Esto le dio a Abraham constante oportunidad de ejercitar su fe para confiar en que Dios le guiaría en cada circunstancia, para lo cual debería tomar la presencia de Dios como mapa en su viaje.

Esto le dio a Abraham constante oportunidad de ejercitar su fe para confiar en que Dios le guiaría en cada circunstancia, para lo cual debería tomar la presencia de Dios como mapa en su viaje.
Lit., ella.
Este sacrificio más excelente tipifica a Cristo quien es los verdaderos “mejores sacrificios” (He. 9:23).
La palabra griega denota la palabra hablada.
Lit., las eras. Véase la nota He. 1:25d.
A partir del v. 3, este capítulo nos presenta una breve historia de la fe (desde la creación, y pasando por todas las generaciones del pueblo escogido de Dios, hasta la época de los creyentes neotestamentarios, v. 40) para demostrar que la fe es el único sendero por el cual los que buscan a Dios reciben Su promesa y toman Su camino.
Lit., ancianos.
Todas las cosas que se esperan son cosas que no se ven (Ro. 8:24-25). Como personas de esperanza, nuestra vida no debiera estar orientada hacia las cosas que se ven, sino hacia las que no se ven, dado que lo que se ve es temporal, pero lo que no se ve es eterno (2 Co. 4:18). Por lo tanto, andamos por fe, no por vista (2 Co. 5:7).
La convicción de la verdad. La palabra griega puede traducirse evidencia o prueba.
Los incrédulos, puesto que no tienen a Cristo, tampoco tienen esperanza (Ef. 2:12; 1 Ts. 4:13). Pero nosotros los que creemos en Cristo somos un pueblo de esperanza. El llamamiento que recibimos de Dios nos trae la esperanza (Ef. 1:18; 4:4). Fuimos regenerados para una esperanza viva (1 P. 1:3). Nuestro Cristo, quien está en nosotros, es la esperanza de gloria (Col. 1:27; 1 Ti. 1:1), la cual dará por resultado la redención, la transfiguración, de nuestro cuerpo en gloria (Ro. 8:23-25). Ésta es la esperanza de la salvación (1 Ts. 5:8), una esperanza bienaventurada (Tit. 2:13), una buena esperanza (2 Ts. 2:16), la esperanza de la vida eterna (Tit. 1:2; 3:7); también es la esperanza de la gloria de Dios (Ro. 5:2), la esperanza del evangelio (Col. 1:23), la esperanza guardada para nosotros en los cielos (Col. 1:5). Siempre debemos mantener esta esperanza (1 Jn. 3:3) y gloriarnos en ella (Ro. 5:2). Nuestro Dios es el Dios de esperanza (Ro. 15:13) y por medio del ánimo que las Escrituras nos infunden podemos tener esperanza (Ro. 15:4) en Dios todo el tiempo (1 P. 1:21) y regocijarnos en esta esperanza (Ro. 12:12). Este libro nos exhorta a retener hasta el fin el gloriarnos en la esperanza (He. 3:6), a mostrar diligencia hasta el fin para plena certeza de nuestra esperanza (He. 6:11), y a echar mano de la esperanza puesta delante de nosotros (He. 6:18). También nos dice que el nuevo pacto nos trae una mejor esperanza por medio de la cual nos acercamos a Dios (He. 7:19). Nuestra vida debe ser una vida de esperanza, la cual acompaña la fe y permanece con ella (1 P. 1:21; 1 Co. 13:13). Debemos seguir a Abraham, quien creyó en esperanza contra esperanza (Ro. 4:18).
Lit., una parábola.
La misma palabra griega traducida sustancia en He. 1:3 y confianza en He. 3:14 y en 2 Co. 11:17 (en la cual uno sabe que tiene un fundamento seguro). Además, puede traducirse confirmación, realidad, esencia (lo cual denota la naturaleza verdadera de las cosas en contraste con la apariencia), fundamento, o base de sustentación. La palabra significa principalmente sustancia, pero aquí denota dar sustantividad a la sustancia (de lo que se espera); por tanto se traduce lo que da sustantividad. Significa dar sustantividad a la realidad de lo que no se ve. Ésta es la acción de la fe. Por consiguiente, aquí se nos dice que la fe es lo que da sustantividad a lo que se espera.
