de Cristo nos salvó de la condenación de los pecados. Pero Su muerte no puede salvarnos del poder del pecado. La condenación es algo objetivo, mientras que el poder del pecado es algo subjetivo. Ser salvos de la condenación de los pecados es algo que ocurrió de una vez por todas, pero ser libres del poder del pecado es una experiencia que dura toda la vida, una vivencia cotidiana y aun de cada momento. El problema que todos tenemos con nuestro mal genio ejemplifica cuánto necesitamos ser salvos cada día del poder del pecado. Usted ya fue salvo de la condenación de los pecados, pero aún necesita ser salvo del mal genio.

  Cuando alguien le pregunta si usted es salvo, debe contestar correctamente. Puede contestar con una pregunta: “¿Se refiere a ser salvo del infierno y del juicio de Dios, o a ser salvo del poder del pecado?” Luego, puede añadir: “Usted me pregunta si soy salvo. Ahora quisiera preguntarle si usted es salvo del mal genio”. ¿Quién puede afirmar que ha sido completamente salvo del enojo? Debemos ayudar a los demás a comprender que fuimos salvos de los pecados, pero que todavía debemos ser salvos del poder del pecado. Para esto necesitamos el poder de la resurrección.

  Conforme a Romanos 8:2, la ley del Espíritu de vida nos libera de la ley del pecado. La ley del pecado alude al poder del pecado, así como la ley de la gravedad se refiere al poder de la gravedad. La vida de resurrección es lo único que nos puede librar del poder del pecado y de la ley del pecado. La vida de resurrección contiene una ley más poderosa que la ley del pecado. Un avión puede volar debido a la operación de un poder que se impone a la gravedad. Del mismo modo, la operación de la poderosa vida de resurrección de Cristo nos ayuda a vencer el poder del pecado.

  En el versículo 17 Pablo no escribe de manera filosófica ni teórica. El apela a la experiencia de los que argumentaban en contra de la resurrección y luego usa la propia experiencia de ellos para confundirlos. En otras palabras, la refutación de Pablo es muy práctica. Si alguien afirma que no hay resurrección, entonces quiere decir que Cristo no resucitó. Y ¿qué haremos con respecto al poder del pecado? Para resolver el problema del pecado, necesitamos la resurrección.

  En el versículo 18 Pablo continúa su refutación: “Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron”. Los que duermen son los que han muerto (1 Ts. 4:13-16). La palabra “perecieron” significa que no resucitarán nunca, que permanecerán en la muerte para siempre. Si Cristo no hubiera resucitado de los muertos, entonces los creyentes que han muerto, perecieron. Ellos creyeron en Cristo para ser salvos; pero si Cristo no resucitó, tampoco ellos resucitarán, sino que permanecerán en la muerte y perecerán. Este es el argumento de Pablo, en el cual vemos una vez más que él discutía sobre la resurrección de manera práctica.

  Hace más de cuarenta y cinco años, tuve una experiencia en la que presenté un argumento doctrinal de una manera muy practica. Un día, me encontré con un querido amigo cristiano en la calle. Al principio, él me hablaba con educación, diciéndome que alababa al Señor por usarme. Pero finalmente, él me dijo que no podía aceptar la enseñanza que afirmaba que los cristianos genuinos podían ser puestos en las tinieblas cuando volviera el Señor Jesús. En lugar de argumentar con él doctrinalmente, le hice esta pregunta práctica: “Hermano, preocupémonos por el tiempo actual. ¿Cree usted que no exista ningún creyente genuino que esté en tinieblas hoy en día?” El tuvo que reconocer que muchos creyentes siguen viviendo en tinieblas. Entonces, añadí: “Hermano, entonces qué pasará con estos creyentes cuando vuelva el Señor Jesús?” Esto muestra cómo se puede argumentar de manera práctica y no teórica con aquellos que se oponen a la verdad.

