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Mensajes del libro «Estudio-Vida de 1 Corintios»
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Mensaje 68

LO TOCANTE A LA RESURRECCION

(4)

  Lectura bíblica: 1 Co. 15:45-58

  En este mensaje estudiaremos la definición de la resurrección y luego veremos la victoria de la misma.

B. Un cuerpo espiritual con la imagen celestial de Cristo

  Leamos el versículo 45: “Así también está escrito: ‘Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente’; el postrer Adán, Espíritu vivificante”. Por medio de la creación, Adán fue hecho alma viviente con un cuerpo anímico (del alma). Por medio de la resurrección, Cristo se hizo Espíritu vivificante con un cuerpo espiritual. Adán como alma viviente es natural; Cristo como Espíritu vivificante está en resurrección. Primero, en la encarnación, Cristo se hizo carne para efectuar la redención (Jn. 1:14, 29); luego, en resurrección, se hizo Espíritu vivificante para impartir vida (Jn. 10:10b). Por medio de la encarnación, El obtuvo un cuerpo anímico, así como el de Adán; por medio de la resurrección, El obtuvo un cuerpo espiritual. Su cuerpo anímico ha llegado a ser un cuerpo espiritual por medio de la resurrección. Ahora El es el Espíritu vivificante en resurrección, tiene un cuerpo espiritual y está listo para ser recibido por Sus creyentes. Cuando creemos en Cristo, El entra en nuestro espíritu y nos unimos a El, quien es el Espíritu vivificante, y así llegamos a ser un espíritu con El (6:17). Al recibirle en nosotros, nuestro espíritu es vivificado y resucitado. Finalmente, nuestro cuerpo anímico actual llegará a ser un cuerpo espiritual en resurrección, igual al Suyo (vs. 52-54; Fil. 3:21).

  En el versículo 45 están implícitas tanto la antigua creación como la nueva. Adán, el primer hombre, era la cabeza de la primera creación. Cuando Dios lo creó, él fue hecho alma viviente, es decir, llegó a ser una persona, un ser humano. En hebreo, la palabra traducida Adán significa hombre. Dios hizo de Adán un alma viviente, cuya parte principal era el alma, la cual era compatible con la vieja creación. Hoy, en principio, si vivimos en nuestra alma, por nuestra alma o para ella, esto indicaría que aún estamos en la vieja creación. El alma es el centro y el pulso vital de la antigua creación. Una persona puede ser muy moral, pero si vive en su alma, sigue perteneciendo a la vieja creación.

  Cristo es el postrer Adán, lo cual implica la aniquilación y terminación de la vieja creación. La vieja creación concluye con un hombre, el postrer Adán. Este hombre, quien le puso fin a la vieja creación, fue hecho Espíritu vivificante en Su resurrección. Ahora, este Espíritu es el centro y el pulso de vida de la nueva creación.

  La vieja creación la creó Dios. La nueva creación, en cambio, no se produce mediante una acto creativo, sino por medio de la resurrección. El versículo 45 hace alusión a dos creaciones: la vieja creación, en la cual el hombre como alma viviente es el centro y pulso de vida, y la nueva creación (producida mediante la resurrección), en la cual el Espíritu vivificante es el centro y el pulso vital.

  Hoy muchos cristianos carecen de una revelación y de una visión espiritual apropiadas, y se oponen a nosotros cuando afirmamos que Cristo como postrer Adán fue hecho Espíritu vivificante. No obstante, negar que Cristo es el Espíritu vivificante equivale a negar la realidad de la resurrección. El Espíritu vivificante es el pulso vital de la resurrección de Cristo. Si Cristo hubiese resucitado solamente con un cuerpo y no se hubiese hecho el Espíritu vivificante, Su resurrección no tendría el mismo significado para nosotros. Sería simplemente un hecho objetivo que no tiene nada que ver con la vida, y se asemejaría a la resurrección de Lázaro, la cual fue simplemente un hecho de resurrección, pero que no produjo nada orgánico. En cambio, la resurrección de Cristo está totalmente relacionada con la vida, pues en la resurrección El fue hecho Espíritu vivificante.

