Véase la nota Mt. 21:311.

Éx. 7:3; 9:12; 10:1, 20, 27; 11:10; 14:4, 8; Ro. 9:17-18; cfr. Éx. 7:13; 8:15; Dt. 2:30; Jos. 11:20; Is. 63:17; Jn. 12:40
Véase la nota Mt. 21:311.
Que Dios intentase matar a Moisés (v. 24) obligó a Séfora, la esposa gentil de Moisés, a circuncidar a su hijo. Esta circuncisión representa el cercenar la vida natural (véase la nota Gn. 17:101a). Esto era exigido por Dios a fin de conducir a Moisés al ejercicio de su ministerio, pues una persona incircuncisa, alguien que todavía vive en la carne o en la vida natural, no puede tener parte en el ministerio de Dios ni en el pacto que Dios hizo con Abraham respecto a heredar la buena tierra (Gn. 17:9-15). Aquellos a quienes Dios ha de usar tienen que llevar sobre sí la señal de haber sido “cortados” de una manera subjetiva en su vida natural. Después que Moisés fue complementado con Aarón (vs. 14-16) y del corte realizado por Séfora, el llamado de Dios a Moisés estuvo completo.
La expresión esposo de sangre implica que a ojos de Séfora, la circuncisión significaba que su esposo, Moisés, estaba bajo sentencia de muerte (cfr. 2 Co. 1:9; 4:10-12).
Conforme al principio neotestamentario que corresponde al Cuerpo de Cristo, Dios no permitió que Moisés fuese individualista en su servicio a Él; por tanto, le dio a Aarón como su complemento (cfr. Mt. 10:2-5; Lc. 10:1; 1 Co. 1:1 y la nota 3). Según el v. 16, la posición que cada uno ocupó en esta relación mutuamente complementaria fue dispuesta íntegramente por Dios y no fue producto de ninguna maniobra humana.
Lit., pesado de boca y pesado de lengua. Hechos 7:22 dice que Moisés era “poderoso en sus palabras”. Esto se aplicaba a él cuando tenía cuarenta años y confiaba en su fuerza y valentía naturales (Éx. 2:11-13). Pero este versículo relata lo dicho por Moisés a los ochenta años de edad, cuando consideraba que estaba pronto a morir (Sal. 90:10a), lo cual indica que había perdido toda confianza en su fuerza natural (cfr. Fil. 3:3).
Lit., crean la voz de.
Lit., escuchan la voz de.
En el cap. 3, Dios le dio a Moisés la señal de la zarza (Éx. 3:2-3). En este capítulo, Dios le dio a Moisés tres señales adicionales como evidencia de que éste había sido verdaderamente llamado y enviado por Él. El significado de la primera señal, la señal del cayado que se convirtió en una serpiente (vs. 2-4), es que todo aquello en lo cual confiemos que no sea Dios mismo —nuestra educación, nuestro trabajo, etc.— es un escondite para Satanás, la serpiente usurpadora. Sin embargo, cuando en obediencia a la palabra de Dios desechamos estas cosas para después recogerlas “por la cola”, o sea, las tomamos de manera contraria a como acostumbra la gente del mundo, usándolas para cumplir el propósito de Dios y no para nuestro propio beneficio, ello se convierte en un cayado de autoridad (vs. 4, 17; Lc. 10:19). En la segunda señal, la señal de la mano que se vuelve leprosa (vs. 6-7), el seno representa aquello que está en nuestro interior, y la lepra representa el pecado. Esta señal muestra que nuestra carne es la corporificación de la lepra; en ella no hay nada bueno, solamente pecado, corrupción e impureza (Ro. 7:17-18; cfr. Is. 6:5). No obstante, cuando obedecemos al Señor al guardar Su palabra, Su poder purificador puede limpiarnos (cfr. 2 R. 5:1-14). El significado de la tercera señal, la señal del agua que se convierte en sangre (v. 9), es que a los ojos de Dios todo suministro terrenal y disfrute mundano (el agua del Nilo) no es otra cosa que muerte (sangre). Cuando ello es derramado sobre algo que produce vida (la tierra), de inmediato la muerte es puesta al descubierto.
Satanás está en contra de Cristo (1 Jn. 3:8); la carne está en contra del Espíritu (Gá. 5:17) y el mundo está en contra del Padre (1 Jn. 2:15). Por tanto, estas tres cosas negativas se oponen al Dios Triuno y Su economía. En aquel que ha sido llamado por Dios, ya no tienen cabida Satanás, la carne ni el mundo (cfr. Jn. 14:30; Gá. 5:24; 6:14).