Dios dispuso que el cabello de las mujeres fuera la gloria de ellas y una señal de sumisión (1 Co. 11:15; Cnt. 4:1; 6:5; 7:5). Sin embargo, muchas mujeres, especialmente las que llevaban la vida lujosa y corrupta característica del Imperio romano en los tiempos de esta epístola, usaban el cabello indebidamente para embellecer su carne llena de concupiscencia, adornándolo de modo extravagante con oro y otros artículos costosos. Las esposas cristianas, como mujeres santas, deben abstenerse totalmente de esta práctica que Dios condena.
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