  Leamos el versículo 19: “Si solamente en esta vida esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”. Si no hubiera resurrección, no tendríamos futuro ni esperanzas para el futuro, tales como Cristo nuestra esperanza de gloria (Col. 1:27), la heredad de nuestra bendición eterna (Dn. 12:13), reinar con Cristo en el milenio (Ap. 20:4, 6), y la recompensa de la resurrección de los justos (Lc. 14:14). Una vez más, el argumento de Pablo es muy práctico.

  Luego Pablo inserta como paréntesis algo acerca de la historia de la resurrección en los versículos 20-28. El vuelve a argumentar acerca de la resurrección de manera práctica en los versículos 29-32. En el versículo 32, dice: “Si como hombre batallé en Efeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos”. Pablo estaba dispuesto a sufrir por la vida de resurrección y con miras a la resurrección. El sabía que llegaría el día de la resurrección, y que en la resurrección habría una recompensa.

III. LA HISTORIA DE LA RESURRECCION

A. Cristo, las primicias de los que durmieron

  En el versículo 20, Pablo declara: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos, primicias de los que durmieron”. Este versículo empieza una sección que sirve de paréntesis y que se extiende hasta el versículo 28. Este paréntesis confirma la verdad de la resurrección presentando a Cristo como primicias de la misma. Cristo fue el primero en resucitar de entre los muertos, llegando a ser así las primicias de la resurrección. Esto fue tipificado por las primicias (una gavilla de primicias, que constaba de Cristo y de algunos de los santos muertos del Antiguo Testamento, que fueron resucitados en la resurrección del Señor, Mt. 27:52-53). Estas primicias se mencionan en Levítico 23:10-11, las cuales eran ofrecidas a Dios en el día después del sábado, es decir, el día de la resurrección (Mt. 28:1). Cristo como primicias de la resurrección es el Primogénito de entre los muertos para ser la Cabeza del Cuerpo (Col. 1:18; Ef. 1:20-23). Puesto que El, la Cabeza del Cuerpo, ha resucitado, nosotros, el Cuerpo, también seremos resucitados.

  Leamos el versículo 21: “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos”. El hombre que introdujo la muerte fue Adán, el primer hombre (v. 45). El hombre que introdujo la resurrección es Cristo, el segundo hombre (v. 47). Adán introdujo la muerte por medio del pecado (Ro. 5:12); Cristo introdujo la vida de resurrección por medio de la justicia (Ro. 5:17-18). La muerte introducida por Adán opera en nosotros desde que nacimos de nuestros padres hasta la muerte de nuestro cuerpo. La vida de resurrección introducida por Cristo opera en nosotros, como es representado por el bautismo (Ro. 6:4), desde nuestra regeneración por el Espíritu de Dios (Jn. 3:5) hasta la transfiguración de nuestro cuerpo (Fil. 3:21).

  Dios creó al hombre, el cual cayó y se hizo mortal. Aunque Dios no lo abandonó, se necesitaba un remedio, y éste incluye la redención y la resurrección. La redención elimina el pecado, pero no hace frente a la muerte. Por consiguiente, se necesita algo más que la redención, a saber, la resurrección. Esto hace posible que Dios solucione el problema provocado por la caída del hombre. Pero si no hubiese resurrección, Dios habría sido derrotado por la caída del hombre. Pero Dios jamás puede ser vencido. El hombre cayó en pecado, y el pecado introdujo la muerte. Pero Dios actuó y efectuó la redención, solucionando así el problema del pecado. Además, la resurrección absorbe la muerte. Así que, en lugar de ser vencido, Dios es victorioso. El venció la caída del hombre; derrotó al pecado mediante la redención, y la muerte, mediante la resurrección.

  Leamos el versículo 22: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. En Adán nacimos en muerte y nacimos para morir; estamos muertos en él (Ef. 2:1, 5). Tan pronto nace una persona, comienza a morir. ¿Se había dado cuenta de que en el transcurso de su vida usted en realidad ha estado muriendo? Cada año que usted vive es un año menos en la duración de su vida. No nacimos para crecer y vivir; nacimos para morir, porque en Adán nacimos en muerte.

