Implica condenar con severidad.
Implica condenar con severidad.
En tiempo oportuno o inoportuno, ya sea que la oportunidad sea conveniente o inconveniente, ya sea que uno sea bien recibido o rechazado.
Estés alerta, a la expectativa.
Compuesta de lo que Timoteo había aprendido de Pablo y del Antiguo Testamento (2 Ti. 3:14-15). Esto comprueba que los vs. 1-2 son la continuación de 2 Ti. 3:14-17. Al cuidar de una iglesia local, especialmente en los tiempos de la decadencia de la iglesia, la proclamación de la palabra es vital.
Esto prueba que el incentivo y la meta de Pablo, en su vida y obra, era la manifestación del Señor y Su reino. La manifestación del Señor es para juzgarnos, para recompensar a cada uno (Mt. 16:27; Ap. 22:12), y Su reino tiene como fin que Él reine junto con Sus vencedores (Ap. 20:4, 6). El apóstol no solamente tomó estos dos asuntos como su incentivo y meta, sino que también, por medio de estos dos asuntos, le encargó a Timoteo, a quien él guiaba, que cumpliera fielmente su ministerio, el ministerio de la palabra.
Dios le dio todo el juicio a Cristo, porque Cristo es un hombre (Jn. 5:22, 27; Hch. 10:42; 17:31; Ro. 2:16). Como Juez justo (v. 8), Cristo juzgará a los vivos en Su trono de gloria, en Su segunda manifestación (Mt. 25:31-46), y Él juzgará a los muertos en el gran trono blanco después del milenio (Ap. 20:11-15).
Llena la plena medida de tu ministerio.
Véase la nota 1 Ti. 1:41a.
Véase la nota 1 Ti. 2:42c y la nota 1 Ti. 3:155e.
Tener comezón de oír y apartar nuestro oído de la verdad es el principal factor causante de que la decadencia de las iglesias empeore.
Oídos que buscan oír palabras agradables para su propio deleite.
Véase la nota 1 Ti. 1:101b.
Cuando la decadencia de la iglesia empeore.
La palabra toda también modifica a la palabra enseñanza, enseñanza en muchos aspectos y direcciones. Enseñar así requiere de longanimidad.
El ministerio de la palabra, el cual consiste en ministrar a Cristo en todas Sus riquezas (Ef. 3:8) a los pecadores y a los creyentes para la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef. 4:11-12). Tal ministerio se necesita desesperadamente para contrarrestar la decadencia, que fue profetizada en los vs. 3-4.
Véase la nota 2 Ti. 1:125f.
Véase la nota Fil. 2:171b. Ser derramado es verter la propia sangre de uno. La expresión ya estoy siendo derramado significa que este proceso ya había comenzado.
Partir del mundo para estar con el Señor (Fil. 1:23), por medio del martirio. Pablo fue encarcelado en Roma dos veces. El primer encarcelamiento tuvo lugar entre los años 62 al 64 d. C. y se debió a la acusación de los judíos (Hch. 28:17-20). Durante aquel período Pablo escribió las epístolas a los colosenses, a los efesios y a los filipenses y la Epístola a Filemón. Después de ser liberado del primer encarcelamiento (una liberación que él esperaba, según se menciona en Fil. 1:25; 2:24 y Flm. 1:22), debe de haber visitado Éfeso y Macedonia (1 Ti. 1:3), donde probablemente escribió la Primera Epístola a Timoteo. Después, fue a Creta (Tit. 1:5) y Nicópolis (Tit. 3:12), donde escribió la Epístola a Tito, y también a Troas y Mileto (vs. 13, 20), donde probablemente escribió la Epístola a los Hebreos. Durante su segundo encarcelamiento, el cual ocurrió cerca del año 67 d. C. y se debió a la persecución repentina por parte de Cesar Nerón, escribió la Segunda Epístola a Timoteo mientras esperaba su inminente martirio por la causa de su Maestro.
Lit., luchado la buena lucha. Una vida cristiana apropiada tiene tres aspectos: pelear la buena batalla contra Satanás y su reino de tinieblas por los intereses del reino de Dios (1 Ti. 6:12), correr la carrera para llevar a cabo la economía de Dios según Su propósito eterno (He. 12:1) y guardar la fe para participar de las riquezas divinas de la economía de Dios (1 Ti. 3:9). En cuanto a esto, Pablo estableció un modelo adecuado para nosotros.
