Después de completar la prueba de inmundicia se debía ofrecer un holocausto y una ofrenda por el pecado (vs. 6-8), lo cual significa que después que Cristo —mediante Su muerte y resurrección— puso fin plenamente a nuestra inmundicia por nacimiento (v. 3 y la nota), aún necesitamos que Cristo sea nuestro holocausto debido a que nuestra entrega a Dios no es absoluta y necesitamos que Él sea nuestra ofrenda por el pecado debido a nuestro pecado (He. 10:5-7), todo ello con miras a que Cristo pueda ser nuestra vida y nuestro vivir de absoluta entrega a Dios y que Él pueda hacerse cargo del pecado aún presente en nuestra carne mientras vivamos en la tierra (1 Jn. 1:7-10; 2:1-2).
