Antes del retorno de la gloria a Jerusalén, Jehová estaba en silencio, pero tras la gloria Él se levantó de Su santa habitación. Toda carne —incluyendo la carne de los babilonios, persas, griegos y romanos— tiene que permanecer en silencio. Únicamente Jehová tiene derecho a hablar, y únicamente Él es el factor decisivo.
