El salmista había sido destetado, o despojado, de todas las cosas con excepción del Señor mismo (cfr. Sal. 73). Cuando lleguemos a ser como el salmista, esto es, personas humildes y serenas que han sido acalladas y destetadas, entonces podremos aconsejar a los demás que esperen en Dios (v. 3).
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