  La mayoría de los cristianos creen en la resurrección de Cristo solamente de manera objetiva. Para ellos, la resurrección no es más que un hecho objetivo, algo que no tiene ninguna relación con los miembros del Cuerpo de Cristo. Los que entienden la resurrección de Cristo de manera objetiva, entienden de igual manera Su ascensión. No se dan cuenta de que la ascensión tiene un efecto subjetivo en nosotros. Algunos cristianos sostienen que ni la resurrección ni la ascensión tienen ningún efecto orgánico en nosotros. Ellos las conceptúan como simples hechos objetivos que Cristo logró, y retienen estos hechos como parte de sus creencias fundamentales.

  La resurrección no es un simple hecho objetivo que Cristo cumplió; más bien, ésta tiene una repercusión subjetiva en nosotros. Mediante la encarnación, Cristo llegó a ser carne, llegó a ser uno de nosotros. Por lo tanto, la encarnación fue algo mucho más que un simple hecho objetivo; fue un proceso que introdujo a Dios en el hombre. Vemos el mismo principio en el proceso de resurrección. La resurrección no fue simplemente un hecho en sí mismo; más bien, fue un proceso que produjo al Espíritu vivificante. Mediante el proceso de resurrección, el hombre que acabó con la vieja creación fue hecho el Espíritu vivificante, el elemento que hace germinar la nueva creación.

  Son pocos los cristianos que comprenden que Cristo en resurrección es el Espíritu vivificante. Andrew Murray entendió algo al respecto y escribió de ello en su libro The Spirit of Christ [El Espíritu de Cristo], el cual es una obra maestra, mayormente el capítulo intitulado: The Spirit of the Glorified Jesus [El Espíritu del glorificado Jesús]. En realidad, el Espíritu del glorificado Jesús es el propio Señor Jesús en resurrección y en gloria. Cuando entró en resurrección, El fue hecho el Espíritu que da vida. Este Espíritu es la esencia que hace germinar la nueva creación. El elemento germinador de la nueva creación es el Cristo resucitado como Espíritu vivificante.

  La teología cristiana tradicional se opone a la verdad de que Cristo fue hecho Espíritu vivificante. En la opinión de muchos, esto es una herejía. Pero la realidad del caso es que se trata de una verdad que se halla en las profundidades de la Palabra de Dios, y al final, la verdad prevalecerá.

  El versículo 45 de 1 Corintios 15 es muy importante, y como dije antes, hace alusión a la vieja creación, de la cual el alma es el centro, y a la nueva creación, cuyo centro es el Espíritu. Este Espíritu es el propio Cristo, el Dios Triuno. De hecho, el Espíritu vivificante es el Dios Triuno procesado. Dios pasó por el proceso de encarnación, crucifixión y resurrección, y ahora, en resurrección, El es la esencia vital que hace germinar la nueva creación. La nueva creación, la cual hemos venido a ser, fue germinada por el Dios Triuno en calidad de Espíritu vivificante. En el libro La economía de Dios hicimos hincapié en el espíritu humano y en el hecho de que Cristo es el Espíritu vivificante. La más alta definición de la resurrección es que ésta es el proceso por el cual Cristo, el postrer Adán, fue hecho el Espíritu vivificante.

  En 1964, cuando trabajamos en nuestro himnario, un hermano me aconsejó que no publicara los himnos que hablaban de que Cristo es el Espíritu. El reconocía que la Biblia revelaba este hecho, pero dijo que la mayoría de los cristianos no aceptarían esta enseñanza, y que por lo tanto, no deberíamos incluir en nuestro himnario himnos que hablaran de este tema. Le contesté que yo nunca obligaría a nadie a seguir mi enseñanza, pero que yo debía tomar la libertad de enseñar la verdad de la Biblia. Le dije que nuestra meta era primeramente salvar pecadores mediante la predicación del evangelio; segundo, edificar a los santos por medio de la enseñanza correcta a fin de que crecieran en vida; tercero, adoptar la base única de unidad sobre la cual se establecen las iglesias locales; y cuarto, tener comunión con todas las iglesias como un solo Cuerpo. Le expresé que en tanto que estos cuatro aspectos formaran parte de nuestra obra, teníamos el mismo anhelo y el mismo propósito. También le hablé de la fuerte carga que tengo de enseñar que Cristo es el Espíritu, y de que no tengo otra alternativa que ministrar conforme a esta carga; que siento la responsabilidad de proclamar que hoy, Cristo es el Espíritu vivificante. No me corresponde a mí que los demás acepten esta enseñanza o que la rechacen. En el tiempo de Martín Lutero no toda la gente aceptó la verdad de la justificación por fe. Si Lutero hubiese vacilado sobre este punto, ¿qué hubiera pasado con la Reforma? Por último, le expresé a este hermano con firmeza que no temo a la oposición.