  En el versículo 22 Pablo no dice solamente que en Adán todos mueren, sino que también declara que en Cristo todos serán vivificados. En Cristo, nacimos de nuevo en vida, y resucitamos para vivir; se nos ha dado vida, o sea, que hemos sido vivificados en El (Ef. 2:5-6). Por una parte, estamos muriendo; por otra parte, estamos viviendo. En Cristo todos fuimos vivificados; fuimos resucitados para vivir.

B. Cada uno en su debido orden

  En el versículo 23 Pablo añade: “Pero cada uno en su debido orden: las primicias, Cristo; luego los que son de Cristo, en su venida”. Pablo dice nuevamente que Cristo es las primicias, el primero en levantarse de entre los muertos como primicias de la resurrección. Los que son de Cristo son los que creen en El, los justos, quienes serán resucitados para vida al regreso del Señor antes del milenio (Jn. 5:29; Lc. 14:14; 1 Ts. 4:16; 1 Co. 15:52; Ap. 20:4-6). Ellos serán los segundos en resucitar de entre los muertos.

  En el versículo 24 Pablo declara: “Luego el fin, cuando entregue el reino a Su Dios y Padre, cuando haya destruido todo dominio, toda autoridad y potencia”. El “fin” se refiere al fin de todas las edades y dispensaciones de la antigua creación. También es el fin del milenio antes del cielo nuevo y la tierra nueva (Ap. 21:1). Durante todos los siglos y todas las dispensaciones, Dios, por una parte, ha estado lidiando con Su enemigo Satanás y con todas las cosas negativas del universo; por otra parte, El ha estado llevando a cabo todo lo necesario para el cumplimiento de Su propósito eterno. La última de todas las edades y dispensaciones será el milenio, la edad del reino, después de la cual todas las luchas terminarán, y todos los logros de Dios habrán sido consumados. Tal consumación será el fin, la conclusión, de toda la obra de Dios. En este fin, todos los incrédulos muertos, los injustos, serán resucitados para juicio, para perdición eterna (Jn. 5:29; Ap. 20:5, 11-15). Ellos serán los terceros en resucitar.

  La resurrección de Cristo marcó el inicio de la edad de la iglesia. Los creyentes de Cristo que hayan muerto resucitarán en Su venida, la cual se producirá al final de la edad de la iglesia. En esto vemos dos resurrecciones: la primera, al comienzo de la edad de la iglesia, y la segunda, en la consumación de dicha edad. La palabra griega traducida “fin” en el versículo 24 significa terminación. Como hemos dicho, el versículo 24 se refiere al final de todas las edades y dispensaciones de la vieja creación. El fin no se producirá cuando termine la edad de la iglesia, sino al final del milenio. Entonces llegará la eternidad, donde habrá un cielo nuevo y una tierra nueva. Las palabras de Pablo son breves, pero implican mucho; incluyen aun el milenio. Después del milenio, llegará el fin del cual habla Pablo en el versículo 24.

  La palabra “cuando” del versículo 24 es muy significativa, pues señala el momento cuando Cristo destruya definitivamente la autoridad satánica, someta a todos Sus enemigos (v. 25), elimine la muerte (v. 26), y entregue el reino a Dios el Padre; es decir, cuando todas las cosas negativas hayan sido eliminadas y el propósito eterno de Dios haya sido cumplido, la antigua creación llegará a su fin.

  ¿Cuándo entregará el Señor Jesús el reino a Dios? Esto no se producirá en Su regreso, porque entonces El traerá el reino de Dios a la tierra. Luego, establecerá dicho reino durante mil años. Por consiguiente, la entrega del reino se efectuará al final de los mil años. ¿Cuándo anulará Cristo todo dominio, autoridad y potestad? Esto puede producirse solamente al final del milenio. Apocalipsis 20 revela que Satanás no será completamente anulado antes del milenio. Más bien, será encarcelado. Luego, al final de los mil años, se le liberará de la cárcel. En aquel momento, y no antes, él será echado al lago de fuego (Ap. 20:7-10). Por lo tanto, Cristo entregará el reino a Dios después del milenio. En aquel entonces, Satanás ya habrá sido anulado.

