La manera en que podemos recibir a Dios como nuestra salvación consiste en sacar aguas de los manantiales de salvación, esto es, beber de Él (Sal. 36:8; Jn. 4:14; 7:37; 1 Co. 12:13; Ap. 22:17). Fue con el propósito de ser nuestra salvación que el Dios Triuno pasó por un proceso a fin de llegar a ser el Espíritu vivificante en calidad de agua viva, el agua de vida (1 Co. 15:45; Jn. 7:37-39; Ap. 21:6; 22:1, 17). Al entrar en nosotros, el agua viva satura nuestro ser, de modo que lo nutre, lo transforma, lo conforma y lo glorifica (Ro. 12:2; 8:29-30). Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento muestran que, en términos prácticos, la salvación de Dios es el propio Dios Triuno procesado, como agua viva.
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