  No quisiera que nadie me siga a ciegas. Pablo dice: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (11:1). Si sigo a Cristo, si sigo la Biblia, si sigo la verdad, entonces usted debe seguirme. Del mismo modo, si usted sigue a Cristo, la Biblia y la verdad, yo debo seguirle a usted. De esta manera, debemos seguirnos los unos a los otros. Esto es lo que deseamos hacer en el recobro del Señor.

  Entre los que se oponen a nuestra afirmación de que hoy Cristo es el Espíritu vivificante, algunos argumentan que en 15:45 no se usa el artículo, que este versículo habla de “Espíritu vivificante” y no de “el Espíritu vivificante”. Sin embargo, lo crucial de este versículo no es el artículo, sino la clara mención del Espíritu vivificante. ¿Creen los que se nos oponen que existen dos Espíritus que dan vida, el Espíritu Santo y Espíritu vivificante? Sería una herejía enseñar que existen dos Espíritus vivificantes, dos Espíritus que dan vida. Cuanto más enseño que Cristo fue hecho Espíritu vivificante, más denuedo recibo y más seguro y alentado me encuentro. El hecho de que Cristo, el postrer Adán, fuese hecho Espíritu vivificante, concuerda totalmente con la revelación divina.

  Decir que el postrer Adán fue hecho Espíritu vivificante es como decir, conforme a Juan 1:14, que el Verbo se hizo carne. Observe que no hay ningún artículo antes de la palabra carne. ¿Habría alguna diferencia si este versículo dijese: “El Verbo se hizo la carne”? En ambos casos, carne o la carne, el significado es el mismo. Bajo este mismo principio, la ausencia del artículo en 15:45 no es crucial. Como ya dijimos, lo vital ahí es el Espíritu vivificante.

  Muchos cristianos reconocen que ciertas verdades están asentadas en la Palabra, pero por temor a los hombres, no se atreven a defenderlas. La influencia de la tradición les impide tomar una postura definida en favor de la verdad. Algunos opositores han reconocido que en Isaías 9:6, al Hijo se le llama Padre, pero temen decirlo por causa de la tradición. Sin embargo, aunque otros sigan la tradición, nosotros nos preocupamos únicamente por la Biblia, por la Palabra pura de Dios.

  En el versículo 46 Pablo dice: “Más lo espiritual no es primero, sino lo anímico; luego lo espiritual”. En este versículo, “lo espiritual” denota a Cristo, el segundo hombre, mientras que “lo anímico” se refiere a Adán, el primer hombre (v. 47). Conforme a la comprensión, tradición y práctica humanas, debemos seguir lo primero, y no lo segundo. Por esta razón, en este versículo Pablo dijo deliberadamente que lo anímico viene primero, y no lo espiritual. Lo espiritual viene en segundo término. Si tomamos el principio bíblico, debemos seguir al segundo y no al primero. Por ejemplo, ¿debe usted seguir a Caín o a Abel? Obviamente no debemos seguir a Caín: el primero, sino a Abel: el segundo. Además, cuando se celebró la Pascua, se inmoló a los primogénitos. Esto indica que el juicio de Dios recae sobre el primogénito. El mismo principio se aplica tanto a la primera creación, como a la nueva. Dios no quiere lo primero; El desea lo segundo.