  Después de llevar a cabo la redención, Cristo fue al Padre para recibir de El el reino (Lc. 19:12, 15). Antes del milenio, Cristo, como Hijo del Hombre, habrá recibido el reino de parte de Dios, el Anciano de días, para reinar sobre todas las naciones por mil años (Dn. 7:13-14; Ap. 20:4, 6). Al final del milenio, después de derrotar a Satanás, el diablo, y a los ángeles malignos (todo dominio, autoridad y poder), e incluso a la muerte y al Hades, poniendo a todos Sus enemigos bajo Sus pies (vs. 25-26) y echándolos a todos (incluyendo la muerte y el Hades) en el lago de fuego (Ap. 20:7-10, 14), Cristo devolverá el reino a Dios el Padre.

  En el versículo 24 Pablo usa dos veces la palabra cuando. En el griego esta palabra no especifica el tiempo en que Cristo pudiera anular todo dominio, autoridad y poder, lo cual podría suceder hoy si El así lo determinara. Pablo no fijó el tiempo porque él no era el Señor. Cuando Cristo anule todo dominio, autoridad y poder, ése será el fin.

  En el versículo 25, Pablo, refiriéndose a Cristo, dice: “Porque preciso es que El reine hasta que Dios haya puesto a todos Sus enemigos debajo de Sus pies”. Si Cristo ha de reinar, El debe estar en resurrección. Si no hubiera resurrección, Cristo seguiría en la tumba, y no podría reinar. El empezó a reinar desde el momento en que resucitó. En Mateo 28:18 el Señor dijo a los discípulos: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra”. Entonces, les exhortó a ir y a hacer discípulos a todas las naciones. El tiene la autoridad de reinar. Ahora, bajo Su reino, debemos hacer discípulos a las naciones, introduciéndolas en Su reino y haciendo de ellas Su pueblo. Hoy, el verdadero rey, el que gobierna en realidad, es el Señor Jesús. Apocalipsis 1 dice que El es el Soberano de los reyes de la tierra. Cada rey, reina, presidente o jefe de estado, se halla bajo Su gobierno. De hecho, esta afirmación es una parte importante de la refutación que Pablo presenta a los que afirmaban que no había resurrección.

  En el versículo 25 Pablo dice que Cristo debe reinar hasta poner a todos los enemigos debajo de Sus pies. Cuanto más tiempo reina Cristo, más enemigos son puestos debajo de Sus pies. Finalmente, al final del milenio, la última edad de la vieja creación, todos los enemigos habrán sido sometidos bajo los pies de Cristo. La palabra “hasta” lo indica, y señala el fin de los mil años, y el señorío de Cristo sobre todos los enemigos.

  En el versículo 26 Pablo dice: “La muerte, el último enemigo, es abolida”. Inmediatamente después de la caída del hombre, Dios empezó Su obra de abolir el pecado y la muerte. Esta obra progresó a lo largo de las edades del Antiguo y Nuevo Testamentos, y sigue en curso hoy. Cuando el pecado sea quitado, al final de la vieja creación, y cuando su origen, Satanás, sea arrojado al lago de fuego (Ap. 20:7-10), entonces la muerte será abolida. Será arrojada al lago de fuego junto con el Hades, su poder, después del juicio final ante el gran trono blanco (Ap. 20:11-15).

  En el versículo 27 Pablo explica: “Porque todas las cosas las sujetó debajo de Sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a El, claramente se exceptúa Aquel que sujetó a El todas las cosas”. En este versículo, el pronombre “El” se refiere a Dios, quien sujetó todas las cosas bajo los pies de Cristo. Esto es una referencia a Salmos 8:6 con respecto a Cristo como el hombre a quien Dios hizo tener dominio sobre todas las cosas. Esto será cumplido cuando todas las cosas mencionadas en los versículos 24-26 hayan ocurrido. La palabra “porque” al principio del versículo, indica esto.

