La ley del Espíritu de vida es el tema de este capítulo. En este versículo se mencionan el Espíritu y la vida, pero sólo en relación con la operación de esta ley. La vida es tanto el contenido como el producto del Espíritu, y el Espíritu es la manifestación consumada y final del Dios Triuno después de ser procesado al pasar por la encarnación, la crucifixión y la resurrección y de llegar a ser el Espíritu vivificante que mora en todos los creyentes y que es vida para todos los que creen en Cristo. La ley que nos ha librado de la ley del pecado —la cual pertenece a Satanás, quien mora en los miembros de nuestro cuerpo caído (17, Ro. 7:23)— pertenece al Espíritu de vida. No es Dios ni el Espíritu, sino esta ley la que obra en nosotros para librarnos de la operación de la ley del pecado que está en nuestra carne y la que nos capacita para conocer a Dios, obtener a Dios y así vivirlo. La ley del Espíritu de vida es el poder espontáneo del Espíritu de vida. Tal ley espontánea opera automáticamente con la condición de que se satisfagan sus requisitos (véase la nota Ro. 8:42a).
Tanto Satanás como Dios, después de entrar en nuestro ser y morar en nosotros, operan en nosotros no por medio de actividades externas y objetivas, sino por medio de una ley que opera de forma interna y subjetiva. La operación de la ley del Espíritu de vida es la operación del Dios Triuno procesado en nuestro espíritu; esto también es la operación del Dios Triuno en nosotros en Su vida.
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