  En el versículo 47 Pablo añade: “El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo”. La expresión “de la tierra” denota el origen del primer hombre, Adán, y la palabra “terrenal” denota su naturaleza. Cristo no sólo es el postrer Adán, sino también el segundo hombre. El primer Adán es el comienzo de la humanidad; el postrer Adán es la terminación. Como primer hombre, Adán es la cabeza de la vieja creación, y la representa como ser creado. Como segundo hombre, Cristo es la Cabeza de la nueva creación, y la representa como hombre resucitado. En todo el universo sólo hay dos hombres: el primer hombre, Adán, el cual incluye a todos sus descendientes, y el segundo hombre, Cristo, el cual abarca a todos Sus creyentes. Todos nosotros fuimos incluidos por nacimiento en el primer hombre, y por la regeneración hemos venido a formar parte del segundo. La fe nos trasladó del primer hombre al segundo. Con relación al primer hombre, nuestro origen es la tierra y nuestra naturaleza es terrenal. En cuanto a formar parte del segundo hombre, nuestro origen es Dios y nuestra naturaleza es celestial. La expresión “del cielo” denota tanto el origen divino como la naturaleza celestial del segundo hombre, Cristo.

  El versículo 48 dice: “Cual el terrenal, tales también los terrenales, y cual el celestial, tales también los celestiales”. La expresión “el terrenal” se refiere al primer hombre Adán, quien es terrenal. Las palabras “los terrenales” denotan a todos los descendientes de Adán, quienes son terrenales como él. La frase “los celestiales” denota al segundo hombre, Cristo, quien es celestial. Asimismo, la expresión “los celestiales” denota a todos los creyentes de Cristo, quienes son también celestiales como El. Antes éramos terrenales, pero ahora somos celestiales.

  En el versículo 49 Pablo expresa: “Y así como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos también la imagen del celestial”. Por ser parte de Adán, hemos llevado por nacimiento la imagen del hombre terrenal; y por ser parte de Cristo, llevaremos en resurrección la imagen del hombre celestial. Esto indica que así como en Adán nacimos como hombres terrenales, en Cristo seremos resucitados como hombres celestiales. Dicha resurrección es nuestro destino. Es tan segura como nuestro nacimiento y nunca debe ser puesta en duda.

  Hoy llevamos dos imágenes, la imagen del terrenal y la imagen del celestial. Podemos usar como ejemplo de esta experiencia el proceso que pasa una oruga para convertirse en una hermosa mariposa. A veces se puede ver la “oruga” en nosotros, mientras que en otras ocasiones, la “mariposa” es bastante evidente. Finalmente, por medio de la resurrección, saldremos completamente del capullo y seremos mariposas. Dejaremos de ser orugas desagradables, y seremos hermosas mariposas que llevan la imagen de Cristo. En las palabras de Filipenses 3:21, el cuerpo de nuestra humillación será transfigurado en un cuerpo de gloria como el de Cristo. Esto se producirá por la resurrección y en ella.

VI. LA VICTORIA DE LA RESURRECCION

A. De la incorrupción sobre la corrupción

  En la última sección del capítulo quince, en los versículos 50-58, vemos la victoria de la resurrección. En el versículo 50 Pablo escribe: “Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción”. La carne y la sangre son los componentes del cuerpo anímico, el cual es corruptible y no está calificado para heredar el reino de Dios, que es incorruptible. La corrupción no puede heredar la incorrupción. Nuestro cuerpo corruptible tiene que ser resucitado en un cuerpo incorruptible para que podamos heredar el reino incorruptible de Dios en resurrección. Aun hoy, si vivimos por la carne y la sangre y no por el espíritu, no podremos llevar la vida de iglesia, la cual es el actual reino de Dios, y por ende, no podremos heredar el reino de Dios en el milenio. Esto requiere que seamos espirituales.

  En el versículo 50 Pablo dice que la corrupción no hereda la incorrupción. La vieja creación no sólo está corrupta, sino que es la corrupción misma. Pero el reino de Dios está constituido de incorrupción. La corrupción jamás puede heredar esta incorrupción.

