Abraham tuvo que interceder por la necesidad particular de Abimelec pese a su propio fracaso y a que Sara seguía siendo estéril. Esto muestra que nuestra intercesión por otros no depende de la condición en la que nos encontremos, sino de quiénes somos. Dios no tomó en cuenta el fracaso de Abraham, sino que lo consideró Su profeta (v. 7). Independientemente de nuestra condición, a los ojos de Dios nosotros, Sus llamados, somos Sus profetas (1 Co. 14:31), Su nueva creación (2 Co. 5:17), miembros del Cuerpo de Cristo (Ef. 5:30).
