Esto muestra el precioso amor de Dios por la iglesia y la preciosidad, el valor extraordinario, de la iglesia a los ojos de Dios. Aquí el apóstol no menciona la vida ni la naturaleza divinas de la iglesia, como en Ef. 5:23-32, sino el valor de la iglesia como un tesoro para Dios, un tesoro que Él adquirió con Su propia sangre preciosa. Pablo esperaba que los ancianos, los que vigilaban, también valoraran a la iglesia como un tesoro, de la misma manera que Dios.
Tanto el Espíritu Santo como la propia sangre de Dios son provisiones divinas dadas a la iglesia que Él valora como un tesoro. El Espíritu Santo es Dios mismo, y la sangre de Dios denota Su obra. La obra redentora de Dios adquirió la iglesia; ahora Dios mismo, el Espíritu vivificante y todo-inclusivo (1 Co. 15:45), cuida de la iglesia por medio de los que vigilan.
La propia sangre de Dios es la sangre de Jesucristo. Esto implica que el Señor Jesús es Dios.