  Leamos el versículo 51: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados”. La frase “un misterio” se refiere a la transfiguración, la cual incluye la resurrección de nuestro cuerpo corruptible y el cambio a uno incorruptible (Fil. 3:21). Esto es misterioso para el entendimiento humano.

  En el versículo 51, la palabra “dormiremos” significa morir (1 Co. 11:20; Jn. 11:11-13; 1 Ts. 4:13-16). La palabra “transformados” significa transfigurados de la corrupción, la deshonra y la debilidad, a la incorrupción, la gloria y el poder (vs. 42-43). Esto equivale a que el cuerpo de la humillación nuestra sea conformado al cuerpo de la gloria de Cristo.

  Leamos el versículo 52: “En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transfigurados”. La expresión “la final trompeta” se refiere a la séptima trompeta (Ap. 11:15), la trompeta de Dios (1 Ts. 4:16). Esto significa que la trompeta final que se menciona en este versículo es la misma que la séptima trompeta del libro de Apocalipsis. Ciertamente, después de las siete trompetas de Apocalipsis, no habrá ninguna trompeta más. Por consiguiente, es correcto decir que la séptima trompeta de Apocalipsis es la final trompeta del versículo 52.

  Al sonar la final trompeta, los muertos en Cristo resucitarán en incorrupción, es decir, los creyentes que hayan muerto (1 Ts. 4:16). Los creyentes que vivamos cuando el Señor vuelva, seremos transformados. Los santos que hayan muerto resucitarán primero; luego, los santos que estén vivos serán transformados, transfigurados, en el arrebatamiento (1 Ts. 4:15-17). En el versículo 53 Pablo añade: “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal de inmortalidad”. La expresión “esto corruptible” se refiere a nuestro cuerpo corruptible y mortal, el cual debe vestirse de incorrupción e inmortalidad, bien sea por medio de la resurrección de entre los muertos, o por medio de nuestra transfiguración, estando aún vivos. Entonces, este cuerpo mortal se vestirá de inmortalidad. Por más sanos y fuertes que estemos ahora, nuestro cuerpo es corruptible y mortal. Pero en resurrección, este cuerpo se vestirá de algo que la Biblia llama incorrupción e inmortalidad.

B. De la vida sobre la muerte

  En el versículo 54 Pablo dice: “Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘Sorbida es la muerte para victoria’”. La palabra “cuando” habla del tiempo en el que nuestro cuerpo corrupto y mortal será resucitado o transfigurado de corrupción y muerte a gloria y vida. Entonces, la muerte será sorbida para victoria. Esta será la consumación de la resurrección que compartimos en la economía de Dios por medio de la redención y salvación que tenemos en Cristo. Esta resurrección comienza con la animación de nuestro espíritu muerto y se completa con la transfiguración de nuestro cuerpo corruptible. Entre estos dos extremos está el proceso en el cual nuestra alma caída es transformada metabólicamente por el Espíritu vivificante, quien es la realidad de la resurrección (2 Co. 3:18).

  La muerte representa una derrota para el hombre. Pero mediante la obra salvadora de Cristo en la vida de resurrección, la muerte será sorbida, lo cual resultará en victoria para nosotros los beneficiarios de la vida de resurrección de Cristo. En este versículo, la palabra “victoria” es un sinónimo de resurrección. La resurrección es la victoria de la vida sobre la muerte.

  En el versículo 55 Pablo pregunta: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh muerte, tu aguijón?” Esta es la exclamación triunfante del apóstol en cuanto a la victoria de la vida de resurrección sobre la muerte.

  Leamos el versículo 56: “El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley”. La muerte proviene del diablo (He. 2:14), y por medio del pecado nos aguijonea hasta matarnos (Ro. 5:12). En la obra redentora de Dios, Cristo fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21) a fin de que Dios condenara el pecado por medio de la muerte de Cristo (Ro. 8:3), aboliendo así el aguijón de la muerte. Por tanto, mediante la resurrección de Cristo, la muerte es sorbida por la vida de resurrección.

