En el v. 10 el apóstol dijo: “Mando, no yo, sino el Señor”. En el v. 12 dijo: “Yo digo, no el Señor”. En el v. 25 dijo: “No tengo mandamiento del Señor; mas doy mi parecer”. Aquí él dice: “A mi juicio…y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios”. Todas estas palabras manifiestan el principio neotestamentario de encarnación (esto es, que Dios y el hombre, el hombre y Dios, llegan a ser uno). Esto difiere radicalmente del principio que rige la profecía del Antiguo Testamento (esto es, que el hombre habla por Dios). En el Antiguo Testamento la palabra de Jehová venía sobre un profeta (Jer. 1:2; Ez. 1:3), siendo éste sencillamente el portavoz de Dios. Pero en el Nuevo Testamento el Señor llega a ser uno con Sus apóstoles, y ellos llegan a ser uno con Él; de esta manera, los dos hablan juntamente. La palabra del Señor viene a ser la palabra de ellos, y lo que ellos dicen es la palabra de Él. Por eso, el mandato del apóstol era el mandato del Señor (v. 10). Lo que él dijo, aunque no fue hablado por el Señor, aun así llegó a formar parte de la revelación divina del Nuevo Testamento (v. 12). Él era uno con el Señor al grado que incluso cuando dio su opinión, y no el mandamiento del Señor (v. 25), pensó que él también tenía el Espíritu de Dios. No afirmó categóricamente que tenía el Espíritu de Dios, sino que pensó que también tenía el Espíritu de Dios. Ésta es la espiritualidad más elevada, la espiritualidad basada en el principio de encarnación.