Aquí el término descendencia se refiere literalmente a Salomón, el hijo de David, quien edificó el templo como morada de Dios en el Antiguo Testamento (1 R. 5:5; 8:15-20; 1 Cr. 22:9-10; 28:6). Sin embargo, según He. 1:5b, que cita el v. 14a de este capítulo, la descendencia de David es, en realidad, Cristo, el Hijo primogénito de Dios (He. 1:5-6), poseedor tanto de divinidad como de humanidad y que, aquí, está tipificado por Salomón (véase la nota Mt. 1:13c). El Hijo de Dios llegó a ser la descendencia de David al forjarse en (ser edificado dentro de) la familia de David, esto es, en el ser mismo de David. Aquí Dios en realidad le dijo a David que en lugar de que él edificase algo para Dios, David tenía necesidad de que Dios edificase a Su Hijo en él. Dios no quiso que David le edificase una casa de cedro (vs. 5-7), ni tampoco le satisfacía que David fuese meramente un hombre conforme al corazón de Dios (1 S. 13:14). El deseo de Dios era forjarse, en Cristo, en la humanidad de David a fin de ser su vida, naturaleza y constitución intrínseca. De este modo, Cristo, el Hijo de Dios, llegaría a serlo todo para David, incluyendo su casa (morada) y su descendencia.
En 2 S. 7 se nos revela una profecía por medio de la tipología, la cual nos muestra que no hay necesidad de que edifiquemos algo para Dios. Nosotros no podemos edificar la casa de Dios, la iglesia (1 Ti. 3:15), con nosotros mismos o con algo de nosotros como material. La iglesia como casa de Dios, la morada mutua de Dios y Sus redimidos (Jn. 14:2-3, 20, 23; 15:4), es edificada con Cristo como su único elemento (véase la nota Gn. 2:221a). Por tanto, necesitamos que Dios edifique a Cristo en nosotros, forjándose en nuestra constitución intrínseca de tal modo que todo nuestro ser sea reconstituido con Cristo. La edificación de la iglesia es realizada al hacer Cristo Su hogar en nuestros corazones, esto es, por medio de que Él mismo sea edificado en nuestro ser, haciendo de nuestro corazón —nuestra constitución intrínseca— Su hogar (Ef. 3:17). El mismo Cristo que se ha forjado (edificado) en nuestra constitución intrínseca es tanto la casa de Dios como nuestra casa, y Él también llega a ser nuestra descendencia, la cual es nuestra herencia y tesoro.
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