Después de presentar en los primeros diez capítulos una comparación detallada entre el judaísmo y la economía de Dios, este libro exhorta a los creyentes hebreos, quienes estaban en peligro de retroceder, a vivir, andar y seguir adelante por fe (He. 10:38-39) es decir, no por vista (2 Co. 5:7). Luego en el cap. 11 la fe es definida conforme a su historia. Tanto la herencia eterna (He. 9:15) como el gran galardón (He. 10:35) prometidos por Dios, son cosas esperadas e invisibles. La fe es lo que da sustantividad a lo que se espera. Por lo tanto, es la seguridad, la confianza, la confirmación, la realidad, la esencia, la base de sustentación, de lo que se espera, es decir, el fundamento que sustenta lo que se espera. La fe también es la convicción de lo que no se ve. Esta fe nos convence de lo que no vemos. Por lo tanto, es la evidencia, la prueba, de lo que no se ve.
Ésta es la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial (12:22), la Jerusalén de arriba (Gá. 4:26), la ciudad santa, la Nueva Jerusalén (Ap. 21:2; 3:12), la cual ha preparado para Su pueblo (v. 16), y el tabernáculo de Dios donde morará con el hombre por la eternidad (Ap. 21:3). Tal como los patriarcas esperaban esta ciudad, así también nosotros la buscamos (He. 13:14).
Lit., el labio del mar.
Lit., Conforme a.
O, exiliados, expatriados. Abraham fue el primer hebreo (Gn. 14:13), un cruzador de ríos. Él salió de Caldea, la tierra maldita de idolatría, cruzó el agua, el río Perat, o Éufrates (Jos. 24:2-3), y llegó a Canaán, la buena tierra, una tierra de bendición. No obstante, no se estableció allí, sino que habitó en la tierra de la promesa como peregrino, como exiliado o expatriado, anhelando una patria mejor, una patria celestial (v. 16), una patria que le perteneciera (v. 14). Esto puede implicar que él estaba listo para cruzar otro río, de la tierra a los cielos. Isaac y Jacob siguieron los mismos pasos, viviendo en la tierra como extranjeros y peregrinos y esperando la ciudad que tiene fundamentos, cuyo Constructor es Dios (v. 10). Lo dicho en los vs. 9-16 tal vez implique que el escritor de este libro quería imprimir en la memoria de los creyentes hebreos el hecho de que ellos, como verdaderos hebreos, debían seguir a sus antepasados, considerándose extranjeros y peregrinos sobre la tierra y esperando la patria celestial, la cual es mejor que la terrenal.
Aquí no se menciona nada tocante a los cuarenta años durante los cuales los hijos de Israel vagaron en el desierto, puesto que allí ellos no hicieron nada por fe para agradar a Dios, sino que provocaron a Dios con su incredulidad durante esos años (He. 3:16-18). Ni siquiera el hecho de que cruzaran el río Jordán se menciona aquí, ya que se debió a la demora causada por su incredulidad. Tuvieron que cruzar el río Jordán solamente por causa de su incredulidad, la cual los descalificó de entrar en la buena tierra por Cades-barnea (Dt. 1:19-46) por donde habrían podido entrar poco después de haber partido del monte Sinaí (Dt. 1:2).
El goce de Egipto, es decir, el disfrute del mundo, es pecado a los ojos de Dios; es el goce del pecado, de una vida pecaminosa, y es temporal, efímero, pasajero.
O, momentáneos, efímeros, pasajeros.
O, contando, estimando.
