En el sentido neotestamentario, ver a Dios equivale a ganar a Dios. Ganar a Dios es recibir a Dios en Su elemento, Su vida y Su naturaleza de modo que Dios mismo llegue a ser nuestro elemento constitutivo. Todos aquellos a quienes Dios redimió, regeneró, santificó, transformó, conformó y glorificó verán el rostro de Dios (Ap. 22:4). Ver a Dios nos transforma (2 Co. 3:18; cfr. 1 Jn. 3:2), porque al verle recibimos Su elemento en nuestro ser y nuestro viejo elemento es desechado. Este proceso metabólico es la transformación (Ro. 12:2). Ver a Dios es ser transformado a la gloriosa imagen de Cristo, el Dios-hombre, para expresar a Dios en Su vida y representarlo en Su autoridad.