  El pecado, por medio de la ley, trae maldición y condenación, tanto a nuestra conciencia como delante de Dios (Ro. 4:15; 5:13, 20; 7:7-8). Por lo tanto, la ley viene a ser el poder del pecado para matarnos (Ro. 7:10-11). Ya que la muerte de Cristo cumplió los requisitos que la ley nos imponía (1 P. 3:18; 2:24), el poder del pecado ha sido anulado. Por medio de la muerte de Cristo, el pecado fue condenado y la ley, anulada, y por medio de Su resurrección la muerte fue sorbida. Por lo tanto, debemos dar gracias a Dios, quien nos da la victoria sobre el pecado y la muerte, mediante la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo (v. 57).

  En el versículo 57 Pablo exclama: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Esta victoria sobre el pecado y la muerte mediante la muerte y la resurrección de Cristo no debe ser meramente un hecho cumplido que debemos aceptar; más bien, debe ser nuestra experiencia diaria en vida por medio del Cristo resucitado como Espíritu vivificante (v. 45), quien es uno con nuestro espíritu (6:17). De ahí que, debemos vivir por medio de este espíritu mezclado y andar conforme a él. Así podremos dar gracias continuamente a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. El poder de resurrección es el que nos libera de la ley del pecado y del poder de éste. En el futuro, será la resurrección la que sorberá la muerte.

C. Un motivo para la obra del Señor

  En el versículo 58 Pablo concluye: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes e inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”. Poner en duda la verdad de la resurrección equivale a ser sacudidos. Tener certeza y permanecer en la realidad de la resurrección es estar firmes e inconmovibles.

  No creer en la realidad de la resurrección causa que perdamos la esperanza con respecto a nuestro futuro, y que nos desanimemos en la obra del Señor. La fe nos da una aspiración fuerte para abundar en la obra del Señor con la esperanza de agradar al Señor en resurrección a Su regreso.

  Pablo afirma que nuestro trabajo en el Señor no es en vano. Esto no se logra por medio de nuestra vida y capacidad naturales, sino por la vida y poder de la resurrección del Señor. Nuestra labor por el Señor en Su vida de resurrección y con el poder de la misma nunca será en vano, sino que dará por resultado el cumplimiento del propósito eterno de Dios al predicar nosotros a Cristo a los pecadores, ministrar vida a los santos y edificar la iglesia con las experiencias que tenemos del Dios Triuno procesado, como oro, plata y piedras preciosas (3:12). Tal labor será recompensada por el Señor, quien ha de regresar en el día de la resurrección de los justos (3:14; Mt. 25:21, 23).

  Poco tiempo después de que fui salvo, mi hermana, quien estudiaba en un seminario, me escribió una carta en la que se valía de 1 Corintios 15:58 para alentarme a trabajar por el Señor. En aquel momento no me daba cuenta de que este versículo hablaba de una experiencia en resurrección, ni que tenía que ver con ella. Si estamos en resurrección, este versículo se aplicará a nosotros. De lo contrario, tal vez tendremos el concepto erróneo de que este versículo nos alienta a esforzarnos y ser activos. A lo largo de los años, los cristianos han citado este versículo. Sin embargo, no creo que muchos de ellos se den cuenta de que este versículo está relacionado con la resurrección. Esto lo indican las palabras “Así que” al principio del versículo, las cuales se refieren a todo lo que Pablo dice en este capítulo. Con base en ello, podemos ver que él alienta a los amados hermanos a que estén firmes, inconmovibles, y a que abunden siempre en la obra del Señor. Conforme a la vida natural, ellos podían ser sacudidos inclusive por cosas pequeñas. Entonces, ¿cómo podían estar firmes? Lo único que nos puede afirmar es la vida de resurrección que está en nosotros. La resurrección nos afirma, nos hace inconmovibles y nos lleva a abundar siempre en la obra del Señor. Además, nos asegura que nuestro trabajo en el Señor no es en vano. Sin la resurrección, todo lo que hagamos será en vano. Pero en ella, nuestro trabajo en el Señor jamás lo será. Así que, la resurrección no sólo nos infunde aliento, sino que también nos motiva a servir en la obra del Señor.

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