Pablo comenzó a correr la carrera celestial después que el Señor tomó posesión de él y continuó corriendo (1 Co. 9:24-26; Fil. 3:12-14) a fin de acabarla (Hch. 20:24). Ahora, al final, triunfalmente proclama: “He acabado la carrera”. Por esto recibirá del Señor una recompensa: la corona de justicia.
Reservada.
La corona, un símbolo de gloria, es dada como premio, además de la salvación del Señor, al corredor que triunfa en la carrera (1 Co. 9:25). En contraste con la salvación, que proviene de la gracia y se recibe por fe (Ef. 2:5, 8-9), este premio proviene de la justicia a través de las obras (Mt. 16:27; Ap. 22:12; 2 Co. 5:10). Los creyentes serán recompensados con dicho premio no según la gracia del Señor, sino según Su justicia. Por lo tanto, ésta es la corona de justicia. El que recompensa es el Señor como Juez justo. Pablo estaba seguro de que tal premio estaba reservado para él y de que lo recibiría por recompensa el día de la segunda manifestación del Señor.
No dice el Dios misericordioso ni tampoco el Redentor lleno de gracia.
Éste es “el reino de su Padre” (Mt. 13:43), “el reino de Mi Padre” (Mt. 26:29), “el reino de Cristo y de Dios” (Ef. 5:5) y “el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 1:11), que será una recompensa para los santos vencedores. Esto equivale a la corona de justicia en el v. 8, y es un incentivo para que los creyentes corran la carrera celestial (véase la nota Mt. 5:34b y la nota He. 12:281a). Lo dicho por el apóstol Pablo aquí y en el v. 8 demuestra que esta recompensa era un incentivo para él.
En contraste con los que hayan amado Su manifestación en el v. 8.
La región de la costa oriental del mar Adriático.
En tiempos dolorosos, cuando la degradación de la iglesia empeora, lo que se necesita es la eterna gracia de Dios, la cual nos fue dada en la eternidad (1:9) y de la cual debemos apropiarnos en esta era. Esta gracia, hallada en la vida indestructible, es nada menos que Cristo, el Hijo de Dios, la corporificación misma de la vida divina, quien mora y vive en nuestro espíritu. Necesitamos ejercitar nuestro espíritu para poder disfrutar las riquezas de este Cristo (Ef. 3:8) como la gracia suficiente (2 Co. 12:9). De esta manera podremos vivirle a Él como nuestra piedad (1 Ti. 4:7-8) para la edificación de la iglesia como Su testimonio, teniendo todas las realidades (las verdades) divinas conforme a la economía de Dios.
Probablemente una capa o una funda para viajar.
Un puerto marítimo al noroeste de Asia Menor, donde Pablo recibió el llamado de Macedonia (Hch. 16:8-11).
Una figura retórica usada para referirse a algún asunto maligno (v. 18) o a una persona maligna (1 Co. 15:32 y la nota 2).
Rollos hechos de papiro.
Una ciudad de Asia Menor cerca de Éfeso (Hch. 20:15, 17).
¿Por qué dejó enfermo el apóstol a uno que tenía una relación tan íntima con él, sin hacer una oración de sanidad por él? ¿Por qué no ejerció su don de sanidad (Hch. 19:11-12) para sanar a Timoteo de su enfermedad estomacal en vez de indicarle que usara de medios naturales para curarse (1 Ti. 5:23)? La respuesta a estas preguntas es que él y sus colaboradores estaban bajo la disciplina de la vida interior durante ese tiempo de sufrimiento, y no bajo el poder del don externo. Lo primero tiene que ver con la gracia en vida; y lo último con el don en la esfera del poder, es decir, el poder milagroso. En la decadencia de la iglesia, y en el sufrimiento que uno padece por la iglesia, el don de poder no se necesita tanto como la gracia en vida.
Este libro, el cual da instrucciones sobre la manera de hacer frente a la degradación de la iglesia, tiene un marcado énfasis en nuestro espíritu. Al principio hace hincapié en que nos fue dado un espíritu de poder, de amor y de cordura, un espíritu por el cual podemos avivar el fuego del don de Dios y sufrir el mal junto con el evangelio según el poder de Dios y la gracia del Señor, la cual nos imparte vida (2 Ti. 1:6-10). En la conclusión nos bendice recalcando que el Señor está con nuestro espíritu a fin de que le disfrutemos como gracia para estar firmes contra la corriente de degradación de la iglesia en decadencia y para llevar a cabo la economía de Dios por medio de Su Espíritu que mora en nosotros (2 Ti. 1:14) y de la palabra que nos equipa (2 Ti. 3:16-17).