Véase la nota Hch. 7:491. Dios no consideraba que los cielos o la tierra fueran Su morada, ni tampoco consideraba que una casa material, el templo, edificada para Él por los hijos de Israel, fuera el lugar de Su reposo. En el Antiguo Testamento tanto el tabernáculo como el templo eran solamente símbolos de la unión de Dios con los hijos de Israel, a quienes Dios consideraba como Su verdadera casa (He. 3:6 y la nota). Dios se unió a los hijos de Israel y llegó a conformar una sola entidad con ellos, entidad que era una casa espiritual en la cual moraban tanto Dios como las personas piadosas de Israel (Sal. 27:4; 84:10; 90:1; cfr. 1 P. 2:5a). Según el v. 2 y Is. 57:15, la morada que Dios desea obtener es un grupo de personas en quien Él pueda entrar. Dios se ha propuesto obtener una morada en el universo que sea la mezcla de Dios y el hombre, morada en la cual Dios es edificado en el hombre y el hombre es edificado en Dios, de modo que Dios y el hombre, el hombre y Dios, puedan ser una morada mutua el uno para el otro (Jn. 14:2, 20, 23; 15:4; 1 Jn. 4:13). En el Nuevo Testamento esta morada, esta casa, es la iglesia, la cual es habitación de Dios en el espíritu de los creyentes (Ef. 2:22 y la nota 4; 1 Ti. 3:15 y la nota 2). La manifestación suprema de este edificio universal, esta casa universal, es la Nueva Jerusalén. En esta ciudad, Dios está en el hombre y lo toma como Su morada, y el hombre está en Dios y lo toma como su habitación (Ap. 21:3, 22 y las notas). Véase la nota Gn. 28:121a y las notas de 2 S. 7:12-14.
