Según el contexto, se refiere a ser orgullosos ante Dios, lo cual causa que Él nos resista. Ser humildes también es una actitud ante Dios, y hace que Él nos dé gracia, lo cual es Su deseo.
Una cita de Pr. 3:34 tomada de la Septuaginta.
Se refiere a la Escritura, mencionada en el v. 5.
O, hace Su hogar. El Espíritu que mora en nosotros hace Su hogar en nosotros a fin de poder ocupar todo nuestro ser para Dios (cfr. Ef. 3:17), haciendo que nos entreguemos totalmente a nuestro Marido.
Cuando Dios nos adquirió para que fuéramos Su esposa, Él puso Su Espíritu en nosotros para hacernos uno con Él (16-17, 1 Co. 6:19). Él es un Dios celoso (Éx. 20:5), y Su Espíritu nos cela con celo de Dios (2 Co. 11:2), anhelando, deseando celosamente, que no hagamos amistad con Su enemigo y al mismo tiempo tratemos de amarle. Ésta es la única vez que Jacobo menciona el Espíritu de Dios que mora en nosotros, y tuvo que ver con algo negativo, la abolición de la amistad del mundo, y no con algo positivo, la edificación del Cuerpo de Cristo.
Amar al mundo convierte al que amaba a Dios en enemigo de Él.
El sistema satánico, el cual es enemistad con Dios. Véase la nota 1 Jn. 2:152a.
Dios y Cristo son nuestro Marido (Is. 54:5; 2 Co. 11:2). Nosotros debemos ser puros y amarlo sólo a Él con todo nuestro ser (Mr. 12:30). Si nuestro corazón está dividido por amar al mundo, somos adúlteros.
El tono de lo que dice Jacobo aquí tiene el tono del Antiguo Testamento (cfr. Sal. 90:3-10). En cualquier caso, sus palabras despiertan temor a la voluntad de uno, e infunden confianza en Dios, como lo expresa el v. 15. Palabras como éstas siempre salen de la boca de una persona que teme a Dios.
O, pretensión, vanagloria.
Una conclusión a todas las exhortaciones de los versículos precedentes. Dice que si los destinatarios de esta epístola reciben ayuda de lo escrito por Jacobo, y aun así no obran conforme a lo que él escribió, les será pecado.
O, codiciáis.
La carne a la cual alude el v. 1, el mundo mencionado en el v. 4, y el diablo aquí mencionado, son los tres mayores enemigos de los creyentes. Están relacionados entre sí: la carne está contra el Espíritu (Gá. 5:17), el mundo está contra Dios (1 Jn. 2:15), y el diablo está contra Cristo (1 Jn. 3:8). La carne se complace en los placeres amando al mundo, y el mundo usurpa nuestro ser para el diablo. Esto aniquila en nosotros el propósito eterno de Dios.
Ser orgulloso ante Dios es aliarse con el enemigo de Dios, el diablo; ser humilde ante Dios, es decir, someterse a Dios, es resistir o estar en contra del diablo. Ésta es la mejor estrategia para luchar contra el enemigo de Dios, la cual siempre le hace huir de nosotros.
Es decir, con doblez (véase la nota Jac. 1:81a), con el corazón dividido entre dos partidos: Dios y el mundo. Esto hace que las personas sean adúlteras (v. 4) y pecadoras, seres que necesitan que sus corazones sean purificados y sus manos lavadas para poder acercarse a Dios y para que luego Dios pueda acercarse a ellas.
Este versículo es una solemne advertencia a la esposa adúltera de Dios, la cual, bajo la usurpación del diablo, se entrega a los placeres carnales amando al mundo.
Las palabras de Jacobo aquí y en Jac. 1:25 y en Jac. 2:8-12, con respecto a la ley del Antiguo Testamento, indican que, según su perspectiva, los creyentes neotestamentarios deben guardar la ley del Antiguo Testamento a fin de que sean perfectos conforme a la ley. Sin embargo, conforme a la revelación divina de todo el Nuevo Testamento, existe una clara y definida diferencia entre guardar la ley y vivir por la ley interior de vida. Guardar la ley del Antiguo Testamento simplemente nos pone en buenas relaciones con Dios y con los hombres para ser justificados por la ley. Pero vivir por la ley interior de vida (He. 8:10-11; Ro. 8:2) es vivir y magnificar a Cristo (Fil. 1:20-21) para la edificación de Su Cuerpo a fin de expresarle (Ef. 1:22-23), y para la edificación de la casa de Dios a fin de satisfacerle (1 Ti. 3:15). Esto tiene como fin el cumplimiento de la meta eterna de Dios conforme a Su economía neotestamentaria. Aunque lleguemos a ser perfectos guardando la ley del Antiguo Testamento, todavía no habremos llegado a la meta eterna de Dios. Solamente el vivir por la ley interior de vida sirve para esto. Tal vivir espontánea y automáticamente satisface más de lo que se requiere bajo la ley del Antiguo Testamento (Ro. 8:4); incluso satisface la norma de la constitución del reino, como se revela en Mt. caps. 5 — 7.
Luchar por satisfacer los deleites carnales (v. 1), hacer amistad con el mundo (v. 4), hablar mal de un hermano, es decir, juzgar la ley (v. 11), ir a negociar conforme a la propia voluntad de uno, y jactarse en la soberbia (v. 16), son señales de la confianza impía y presuntuosa de una persona que se olvida de Dios. Jacobo enseñó todo esto basándose, probablemente, en su punto de vista tocante a la perfección cristiana práctica.