Este salmo es uno de los salmos alfabéticos, o acrósticos; al respecto, véase la nota Sal. 9:11. Los salmos 25—41 muestran las expresiones mixtas de los sentimientos del salmista al disfrutar de Dios en la casa de Dios. El disfrute de Cristo, según es descrito en Sal. 2, 8, 16 y 22—24, llevó al salmista a otro nivel en su disfrute, esto es, al disfrute de Dios en la casa de Dios. Si bien Dios es universal y omnipresente, Él ha querido ser localizado en Su casa, de modo que los hombres puedan contactarle y disfrutarle allí (Sal. 23:6; 27:4). En los tiempos del Antiguo Testamento la casa de Dios, Su morada, estaba tanto en los cielos (1 R. 8:30, 39, 43a) como en el templo sobre el monte Sion (Sal. 76:2; 135:21; Is. 8:18). La casa física de Dios en el Antiguo Testamento tipifica Su casa espiritual en el Nuevo Testamento (1 P. 2:5). La casa de Dios en el Nuevo Testamento es, primero, Cristo como el tabernáculo de Dios y el templo de Dios (Jn. 1:14; 2:21; Col. 2:9); segundo, la iglesia, el agrandamiento de Cristo, como el templo ensanchado de Dios (1 Co. 3:16; Ef. 2:21-22; 1 Ti. 3:15; He. 3:6). En su consumación, la casa de Dios será la Nueva Jerusalén, la cual está compuesta por los redimidos de Dios en calidad de tabernáculo (Ap. 21:2-3) donde Dios habita y disfruta de Sus redimidos, y por el propio Dios redentor en calidad de templo (Ap. 21:22) donde Sus redimidos habitan y disfrutan de Él, esto es: la mutua morada de Dios y el hombre para su mutuo disfrute. En esta era, nosotros disfrutamos de Dios en Su casa al estar en Cristo y en la iglesia; y en la siguiente era así como en la eternidad le disfrutaremos consumadamente en la Nueva Jerusalén.
