Cuando estábamos muertos en delitos y pecados, nos conducíamos en las concupiscencias de nuestra carne, haciendo los deseos no sólo de la carne sino también de los pensamientos. Tres cosas malignas dominaban nuestras vidas: la corriente de este mundo, la cual está fuera de nosotros; el príncipe de la autoridad del aire, quien está sobre nosotros y dentro de nosotros; y las concupiscencias de nuestra carne, que están en nuestra naturaleza caída. De estas cosas malignas hemos sido salvos para ser el Cuerpo de Cristo.
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