Finalmente, bajo la soberanía de Dios, mataron al Señor Jesús durante la fiesta (Mt. 27:15) para que se cumpliera el tipo.
Finalmente, bajo la soberanía de Dios, mataron al Señor Jesús durante la fiesta (Mt. 27:15) para que se cumpliera el tipo.
La Pascua tipificaba a Cristo (1 Co. 5:7). Cristo fue hecho el Cordero de Dios para que Dios pasara de nosotros, los pecadores, como es tipificado por la pascua en Éx. 12. Para cumplir el tipo, Cristo como Cordero pascual tuvo que ser inmolado el día de la Pascua.
Según el tipo presentado en Éx. 12:3-6, el cordero pascual debía ser examinado durante los cuatro días que precedían a la Pascua. Antes de la crucifixión, Cristo fue a Jerusalén por última vez, seis días antes de la Pascua (Jn. 12:1), y de la misma manera fue examinado algunos días por los líderes judíos (Mt. 21:23-46; 22:1-46). No se encontró en Él mancha alguna, y quedó demostrado que Él era perfecto y que estaba calificado para ser el Cordero pascual por nosotros. Véase la nota Mr. 12:371.
Entonces indica que mientras uno de los discípulos, la mujer con el frasco de alabastro, expresaba su amor al Señor, amándolo a lo sumo, otro estaba a punto de traicionarlo. Uno valoraba al Señor como precioso tesoro, y al mismo tiempo otro lo traicionaba.
La historia del evangelio es que el Señor nos amó, y la historia de María es que ella amó al Señor. Debemos predicar estas dos cosas: que el Señor nos ama y que nosotros amamos al Señor. La primera tiene como fin nuestra salvación, y la otra, nuestra consagración.
En el versículo anterior, el Señor habla de Su sepultura, dando a entender que iba a morir y resucitar con el fin de efectuar nuestra redención. Por tanto, en este versículo Él llama al evangelio “este evangelio”, refiriéndose al evangelio de Su muerte, sepultura y resurrección (1 Co. 15:1-4).
Debemos amar al Señor y aprovechar cualquier oportunidad para amarlo.
O, un acto de nobleza.
Los discípulos consideraban que la ofrenda de amor que María hizo al Señor era un desperdicio. Durante los veinte siglos pasados, miles de vidas preciosas, tesoros del corazón, puestos altos y futuros brillantes han sido “desperdiciados” en el Señor Jesús. Aquellos que lo aman así, lo encuentran digno de ser amado de esta manera y digno de su ofrenda. Lo que han derramado sobre Él no es un desperdicio, sino un testimonio fragante de Su dulzura.
Un leproso representa un pecador (Mt. 8:2 y la nota 1). Simón, el leproso, debe de haber sido el que fue sanado por el Señor. Por agradecimiento al Señor y por amor a Él, preparó una fiesta (v. 7) en su casa para el Señor y Sus discípulos con el fin de disfrutar Su presencia. Un pecador salvo siempre hace eso.
Es decir, treinta siclos de plata, el precio de un esclavo (Éx. 21:32).
El Señor dejó que Judas se condenara con sus propias palabras.
Primero el Señor y los discípulos comieron la pascua (vs. 20-25; Lc. 22:14-18). Luego el Señor estableció Su mesa con el pan y la copa (vs. 26-28; Lc. 22:19-20; 1 Co. 11:23-26) para reemplazar la Fiesta de la Pascua, porque Él iba a cumplir el tipo y ser la verdadera Pascua para nosotros (1 Co. 5:7). Ahora guardamos la verdadera Fiesta de los Panes sin Levadura (v. 17; 1 Co. 5:8).
El pan de la mesa del Señor es un símbolo que representa el cuerpo del Señor, quebrantado por nosotros en la cruz a fin de liberar la vida del Señor para que nosotros participemos de tal vida. Al participar de esta vida, llegamos a ser el Cuerpo místico de Cristo (1 Co. 12:27), el cual también es representado por el pan de la mesa (1 Co. 10:17). Así que, al participar de este pan tenemos la comunión del Cuerpo de Cristo (1 Co. 10:16).