  En el versículo 27, la frase “Sus pies” y el pronombre “El” se refieren a Cristo como el Hombre del que se profetizó en Salmos 8:4-8. Es a El, el Hombre resucitado, glorificado y exaltado, a quien Dios sujetó todas las cosas (He. 2:7-9; Ef. 1:20-22). Dios sujetó todas las cosas debajo de los pies de Cristo. No obstante, es evidente que esto no incluye a Dios mismo. Dios, Aquel que sujetó todas las cosas a Cristo, es la única excepción en este pasaje.

  Leamos el versículo 28: “Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará a Aquel que le sujetó a El todas las cosas, para que Dios sea todo en todo”. Así se cumplirá la administración de Dios por medio de la resurrección.

  Cristo, el Hijo de Dios, como cabeza de todos los hombres en Su humanidad, está sujeto a la autoridad de Dios el Padre (11:3). Esto es por causa del gobierno del reino de Dios. Después de que Dios el Padre haya sujetado todas las cosas bajo los pies de Cristo, quien es el Hombre resucitado en gloria (Ef. 1:22; He. 2:7-8), y después de que Cristo como Hombre resucitado haya puesto todos los enemigos bajo Sus pies para llevar a cabo dicha sujeción, El como Hijo de Dios, además de entregar el reino a Dios el Padre (v. 24), también se sujetará a Sí mismo en Su divinidad a Dios, quien ha sujetado todas las cosas a El, el Hijo en Su humanidad. Esto indica la sumisión y subordinación absoluta del Hijo para con el Padre, lo cual exalta al Padre, de modo que Dios el Padre sea todo en todo.

  A estas alturas, quisiera referirme a Efesios 1:10: “para la economía de la plenitud de los tiempos, de hacer que en Cristo sean reunidas bajo una cabeza todas las cosas, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra”. ¿Cómo someterá Dios todas las cosas bajo Cristo? Lo hará reuniendo todas las cosas en Cristo. Además, todas las cosas serán reunidas en El por medio de la iglesia. Primero, Cristo debe obtener el Cuerpo, la iglesia. Después, en Su Cuerpo, El debe subyugarnos a nosotros primero. Como vimos en 1 Corintios 11:3, Pablo dice que la cabeza de Cristo es Dios, que la cabeza de todo varón es Cristo, y que la cabeza de la mujer es el varón. La reunión de todas las cosas en Cristo primeramente se da en la iglesia. La iglesia es el Cuerpo que hace posible que Cristo reúna todas las cosas. Una vez que la iglesia se somete a Cristo, El la usará en calidad de Cuerpo para reunir todos las cosas. Esto sólo puede efectuarse en resurrección.

  En 11:3 Pablo habla del orden que Dios estableció en el universo y en 15:24-28 concluye hablando de la resurrección. En resurrección, Cristo no sólo llegó a ser el Espíritu vivificante, que imparte Su vida en Su Cuerpo, sino que también se hizo el Rey que ejecuta la administración de Dios. Todo esto se da en resurrección. Por una parte, para nosotros, los escogidos de Dios, Cristo en resurrección es el Espíritu vivificante que nos imparte vida. Por otra parte, para las naciones, Cristo en Su resurrección fue hecho el Rey que ejecuta la administración de Dios. Su Cuerpo debe cooperar con El en Su vida de resurrección y en Su autoridad de resurrección, a fin de que la iglesia se someta a Cristo. Entonces todas las naciones serán reunidas bajo Su autoridad. Además, a la vez que reúne todas las cosas bajo Su autoridad, El subyuga a Sus enemigos debajo de Sus pies. Por último, al final del milenio, después de todas las edades y dispensaciones, la administración de Dios será completamente establecida, y Cristo devolverá el reino a Dios, a Aquel que sujetó a El todas las cosas. Entonces veremos el cielo nuevo y la tierra nueva, y estaremos en la Nueva Jerusalén, donde disfrutaremos a Cristo y reinaremos con El sobre las naciones. Esta es la administración de Dios que se lleva a cabo en la resurrección todo inclusiva de Cristo.

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