O, señalado. Cristo, la Persona divina, antes de encarnarse, ya era el Hijo de Dios (Jn. 1:18; Ro. 8:3). Por medio de la encarnación Él se puso un elemento, la carne humana, que no tenía nada que ver con la divinidad; esa parte de Él necesitaba ser santificada y elevada al pasar por la muerte y la resurrección. Mediante la resurrección Su naturaleza humana fue santificada, elevada y transformada. Así que, mediante la resurrección, Él en Su humanidad fue designado Hijo de Dios (Hch. 13:33; He. 1:5). Su resurrección fue Su designación. Ahora, como Hijo de Dios, Él posee tanto humanidad como divinidad. Mediante la encarnación Él introdujo a Dios en el hombre; por medio de la resurrección Él introdujo al hombre en Dios, es decir, introdujo Su humanidad en la filiación divina. De esta manera el Hijo unigénito de Dios fue hecho el Hijo primogénito de Dios, el cual posee tanto divinidad como humanidad. Dios está usando a este Cristo, el Hijo primogénito, quien posee la divinidad y la humanidad, como el productor y el prototipo, es decir, el modelo, para producir Sus muchos hijos (Ro. 8:29-30): nosotros, quienes hemos creído en Su Hijo y le hemos recibido. Nosotros también seremos designados y revelados como hijos de Dios, como Él lo fue en la gloria de Su resurrección (Ro. 8:19, 21), y juntamente con Él expresaremos a Dios.