La sangre del Señor nos redimió de nuestra condición caída y nos devolvió a Dios y a Su plena bendición. Con respecto a la mesa del Señor (1 Co. 10:21), el pan representa nuestra participación de la vida, y la copa, nuestro disfrute de la bendición de Dios. Así que, a la copa se le llama “la copa de bendición” (1 Co. 10:16). Esta copa contiene todas las bendiciones de Dios, e incluso a Dios mismo como nuestra porción (Sal. 16:5). En Adán nuestra porción era la copa de la ira de Dios (Ap. 14:10). Cristo bebió de esa copa por nosotros (Jn. 18:11), y Su sangre constituye la copa de salvación para nosotros (Sal. 116:13), la copa que rebosa (Sal. 23:5). Al participar de esta copa tenemos la comunión de la sangre de Cristo (1 Co. 10:16).
Algunos mss. añaden: nuevo. La sangre del Señor, habiendo satisfecho la justicia de Dios, estableció el nuevo pacto. En este nuevo pacto Dios nos da perdón, vida, salvación y todas las bendiciones espirituales, celestiales y divinas. Cuando este nuevo pacto nos es dado, es una copa (Lc. 22:20), una porción para nosotros. El Señor derramó Su sangre, Dios estableció el pacto y nosotros disfrutamos la copa, en la cual Dios y todo lo Suyo son nuestra porción. La sangre es el precio que Cristo pagó por nosotros, el pacto es el título de propiedad que Dios nos transmitió, y la copa es la porción que recibimos de Dios.
Una salutación, aquí y en Mt. 27:29. Las dos salutaciones eran falsas (cfr. Mt. 28:9).
Esta expresión equivale a: “¿Qué estás haciendo aquí? ¡Me estás traicionando!”. Dijo esto para exponer la intención maligna de Judas de traicionar al Señor.
Se refiere al jugo de la uva.
Ésta es la parte celestial del milenio, la manifestación del reino de los cielos, donde el Señor beberá con nosotros después de Su regreso.
Ésta fue una alabanza que el Señor cantó al Padre junto con los discípulos, después de que participaron de la mesa del Señor.
Getsemaní significa prensa de aceite. En Getsemaní el Señor sufrió gran presión para que el aceite, el Espíritu Santo, pudiera fluir.
Así distorsionaban la palabra del Señor en Jn. 2:19: “Destruid este templo”.
El Señor, en pie delante del sanedrín como oveja delante de sus trasquiladores, se rehusó a decir palabra para vindicarse, cumpliendo así Is. 53:7.
Se refiere a Su muerte en la cruz.
Muchas veces somos así en las cosas espirituales.
En el griego estas tres palabras son expresiones militares.
Mt. 26:24; Lc. 24:27, 46 véase Is. 53:7-9
Así se refiere a Su muerte en la cruz, la cual fue profetizada en las Escrituras. Estas profecías debían cumplirse.
Véase la nota Mt. 26:621a.
El sumo sacerdote preguntó al Señor si Él era el Hijo de Dios, pero Él contestó haciendo referencia al “Hijo del Hombre”. Cuando Él fue tentado por el diablo, le contestó de la misma manera (Mt. 4:4 y la nota 2). El Señor era el Hijo del Hombre en la tierra antes de Su crucifixión, ha sido el Hijo del Hombre en los cielos a la diestra de Dios desde Su resurrección (Hch. 7:56), y será el Hijo del Hombre cuando venga en las nubes. Para llevar a cabo el propósito de Dios y establecer el reino de los cielos, el Señor tenía que ser un hombre. Sin el hombre, el propósito de Dios no podía realizarse en la tierra, ni podría ser constituido el reino de los cielos en la tierra.
Es decir, proclamar milagrosamente como profeta. Esta burla quiere decir: “Puesto que Tú eres profeta de Dios, profetiza milagrosamente para identificar al que te golpeó”.
¡Pedro no pudo estar firme ni siquiera ante una mujer pequeña y frágil!
Bajo la soberanía de Dios, las circunstancias no le permitieron a Pedro escaparse hasta haber sido probado en todos los aspectos, para que se diera cuenta de que era totalmente indigno de confianza y que ya no debía confiar en sí mismo.