Primero debemos experimentar la consolación de Dios; luego podremos consolar a otros con el consuelo que proviene de Dios, el cual hemos experimentado.
En su primera epístola a los corintios el apóstol presentó su argumento, el cual derrotó y subyugó a los corintios que estaban distraídos y confundidos. Ahora, en su segunda epístola, él los conduce nuevamente a la experiencia de Cristo, ya que Él era el tema de su argumento en la primera epístola. Por tanto, la segunda epístola está mucho más relacionada con nuestra experiencia, es más subjetiva y más profunda que la primera. En la primera, tenemos como temas principales a Cristo, el Espíritu con nuestro espíritu, la iglesia y los dones. En la segunda, se describe más detalladamente a Cristo, al Espíritu con nuestro espíritu, y a la iglesia, pero no se hace mención de los dones. En esta epístola, en lugar de los dones se nos presenta el ministerio, el cual está constituido de las experiencias de las riquezas de Cristo y es producido y formado por las mismas, las cuales son obtenidas por medio de los sufrimientos, las presiones abrumadoras y la obra aniquiladora de la cruz. En esta epístola se nos presenta un modelo, un ejemplo, de cómo se lleva a cabo este aniquilamiento, de cómo Cristo es forjado en nuestro ser y de cómo nosotros llegamos a ser la expresión de Cristo. Estos procesos constituyen a los ministros de Cristo y producen el ministerio por el cual se cumple el nuevo pacto de Dios. La primera epístola trata de los dones en términos negativos; la segunda epístola trata del ministerio en términos positivos. La iglesia tiene más necesidad del ministerio que de los dones. El ministerio tiene como fin ministrar al Cristo que hemos experimentado, mientras que los dones sólo sirven para enseñar las doctrinas acerca de Cristo. La evidencia de que los apóstoles son ministros de Cristo no son los dones, sino el ministerio producido y formado al experimentar los sufrimientos, las aflicciones, de Cristo.