Cristo, como Ángel del Señor, estuvo siempre con los hijos de Israel en sus aflicciones (Éx. 3:2, 7-9; 14:19; Nm. 20:16; Is. 63:9). Además, la Escritura lo identifica con ellos (Os. 11:1; Mt. 2:15). Por lo tanto, el vituperio que cayó sobre ellos fue considerado Su vituperio, y los vituperios de aquellos que vituperaron a Dios, cayeron también sobre Él (Ro. 15:3). Los creyentes neotestamentarios, como seguidores Suyos, llevan Su vituperio (He. 13:13) y son vituperados por Su nombre (1 P. 4:14). Moisés, quien prefirió ser maltratado junto con el pueblo de Dios (v. 25), consideró esta clase de vituperio, el vituperio del Cristo de Dios, como mayores riquezas que los tesoros de Egipto en el palacio de Faraón, dado que tenía puesta su mirada en el galardón.
Debido a que Moisés estuvo dispuesto a sufrir el vituperio de Cristo, recibirá el galardón del reino. A él no se le permitió entrar en el reposo de la buena tierra debido a su fracaso en Meriba (Nm. 20:12-13; Dt. 4:21-22; 32:50-52), pero estará con Cristo en el reino (Mt. 16:28; 17:1-3). Al referirse a esto, sin lugar a dudas el escritor tenía la intención de animar a sus lectores, quienes sufrían la persecución por causa de Cristo, a que siguieran a Moisés teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que las cosas que habían perdido y poniendo la mirada en el galardón. Véase la nota He. 10:351b.
O, se mantuvo firme.
O, previsto.
1 S. caps. 7—16
La palabra griega significa redención (algo ofrecido por un precio).
La mejor resurrección no es solamente la primera resurrección (Ap. 20:4-6), la resurrección de vida (Jn. 5:28-29), sino también la superresurrección (Fil. 3:11), la resurrección sobresaliente, la resurrección en la cual los vencedores del Señor recibirán el galardón (v. 26) del reino. Esto es lo que buscaba el apóstol Pablo.
Estos hombres de fe son un pueblo extraordinario, un pueblo de nivel más elevado, de quienes el mundo corrupto no es digno. Solamente la ciudad santa de Dios, la Nueva Jerusalén, es digna de tenerlos.
La palabra griega significa superior, más noble, mayor; por ende, mejor. Se usa trece veces en este libro: el Cristo superior (He. 1:4), cosas mejores (He. 6:9), una mejor esperanza (He. 7:19), un mejor pacto (dos veces, He. 7:22; 8:6), mejores promesas (He. 8:6), mejores sacrificios (He. 9:23), mejor posesión (He. 10:34), una patria mejor (He. 11:16), una mejor resurrección (He. 11:35), una cosa mejor (He. 11:40) y un mejor hablar (He. 12:24). (El otro caso está en He. 7:7, donde se traduce mayor). Todas estas cosas mejores son el cumplimiento y la realidad de lo que los santos del Antiguo Testamento tenían en tipos, figuras y sombras. Lo que Dios proveyó en aquel entonces fue un cuadro de las cosas destinadas a nosotros, las cuales habían de venir en el nuevo pacto y que son verdaderas y auténticas, y que además son mejores, más fuertes, más poderosas, más nobles, y más grandes que sus tipos, figuras y sombras. Los santos del Antiguo Testamento, los cuales solamente tenían las sombras, nos necesitan para su perfección, a fin de participar con nosotros de las cosas verdaderas del nuevo pacto. Entonces, ¿por qué habríamos de abandonar las cosas verdaderas del nuevo pacto y volvernos a las sombras del antiguo pacto?
Participar en el reino de mil años (Ap. 20:4, 6) y tener parte en la Nueva Jerusalén por la eternidad (Ap. 21:2-3; 22:1-5) son asuntos corporativos. El banquete del reino está reservado para los vencedores tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo (Mt. 8:11). La bendita Nueva Jerusalén estará compuesta de los santos del Antiguo Testamento y de los creyentes del Nuevo Testamento (Ap. 21:12-14). Por consiguiente, los creyentes antiguotestamentarios no pueden obtener, aparte de los creyentes neotestamentarios, lo que Dios prometió. Para obtener y disfrutar las buenas cosas de la promesa de Dios, ellos necesitan que los creyentes neotestamentarios los perfeccionen. Ahora esperan que nosotros avancemos para que ellos sean hechos perfectos.