Cristo como ofrenda por las transgresiones (Lv. 5:1-19; 6:1-7; He. 9:28; 1 P. 2:24; 3:18) se encarga de nuestros pecados, nuestros actos pecaminosos externos, y Cristo como ofrenda por el pecado (Lv. 4:1-35; Ro. 8:3; 2 Co. 5:21; He. 9:26) se encarga de nuestro pecado, nuestra naturaleza pecaminosa interna. Siempre que nos presentamos ante Dios para servirle como sacerdotes, debemos comprender y confesar que todavía tenemos una naturaleza pecaminosa (Ro. 7:17-18a; 1 Jn. 1:8 y la nota 1) y que necesitamos experimentar a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado para que se haga cargo de dicha naturaleza. Por la caída, el pecado se convirtió en nuestro elemento constitutivo (Ro. 5:19), y llegamos incluso a convertirnos en el pecado mismo (cfr. 2 Co. 5:21). Al disfrutar a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado somos subyugados y resguardados, lo cual hace que no tengamos confianza en nosotros mismos (Fil. 3:3), y también se prepara el camino para que disfrutemos aún más de Cristo como el alimento sacerdotal, tipificado por los carneros y por el pan sin levadura, las tortas y los hojaldres (vs. 1-2, 32-33). Además, esto soluciona el problema del pecado suscitado entre nosotros y Dios, por lo que nos reconcilia con Dios y hace la paz con Dios en beneficio nuestro (1, Ro. 5:10), para que podamos servir Cristo a Dios como alimento en una atmósfera de paz (vs. 38-42).
